El riesgo de mirarte Capítulo 12
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Capítulo 12

Alexander

La sostuve contra mí mientras el agua caía en cascada sobre nuestros cuerpos, con su espalda pegada a mi pecho y su cabeza reclinada en el hueco de mi hombro.

Podía sentir cada centímetro de su piel deslizándose contra la mía, suave, cálida, perfectamente moldeada contra mi forma.

El vapor envolvía el baño en una neblina blanca que nos aislaba del mundo, creando una burbuja de tiempo suspendido donde no existían las campañas publicitarias, los consejos de administración, ni los demonios que perseguían a Emma desde el pasado.

Cogí la pastilla de jabón, la froté entre las manos hasta crear una espuma abundante y perfumada, y empecé a deslizarlas por su cuerpo.

No fue un gesto sexual, aunque mi cuerpo reaccionaba instintivamente a su proximidad.

Fue algo más profundo, más intenso. Una forma de cuidado que no recordaba haber practicado nunca.

—Cierra los ojos —murmuré contra su oído, y ella obedeció, confiando ciegamente.

Empecé por los hombros, masajeando con movimientos circulares lentos, eliminando la tensión que aún quedaba allí.

Bajé por sus brazos, cuidando cada dedo, cada uña, como si fueran objetos de valor incalculable.

Cuando llegué a su vientre, lo acaricié con suavidad, sintiendo cómo se contraía ligeramente bajo mis dedos.

—Esto es... —suspiró ella, con la voz adormilada—. No sé cómo llamarlo.

—¿Bien? —sugerí, besando su sien mientras el agua caliente seguía cayendo.

—Más que bien —dijo, y giró la cabeza para mirarme por encima del hombro—. Nadie me había lavado el pelo desde... desde que era pequeña.

Sonreí, aunque el comentario me dolió de alguna forma extraña. Quería ser yo quien hiciera eso por ella. Quería ser yo quien borrara esos años de soledad y autosuficiencia forzada.

—Pues aguanta —dije, cogiendo el champú.

Le apliqué el gel en el cuero cabelludo, masajeando con la yema de los dedos, haciendo círculos suaves desde la frente hasta la nuca.

Emma gimió bajito, cerrando los ojos de nuevo, dejándose llevar completamente.

Era un sonido de placer puro, inocente, y me hizo sentir poderoso y vulnerable al mismo tiempo.

—Alexander —susurró, mientras enjuagaba la espuma con cuidado—. ¿Por qué eres así conmigo?

—¿Cómo? —pregunté, aunque sabía la respuesta.

—Terno. Cuidadoso. Como si fuera... —hizo una pausa—. Como si fuera algo frágil que pudiera romperse.

Apagué el agua. El silencio repentino fue profundo, solo interrumpido por el goteo de las gotas que caían de nuestra piel. La giré en mis brazos para que me mirara de frente. Sus ojos verdes estaban húmedos, no solo por el agua, sino por algo más.

—Porque lo eres —admití, secándole la cara con la palma de la mano—. Porque ambos somos frágiles, Emma. Y porque, por algún motivo que no entiendo, he decidido que quiero ser quien te cuide.

Sus labios temblaron. No lloró, pero estuvo cerca. Me abrazó con fuerza, enterrando la cara en mi cuello, y nos quedamos así durante un tiempo que no pude medir, simplemente respirando el uno del otro.

—¿Quieres hablar de ello? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio—. De por qué tienes tanto miedo a que te abandonen.

Se tensó ligeramente, pero no se apartó. Cuando habló, su voz estaba amortiguada contra mi piel.

—David —dijo, y el nombre sonó como una maldición—.

Estuve con él dos años. Pensaba que... pensaba que era el uno.

Me hizo creer que era el uno. Y luego descubrí que me mentía durante seis meses.

Que me hacía sentir loca por sospechar, cuando él estaba viendo a otra persona.

Me hizo sentir... insuficiente. Como si no fuera suficiente para que alguien se quedara.

Sentí una furia fría recorrer mi espalda. Quería encontrar a ese tal David y estrangularlo con mis propias manos por haberle hecho sentir eso a ella.

