Capítulo 11 #2
Se apartó de la cama con una agilidad sorprendente. Me tomó de las muñecas y me hizo girar, colocándome a cuatro patas sobre el colchón. Mi cara quedó hundida en las almohadas, mi trasero elevado, expuesto, vulnerable.
—Joder, mírate —murmuró, admirando la vista—. Eres perfecta. Absolutamente perfecta.
Sentí sus manos fuertes sobre mis caderas, agarrándome con fuerza. Luego, su miembro rozó mi entrada, húmeda, caliente, impaciente.
—¿Preparada? —preguntó, y había una nota de preocupación genuina bajo la lujuria.
—Sí —jadeé—. Hazlo. Hazlo ya.
Y lo hizo. Me penetró de una sola embestida.
Grité. El sonido salió de mi garganta sin filtro, animal, primitivo. Estaba tan húmeda que entró sin resistencia, pero su tamaño seguía siendo un estiramiento glorioso, casi doloroso, perfecto.
—Joder, Emma —gruñó, con los dientes apretados—. Estás tan estrecha. Tan caliente.
Empezó a moverse. No fue suave. Fue salvaje, desenfrenado, una bestia desatada. Cada embestida hacía que mi cuerpo se desplazara hacia delante, obligándome a agarrarme a las sábanas para no caer. El sonido de nuestras caderas chocando llenaba la habitación, junto con sus gruñidos y mis gemidos.
De repente, sentí su mano en mi pelo. No tiró con fuerza, pero sí con firmeza, lo suficiente para inclinar mi cabeza hacia atrás, arqueando mi espalda en un ángulo que le permitía penetrar más profundo.
—Mírame —ordenó, con la voz ronca—. Quiero verte la cara cuando te follo.
Giré la cabeza lo que pude. Nuestros ojos se encontraron. Lo que vi en su mirada me dejó sin aliento: posesión absoluta, deseo crudo, y algo más. Algo que parecía peligrosamente cercano a la adoración.
—Eres mía —gruñó, acelerando el ritmo, golpeando un punto profundo dentro de mí que me hacía ver estrellas.
Soltó mi pelo para agarrar mis caderas con ambas manos, clavando los dedos en mi carne. El dolor se mezcló con el placer de una forma deliciosa.
—Voy a cambiar de posición —anunció, saliendo de mí de golpe.
Gemí de protesta por la pérdida, pero antes de que pudiera quejarme, me giró. Me recostó sobre la cama, entre las almohadas, con las piernas abiertas. Luego, en un movimiento que me dejó atónita, se bajó de la cama y se quedó de pie en el borde, a los pies del colchón.
—Ven aquí —ordenó, tomando mis tobillos y tirando de mí hasta que mi trasero quedó justo al borde de la cama.
Me penetró de nuevo desde esa posición, profundo, brutal, perfecto.
Tenía el control total desde allí, y lo utilizó para follarme con una intensidad que me dejó sin aliento.
Me miraba desde arriba, dominándome con la mirada, con su cuerpo escultural brillando con el sudor, con los músculos de su abdomen tensándose con cada embestida.
—Tócate —ordenó—. Quiero verte tocarte mientras te follo.
Obedecí. Mis dedos encontraron mi clítoris, hinchado, sensible, y empecé a frotarlo al ritmo de sus embestidas.
—Eso es —gruñó, observándome con una fascinación hambrienta—. Joder, mírate. Estás hecha un desastre. Mi desastre.
El placer se acumulaba en espiral. Sentía su miembro golpeando profundo, una y otra vez, mientras mis dedos trabajaban mi clítoris. Era demasiada estimulación. Era perfecto.
—Voy a correrme —advertí, con la voz rota—. Alexander, voy a...
—Espera —gruñó, acelerando el ritmo hasta que la cama empezó a golpear contra la pared—. Espera a que yo esté dentro de ti. Quiero sentir cómo te corres a mi alrededor.
—No puedo... no puedo aguantar...
—Sí puedes —insistió, y su voz era un látigo—. Aguanta. Aguanta para mí, Emma.
Forcejeé contra el placer, conteniéndolo con todas mis fuerzas, hasta que sentí que él se tensaba, que su ritmo se volvía errático, que sus embestidas se volvían desesperadas.
—Ahora —gruñó—. Córrete ahora, preciosa.
Me corrí, por supuesto que lo hice. Pero llegamos juntos.
Mi orgasmo fue una ola devastadora que me arrastró por completo.
Sentí cómo mi interior se contraía violentamente alrededor de su miembro, succionándolo, mientras él vaciaba todo dentro de mí con un rugido que sonó como un trueno.
Era caliente, intenso, infinito. Nos quedamos congelados en esa posición, él de pie, yo recostada, conectados de la forma más primitiva posible, mientras los espasmos nos recorrían a ambos.
Cuando finalmente terminó, Alexander cayó sobre mí, jadeando, con el pecho agitado contra el mío. Nos quedamos así durante minutos, recuperando el aliento, con la piel pegada por el sudor.
—Dios mío —susurré finalmente, con la voz completamente rota.
—Eso ha sido... —empezó él, buscando el aire.
—Salvaje —terminé por él.
—Tuyo —corrigió, besando mi sien con una ternura que contrastaba con la brutalidad de momentos antes—. Eso ha sido tuyo.
Se apartó suavemente, saliendo de mí con una sensación de pérdida que me hizo gemir. Pero antes de que pudiera sentir frío, me tomó en brazos.
—Alexander, ¿qué...?
—La ducha —dijo simplemente, cargándome contra su pecho como si no pesara nada.
Me llevó al baño, todavía desnudos los dos, todavía jadeantes. Encendió el agua, ajustó la temperatura, y me depositó dentro de la bañera de mármol, siguiéndome.
El agua caliente cayó sobre nosotros, limpiando el sudor, el sexo, la evidencia de nuestra pasión. Alexander me tomó entre sus brazos, con mi espalda contra su pecho, mientras el agua nos envolvía en una burbuja de calor y silencio.
Cerré los ojos y apoyé la cabeza en su hombro. Y entonces, mientras el agua caía y su corazón latía contra mi espalda, me invadió un pensamiento profundo, casi doloroso.
Esto es real , pensé. Esto es peligrosamente real.
No era solo sexo. No era solo atracción física. Era algo que había intentado evitar toda mi vida, algo que me aterraba más que cualquier fracaso profesional. Era intimidad. Era conexión. Era el sentimiento de pertenecer a alguien y de que alguien me perteneciera a mí.
Alexander Prescott, el hombre frío e inaccesible, el empresario que no se dejaba tocar, me había tomado por completo.
Y lo peor, lo más aterrador, era que yo se lo había permitido.
Que yo lo deseaba. Que, por primera vez desde que era una niña abandonada en un hospital de Massachusetts, sentía que estaba exactamente donde debía estar.
Y mientras sus brazos me apretaban con fuerza, como si pudiera leer mis pensamientos y quisiera disipar mis miedos, supe que no había vuelta atrás.
Que ya era demasiado tarde para proteger mi corazón.
Porque se lo había entregado ya, sin condiciones, en manos de un hombre que juró no querer enamorarse.