El riesgo de mirarte Capítulo 10
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Capítulo 10

Alexander

La llave magnética seguía en mi mano, húmeda por el sudor de mi palma. El traje que llevaba puesto —ese traje que había sido impecable doce horas antes— ahora estaba arrugado, manchado de lluvia, impregnado del olor a tabaco del bar y de mi propia desesperación.

No podía dormir. No podía quedarme en esa habitación vacía sabiendo que ella estaba a solo metros de distancia, al final del pasillo, probablemente con la misma angustia que yo.

Me había pasado toda la vida huyendo de esto. De la vulnerabilidad. Del deseo desnudo. De la posibilidad de ser rechazado, de ser abandonado, de sufrir.

Pero en ese momento, con el recuerdo de sus ojos brillantes en el bar, con el eco de su risa todavía resonando en mis oídos, con la certeza visceral de que Emma Sullivan era ya una parte de mí que no podía extirpar, tomé una decisión.

No iba a pasar otra noche solo.

No iba a dejar que el miedo ganara.

Me enderecé. Guardé la llave en el bolsillo. Y abrí la puerta.

El pasillo estaba iluminado con luces tenues que proyectaban sombras alargadas sobre la alfombra gruesa. Caminé despacio, como si el suelo fuera a quebrarse bajo mis pies. Cada paso resonaba en mi cabeza como un tambor de guerra.

Mi habitación, la 1507. La suya, la 1512.

Cinco puertas de distancia.

Cinco puertas que parecían cinco kilómetros.

Cuando llegué frente a la 1512, me detuve. Respiré hondo. Sentí el pulso en la sien, en el cuello, en las muñecas. Estaba duro como una roca, incómodamente apretado contra la tela de los pantalones, y ni siquiera me avergonzaba. Llevaba meses conteniendo esto. Años. Toda una vida de contención.

Levanté la mano. Toqué la madera.

Tres golpes secos.

Esperé.

Un segundo. Dos.

Escuché pasos al otro lado. El sonido de la cadena de seguridad deslizándose. El clic de la cerradura.

La puerta se abrió.

Emma estaba allí, con el pelo todavía húmedo de la ducha, cayéndole en mechones oscuros sobre los hombros.

Llevaba puesta una bata de algodón blanco, suelta, apenas cerrada con un nudo informal.

Sin maquillaje. Con las mejillas sonrojadas por el vapor del baño.

Con los ojos verdes abiertos de par en par, sorprendidos, interrogativos.

—Alexander... —empezó a decir, y su voz era un susurro confundido—. ¿Qué...?

No dejé que terminara la frase.

La empujé suavemente hacia dentro, entré en la habitación, y cerré la puerta de golpe con el pie.

Luego la tomé entre mis brazos.

La besé con una desesperación que me avergonzaba y me excitaba al mismo tiempo.

Fue un beso brutal, hambriento, sin preámbulos ni delicadezas.

Apreté su rostro entre mis manos, incliné su cabeza hacia atrás, y fundí mi boca con la suya con una necesidad que llevaba semanas —meses— gestándose en mi interior.

Al principio, Emma se tensó.

Sentí su cuerpo rígido contra el mío, sus manos subiendo para empujar mi pecho, su respiración cortada por la sorpresa. Durante un segundo —un segundo eterno— temí que me rechazara. Que me apartara. Que me preguntara qué demonios creía que estaba haciendo.

Pero entonces, algo cambió.

Sus dedos dejaron de empujar. Se agarraron a mi camisa. Apretaron la tela con fuerza.

Y ella respondió.

Abrió la boca. Dejó que mi lengua entrara, explorara, reclamara. Emitió un sonido —un gemido bajo, casi imperceptible— que me volvió loco. Sus manos subieron por mi pecho, rodearon mi cuello, se enredaron en mi pelo.

Me devolvió el beso con la misma furia que yo le daba.

Nuestras lenguas se encontraron, lucharon, se acariciaron. Sabía a vino tinto y a menta. A deseo contenido. A todo lo que había imaginado durante noches de insomnio.

—Alexander —jadeó ella cuando separé mis labios de los suyos para respirar, para morder su cuello, para saborear su piel—. Dios, Alexander...

—Te deseo —gruñí contra su clavícula, dejando un rastro de besos húmedos hasta su hombro—. Te deseo desde el primer día. Desde que te vi en esa sala de juntas, desafiándome con esos ojos verdes. Desde que me dijiste que mi música era de ascensor.

Ella soltó una risa temblorosa, mezclada con un gemido cuando mordisqueé el lugar donde su cuello se unía con el hombro.

—Eres un idiota —susurró, arqueándose contra mí—. Un idiota frío y controlado que...

—Que ya no está controlado —interrumpí, tomando su rostro entre mis manos para mirarla a los ojos—. No contigo. Nunca contigo.

La besé de nuevo. Esta vez más profundo, más lento, más intencionado. Quería que sintiera todo lo que no podía decir con palabras. Todo lo que llevaba guardado. Todo lo que ella había despertado en mí.

Ella se pegó a mí, sintiendo mi dureza contra su vientre, y gimió contra mi boca.

—Dios, estás duro —susurró, y su voz sonó sorprendida, excitada.

—Llevo semanas así —confesé, apretando su cadera contra la mía—. Cada vez que te veo. Cada vez que hueles a ese perfume tuyo, ese que me vuelve loco. Cada vez que sonríes...

La empujé contra la pared. La aprisioné entre el yeso frío y mi cuerpo ardiente. Sentí sus manos desabrochando mi camisa con torpeza, con urgencia.