—No eres insuficiente —dije, con la voz más dura de lo que pretendía—. Él era un imbécil. Un cobarde.

—Lo sé —suspiró—. Pero el daño... el daño ya está hecho. Desde entonces, no confío en nadie. No dejo que nadie se acerque lo suficiente como para hacerme daño.

La besé suavemente, solo una caricia de labios.

—Yo tampoco confío —confesé, y las palabras salieron arrancadas de lo más profundo—.

Después de mis padres... después de ver cómo se iban, uno tras otro, decidí que no volvería a depender emocionalmente de nadie.

Tuve una relación, hace años. Una mujer llamada Sarah.

Estuvo conmigo durante un año, intentando derribar mis muros.

Y cuando finalmente empecé a abrirme... ella se cansó de esperar.

Dijo que era como intentar abrazar un iceberg.

Que no daba suficiente. Que no podía amar a alguien que no se dejaba amar.

Emma se apartó para mirarme a los ojos. Vi comprensión allí, y dolor compartido.

—¿Te dejó? —preguntó.

—Me dejó —confirmé—. Y me confirmó lo que ya sospechaba: que el amor es una trampa. Que solo sirve para hacerte vulnerable y para que luego te destruyan.

—Entonces ¿por qué estamos aquí? —susurró ella—. Si ambos sabemos que esto es peligroso. Que esto puede hacernos daño.

—Porque ya es demasiado tarde —dije, y era la verdad más pura que había pronunciado en años—. Porque, aunque quisiera, no podría alejarme de ti ahora.

Nos miramos durante un largo momento, dos almas rotadas reconociéndose en el espejo empañado del baño.

Luego, sin decir nada más, salimos de la ducha.

La envolví en una toalla blanca, grande y suave, y la sequé con movimientos pausados, reverentes.

Ella hizo lo mismo conmigo, y hubo algo terriblemente íntimo en que ella me secara el pecho, los hombros, la espalda.

Nos pusimos los albornoces del hotel —dos prendas blancas de algodón grueso que olían a lavanda— y salimos al dormitorio.

El sol de la mañana entraba ahora a raudales por la ventana, iluminando el desastre que habíamos dejado: las sábanas revueltas, la ropa esparcida por el suelo, la evidencia física de nuestra pasión.

—Deberíamos pedir el desayuno —dije, cogiendo el teléfono—. ¿Qué quieres?

—Café —dijo ella, sentándose en el borde de la cama—. Mucho café. Y croissants. Y fruta.

—¿Ambiciosa?

—Hambrienta —corrigió, con una sonrisa traviesa—. Alguien me ha dejado exhausta.

Pedí el desayuno continental para dos, con el café especialmente fuerte que ella había pedido. Mientras esperábamos, nos sentamos en el sofá que había junto a la ventana, ella entre mis brazos, mirando la ciudad despertar.

—Hablemos de la campaña —dijo de repente, volviendo a ser la ejecutiva profesional, aunque seguía con el albornoz abierto y el pelo mojado—. Tenemos que presentar el borrador final el martes.

—Mañana —corregí—. Lo adelantaron.

—¿Cómo? Nadie me avisó...

—Te aviso yo ahora —dije, besando su hombro—. Pero no pienso hablar de trabajo durante los próximos treinta minutos.

Justo entonces sonó mi móvil. El tono de llamada era el de la oficina. Eleanor.

—Mierda —murmuré, cogiendo el teléfono—. Prescott.

Emma se tensó, pero no se apartó.

—Alexander, es Eleanor —dijo la voz al otro lado—. Lo siento por la hora, pero es urgente. Marcus Webb ha estado haciendo preguntas extrañas sobre los accesos al servidor. Creo que sospecha que estamos investigándolo.

—Dile que pararemos unos días —dije, mirando a Emma—. Que hemos encontrado otra pista y estamos siguiéndola en Nueva York.

—¿Mentiras? —susurró Emma cuando colgué.

—Estrategia —corregí—. A veces necesitas hacer creer al enemigo que has cambiado de dirección.

Sonó un golpe en la puerta. El desayuno. Fui a abrir, cogí la bandeja, y la coloqué sobre la mesa baja frente al sofá. Café, zumo de naranja recién exprimido, croissants, fruta fresca y yogur griego.

