El riesgo de mirarte Capítulo 14
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Capítulo 14

Alexander

La vi romperse justo delante de mí.

No físicamente, aunque eso también estuvo cerca cuando el vaso se le escapó de la mano y se estrelló contra el suelo de su apartamento.

Fue algo más profundo, una fisura en esa armadura de acero que Emma Sullivan llevaba puesta desde el día en que la conocí.

Sus ojos verdes, normalmente tan llenos de determinación y fuego, se habían vuelto vidriosos, desenfocados, como si estuviera mirando hacia un pasado que nunca había conocido pero que de alguna forma siempre había sentido acechando en las sombras.

—Alexander —susurró, con la voz quebrada—. Ha llamado. Mi madre. Mi madre biológica.

Estaba de pie en medio de su salón, con el teléfono aún en la mano, temblando.

Llevaba puesto un jersey de punto grande que le quedaba grande, probablemente prestado de su armario de ropa cómoda, y unos leggins negros.

Parecía pequeña. Vulnerable. Nada que ver con la ejecutiva de traje impecable que desafiaba a consejos de administración enteros.

Crucé la habitación en tres zancadas. No la toqué. No la abracé, aunque cada instinto en mi cuerpo gritaba que lo hiciera. En su lugar, me detuve a un metro de distancia, dándole espacio, respetando ese muro invisible que ella necesitaba a veces para sentirse segura.

—¿Qué ha dicho? —pregunté, manteniendo la voz baja, calmada.

—Quiere verme —respondió, y una risa nerviosa escapó de sus labios, discordante, dolorosa—. Después de veintiocho años, después de dejarme en una cuna con una nota escrita a mano, quiere verme. Tiene que explicarme por qué lo hizo.

Vi la guerra en su rostro. La batalla entre la niña abandonada que todavía lloraba en algún rincón de su interior y la mujer fuerte que había construido una vida a pesar de ese dolor.

Quería arreglarlo. Quería llamar a mi equipo legal, investigar a esa mujer, averiguar si era una estafadora o una oportunista antes de permitir que se acercara a Emma.

Quería protegerla de la forma en que sabía hacerlo: controlando las variables, eliminando las amenazas.

Pero algo me detuvo.

Fue el recuerdo de Nueva York. De cómo ella se había tensado cuando intentaba controlar cada situación. De cómo me había mirado con esos ojos que parecían decir: «Déjame respirar.»

Así que no dije nada de eso.

—No tienes que hacer nada que no quieras —dije en su lugar—. Puedes colgar el teléfono y nunca volver a saber de ella. O puedes escuchar lo que tiene que decir. La elección es tuya, Emma. Y sea cual sea, estará bien.

Ella me miró entonces, realmente me miró, y vi sorpresa en sus ojos. Sorpresa y algo más, algo que no supe identificar en ese momento.

—Esperaba que... —hizo una pausa, buscando las palabras—. Esperaba que me dijeras qué hacer. Que me dijeras que era una mala idea, que la rechazara, que la investigarías primero.

—¿Quieres que haga eso? —pregunté.

—No —admitió, y su voz sonó más pequeña—. No quiero que nadie decida por mí. Pero tampoco... —tragó saliva—. Tampoco quiero estar sola en esto, Alexander. Tengo miedo. Tengo mucho miedo de abrir esta herida y no poder cerrarla nunca más.

Entonces sí la abracé. La atraje hacia mí con suavidad, dándole la opción de apartarse si lo necesitaba, pero ella vino. Se derrumbó contra mi pecho, con las manos agarrando mi chaqueta, y sentí su respiración agitada contra mi cuello.

—Si decides conocerla —dije contra su pelo, inhalando su olor a vainilla y algo más, algo único que ya había asociado con ella—. Yo estaré ahí. No para intervenir. No para protegerte de lo que pueda decirte. Solo... estaré ahí. Al lado tuyo.

Ella se apartó lo suficiente para mirarme a los ojos. Sus mejillas estaban húmedas, aunque no recordaba haberla visto llorar abiertamente.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué haces esto por mí?

—Porque me importas —dije, y la simplicidad de la verdad me golpeó a mí también—. Y porque creo que a veces lo único que necesitamos es que alguien esté ahí, sin intentar arreglar nada. Solo presente.

Eleanor me encontró en mi despacho una hora después, cuando Emma ya se había calmado lo suficiente como para aceptar un té y sentarse en el sofá de su salón, mirando al vacío.

Mi asistente entró sin llamar, como solía hacer cuando sabía que algo importante estaba ocurriendo. Llevaba una bandeja con dos tazas de café y esa expresión suya que decía que ya lo sabía todo.

—¿Cómo está? —preguntó, dejando una taza sobre mi escritorio.

—Rota —respondí, sinceramente—. Confundida. Asustada.

