El riesgo de mirarte Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Esta vez fui más lento. Más deliberado. Usé solo la punta de la lengua para dibujar círculos alrededor de su clítoris, provocándola, llevándola al borde y luego retrocediendo. Introduje tres dedos esta vez, estirándola, preparándola para lo que vendría después.

—Eres una tortura —gimió ella, moviendo las caderas, intentando presionar contra mi boca—. Eres cruel.

—Soy paciente —corregí, mirándola desde entre sus muslos—. Y quiero que esto te dure. Quiero que recuerdes esta noche cada vez que te toques. Quiero ser el estándar contra el que compares a todos los demás.

—Ya lo eres —susurró ella, y sus palabras me golpearon en el pecho con una fuerza física—. Dios, Alexander, ya lo eres.

La penetré con los dedos mientras mi lengua aceleraba el ritmo sobre su clítoris. Esta vez no fui suave. Esta vez fui implacable. La follé con la boca y con los dedos al mismo tiempo, estableciendo un ritmo brutal, constante, que la llevó al borde más rápido de lo que ella esperaba.

—¡Alexander! —gritó, y su segundo orgasmo la tomó con la fuerza de una tormenta.

Esta vez fue más intenso. Sus piernas se cerraron alrededor de mi cabeza, atrapándome contra su sexo, y yo seguí lamiendo, chupando, follándola con la lengua hasta que ella se deshizo completamente, hasta que quedó inerte sobre la cama, jadeando, con el pelo pegado a la cara por el sudor, con las mejillas sonrojadas, con los ojos vidriosos.

Subí por su cuerpo como un depredador. Me posicioné entre sus piernas. Mi miembro, dura como el acero, palpitaba contra su entrada.

—Dos —dije, con una sonrisa arrogante que no podía contener—. Ahora me toca a mí.

Emma me miró con ojos borrosos, todavía recuperándose de sus dos orgasmos. Pero cuando sintió mi erección presionando contra su entrada, sus ojos se aclararon. Se llenaron de nuevo de deseo.

—Dios, estás enorme —dijo, y su voz sonó admirada, nerviosa.

—Te cabré —prometí, besando su cuello, mordiendo su lóbulo—. Te estiraré. Te llenaré. Y vas a gritar mi nombre hasta que se te rompa la voz.

—Presumido —susurró, pero sonreía.

—Realista —corregí.

Introduje la punta. Emma jadeó. Estaba empapada, pero aun así era un ajuste perfecto, un estiramiento que debía ser doloroso y placentero al mismo tiempo.

—¿Duele? —pregunté, conteniéndome, temblando con el esfuerzo de no hundirme de golpe.

—No... sí... no importa... —jadeó ella, agarrando mis hombros—. Más. Quiero más. Quiero todo.

La penetré completamente.

Un solo empujón fuerte, decidido, hasta el fondo. Hasta que mi pelvis chocó contra la suya. Hasta que estuve completamente dentro de ella, rodeado por su calor, por su estrechez, por su perfección.

—Joder —gruñí, con los dientes apretados—. Joder, Emma. Eres perfecta. Tan perfecta...

Ella gimió, arqueándose, adaptándose a mi tamaño. Sus uñas se clavaron en mi espalda, marcándome, poseyéndome como yo la poseía a ella.

Empecé a moverme.

Lento al principio. Retirándome casi hasta salir, luego volviendo a hundirme hasta el fondo. Cada embestida la hacía gemir. Cada golpe de nuestras caderas producía un sonido húmedo, obsceno, hermoso.

—Más rápido —suplicó ella—. Alexander, por favor, más rápido...

—¿Así? —pregunté, aumentando el ritmo, embistiéndola con fuerza, haciendo que la cama golpeara contra la pared.

—¡Sí! —gritó ella—. ¡Así! ¡Joder, sí!

La cogí de las muñecas. Las levanté sobre su cabeza, inmovilizándolas contra el cabecero. La dominé completamente con mi cuerpo, con mi mirada, con mi miembro que entraba y salía de ella sin piedad.

—Eres mía —gruñí contra su oído, sintiendo cómo se acercaba el orgasmo, sintiendo las contracciones de su interior alrededor de mí—. Esta noche eres mía. Mañana serás mía. Dime que lo entiendes.

—Lo entiendo —jadeó ella, con los ojos cerrados, con la cabeza echada hacia atrás—. Soy tuya. Dios, Alexander, soy tuya...

—Mírame —ordené—. Mírame cuando te corras.

Ella abrió los ojos. Verdes. Intensos. Llenos de mí.

La penetré una última vez, profundo, brutal, hasta lo más hondo de ella. Y explotamos juntos.

Mi orgasmo fue una bestia desatada. Un rugido salió de mi garganta mientras vaciaba todo en ella, mientras mi semen llenaba su interior, mientras mi cuerpo se tensaba y convulsionaba sobre el suyo.

Emma gritó mi nombre una y otra vez, contrayéndose alrededor de mí, succionándome hasta la última gota.

Caí sobre ella. No tuve fuerzas para sostenerme. Nos quedamos así, sudorosos, jadeantes, conectados, durante minutos que parecieron horas.

Cuando recuperé el aliento, me aparté suavemente. Salí de ella con una sensación de pérdida que me sorprendió. Quería quedarme dentro para siempre.

Me tendí a su lado. La atraje hacia mí. Ella vino sin resistirse, acurrucándose contra mi pecho, poniendo su cabeza en el hueco de mi hombro.

—Eso ha sido... —empezó ella, y su voz sonó adormilada, satisfecha.

—Brutal —terminé por ella, besando su coronilla.

—Apoteósico —corrigió, con una risita.

—Eso también.

Ella levantó la cabeza para mirarme. Sus ojos brillaban en la penumbra de la habitación.

—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó, con una mezcla de burla y curiosidad real—. ¿Por qué no cruzaste el pasillo antes?

—Porque tenía miedo —admití, y la honestidad me costó, pero ella la merecía—. Porque tú eres... eres todo lo que no quería necesitar. Y ahora te necesito. Te necesito desesperadamente.

Emma me miró durante un largo momento. Luego sonrió. No una sonrisa burlona, sino una sonrisa suave, vulnerable, real.

—Yo también tengo miedo —susurró—. Pero quizás... quizás podamos tenerlo juntos.

La besé. Suave esta vez. Tierno. Sin la urgencia de antes, pero con la misma intensidad.

—Duerme —dije, acariciando su espalda—. Mañana hablaremos. Pero ahora, duerme.

Ella cerró los ojos. Su respiración se volvió regular en cuestión de minutos.

Yo me quedé despierto, mirando el techo, con ella en mis brazos, sintiendo su calor contra mi cuerpo.

Y por primera vez en diez años, no me sentí solo.

Me sentí en casa.