Emma se sirvió una taza de café y mordió un cruasán, dejando migas sobre el albornoz. La miré y, de repente, sentí una alegría absurda, infantil, por verla así, despeinada, sin maquillaje, comiendo con las manos como una niña.

—¿Qué? —preguntó ella, notando mi mirada.

—Nada —dije, sonriendo—. Solo que nunca te había visto tan... desordenada.

—Soy un desastre —dijo, sin disculparse—. Siempre lo he sido. Solo que oculto bien el caos.

Me acerqué a ella, arrodillándome frente al sofá. Cogí el plato de fruta y cogí una fresa. Se la acerqué a los labios.

—Abre —ordené.

Me miró con los ojos entrecerrados, pero obedeció. Mordió la fresa, y el jugo rojo manchó ligeramente sus labios. Me incliné y se lo limpié con un beso, saboreando el dulce sabor de la fruta mezclado con el suyo.

—Alexander —suspiró ella, cuando el beso se prolongó—. Vas a matarme.

—Nunca —prometí, y la verdad de esa palabra me golpeó con fuerza.

La atraje hacia mí. La senté en mi regazo, con las piernas a horcajadas sobre mí, el albornoz abierto dejando ver su piel desnuda. Estaba duro otra vez, palpitante contra su muslo, y ella lo notó porque se frotó contra mí con una sonrisa maliciosa.

—Otra vez —dijo, y no fue una pregunta.

—Otra vez —confirmé, desabrochando el cinturón de su albornoz.

La penetré mientras ella estaba sentada sobre mí, con el albornoz todavía puesto pero abierto, dejando ver su cuerpo glorioso. Gimió en mi boca, agarrándose a mis hombros, moviendo las caderas en círculos lentos que me volvían loco.

—Así —gruñí, agarrando su cintura para guiar el ritmo—. Justo así, cariño.

La besé con furia, con lengua, con dientes, mientras ella cabalgaba sobre mí con una lentitud torturante. Mis dedos encontraron su clítoris, hinchado y sensible, y lo froté al ritmo de sus movimientos.

—Dios, Alexander... voy a correrme...

—Espera —ordené, acelerando los dedos—. Espera un poco más...

Cuando explotó, fue con un grito que ahogué con mi boca. Su interior se contrajo violentamente alrededor de mí, masajeándome, llevándome al borde. Pero no quería terminar así. Todavía no.

La levanté en mis brazos, todavía conectados, y la llevé hasta el escritorio. La recosté sobre la superficie de madera, apartando los papeles y el portátil de un golpe. Ella quedó abierta, expuesta, con las piernas colgando del borde y el albornoz completamente abierto, mostrándome todo.

Me arrodillé.

—Alexander, no... estoy demasiado sensible...

—Shhh —la callé, y luego me lancé a su sexo.

Estaba empapada, hinchada, todavía palpitando por el orgasmo reciente. La lamí con fruición, con hambre, succionando su clítoris con fuerza, introduciendo la lengua en su interior. Emma gritó, arqueándose, agarrando mi pelo con ambas manos y tirando con fuerza.

—¡Joder, sí! ¡No pares, por favor, no pares!

La devoré. La comí como si fuera mi última comida, como si su sabor fuera el único que necesitara para sobrevivir. Ella se retorcía sobre la mesa, jadeando, gimiendo, pidiendo más y rogando que parara al mismo tiempo.

Cuando sentí que estaba cerca de otro orgasmo, me levanté. La penetré de pie, con ella recostada en el escritorio, agarrando sus muslos para abrirla más. El ángulo era perfecto, profundo, brutal.

—Mírate —ordené, mirando cómo entraba y salía de ella—. Mira cómo te follo.

Ella bajó la vista, y sus ojos se oscurecieron al ver la conexión física, la crudeza y la belleza de nuestros cuerpos uniéndose. Entonces le abrí el albornoz del todo, dejando al descubierto sus pechos.

—Tus tetas —gruñí, agarrándolas con ambas manos—. Son perfectas.