—Te quiero desnuda —dije, y mi voz sonó áspera, dominada por la lujuria—. Quiero verte. Quiero tocarte. Quiero saborearte.

Emma me miró con los ojos brillantes, con las pupilas dilatadas. Se mordió el labio inferior. Luego, sin decir una palabra, desató el nudo de su bata.

La bata cayó al suelo con un susurro.

Emma no llevaba nada debajo.

La miré. Realmente la miré, con la reverencia de un hombre que está viendo algo sagrado.

Su cuerpo era... perfecto. No en el sentido estéril de las revistas, sino en el sentido real, humano, deslumbrante.

Pechos firmes con pezones erectos, esperando mi boca.

Cintura estrecha que se ensanchaba en caderas que pedían a gritos que las agarrara.

Un triángulo oscuro entre sus piernas que me hizo salivar.

—Eres preciosa —dije, y mi voz se quebró—. Joder, Emma. Eres perfecta.

Ella se sonrojó. En serio se sonrojó, con ese rubor que subía desde el pecho hasta las mejillas.

—No digas tonterías —murmuró, intentando cruzar los brazos sobre su pecho.

—No son tonterías —dije, apartando sus brazos suavemente pero firmemente—. Eres perfecta. Cada curva. Cada marca. Cada centímetro de ti.

Me quité la camisa de un tirón. Los botones saltaron, pero me importaba una mierda. Luego me desabroché el cinturón, bajé la cremallera, y me quité los pantalones y los calzoncillos de una vez.

Emma me miró. Sus ojos recorrieron mi cuerpo, mi pecho, mi abdomen, mi miembro erguido que palpitaba contra mi vientre, dura, gorda, ansiosa por estar dentro de ella.

—Dios mío —susurró, y tragué saliva al ver cómo se humedecía los labios—. Eres... eres...

—¿Demasiado? —pregunté, acercándome a ella.

—Imposible —dijo ella, y sonrió con una mezcla de nerviosismo y deseo—. Eres imposible.

La tomé en brazos. Ella chilló sorprendida, rodeando mi cuello con sus brazos. La llevé hasta la cama, la dejé caer sobre el edredón blanco, y me quedé mirándola desde arriba, dominándola con mi mirada.

—Voy a comerte —dije, y no fue una pregunta. Fue una promesa—. Voy a saborearte hasta que no puedas más. Hasta que te corras en mi boca. Dos veces. Al menos dos veces.

Emma jadeó. Sus mejillas se pusieron rojas como tomates.

—Alexander, no hace falta que...

—Shhh —la callé, poniendo un dedo sobre sus labios—. Déjame. Por favor. He soñado con esto. He fantaseado con tu sabor. Déjame hacerlo realidad.

Bajé por su cuerpo, dejando besos en sus pechos, mordiendo sus pezones hasta que ella arqueó la espalda y gimió mi nombre. Seguí descendiendo, besando su vientre plano, su ombligo, la curva de sus caderas.

Cuando llegué a su monte de Venus, inhalé profundamente. Olía a ella. A sexo. A deseo puro.

Separé sus piernas con las manos. Ella no opuso resistencia. Al contrario, abrió más, mostrándome su sexo rosado, húmedo, brillante, esperando.

—Precioso —murmuré, y luego me lancé.

Mi lengua la recorrió de abajo arriba, desde la entrada hasta el clítoris, saboreando cada centímetro de su intimidad. Emma gritó. No gimió. Gritó, arqueándose sobre la cama, agarrando las sábanas con puños blancos.

—¡Dios, Alexander!

Sabía salada, dulce, perfecta. La lamí con fruición, con hambre, como si llevara años muerto de hambre y ella fuera el único manjar que pudiera saciarme. Rodeé su clítoris con la lengua, lo succioné suavemente, luego con más fuerza, estableciendo un ritmo que la hacía jadear y retorcerse.

—No pares —susurró ella, con la voz rota—. Por favor, no pares...

No tenía intención de parar.

Introduje dos dedos en su interior. Estaba empapada, caliente, estrecha, apretando mis dedos con una fuerza que me hizo gemir contra su sexo. La follé con los dedos mientras mi lengua seguía trabajando su clítoris, y ella empezó a perder el control.

—Voy a… Voy… —balbuceó, moviendo las caderas contra mi boca.

—Hazlo —ordené, mirándola desde abajo, entre sus muslos—. Quiero sentirte. Quiero saborearte cuando te corras.

Eso fue suficiente.

Emma explotó.

Su cuerpo se tensó como un arco, su espalda se arqueó hasta casi romperse, y un grito largo, profundo, animal, salió de su garganta. Sentí sus paredes internas contraerse alrededor de mis dedos, sentí su humedad aumentar, sentí su sabor cambiar, volverse más intenso.

La lamí a través de su orgasmo, prolongando su placer, chupando su clítoris hasta que ella me empujó suavemente, sobresensibilizada, riendo y llorando al mismo tiempo.

—Para... para... no puedo más... —jadeó, con el pecho agitado.

Pero yo no había terminado.

Subí por su cuerpo, besando su vientre, sus pechos, su cuello, hasta llegar a su boca. La besé profundamente, dejándola saborear su propio sexo en mis labios.

—Uno —dije contra su boca—. Te quedas ahí. No te muevas. Vamos por el segundo.

—Alexander, es imposible... no puedo...

—Puedes —la interrumpí, con una seguridad que provenía de saber exactamente lo que quería—. Y vas a hacerlo. Porque voy a follarte con la lengua hasta que no recuerdes tu nombre.

Volví a bajar.