—Y tú —dijo Eleanor, sentándose frente a mí sin invitación—. ¿Cómo estás tú?

La miré. Llevaba treinta años trabajando para mi familia. Me había visto crecer, llorar, endurecerme. Era la única persona ante la que no podía fingir.

—Quiero protegerla —admití—. Quiero ponerla en un avión y llevarla lejos de todo esto. De su madre. De Vance. De todo. Y al mismo tiempo... sé que no puedo. Que no debo.

Eleanor sonrió. Era una sonrisa triste, cargada de años de sabiduría.

—Tu padre se enamoró de tu madre porque ella consiguió que dejara de vivir como una máquina —dijo, y sus palabras me golpearon con la fuerza de un recuerdo olvidado—.

Charles era igual que tú, Alexander. Frío.

Controlado. Convencido de que el mundo era un tablero de ajedrez donde él movía las piezas.

Y Catherine... Catherine llegó y le enseñó que a veces las piezas se mueven solas. Y que está bien.

—Yo no soy como él —dije, aunque mi voz carecía de convicción.

—No —convino Eleanor, y su tono se volvió más duro—.

Eres peor. Porque tú sabes exactamente lo que estás perdiendo.

Tu padre no lo sabía. Él descubrió el amor y se dejó sorprender.

Pero tú... tú has visto lo que es perder a quienes amas.

Has visto el dolor. Y, aun así, eliges vivir solo.

Eso es peor que la ignorancia, Alexander. Eso es cobardía.

Me quedé en silencio. Fuera, Boston brillaba bajo el sol de julio, indiferente a las crisis existenciales que se desarrollaban en los rascacielos.

Pensé en mi madre. En Catherine Prescott, con su pelo oscuro y su risa que llenaba habitaciones.

En cómo me sentaba en su regazo mientras tocaba el piano, enseñándome que la música era la única forma honesta de decir lo que las palabras no podían expresar.

En cómo me miraba con esos ojos que parecían ver directamente mi alma y me decía que el amor no era un sentimiento, sino una elección que se hacía cada mañana al despertar.

Había elegido no hacer esa elección durante diez años.

Y ahora, mirando la taza de café frente a mí, me pregunté por primera vez si esa vida vacía, esa existencia de reuniones y números y noches solitarias, era realmente la vida que quería. O si solo era la vida que merecía por haber sobrevivido cuando otros no.

—Ella necesita a alguien —dije finalmente, hablando más para mí mismo que para Eleanor—. No un salvador. Solo... compañía.

—Y tú necesitas dejar de ser el héroe de tu propia tragedia —replicó Eleanor, levantándose—. Empieza por ser simplemente un hombre, Alexander. Eso será suficiente.

Derek organizó una cena esa noche en The Black Room .

Dijo que era para celebrar que el saboteador había sido descubierto, que la campaña estaba a salvo, que podíamos respirar.

Pero sospeché que tenía más que ver con el hecho de que le había contado lo de la madre biológica de Emma y sabía que necesitaba distracción.

Llegamos a las nueve. El club estaba tranquilo para un jueves, con solo unos pocos socios en la barra y el saxofonista de siempre tocando algo melancólico en el rincón.

Emma llevaba un vestido azul oscuro sencillo que realzaba el color de sus ojos. Había intentado maquillarse para ocultar las ojeras, pero yo podía ver la tensión en la línea de su mandíbula, la forma en que sus dedos jugueteaban constantemente con el borde de su copa de vino.

Derek nos recibió con su energía habitual, abrazando a Emma con una familiaridad que habría molestado de cualquier otro hombre, pero que de él parecía natural, casi fraternal.

—Emma, cariño —dijo, apartándola para mirarla de arriba abajo—. Estás radiante. Aunque un poco pálida. ¿Mi hermano no te está alimentando bien? Es un desastre con la comida, lo sabes, ¿verdad? Vive de café y ambición.

—Derek —advertí, pero sin convicción.

—Estoy bien —dijo Emma, y por primera vez esa noche sonrió. Era una sonrisa pequeña, forzada, pero real—. Gracias por organizar esto.

—Por supuesto —dijo Derek, guiñándole un ojo—. Además, necesitaba una excusa para vestirme bien. Y para ver a mi hermano intentando no mirarte como si fueras la última galleta del paquete.

—Derek, cállate —murmuré, sintiendo cómo se me subían los colores a la cara.

La cena transcurrió con una facilidad que me sorprendió.

Derek se sentó junto a Emma, dejándome enfrente, y procedió a hacerla reír con historias sobre nuestra infancia.

Sobre cómo yo había intentado montar un negocio de limonada a los ocho años y había acabado endeudado con nuestro padre porque no sabía calcular costes.

Sobre cómo había llorado durante tres días cuando se murió su pez dorado porque creía que la muerte era contagiosa y yo me iba a morir también.

