Capítulo 8 #2
—Intenté llamarte. No contestabas. Y… y es que… —Tragó saliva—. Han encontrado algo. Documentos. Que parecen demostrar que tú...
No necesitó terminar la frase. Corrí hacia la sala de juntas.
Cuando entré, la habitación estaba llena. Victoria Ashford estaba en la cabecera de la mesa, con una expresión de hielo. A su lado, tres miembros del consejo. Y frente a ellos, extendidos sobre la mesa como pruebas de un crimen, había una serie de documentos impresos.
—Emma —dijo Victoria, y su voz era gélida—. Siéntate.
Lo hice. Las piernas me temblaban.
—Esta mañana hemos recibido un paquete anónimo —continuó Victoria—.
Contiene registros de acceso a nuestros servidores que parecen demostrar que tuviste acceso a documentos confidenciales de la competencia antes de presentar la propuesta a Prescott Technologies .
Y correos electrónicos que sugieren que vendiste información.
Miré los papeles. Eran falsos. Tenían que serlo. Pero estaban bien hechos. Muy bien hechos. Con fechas, metadatos, direcciones IP que parecían coincidir con mi cuenta.
—Esto es falso —dije, y mi voz sonó firme, aunque el corazón me martilleaba el pecho—. Alguien está montando esto para destruirme.
—Emma, estos documentos...
—Son falsos —repetí, más fuerte—. Victoria, tú me conoces. Llevo seis años en esta empresa. Nunca he...
—La cuestión no es lo que yo crea —interrumpió Victoria—. La cuestión es que el consejo está considerando suspenderte temporalmente hasta que se aclare...
La puerta se abrió de golpe y todos nos giramos.
Alexander Prescott entró en la sala como si poseyera el lugar. Llevaba un traje oscuro, la corbata ligeramente desajustada, y una expresión que habría hecho temblar a un ejército entero.
—Perdón por la interrupción —dijo, y su voz llenó la habitación—. Pero creo que deberían escuchar lo que tengo que decir antes de tomar decisiones precipitadas.
Victoria se puso de pie, visiblemente sorprendida.
—Señor Prescott, esta es una reunión interna de nuestra empresa...
—Y afecta a mi campaña —interrumpió Alexander, sin inmutarse—. Y a mi colaboradora directa. Así que me tomaré la libertad de intervenir.
Se acercó a la mesa. Cogió los documentos que estaban sobre ella. Los hojeó con una rapidez que denotaba experiencia en detectar irregularidades.
—Estos documentos son falsificaciones —dijo, sin levantar la vista—.
Los metadatos han sido manipulados. Las direcciones IP no coinciden con los registros reales de su servidor.
Y los correos electrónicos... —Dejó caer las hojas sobre la mesa—.
Utilizan un lenguaje que Emma Sullivan nunca emplearía.
Es demasiado directa, demasiado honesta, para escribir semejante bazofia.
Nadie habló. La sala estaba en silencio.
—Pero más allá de la técnica —continuó Alexander, y ahora sí me miró a mí—, quiero dejar algo claro. Emma Sullivan no tuvo acceso autorizado a esos documentos. No filtró información. No cometió ningún delito. Y cualquiera que diga lo contrario tendrá que responder ante mis abogados por difamación.
Uno de los consejeros se aclaró la garganta.
—Señor Prescott, entendemos que confíe en ella, pero...
—No se trata de confianza —dijo Alexander, y su voz se volvió más baja, más intensa—. Se trata de hechos. Y el hecho es que alguien está intentando destruirla sistemáticamente. Primero con rumores, luego con fotografías manipuladas, ahora con documentos falsos. Y yo no pienso permitirlo.
Se acercó a mí. Me tendió la mano. Dudé un segundo, luego la cogí. Me ayudó a levantarme.
—¿Está dispuesto a poner su reputación detrás de la de ella? —preguntó otro consejero.
Alexander me miró. Realmente me miró. Y en sus ojos vi algo que nunca había visto antes. No era solo determinación. Era convicción. Una convicción absoluta, inquebrantable.
—Sí —dijo simplemente.
La palabra resonó en la sala como un disparo.
Victoria miró alternativamente a Alexander y a mí. Finalmente, suspiró.
—Investigaremos estos documentos —dijo—. Y no tomaremos decisiones hasta tener pruebas reales. Emma, puede volver a su puesto.
Alexander no soltó mi mano hasta que salimos de la sala. Cuando lo hizo, sentí frío en los dedos donde había estado su calor.
Estábamos en mi despacho. La puerta cerrada. Él de pie junto a la ventana, yo sentada en mi silla, todavía temblando ligeramente.
—¿Por qué? —pregunté finalmente.
Alexander se giró.
—Por qué, ¿qué?
—¿Por qué me has defendido? Podrías haber cancelado el contrato. Podrías haberte alejado de todo este lío. Podrías haber dejado que me destruyeran y haber buscado otra agencia. ¿Por qué arriesgaste tu reputación por mí?
Él dudó. Por primera vez desde que le conocía, vi inseguridad en sus ojos. Ese hombre que siempre tenía una respuesta, que siempre controlaba cada situación, parecía... perdido.
—Porque era la verdad —dijo finalmente.
Nos miramos. El silencio se extendió entre nosotros, denso, cargado de algo que no podíamos nombrar.
—Pero ninguno de los dos cree que esa sea toda la respuesta —susurré.
Alexander no negó. No confirmó. Simplemente me miró con una intensidad que me hizo olvidar dónde estaba, quién era, qué estábamos haciendo.
—No —dijo finalmente, y su voz sonó ronca, casi irreconocible—. Ninguno de los dos lo cree.
Y en ese momento, en esa confesión silenciosa, supe que todo había cambiado. Que la línea que habíamos intentado mantener entre nosotros se había borrado. Que estábamos en territorio desconocido, y que no había vuelta atrás.
Nadie había defendido mi nombre así antes. Nadie había puesto su reputación, su trabajo, su mundo entero, sobre la balanza por mí.
Y mientras miraba a Alexander Prescott, al hombre frío y controlado que se había convertido en mi aliado, en mi protector, en algo que no me atrevía a nombrar, supe que estaba cayendo.
Que ya había caído.
Y que, por primera vez en mi vida, no me daba miedo.