El riesgo de mirarte Capítulo 13
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Capítulo 13

Emma

Durante tres días enteros, había intentado convencerme de que Nueva York había sido un error.

Un desliz momentáneo producto del alcohol, de la tensión acumulada y de la proximidad forzada en una ciudad extraña.

Me repetía como un mantra que Alexander Prescott era mi cliente, que dormir con él —no, follar con él, porque eso era lo que habíamos hecho, una mezcla salvaje de sudor y gemidos que no tenía nada que ver con el romanticismo— era una línea que nunca debía haber cruzado.

Pero mi cuerpo no me hacía caso.

Cada vez que cerraba los ojos, sentía sus manos sobre mi piel.

Cada vez que respiraba profundamente, percibía su olor, ese aroma a madera y especias que parecía haberse grabado en mi memoria olfativa para siempre.

Y cada vez que recibía un mensaje suyo, por profesional que fuera, sentía que el estómago se me encogía de una forma que no tenía nada que ver con el trabajo.

Así que cuando llamó aquella mañana, con su voz grave y autoritaria diciendo que habían identificado al saboteador, no supe si sentir alivio o pánico.

Alivio porque el misterio se resolvería.

Pánico porque tendría que verle de nuevo, enfrentarme a él en la frialdad de su oficina y fingir que entre nosotros no había pasado nada, que no me había penetrado con una desesperación que todavía sentía entre los muslos, que no me había mirado como si yo fuera el centro de su universo.

Llegué a Prescott Technologies a las diez de la mañana, puntual como siempre, aunque por dentro estaba hecha un caos.

Me había vestido con especial cuidado, eligiendo un traje de chaqueta gris marengo que me hacía sentir armada, protegida, impenetrable.

Mi armadura de ejecutiva perfecta. Quizás si parecía suficientemente fría, él y yo podríamos volver a ser simplemente socios comerciales.

El ascensor me llevó al piso treinta. Eleanor me recibió con una sonrisa enigmática que me hizo sentir expuesta, como si ella también supiera lo que había ocurrido en aquella habitación de hotel.

—Están en la sala de crisis —dijo—. El señor Prescott le espera.

Asentí, ajustándome el bolso sobre el hombro, y caminé hacia la sala con pasos firmes que contradecían el tamborileo de mi corazón.

Cuando entré, la escena que encontré me detuvo en seco.

Alexander estaba de pie junto a la ventana, con la espalda erguida pero las manos apoyadas en el alféizar de una forma que delataba tensión.

No era su postura habitual de CEO imperturbable.

Había algo roto en la línea de sus hombros.

A su lado, Eleanor sostenía una carpeta, y frente a ellos, sentado en la mesa de reuniones como si fuera un prisionero, había un hombre de unos sesenta años, canoso, con el rostro surcado de arrugas profundas y una expresión que oscilaba entre la desafiante y la derrotada.

—Emma —dijo Alexander al notar mi presencia, girándose hacia mí.

Nuestros ojos se encontraron. Fue un golpe físico, una descarga eléctrica que me recorrió la espina dorsal. Durante un segundo, el aire pareció solidificarse entre nosotros, cargado de todo lo que no podíamos decir delante de los demás.

—¿Qué ocurre? —pregunté, forzando la voz para que sonara profesional, distante.

—Robert Vance —dijo Alexander, señalando al hombre sentado—. Ex vicepresidente de Operaciones. Trabajó con mi padre durante veinte años. Fue despedido hace seis meses por decisiones cuestionables que pusieron en riesgo la integridad de la empresa.

Miré al hombre. Sus ojos, de un azul apagado, evitaron los míos. Había algo familiar en su rostro, lo había visto en fotografías antiguas de la empresa, siempre junto al padre de Alexander, sonriendo, con el brazo sobre el hombro del joven CEO.

—¿Él fue quien filtró los documentos? —pregunté, acercándome a la mesa.

—Él —confirmó Eleanor—. Y no solo eso. Hemos descubierto que estaba en contacto con una empresa rival.

Una agencia de publicidad de Chicago que quería el contrato de Prescott Technologies .

El plan era destruir tu reputación, Emma, hacer que Alexander desconfiara de Horizon , cancelar la campaña y luego ofrecer una alternativa más barata y segura a través de sus contactos.

