El riesgo de mirarte Capítulo 9
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Capítulo 9

Alexander

El viernes amaneció con un cielo azul implacable sobre Boston. Me desperté a las seis, como siempre, pero esa mañana había algo diferente en el aire. Una electricidad que no podía explicar. Una anticipación que no quería analizar.

Estábamos a punto de viajar a Nueva York para una presentación privada con inversores. Eleanor había organizado todo: el coche, el hotel, la agenda. Pero había un detalle que no había previsto. Que no había querido prever.

Viajaríamos solos. Emma y yo.

Ella apareció en la entrada de mi edificio a las ocho en punto, puntual como un reloj suizo.

Llevaba un vestido azul marino sencillo, sandalias planas y gafas de sol que ocultaban sus ojos.

Un maletín de cuero colgaba de su hombro.

Parecía... relajada. Diferente a la ejecutiva de traje perfecto que conocía de la oficina.

—Buenos días —dijo, subiéndose al coche sin esperar a que el conductor abriera la puerta.

—Buenos días —respondí, sentándome a su lado en la parte trasera del Mercedes.

El coche arrancó. Salimos de Boston rumbo a Nueva York, tres horas de carretera por delante.

El silencio inicial fue denso, incómodo, cargado de todo lo que había pasado dos días antes en esa sala de juntas.

De la forma en que la había defendido. De la pregunta que ninguno de los dos había respondido.

—¿Podemos poner música? —preguntó Emma tras diez minutos de silencio.

—Claro.

Cogió su móvil, conectó el Bluetooth, y de repente, el coche se llenó de una canción pop con un ritmo bailable que me hizo fruncir el ceño instintivamente.

—¿Esto es... música?

—Ajá —dijo ella, mirándome por encima de las gafas de sol—. Es música. Aunque tú probablemente solo escuches Bach o algo igual de deprimente.

—Escucho jazz —corregí—. Y ocasionalmente rock clásico.

—Vaya, qué sorpresa. El señor serio escucha música de señores serios.

—¿Estás insinuando que no tengo sentido del humor?

—Estoy afirmándolo.

Me giré para mirarla. Ella me devolvió la mirada con una sonrisa traviesa en los labios. Era la primera vez que la veía así. Desinhibida. Divertida. Sarcástica.

—Y, además —continuó, cambiando la canción por otra igual de animada—. Tu gusto para vestir es terrible. Siempre de oscuro. Siempre de traje. ¿No tienes unos vaqueros? ¿Una camiseta? ¿Algo que demuestre que eres humano?

—Los vaqueros son para los fines de semana —dije, y mi voz sonó más defensiva de lo que pretendía.

—Ah, claro. Los fines de semana. Ese concepto mítico que los CEO como tú no conocen.

—Yo conozco los fines de semana —mentí.

Emma se rio. Era una risa genuina, cálida, que llenó el espacio cerrado del coche y me hizo sentir... incómodo. Pero no del modo habitual. Era una incomodidad diferente. Una que no sabía cómo manejar.

—Muy bien —dijo ella—. Demuéstrame que tienes sentido del humor. Hazme reír.

—No soy un payaso.

—No. Eres peor. Eres un hombre que se toma a sí mismo demasiado en serio. Debe ser agotador.

La miré. Realmente la miré. Y por primera vez en años, sentí que alguien me veía. Realmente me veía. No al CEO. No al empresario frío. A mí.

—Lo es —admití, y la honestidad de la respuesta me sorprendió a mí mismo.

Emma dejó de sonreír. Su expresión se suavizó.

—Entonces relájate —dijo, más suavemente—. Solo por hoy. Somos dos personas viajando en un coche. No el futuro de una empresa de cien millones de dólares.

Asentí. Y para mi propia sorpresa, alcancé el móvil y cambié la música. Puse algo neutral. Jazz suave. Y cuando ella protestó, cuando dijo que era música de ascensor, yo casi sonreí.

Casi.

El resto del viaje transcurrió entre discusiones absurdas.

