Capítulo 8
Emma
El miércoles intenté concentrarme en la campaña. Realmente lo intenté.
Estaba sentada en mi despacho de Horizon , con el ordenador abierto, los planos de medios delante de mí y un café que se había quedado frío hacía ya media hora.
En teoría, debía estar revisando la estrategia de lanzamiento para el sistema de diagnóstico de Prescott Technologies .
En la práctica, mi mirada se perdía en la pantalla sin ver nada, mientras las palabras de aquel mensaje anónimo resonaban en mi cabeza como un eco molesto.
«Pregunta a tus padres adoptivos por qué nunca te contaron toda la verdad sobre tu nacimiento.»
Llevaba dos días intentando procesarlo. Dos días desde que Alexander me había mostrado el informe de seguridad que sugería que alguien dentro de mi propia empresa quería destruirme.
Dos días de insomnio, de mirar por encima del hombro cada vez que caminaba por el pasillo, de preguntarme quién de mis compañeros de trabajo podía odiarme lo suficiente como para excavar en mi pasado.
A las seis de la tarde cerré el ordenador de golpe. No podía más. Necesitaba aire. Necesitaba... necesitaba verlos.
Cogí el teléfono y marqué el número de casa de mis padres. Contestó mi madre al segundo tono.
—Emma, cariño. ¿Todo bien?
—¿Estáis en casa? —pregunté, y mi voz sonó más aguda de lo que pretendía.
—Por supuesto. Tu padre está regando las rosas y yo preparando la cena. ¿Quieres venir?
—Voy para allá.
Colgué. Recogí mis cosas y salí del despacho sin despedirme de nadie. Necesitaba huir de ese edificio de cristal donde las paredes parecían tener ojos y los correos electrónicos contenían veneno.
Conduje hasta Brookline con la ventanilla bajada, dejando que el aire caliente del verano me golpeara la cara.
Necesitaba sentir algo real. Algo tangible.
Necesitaba recordar que existía un lugar donde no era la directora ejecutiva de marketing, ni la sospechosa de un sabotaje, ni el blanco de una conspiración que no entendía.
Necesitaba ser simplemente Emma. La hija de Richard y Margaret.
La casa de ladrillo rojo me recibió con su olor familiar: jazmín, café recién hecho y el perfume de las velas de vainilla que mi madre encendía siempre después de cenar.
Mi madre me abrió la puerta con aquel jersey de punto que llevaba puesto desde que se jubiló y una sonrisa que iluminó todo el recibidor.
—Cariño, qué alegría. Richard, ¡ha venido Emma!
Mi padre apareció por el pasillo, con las manos todavía sucias de tierra y el pelo canoso despeinado.
Llevaba puesta aquella camisa de lino azul que yo le había regalado el año pasado y que él insistía en usar para ocasiones especiales, aunque para él cualquier cena conmigo era una ocasión especial.
—Has llegado justo a tiempo —dijo, dándome un abrazo que olía a tierra y a colonia barata—. Tu madre estaba a punto de echarle demasiada sal a la salsa. La has salvado.
—Richard, exageras —protestó mi madre, pero sonreía.
Entramos en la cocina. Era exactamente igual que siempre: las mismas sillas de madera gastadas por años de uso, la misma mesa de formica donde había hecho los deberes de instituto, las mismas fotos en el frigorífico sujetas con imanes que yo había hecho en primaria.
Mi madre sirvió la cena: pollo asado con verduras, pan recién comprado en la panadería de la esquina, una botella de vino tinto que mi padre había estado guardando para una ocasión especial.
—Cuéntanos —dijo mi padre, sirviéndome una copa generosa—. ¿Cómo va ese proyecto enorme del que nos hablaste?
Hablamos de cosas cotidianas al principio. De la campaña, de la presión del trabajo, del calor insoportable de aquel verano. Pero poco a poco, entre bocado y bocado, la conversación fue derivando hacia lo que realmente me preocupaba.
—¿Recordáis el día que me conocisteis? —pregunté de repente, dejando el tenedor sobre el plato.
Ambos intercambiaron una mirada. Una de esas miradas que solo comparten las parejas que llevan cuarenta años juntas y que no necesitan palabras para entenderse.
—Claro que lo recordamos —dijo mi madre, suavizando la voz—. Era un martes de noviembre. Frío. Llovía.
—Yo tenía clase hasta las seis —continuó mi padre—. Y cuando llegué a casa, Margaret estaba sentada en el sofá con una bebé en brazos, llorando como si se le fuera a romper el corazón.
—No lloraba —protestó, pero sus ojos se humedecieron—. Bueno, quizás un poco. Es que cuando te pusieron en mis brazos... —Hizo una pausa, buscando las palabras—. Sentí que algo dentro de mí encajaba. Como si hubiera estado esperándote sin saber que existías.
Mi padre se rio. Era esa risa profunda, cálida, que siempre me había hecho sentir segura.
—Yo, en cambio, perdí cualquier posibilidad de ser un hombre serio —dijo, alzando su copa—. Porque una bebé de ojos enormes y cara de póker decidió mandar en mi vida durante el resto de mis días.
—Eso no es cierto —dije, sintiendo que la garganta se me cerraba.
—Es completamente cierto —insistió él—. Desde el primer día supe que tú mandabas. Y no me arrepiento ni un solo segundo.