Sentí que el estómago se me encogía. No era solo un ataque a mí. Era un ataque a nosotros. A la conexión que habíamos construido, a la confianza que Alexander había depositado en mí contra todo juicio profesional.

—¿Por qué? —pregunté, dirigiéndome a Vance—. ¿Por qué hacer esto?

El hombre levantó la vista. Por un momento, vi algo que no esperaba: arrepentimiento. No era un villano de caricatura. Era alguien herido.

—Porque Charles Prescott me prometió que esta empresa sería mía —dijo, y su voz tembló—.

Trabajé toda mi vida para él. Para su hijo.

Y cuando cometí un error... un solo error...

este hombre —señaló a Alexander con desprecio—.

Este hombre frío me echó como si fuera basura. Sin miramientos. Sin gratitud.

Miré a Alexander. Esperaba ver ira en su rostro, esa frialdad calculadora que utilizaba para destruir a sus enemigos. Pero no estaba allí. En sus ojos grises vi algo mucho más peligroso: dolor.

Robert Vance no era solo un traidor. Era un fantasma de su padre. Una parte del legado que Alexander intentaba proteger y que, al mismo tiempo, le había traicionado.

—Llévenselo —dijo Alexander, con una voz que apenas reconocí, apagada, herida.

Dos guardias de seguridad entraron y escoltaron a Vance fuera de la sala. El silencio que dejó atrás fue denso, cargado de emociones reprimidas.

—Alexander... —empecé a decir, dando un paso hacia él.

—Necesito revisar los documentos restantes —interrumpió, girándose hacia la mesa, huyendo de mi mirada—. Eleanor, puedes retirarte. Emma, si tienes un momento, necesito que verifiques estos contratos para asegurarnos de que no hay más filtraciones.

Eleanor salió, dejándonos solos.

La puerta se cerró con un clic suave que resonó como un disparo en la habitación.

Pasamos una hora revisando papeles en silencio. Bueno, no exactamente en silencio. Había un zumbido en el aire, una electricidad que hacía que cada vez que nuestros dedos se rozaran al pasar documentos, sintiera escalofríos por todo el cuerpo.

Alexander estaba tenso. Lo veía en la línea de su mandíbula, en la forma en que sus dedos tamborileaban contra la mesa cuando creía que no miraba.

No era solo por Vance. Era por nosotros.

Por la barrera invisible que habíamos construido esa mañana con nuestra cortesía excesiva, con nuestros Señorita Sullivan y Señor Prescott que sonaban a mentira.

—Esto es absurdo —dije finalmente, dejando caer una carpeta sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

Alexander levantó la vista. Sus ojos me escrutaron, buscando.

—¿El qué?

—Esto —dije, haciendo un gesto vago entre nosotros—. Fingir que no ha pasado nada. Que no nos hemos visto desnudos. Que no has estado dentro de mí gritando mi nombre.

Su mandíbula se tensó. Se levantó de la silla con una lentitud deliberada y se acercó a la puerta. La cerró con llave.

El sonido del cerrojo al girar fue el detonante.

—No debería haber hecho eso —dije, pero no retrocedí.

—No —convino, acercándose a mí—. No deberías.

Estábamos a menos de un metro de distancia. Podía oler su colonia, sentir el calor que irradiaba su cuerpo. Mi resolución de mantener las distancias se desmoronaba como un castillo de naipes.

—Esto es una mala idea —susurré, aunque mi cuerpo pedía lo contrario, a gritos.

—Lo sé —respondió, y su voz era un gruñido bajo.

—Entonces, ¿por qué no paras?

Se detuvo. Nos miramos fijamente. Vi la lucha en sus ojos, la misma que sentía en mi interior. La lógica contra el deseo. El deber contra la necesidad.

—Porque llevo días intentando hacerlo —dijo finalmente, y las palabras salieron como un suspiro derrotado—. Y no puedo. Dios me ayude, Emma, pero no puedo parar.

El beso fue inevitable.

No fue suave. No fue tierno. Fue una explosión de todo lo que habíamos estado reprimiendo durante tres días, tres semanas, quizás toda nuestra vida.

Sus labios chocaron contra los míos con una fuerza que me hizo retroceder hasta que mi espalda golpeó contra la mesa de reuniones.

Sus manos se enredaron en mi pelo, tirando con una urgencia que rozaba la desesperación, mientras su lengua reclamaba acceso a mi boca con una ferocidad que me dejó sin aliento.

