El riesgo de mirarte Capítulo 11
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Capítulo 11

Emma

Me desperté con la sensación de estar flotando en un mar de sábanas revueltas, desnuda, con la piel todavía sensibilizada por un tacto que ya no estaba allí.

Durante unos segundos, esos segundos mágicos entre el sueño y la vigilia en los que el cerebro aún no ha procesado la realidad, permanecí inmóvil, con los ojos cerrados, dejando que el sol de la mañana se filtrara entre las cortinas del hotel y me acariciara los párpados con una tibieza dorada.

Fue entonces cuando todo volvió.

El recuerdo me golpeó con la fuerza de un tsunami. No fue un sueño. No fue una fantasía producto del vino y la soledad. Había sucedido. Todo había sucedido.

Alexander. La puerta. El beso brutal contra la pared. Su boca devorándome. Sus manos tomando posesión de cada centímetro de mi piel. La forma en que me había penetrado, llenándome por completo, haciéndome gritar su nombre hasta quedarme sin voz.

—Joder —susurré al vacío, llevándome las manos a la cara, hundiendo los dedos en el pelo todavía húmedo por el sudor de la noche anterior.

Estaba sola en la cama. Eso lo supe incluso antes de abrir los ojos del todo. La ausencia de su calor corporal era un vacío físico, casi doloroso. La sábana a mi lado estaba fría, lo que significaba que llevaba horas levantado, o que simplemente nunca se había quedado.

No, estuvo aquí , me recordé. Te abrazó hasta que te dormiste. Sentiste su respiración en tu nuca. Su brazo pesado sobre tu cintura.

Me incorporé sobre los codos, escudriñando la habitación con la mirada. Vacía. Silenciosa. Solo yo, desnuda entre estas sábanas blancas que ahora olían a sexo, a él, a nosotros.

Y entonces me invadió el pánico.

—Dios, Emma, ¿qué has hecho? —murmuré, frotándome las sienes con violencia.

Nunca. Esa era mi regla de oro. Mi mandamiento sagrado.

No mezclarás el trabajo con el placer . Lo había aprendido a base de golpes, de errores, de ver cómo mi reputación podía desmoronarse en segundos por un rumor, una fotografía, una supuesta debilidad.

David me había enseñado eso, aunque de la peor manera posible.

Pero Alexander... Alexander no era David.

Y eso era precisamente lo que me aterrorizaba.

Era mi cliente. El dueño de la cuenta más importante de mi carrera. Un hombre que controlaba imperios y que, por algún motivo que escapaba a toda lógica, había decidido poseerme la noche anterior con una intensidad que todavía sentía entre los muslos.

Cerré los ojos de nuevo, dejándome caer sobre la almohada, cubriéndome el rostro con las manos.

Estaba pensando demasiado. Lo sabía. Mi mente, esa mente perfeccionista y analítica que me había llevado a lo más alto de Horizon , ahora funcionaba a mil revoluciones, intentando encontrar una salida, una explicación, una forma de arreglar lo irreparable.

Esto no debería haber pasado , repetía como un mantra. Esto no puede haber pasado. Tú no haces estas cosas. Tú controlas. Tú nunca pierdes el control.

Pero con él lo había perdido. Lo había perdido desde el primer beso, desde la primera caricia, desde el momento en que sus ojos grises se habían clavado en los míos y me habían desnudado el alma antes de desnudar el cuerpo.

—Estás pensando demasiado.

La voz surgió de la penumbra del baño, profunda, ronca, cargada de esa autoridad que me volvía loca y me calmaba al mismo tiempo.

Me sobresalté tanto que casi caí de la cama. Mi corazón se disparó, golpeando contra mis costillas con un ritmo desbocado. Me incorporé de golpe, agarrando la sábana para cubrirme el pecho en un gesto instintivo y ridículo, considerando todo lo que ya había visto... y tocado... y saboreado.

Alexander estaba allí.

Apoyado en el marco de la puerta del baño, completamente desnudo, con una toalla blanca colgada del hombro que no se molestaba en usar para cubrirse. La luz de la mañana entraba por detrás de él, dibujando su silueta con un halo dorado que parecía irreal.

Por la noche, entre sombras y penumbras, había sido impresionante. Pero a la luz del día... Dios mío. Era devastador.

Su piel bronceada contrastaba con la oscuridad de su vello corporal.

Los músculos de su pecho y abdomen se definían con una precisión escultural, producto de años de disciplina y gimnasio.

Sus hombros, anchos y fuertes, bajaban en una V perfecta hacia una cintura estrecha.

Y entre sus muslos... mi mirada se detuvo allí, inevitablemente.

Estaba semierecto, pesado, grueso, descansando contra su muslo con una confianza que me hizo tragar saliva con dificultad.

Pero fue su rostro lo que realmente me dejó sin aliento.

La barba de dos días que oscurecía su mandíbula.

Los ojos grises, ahora más claros que nunca, fijos en mí con una intensidad que me hizo sentir expuesta, vulnerable, deseada.

No había rastro del empresario frío y controlado.

Solo había un hombre. Mi hombre. Al menos por esta mañana.

—Buenos días —dijo, y su voz era un gruñido bajo que vibró directamente en mi vientre.

—Alexander... —logré articular, aunque mi boca estaba completamente seca—. Yo... pensaba que te habías ido.