Sobre si el café que ella llevaba en su termo era «líquido para quitar óxido» o «el único café decente en Boston».

Sobre quién tenía peor gusto para vestir, ella defendía su estilo práctico.

Sobre si Nueva York era superior a Boston, un debate que ella ganó por abandono cuando admití que no había estado en Manhattan desde hacía tres años.

Fuera del entorno laboral, Emma era... diferente.

Más ligera. Más rápida con las respuestas.

Más dispuesta a reírse de sí misma. Y yo, por algún motivo que no podía explicar, me encontré respondiendo a su sarcasmo con el mío propio.

Encontré que tenía comentarios secos que ella captaba al instante.

Que mis observaciones sobre los coches que nos adelantaban la hacían reír.

Descubrí que, bajo todas esas capas de seriedad, todavía sabía cómo ser divertido. O al menos, cómo no ser aburrido.

Llegamos al hotel de Manhattan a mediodía. Dejamos las maletas y nos dirigimos directamente a la reunión con los inversores. Un edificio de cristal en el distrito financiero, planta cuarenta y dos, vistas que dominaban Central Park.

Estábamos allí para presentar la estrategia de lanzamiento del sistema de diagnóstico. Para convencer a un grupo de inversores escépticos de que Prescott Technologies merecía su confianza y su dinero.

Cuando entramos en la sala, me puse la máscara. La máscara de CEO frío, calculador, impecable. Pero esta vez, Emma estaba a mi lado. Y cuando nuestras miradas se cruzaron antes de empezar, ella me hizo un gesto casi imperceptible. Un gesto que decía: «Relájate».

La presentación fue... perfecta.

Emma habló primero. Explicó la visión creativa, la estrategia de marca, la forma de humanizar la tecnología. Tenía una pasión contagiosa, una forma de mover las manos cuando explicaba conceptos abstractos que hacía que todo pareciera obvio, inevitable, emocionante.

Luego hablé yo. Los números. La proyección de ventas.

El retorno de la inversión. La fiabilidad técnica.

Pero mientras hablaba, me encontré usando ejemplos que ella me había dado en el coche.

Metáforas que habíamos discutido durante el viaje.

Formas de explicar la complejidad que ella había introducido en nuestras conversaciones.

Trabajábamos como equipo. Sin haberlo ensayado, sin haberlo planeado. Ella completaba mis silencios. Yo reforzaba sus argumentos con datos. Los inversores nos miraban alternativamente, asintiendo, tomando notas, intercambiando miradas de aprobación.

Cuando terminamos, el silencio duró cinco segundos. Luego, el inversor principal, un hombre de sesenta años con reputación de lobo de Wall Street, se levantó y extendió la mano.

—Señor Prescott, señorita Sullivan —dijo, y había respeto en su voz—. Esto es lo que llamo una propuesta. La combinación entre su visión estratégica y su creatividad... es impresionante.

—Gracias —dije—. Pero la creatividad es todo suyo. Yo solo aporto los números.

—Y los números, señor Prescott, nunca han sido tan convincentes.

Salimos de la reunión con el contrato prácticamente cerrado. Con compromisos de financiación que superaban nuestras expectativas. Con sonrisas que ninguno de los dos podía contener.

En el ascensor, Emma se giró hacia mí.

—¿Has visto la cara del señor Henderson cuando has mencionado el algoritmo predictivo? —dijo, conteniendo la risa.

—Pensaba que iba a sufrir un infarto de la emoción —respondí, y esta vez sí sonreí. Abiertamente.

—Ha sido... —Hizo una pausa, buscando la palabra—. Ha sido perfecto. Tú y yo... funcionamos bien juntos.

La miré. El ascensor se detenía en nuestra planta. Las puertas se abrían.

—Sí —dije—. Funcionamos bien.

Y por primera vez, la frase no sonó solo profesional.

Celebramos el éxito en el bar que había frente al hotel. Era un espacio moderno, con vistas a la ciudad iluminada, lleno de gente que hablaba en voz baja y bebía cócteles caros.