Me agarré a su chaqueta, arrugando la lana fina entre mis dedos, tirando de él hacia mí, necesitando más, necesitando todo.

El beso se prolongó, se profundizó, se convirtió en algo que no tenía nada que ver con la exploración y todo que ver con la posesión.

Era como si ambos intentáramos demostrar algo, afirmar que estábamos vivos, que éramos reales, que esto —esto que sentíamos— era más fuerte que cualquier regla, cualquier miedo, cualquier lógica.

Cuando nos separamos, ambos estábamos jadeando. Su frente descansaba contra la mía, sus ojos cerrados, su respiración agitada.

—No sé qué hacer contigo —susurró, y su voz temblaba.

Por una vez, estuvimos de acuerdo.

—Yo tampoco —admití, con la garganta cerrada por la emoción.

Nos quedamos así, abrazados en medio de la sala de reuniones de Prescott Technologies , con los documentos esparcidos por el suelo y el mundo girando fuera de esas paredes de cristal.

Me di cuenta de algo entonces, mientras su corazón latía contra el mío: sentirme atraída por él no significaba perder el control.

Significaba encontrar un control diferente, uno compartido, uno que no tenía que ver con la distancia emocional sino con la confianza.

Alexander me miró entonces, y vi en sus ojos que él también había tenido una revelación. No me deseaba solo físicamente. Deseaba algo más. Mi compañía. Mi risa. Mi fuerza. Y eso lo aterrorizaba tanto como a mí.

—Deberíamos... —empezó a decir.

—Sí —interrumpí, aunque no sabía qué era ese sí. Solo sabía que no quería que se apartara.

Pero lo hizo. Lentamente, con una fuerza de voluntad que envidié, dio un paso atrás. Se enderezó la chaqueta. Se pasó una mano por el pelo despeinado.

—Esto no puede ocurrir aquí —dijo, volviendo a ser el CEO, aunque su voz seguía siendo un poco ronca—. No ahora. No cuando todo está tan... frágil.

Asentí, aunque cada fibra de mi ser gritaba en protesta.

—Lo sé.

—Necesito protegerte —continuó, y había una vulnerabilidad en su tono que me desarmó—. Y si nos descubren, si alguien más se entera de esto, tu carrera...

—Mi carrera sobrevivirá —dije, más segura de lo que me sentía—. Lo que no sé si sobrevivirá es mi cordura si sigues a un metro de mí sin tocarme.

Una sonrisa triste curvó sus labios.

—Entonces será mejor que te vayas ahora —dijo—. Antes de que pierda la poca cordura que me queda y te folle sobre esta mesa.

La imagen me hizo estremecer. Durante un segundo, vi con claridad cómo sería: mis piernas abiertas sobre la madera pulida, él entre ellos, los documentos cayendo al suelo mientras nos perdiéramos el uno en el otro.

—Alexander...

—Vete, Emma —dijo, cerrando los ojos—. Por favor.

Salí de la sala con las piernas temblando, con los labios todavía hinchados por su beso, con el corazón latiendo en un ritmo que no reconocía.

Llegué a mi piso cuando ya había anochecido. El trayecto en coche había sido un borrón de semáforos y pensamientos confusos. No podía dejar de ver su cara, de sentir su sabor en mis labios, de preguntarme qué demonios estábamos haciendo los dos.

Me quité los zapatos nada más entrar. Dejé el bolso en el sofá. Me serví un vaso de agua que bebí de pie, mirando las luces de la ciudad a través de los ventanales.

El teléfono sonó cuando estaba a punto de meterme en la ducha. Un número desconocido. Pensé en ignorarlo, pero algo —una corazonada, una premonición— me hizo descolgar.

—¿Emma Sullivan? —dijo una voz femenina al otro lado.

—Sí. ¿Quién es?

Hubo una pausa. Un silencio cargado de años de ausencia y de preguntas sin respuesta.

—Soy... —la voz se quebró ligeramente—. Soy tu madre. Tu madre biológica. Mi nombre es Sarah. Y necesito verte. Tengo que explicarte por qué te abandoné.

El vaso se me escapó de la mano y se estrelló contra el suelo de parqué, rompiéndose en mil pedazos.

El mundo se detuvo.

Y en medio de ese silencio absoluto, solo pude pensar en que mi vida acababa de cambiar para siempre.