El riesgo de mirarte Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Por no intentar arreglarme. La mayoría de la gente intenta arreglarme. O peor, me dice que debería estar agradecida porque tuve una buena familia adoptiva. Como si el dolor de ser abandonada invalidara la gratitud.

No respondí. Pero me acerqué un paso. Y luego otro. Hasta que estuve a su lado, mirando por la misma ventana, compartiendo el mismo horizonte.

—Encontraremos quién envió ese mensaje —dije—. Y le haremos pagar por usar su dolor como arma.

Ella asintió. Y durante un minuto, quizás dos, nos quedamos así. Dos personas rotas, reconociendo en la otra algo familiar.

A las tres de la tarde, Eleanor irrumpió en la sala sin llamar. Llevaba una carpeta en las manos y una expresión que nunca le había visto: preocupación genuina.

—Alexander —dijo, sin preámbulos—. Tenemos un problema.

La reunión de seguridad que siguió fue breve pero intensa. El jefe de seguridad de Prescott Technologies , un exagente del FBI llamado Marcus Chen, había detectado intentos de acceso a archivos antiguos de la empresa. Archivos que databan de hacía más de veinte años. De la época de mi padre.

—¿Qué tipo de archivos? —pregunté.

—Contratos de adquisición —dijo Chen—. Expedientes de personal. Y... —Dudó—. Documentos relacionados con donaciones benéficas. Específicamente, relacionados con hospitales de Boston.

Sentí que el estómago se me encogía. Miré a Emma. Ella me devolvió la mirada con los ojos abiertos de par en par.

—¿Hospitales? —repetí.

—El Massachusetts General , principalmente. También el Brigham and Women's . Archivos de hace más de veinte años.

El Massachusetts General . El hospital de la fotografía. El lugar donde Emma había nacido.

—Alguien está buscando información —dije, conectando los puntos en mi mente—. Primero intentan destruir su reputación profesional. Luego atacan su pasado personal. Y ahora investigan archivos antiguos de mi empresa relacionados con hospitales.

—¿Cree que está conectado? —preguntó Chen.

—Estoy seguro —dije—. Alguien quiere destruirla. Y está usando mi empresa, mi campaña, como vehículo para hacerlo.

Emma se puso pálida.

—Pero ¿por qué? —susurró—. ¿Por qué yo?

No tuve respuesta. Pero tenía una corazonada. Una oscura, inquietante corazonada de que estábamos ante algo mucho más grande que una simple competencia desleal por un contrato.

Eleanor me miró. En sus ojos vi la misma comprensión. Ella también lo intuía.

—Investigue quién ordenó esos accesos —dije a Chen—. Rastree las IP. Quiero nombres. Y quiero respuestas antes de mañana.

Cuando el equipo de seguridad se fue, Emma y yo nos quedamos solos en la sala de juntas.

—¿Qué está pasando, Alexander? —preguntó ella, y su voz sonó pequeña, asustada.

—No lo sé —admití—. Pero lo descubriré. Y mientras tanto, no te dejaré sola.

Ella me miró. Y por primera vez desde que la conocía, no vi en sus ojos ni desconfianza ni desafío. Solo... confianza.

A las nueve de la noche estaba en mi ático, revisando documentos viejos de mi padre que Eleanor había desenterrado de los archivos físicos de la empresa. Mi padre había sido mecenas de varios hospitales de Boston. Había donado millones a investigación oncológica. ¿Habría alguna conexión?

El timbre del ascensor privado sonó. Me sobresalté. Nadie tenía acceso a mi ático excepto...

—¡Hola, hermano! —La voz de Derek resonó en el vestíbulo—. He traído comida. Y noticias. Y más comida.

Apareció en el salón con dos bolsas de un restaurante italiano del North End y una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, frunciendo el ceño.

—Veo que te alegras de verme. Siempre tan cariñoso.

—Derek, estoy ocupado.

—Sí, claro. Tan ocupado que has cancelado dos reuniones hoy. Según Eleanor, algo sin precedentes.