Pedimos una botella de vino. Luego otra. La conversación fluyó con la misma facilidad que había tenido en el coche, pero ahora sin la barrera del trabajo. Sin la excusa de la profesionalidad.

Emma me habló de sus padres adoptivos. De Richard y Margaret. De cómo habían convertido su dolor por no poder tener hijos en el amor más incondicional que ella había conocido. De su miedo constante a no ser suficiente, a ser abandonada de nuevo.

Yo le hablé de mis padres. De mi padre, con su oficina llena de humo de puro y sus charlas sobre negocios los sábados por la mañana. De mi madre, con su piano y su risa cálida que llenaba la casa. De cómo había aprendido a ser fuerte porque alguien tenía que serlo.

—¿Desde cuándo? —preguntó Emma, dando un sorbo a su copa.

—¿Desde cuándo qué?

—¿Desde cuándo dejaste de permitir que la gente se acercara?

La pregunta me golpeó con la fuerza de un puñetazo. No era agresiva. Era simplemente... directa. Emma tenía esa habilidad. De hacer preguntas que parecían simples, pero que abrían puertas cerradas desde hacía décadas.

—Desde que murieron —dije, y mi voz sonó más ronca de lo habitual—. Mi padre primero. Luego mi madre. Cuando ella se fue... decidí que no volvería a depender de nadie. Que no volvería a necesitar a nadie. Que era más seguro así.

Emma me estudió durante un largo momento. Sus ojos verdes parecían ver demasiado, como si pudieran atravesar todas las capas de control que había construido.

—¿Y nunca te sientes solo? —preguntó.

La honestidad de la pregunta me desarmó. No era una trampa. No era una acusación. Era pura curiosidad. Genuina preocupación.

—Sí —admití, y la palabra salió más fácil de lo que esperaba—. A veces. Pero aprendí a vivir con ello. Aprendí que la soledad es el precio de no sufrir.

Emma bajó la vista. Sus dedos juguetearon con el tallo de la copa.

—Eso es terrible —susurró.

—¿Por qué?

—Porque significa que has renunciado a la posibilidad de que algo bueno pase. Solo para evitar que algo malo pueda ocurrir.

No supe qué responder. Porque tenía razón. Porque esa era exactamente la verdad que llevaba diez años evitando.

—No sé cómo hacerlo de otra forma —dije finalmente.

Emma levantó la vista. Sus ojos estaban húmedos, pero no lloraba.

—Quizás —dijo suavemente—. Quizás solo necesitas que alguien te enseñe.

Nos miramos. El momento se estiró, cargado de algo que no podíamos nombrar. De algo que no nos atrevíamos a nombrar.

—Deberíamos volver —dije, rompiendo el hechizo.

—Sí —dijo ella—. Deberíamos.

El cielo de Nueva York se había oscurecido mientras estábamos en el bar.

Cuando salimos, una tormenta de verano explotó sobre la ciudad con una furia inesperada.

Relámpagos que iluminaban los rascacielos.

Truenos que retumbaban entre los edificios.

Una lluvia torrencial que caía en diagonal, empapando todo.

Corrimos hasta el hotel, empapados, riéndonos como adolescentes mientras intentábamos protegernos bajo un periódico que encontré en un contenedor.

En el vestíbulo, nos miramos el uno al otro. Estábamos mojados. El pelo de Emma caía en mechones sobre su rostro. Mi traje, impecable durante todo el día, estaba arruinado. Y, sin embargo, ninguno de los dos parecía importarnos.

—Ha sido... —empezó ella.

—Un día bueno —terminé.

Asintió. Y sonrió. Esa sonrisa que había empezado a reconocer. La que iluminaba todo su rostro y hacía que el mundo pareciera un lugar menos frío.

Subimos en el ascensor. Habíamos reservado habitaciones en la misma planta, por conveniencia, por seguridad, por la excusa de que era más práctico. Pero ahora, mientras el ascensor subía, la proximidad se volvía tangible.