La pregunta salió antes de que pudiera contenerla. Antes de que el miedo pudiera detenerme.
—¿Os arrepentís? —pregunté, y mi voz tembló—. De no haber tenido hijos biológicos. De haber tenido que conformaros conmigo. Con una segunda opción.
El silencio que siguió fue denso, cargado de emoción. Ella dejó los cubiertos, y él dejó de respirar por un segundo.
—Emma —dijo mi madre, y su voz era tan firme, tan segura, que me obligó a mirarla—. Te elegimos antes de conocerte.
—Pero yo llegué con una historia que no era vuestra —susurré—. Con un pasado. Con una madre biológica que no pudo quedarse conmigo. Con un padre que desapareció. Llegué rota, en cierto modo. Llegué como... como un plan B.
Mi padre se levantó, rodeó la mesa, se agachó junto a mi silla y me cogió las manos con sus manos grandes, callosas y fuertes.
—No, cariño —dijo, y sus ojos azules me miraron con una intensidad que me desarmó—.
Llegaste con una historia que empezaba con nosotros.
No fuiste un plan B. Fuiste el plan. Nuestro plan.
La respuesta a quince años de espera, de tratamientos, de noches llorando preguntándonos por qué no podíamos tener lo que otros tenían tan fácil.
Mi madre se acercó por el otro lado y me puso una mano en el hombro.
—Nunca fuiste una segunda opción, Emma —dijo—. Fuiste la única opción que realmente importaba. Desde el momento en que te vimos, supimos que habíamos estado esperándote. No a un bebé cualquiera. A ti. A Emma.
Las lágrimas que había estado conteniendo durante dos días finalmente cayeron. No eran lágrimas de tristeza. Eran de alivio. De reconocimiento. De ese amor incondicional que había intentado merecer toda mi vida sin entender que ya lo tenía, simplemente por existir.
Volví a mi piso de Back Bay a las diez de la noche. Estaba más tranquila, más centrada, pero aún sentía la necesidad de hablar con alguien que entendiera la otra parte de mi vida. La parte que no incluía rosas y abrazos de padres.
Chloe apareció a las once, como si hubiera percibido telepáticamente que la necesitaba. Llevaba una bolsa de comida china, dos botellas de vino blanco y una expresión de determinación que conocía demasiado bien.
—He traído provisiones —anunció, entrando sin pedir permiso—. Y exijo que me cuentes todo. Empezando por, ¿por qué has ignorado mis mensajes durante todo el día?
—Estaba con mis padres —dije, ayudándola a poner la mesa en la terraza.
—¿Y cómo están los Sullivan?
—Bien. Mejor que yo.
Chloe me miró mientras abría el vino. Esa mirada suya que siempre veía demasiado.
—¿Ha pasado algo con el mensaje ese? ¿El del hospital?
Se lo conté todo. La visita a Brookline. La conversación con mis padres. La sensación de alivio que había sentido al saber, realmente saber, que nunca había sido una segunda opción.
—Y ahora —dije, sirviéndome una copa generosa—. Hablemos de otra cosa. De cualquier cosa que no sea mi pasado traumático.
—Perfecto —dijo Chloe, sentándose en la hamaca de la terraza—. Hablemos de Alexander.
Me atraganté con el vino.
—No hay nada de qué hablar.
—Claro que sí. Estáis trabajando juntos día y noche. Te defendió públicamente delante de todo el mundo cuando salieron esos rumores. Te mira como si fueras la última copa de agua en el desierto.
—Exageras.
—Emma, el hombre canceló reuniones por ti. Por lo que intuyo, eso es como si el Papa dejara de rezar el rosario. Seguro que ha sido algo sin precedentes.
Me senté junto a ella, mirando las luces de Boston que parpadeaban al otro lado del río.
—Chloe, es imposible —dije, y aunque intentaba sonar convincente, mi voz salió débil—. Es frío. Controlado. No cree en el amor. Dice que solo complica la vida.
—Y tú tampoco crees en el amor —recordó Chloe—. Dijiste que no volverías a enamorarte después de David.
—Exacto. Somos dos personas rotas intentando salvar una campaña publicitaria. No una historia de amor.
Chloe se rio. Era esa risa suya, estruendosa y sin filtros.
—Eso es exactamente el inicio de todas las grandes historias de amor. Dos personas rotas que se encuentran y descubren que encajan por las grietas.
—Deja de leer novelas románticas.
—Deja de negar lo evidente. Ese hombre se está enamorando de ti. Y tú te estás enamorando de él. Y los dos sois demasiado tercos para admitirlo.
Negué con la cabeza, pero no pude evitar sonreír. Porque en lo más profundo, en esa parte de mí que guardaba secretos incluso a mí misma, sabía que Chloe tenía razón.
Al día siguiente, cuando entré en Horizon Advertising Group , supe inmediatamente que algo iba mal.
El ambiente en la planta treinta y dos era eléctrico, cargado de susurros que se cortaban en cuanto aparecía yo. Sophie me recibió con una expresión de pánico contenido que hizo que se me encogiera el estómago.
—Emma... —dijo, corriendo hacia mí—. Hay una reunión de emergencia. En la sala de juntas principal. Hace diez minutos que empezó.
—¿Por qué no me avisaste?