Emma se reía. En serio, se reía, con esa risa que sonaba a campanillas, con los ojos brillando, con la mano sobre el pecho como si le doliera el estómago de tanto reír.

Y yo... yo la observaba. Sentado al otro lado de la mesa, con mi whisky intacto, sintiendo algo extraño y punzante en el pecho.

No era celos, me dije. No podía ser celos. Derek era mi hermano. Y Emma... Emma no era mía. No de esa forma. No oficialmente. No de ninguna forma que pudiera definir.

Pero ver cómo se inclinaba hacia él, cómo le golpeaba el hombro juguetonamente cuando contaba alguna exageración, cómo sus ojos se encontraban con los suyos con una complicidad que parecía fácil, natural... me hizo sentir un nudo en la garganta.

Derek conseguía hacerla reír sin esfuerzo. Sin intentar controlar la situación. Sin pesar cada palabra.

Yo todavía estaba aprendiendo a hacer eso. Cada vez que abría la boca para decir algo gracioso, terminaba sonando como una orden ejecutiva. Cada vez que intentaba ser ligero, pesaba toneladas.

—¿Sabes que estás celoso? —dijo Derek, apareciendo a mi lado en la barra mientras Emma se había levantado para ir al baño.

—No estoy celoso —respondí, demasiado rápido.

—Claro —dijo Derek, haciendo señal al camarero para otra ronda—. Y yo soy responsable y maduro. Alexander, te conozco desde que nací. Y te estoy diciendo que tienes celos de que Emma y yo nos llevemos bien.

—No es eso —dije, y mi voz sonó áspera incluso para mí—. Es solo que... tú la haces reír. Fácilmente. Sin intentarlo.

Derek me miró. Por primera vez esa noche, su expresión se suavizó, se volvió casi tierna.

—Hermano —dijo, poniéndome una mano en el hombro—. No se trata de quién la hace reír más. Se trata de quién está ahí cuando deja de hacerlo. Y ese eres tú. Ese has sido siempre tú, desde el primer día.

Quise creerle. Pero cuando Emma volvió a la mesa, con las mejillas sonrojadas y una sonrisa en los labios, y sus ojos se encontraron con los míos, vi algo que me detuvo. Una pregunta silenciosa. Una necesidad de confirmación.

Y supe que Derek tenía razón en una cosa: yo quería ser parte de su vida. No solo como su protector. No solo como su aliado profesional. Quería ser quien la hiciera reír, sí. Pero también quien la sostuviera cuando llorara. Quería ser... todo.

La noche terminó temprano. Emma estaba agotada, emocionalmente gastada por el día. La acompañé a su coche, estacionado frente al club.

—Gracias por hoy —dijo, apoyándose contra la puerta del coche—. Por no intentar arreglar nada. Por solo... estar.

—Siempre estaré —respondí, y la promesa salió con una naturalidad que me sorprendió.

Ella me miró. Realmente me miró, con esos ojos verdes que parecían ver a través de todas mis capas de hielo.

—He decidido hacerlo —dijo, y su voz tembló solo un poco—. Voy a conocerla. A mi madre biológica. Quiero respuestas, Alexander. Incluso si duelen. Necesito saber.

Asentí. Respeté su valentía, aunque mi instinto protector gritaba en protesta.

—¿Cuándo? —pregunté.

—Mañana. Me ha dicho que está en la ciudad por... por trabajo, supongo. Quiere tomar un café. Un sitio público y neutral.

—¿Quieres que vaya contigo? —pregunté, y mi voz salió más baja de lo habitual—. No para intervenir. Solo... para estar ahí. Como he dicho.

Ella dudó. Por un momento, pensé que rechazaría la oferta. Qué diría que necesitaba hacer esto sola, que mi presencia sería una complicación.

Pero entonces extendió la mano y tocó mi mejilla. Un gesto tan simple, tan vulnerable, que me desarmó por completo.

—Sí —susurró—. Quiero que vengas. No me hagas pasar esto sola, Alexander.

—Nunca —prometí, tomando su mano y besando sus nudillos—. Mañana a las diez. Estaré en tu puerta.

Ella asintió. Se metió en el coche. Y cuando arrancó y se alejó por las calles de Boston, me quedé allí, en la acera, con el corazón latiendo con una fuerza que no recordaba haber sentido nunca.

Porque mañana no solo acompañaría a Emma a enfrentar su pasado.

Mañana daría un paso hacia un futuro que no había planeado. Hacia una vida que no controlaba. Hacia un amor que no sabía si sabría gestionar, pero que estaba dispuesto a intentar.

Por primera vez en diez años, Alexander Prescott eligió no estar solo.

Y mientras caminaba de vuelta a The Black Room , donde Derek me esperaba con una sonrisa de complicidad, supe que no había vuelta atrás.

Que final e irrevocablemente, estaba enamorado.