Las puertas se abrieron en el piso quince. El pasillo estaba iluminado con luces tenues, alfombra gruesa que absorbía el sonido, puertas de madera oscura que se sucedían en silencio.

Caminamos juntos hasta mi habitación. La 1507. La suya era la 1512, al final del pasillo.

Nos detuvimos frente a mi puerta.

—Alexander —dijo Emma, y su voz era apenas un susurro.

Me giré. Estaba a menos de un metro de mí. El pelo todavía húmedo. Los ojos brillantes. La respiración ligeramente agitada.

—Gracias —dijo—. Por hoy. Por todo.

—No tienes que darme las gracias.

—Sí que tengo. Porque hoy me has mostrado algo. Que tú... —hizo una pausa, como si la palabra fuera difícil de pronunciar—... eres más de lo que aparentas.

La miré. Realmente la miré. Y vi todo lo que había estado intentando ignorar durante semanas. La inteligencia. La fuerza. La vulnerabilidad que intentaba ocultar. Y algo más. Algo que me aterraba porque no sabía cómo nombrarlo.

—Emma...

—No digas nada —susurró ella—. Por favor.

El silencio nos envolvió. El pasillo estaba vacío. La tormenta retumbaba fuera, lejana. Y nosotros estábamos allí, parados frente a una puerta de hotel, en ese espacio entre lo que debíamos hacer y lo que queríamos hacer.

Vi sus ojos bajar a mis labios. Vi su lengua humedecerse los suyos. Vi su mano subir, casi imperceptiblemente, hacia mi pecho.

Y supe que estaba a punto de cruzar una línea de la que no habría vuelta atrás.

Me aparté.

Fue un movimiento sutil. Casi imperceptible. Un paso atrás. Un centímetro de distancia que se convirtió en un océano.

Vi el destello de decepción en los ojos de Emma. Tan rápido que casi lo perdí. Luego la máscara volvió a su lugar. La sonrisa profesional. La distancia cortés.

—Buenas noches, Alexander —dijo ella, y su voz era firme, controlada.

—Buenas noches, Emma —respondí, y mi voz sonó extraña, forzada.

Ella dio media vuelta. Caminó hacia su habitación, la 1512, al final del pasillo. La vi detenerse frente a la puerta. Sacar la llave magnética. Introducirla en la ranura.

Y entonces me giré. Miré mi propia puerta. La 1507. La llave en mi mano.

Ninguno de los dos entró inmediatamente.

Me quedé allí, parado, escuchando el sonido de mi propio corazón martilleando contra mis costillas. Escuchando el silencio del pasillo que debería haber sido interrumpido por el clic de una puerta cerrándose.

Pero no sonó.

Miré por encima del hombro. Emma estaba de espaldas a mí, inmóvil frente a su puerta. Su mano en el pomo. Sin girarlo.

El momento se estiró hasta lo infinito. Dos personas en un pasillo de hotel, separadas por metros que parecían kilómetros, conectadas por algo que ninguno de los dos se atrevía a romper.

No soy bueno para esto, había dicho horas antes. Para querer algo que pueda perder.

Y era cierto. Era terriblemente cierto.

Pero mientras permanecía allí, con la llave en la mano y el corazón en la garganta, supe que ya era demasiado tarde. Que ya había cruzado esa línea, aunque no hubiera dado el paso físico. Que Emma Sullivan ya era algo que no podía permitirme perder, aunque aún no la tuviera.

Finalmente, escuché el clic de su puerta. Luego el de la mía.

Entré en mi habitación. Oscura. Vacía. Silenciosa.

Me apoyé contra la puerta cerrada y cerré los ojos.

— Maldita sea —susurré al vacío.

Y por primera vez en diez años, deseé ser un hombre diferente. Un hombre capaz de cruzar ese pasillo. De tomar esa mano. De arriesgarse a perderlo todo por la posibilidad de ganar algo real.

Pero no lo era.

Al menos, todavía no.