Dejé los documentos sobre la mesa de centro. Derek dejó las bolsas y empezó a sacar recipientes de pasta y ensalada.

—¿Cómo lo sabes?

—Tengo mis fuentes —dijo, encogiéndose de hombros—. Además, Eleanor me llamó. Está preocupada por ti. Dice que estás actuando raro.

—No estoy actuando raro.

—Has cancelado reuniones por una mujer —dijo Derek, y su tono cambió, se volvió más serio—. Eso no es propio de ti.

Me senté en el sofá. Cogí un vaso de whisky que había dejado olvidado en la mesa. Bebí un sorbo.

—No es por una mujer cualquiera —dije, mirando el líquido ambarino.

—Ah. Entonces es por la mujer.

No respondí.

Derek se sentó frente a mí. Me miró con esa intensidad que reservaba para las ocasiones especiales.

—Alexander, escúchame. Llevas diez años construyendo muros. Diez años sin permitir que nadie se acerque. Y ahora, de repente, cancelas reuniones, investigas amenazas, te conviertes en guardaespaldas de una directora de marketing. ¿No te parece que quizás...?

—¿Quizás qué?

—¿Quizás estás enamorado?

Casi me atraganté con el whisky.

—No seas ridículo —dije, con más fuerza de la necesaria.

—Claro. Por supuesto. Y yo soy una persona discreta.

—Derek...

—Solo te digo una cosa, hermano. No dejes que el miedo a perderla te impida tenerla. Ya perdiste a mamá y a papá. No puedes pasarte la vida evitando que la gente entre en tu vida por miedo a que se vayan.

Me quedé en silencio. Derek tenía razón. Siempre la tenía, maldita sea.

Se levantó. Me dio una palmada en el hombro.

—Come. Descansa. Y deja de mirar esos papeles viejos. No vas a encontrar respuestas en el pasado de papá.

Cuando se fue, el ático volvió a quedar en silencio. Pero el silencio era diferente ahora. Más pesado. Más cargado de significado.

Saqué el móvil. Abrí la conversación con Emma. Había un mensaje suyo, enviado hacía una hora: «Gracias por hoy. Por quedarte.»

La miré durante varios minutos. Y entonces, sorprendiéndome a mí mismo, sonreí ligeramente.

Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible. Pero era real.

Sonó el teléfono a medianoche. Un número interno de la empresa. Contesté de inmediato.

—Prescott.

—Señor, soy Chen. El jefe de seguridad. Tengo ese informe que solicitó.

—Dígame.

—Hemos rastreado los accesos a los archivos antiguos. Y… hay algo que debe ver personalmente. No puedo decirlo por teléfono.

—Estoy en mi ático. Envíelo.

—Ya está en su correo electrónico. Pero Alexander... prepárese. No es lo que espera.

Colgué. Abrí el portátil. Entré en mi correo corporativo. Un archivo PDF, recién enviado, con el asunto: «Informe de seguridad - Accesos no autorizados».

Lo abrí. Lo leí una vez. Luego otra.

El mundo se detuvo.

Las palabras saltaban de la pantalla como puñales.

«El análisis de patrones de acceso indica que el primer objetivo del sabotaje no fue Prescott Technologies ni la campaña publicitaria.

El primer objetivo siempre fue Emma Sullivan.

La filtración de documentos, la fotografía del club, el mensaje sobre su nacimiento...

todo forma parte de un plan sistemático para destruirla personal y profesionalmente.

Alguien con acceso a información privilegiada sobre su pasado está dirigiendo esta operación.

Y lo está haciendo desde dentro de su propia empresa. »

Mis manos temblaron sobre el teclado.

No era solo una competencia desleal. No era solo un intento de robar un contrato.

Alguien quería destruir a Emma. Y había estado planeándolo durante mucho tiempo.

Miré hacia la ventana. Hacia la ciudad oscura.

Y supe que la guerra acababa de empezar.

Y que yo estaba dispuesto a destruir a quien fuera necesario para protegerla.