Me incliné sobre ella, sin dejar de moverme, y tomé un pezón en mi boca. Lo succioné fuerte, luego lo mordí, luego lo pellizqué entre los dedos. Hice lo mismo con el otro, masajeando, tirando, marcándola. Emma gemía sin control, con la cabeza echada hacia atrás, completamente entregada.

—Alexander… voy a… no puedo… —balbuceó, con los ojos vidriosos.

—Córrete conmigo —gruñí, acelerando el ritmo hasta convertirlo en una serie de embestidas salvajes—. Ahora, Emma. ¡Ahora!

Nos corrimos juntos con una fuerza que me dejó ciego. Grité su nombre, vaciándome dentro de ella, sintiendo cómo su cuerpo se convulsionaba bajo el mío, cómo sus uñas se clavaban en mi espalda, cómo su interior me succionaba hasta la última gota.

Cuando terminamos, estábamos ambos jadeando, sudorosos, deshechos. La cogí en brazos de nuevo, la senté en mi regazo en el sillón, y la abracé con fuerza, besándola con una ternura que contrastaba con la brutalidad de momentos antes.

—Eres increíble —susurré contra su pelo—. No puedo creer que estés aquí.

Ella se acomodó contra mí, con las piernas enredadas en las mías, con el corazón todavía acelerado.

—Alexander —dijo, con la voz somnolienta—. ¿Esto... esto es solo sexo?

Negué con la cabeza, besando su frente.

—No —admití—. Esto ya no es solo sexo. Y eso me aterra.

Permanecimos en silencio durante unos minutos, simplemente existiendo el uno para el otro. Luego, tomé aire y me atreví a dar el paso que había estado evitando toda mi vida.

—Emma —dije, con la voz firme a pesar del miedo—. Quiero verte fuera del trabajo. Quiero llevarte a cenar. A tomar una copa. A cualquier sitio donde no haya cámaras, ni consejos, ni campañas millonarias. Solo nosotros.

Ella se incorporó para mirarme a los ojos. Sonrió, una sonrisa suave, vulnerable, real.

—Sí —dijo simplemente—. Me gustaría eso.

—Y... —hice una pausa, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas—. Y me gustaría que pasaras el próximo fin de semana conmigo. En mi ático. En Beacon Hill.

Sus ojos se abrieron de par en par.

—Alexander... eso son palabras mayores —dijo, aunque no sonaba asustada, solo sorprendida.

Me reí, una risa genuina que salió de lo más profundo de mi ser.

—Sí que lo son —admití—. Son palabras enormes. Porque nunca, en toda mi vida, he llevado a una mujer a mi ático. Nunca. Ni siquiera a Sarah. Ese lugar... es mío. Es mi refugio. Mi fortaleza.

Emma se quedó callada, mirándome fijamente. Vi cómo sus ojos se humedecían, cómo procesaba la información, cómo comprendía el peso de lo que acababa de ofrecerle.

—¿Por qué? —susurró finalmente—. ¿Por qué yo?

La miré, realmente la miré, y sentí que el último muro que quedaba en mi interior se resquebrajaba y caía.

—Porque cuando estoy contigo —dije, y cada palabra era una confesión, una herida abierta, una esperanza—. no me siento solo. Y porque, aunque tenga miedo de que esto termine mal, tengo más miedo de no intentarlo.

Ella me abrazó con fuerza, enterrando la cara en mi cuello, y yo la sostuve, mirando por la ventana hacia la ciudad que había sido mi reino y mi prisión durante tanto tiempo.

Y mientras la tenía en mis brazos, pensé en qué demonios tenía esta mujer para hacer que quisiera abrir las puertas de mi fortaleza privada.

Qué tenía Emma Sullivan, con su pasado roto y su fuerza indomable, para que yo, que nunca había permitido que nadie traspasara el umbral de mi vida privada, quisiera mostrarle cada rincón de mi existencia.

No encontré la respuesta. Solo sabía que la quería allí. Que necesitaba que estuviera en mi espacio sagrado, en el lugar donde me escondía del mundo.

Y por primera vez en diez años, sentí que quizás, solo quizás, merecía la pena arriesgarse a ser feliz.