—¿Y dejarte sola con tus demonios? —Se apartó del marco y avanzó hacia la cama con una lentitud deliberada, como un depredador acercándose a su presa—. Nunca.

Cada paso que daba hacía que mi respiración se acortara. La sábana que sujetaba contra mi pecho de repente me pareció un escudo ridículo e inútil. Cuando llegó al borde de la cama, se detuvo. Me miró desde arriba, con una mezcla de ternura y lujuria cruda que me encendió por dentro.

—Suelta esa sábana —ordenó, y no fue una petición. Fue una orden directa, cargada de promesas oscuras.

Mis dedos obedecieron antes de que mi cerebro pudiera procesarlo. La tela cayó, dejando al descubierto mis pechos, mis pezones ya erectos por la excitación y el aire frío de la habitación.

Una sonrisa lenta, arrogante y terriblemente sexy, curvó sus labios.

—Eso está mejor.

Se metió en la cama.

No hubo delicadeza esta vez. No hubo preámbulos ni suavidad.

Se abalanzó sobre mí con la misma ferocidad de la noche anterior, tomando mi boca en un beso que me robó el aliento.

Su lengua entró sin pedir permiso, explorando, reclamando, marcando territorio.

Sus manos se enredaron en mi pelo, tirando suavemente, pero con firmeza, inclinando mi cabeza hacia atrás para tener mejor acceso a mi cuello.

—Alexander... —jadeé cuando sus labios se desplazaron hacia mi clavícula, mordiendo, chupando, dejando marcas que sabía que tendría que ocultar con maquillaje durante días.

—Calla —gruñó contra mi piel—. No quiero oír excusas. No quiero oír que esto fue un error. Quiero oírte gemir. Quiero oírte gritar.

Sus manos bajaron por mi cuerpo con una velocidad frenética. Me tocó los pechos con rudeza, pellizcando mis pezones hasta que solté un chillido que fue mitad dolor, mitad placer extremo. Luego siguió bajando, por mi vientre, por mis caderas, hasta que sus dedos encontraron mi sexo.

—Ya estás mojada —observó con satisfacción, deslizando un dedo entre mis pliegues—. Joder, Emma. Eres una maravilla.

—Por ti... —suspiré, arqueándome contra su mano—. Todo es por ti...

—Lo sé.

Se apartó de mí de repente, y gemí de protesta por la pérdida de su calor. Pero no tardó en posicionarse entre mis piernas, separando mis muslos con sus hombros, abriéndome completamente para él.

—Voy a comerte —anunció, y su aliento caliente contra mi sexo me hizo estremecer—. Y esta vez no pararé hasta que te corras tres veces. Mínimo.

Cuando su lengua hizo contacto con mi clítoris, mi espalda se arqueó violentamente, golpeando contra el cabecero de la cama.

Era demasiado. Era una tortura deliciosa.

Lamía con fruición, con hambre, como si mi sexo fuera el único manjar que pudiera saciarlo.

Introdujo dos dedos en mi interior, curvándolos para encontrar ese punto que me volvía loca, y succionó mi clítoris al mismo tiempo.

—¡Dios, Alexander! —grité, agarrando las sábanas con fuerza, sintiendo cómo el placer se acumulaba en mi vientre, denso, intenso, inevitable.

—Dime que eres mía —exigió contra mi piel, sin detenerse—. Dime que esto es mío —pidió, tocando mi sexo.

—Es tuyo —jadeé, sin vergüenza, sin reservas—. Todo es tuyo. Por favor, no pares...

Me folló con la lengua y los dedos, estableciendo un ritmo brutal que me llevó al borde en cuestión de minutos. Sentía la tensión acumulándose, la presión creciendo, hasta que exploté con un grito ronco que debió de oírse en todo el pasillo del hotel.

—Uno —contó él, sonriendo contra mi muslo, lamiendo mis jugos con deleite—. Vamos por el segundo.

—No puedo... es demasiado...

—Puedes —interrumpió, y volvió a atacar mi sexo con renovada ferocidad.

Esta vez fue más rápido. Sus dedos entraban y salían de mí con fuerza, haciendo sonidos obscenos que me excitaban aún más. Su lengua dibujaba círculos perfectos alrededor de mi clítoris, luego lo succionaba con fuerza, alternando entre suavidad y brutalidad.

Cuando el segundo orgasmo me tomó, fue más intenso que el primero. Mi cuerpo se convulsionó, mis piernas se cerraron alrededor de su cabeza, y grité su nombre una y otra vez, perdiendo completamente el control.

Alexander emergió entre mis muslos con una sonrisa de satisfacción absoluta. Su barba brillaba con mi humedad. Sus ojos estaban oscuros, casi negros de deseo.

—Dos —dijo, subiendo por mi cuerpo para besarme.

Pude saborearme a mí misma en sus labios, lo cual fue terriblemente excitante. Su miembro, ahora completamente erecta, dura como el acero, presionaba contra mi vientre.

—Quiero follarte —gruñó contra mi boca—. Quiero sentirte desde atrás. Quiero verte arrodillada para mí, con ese culo perfecto en el aire, mientras te penetro hasta que no recuerdes tu nombre.

Sus palabras me hicieron gemir. La crudeza de su lenguaje, combinada con la elegancia habitual de su forma de hablar, era una mezcla explosiva.

—Sí —susurré—. Fóllame. Por favor, Alexander. Necesito sentirte dentro de mí.