El riesgo de mirarte Capítulo 7
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Capítulo 7

Alexander

El lunes amaneció con una luz blanquecina que se filtraba entre los cristales de mi ático en Beacon Hill. Me desperté a las cinco y media, como siempre, pero esa mañana algo había cambiado. Una sensación extraña, una especie de peso en el pecho que no podía identificar.

Me duché, me afeité, me vestí con un traje gris marengo.

El ritual mecánico de cada mañana. Pero mientras me anudaba la corbata, mi mirada se detuvo en el teléfono.

En el mensaje que había recibido la noche anterior.

En la amenaza velada que me había mantenido despierto hasta las tres de la madrugada.

«Si sigues investigando, perderás algo más que una campaña.»

Y luego, lo peor: «Ella está en peligro.»

Emma.

Llegué a la oficina a las siete y cuarto. Eleanor ya estaba allí, como siempre, con el café preparado y la agenda del día organizada con su eficiencia habitual.

—Buenos días, Alexander —dijo, entregándome una taza—. Tienes una reunión con el departamento de I+D a las nueve, y luego...

—Cancela la reunión de las nueve —dije, sin detenerme en mi camino hacia el despacho.

Eleanor levantó una ceja. Una ceja que decía más que mil palabras.

—¿Cancelar? ¿La reunión de seguimiento del proyecto Phoenix?

—Sí. Esa.

—Alexander, llevas meses preparando...

—He dicho que la canceles, Eleanor.

Ella me miró. Realmente me miró. Y vi algo en sus ojos que no había visto en años: sorpresa. Eleanor llevaba tres décadas trabajando para los Prescott. Me había visto cancelar cenas, viajes, vacaciones enteras. Pero nunca, jamás, había cancelado una reunión de trabajo por algo personal.

—¿Ocurre algo? —preguntó, con esa voz suave que utilizaba cuando era niño y me negaba a comer.

—Nada que deba preocuparte.

Mentira. Pero Eleanor asintió, como siempre hacía, y se alejó hacia su mesa para hacer la llamada.

Yo entré en mi despacho. Miré el reloj. Las siete y media. Emma no llegaría hasta las nueve. Tenía hora y media por delante, y no sabía cómo llenarla.

Pasé los primeros cuarenta minutos intentando concentrarme en los informes de ventas.

Los números, que siempre me habían calmado, parecían bailar ante mis ojos.

No podía dejar de pensar en el mensaje. En la fotografía del hospital.

En la fecha. En Emma, sola en su piso de Back Bay, recibiendo amenazas sobre su pasado.

A las ocho y cuarto no pude más. Cogí el teléfono y marqué su número. Contestó al tercer tono. Su voz sonó... rara. Forzada.

—¿Alexander? ¿Ocurre algo?

—Necesito verte —dije, y mi voz salió más áspera de lo que pretendía—. Ahora.

—Estoy en camino. Llegaré en...

—Ahora, Emma.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio cargado.

—Está bien —dijo finalmente—. Voy para allá.

Emma llegó solo quince minutos después de mi llamada.

La recibí en la sala de reuniones contigua a mi despacho, la misma donde habíamos trabajado antes.

Llevaba un vestido azul marino sencillo, el pelo recogido en una coleta baja y una expresión que intentaba ser profesional, pero que no conseguía ocultar la turbación.

—¿Qué ocurre? —preguntó, dejando el bolso en la mesa—. ¿Ha pasado algo con la campaña?

Negué con la cabeza.

—Has recibido un mensaje.

Ella se quedó inmóvil. El color desapareció de su rostro durante un segundo, apenas un instante, pero yo lo capté.

Estaba acostumbrado a leer informes financieros, a detectar fluctuaciones del 0,1% en los gráficos de ventas y a analizar riesgos antes de que se materializaran.

Pero nunca había intentado leer emociones.

Y, sin embargo, vi el miedo cruzar sus ojos como una nube oscura.

—No es importante —dijo, encogiéndose de hombros—. Solo un correo raro. Spam, probablemente.

—Muéstramelo.

—Alexander, de verdad, no hace falta...

—Muéstramelo, Emma.

Nos miramos. Durante unos segundos mantuve su mirada, esa mirada verde que había intentado evitar durante días y que ahora no podía dejar de buscar.

Finalmente, ella suspiró. Sacó el móvil, abrió su bandeja de entrada y me tendió el teléfono.

Leí el mensaje. La fotografía del hospital. La fecha. La frase sobre sus padres.

Sentí que la mandíbula se me tensaba. Una furia fría, calculada, empezaba a recorrerme.

—¿Cuándo recibiste esto?

—Anoche. Cuando llegué a casa.

—¿Y no pensaste en llamarme?

—¿Para qué? —dijo ella, y su voz se quebró ligeramente—. ¿Para que viniera a rescatarme? No necesito que me rescaten, Alexander. Llevo toda la vida sola.

La frase me golpeó con la fuerza de un puñetazo. Llevo toda la vida sola.

Yo también. Llevaba toda la vida solo. Pero mientras yo había elegido mi soledad como un castillo defensivo, ella parecía haberla heredado como una condena.

—Alguien está jugando con nosotros —dije, devolviéndole el teléfono—. Primero, la filtración de documentos; luego, la fotografía del club; y ahora, esto. Está relacionado.

—¿Cómo puede estar relacionado mi nacimiento con una campaña publicitaria?

No tuve respuesta. Solo tenía una corazonada. Una certeza visceral de que los hilos se conectaban en algún punto que aún no podía ver.

La puerta se abrió. Eleanor entró con una bandeja de café, pero se detuvo al ver la atmósfera cargada del ambiente.

—Perdón —dijo—. Pensé que...

—Está bien, Eleanor —dije—. Puede dejarlo ahí.

Ella dejó la bandeja, pero no se fue. Se quedó observándonos alternativamente. A mí, de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos. A Emma, sentada, con el móvil apretado entre las manos como si fuera un amuleto protector.

—Alexander —dijo Eleanor finalmente—. ¿Ha cancelado la reunión de las nueve por esto?

Asentí.

Ella me miró con una expresión que no supe interpretar. Parecía... conmocionada. Como si acabara de presenciar algo que creía imposible.

—Entiendo —dijo Eleanor, y su voz era extrañamente suave—. Llamaré a seguridad. Veremos si podemos rastrear el origen del mensaje.

Cuando se fue, Emma me miró.

—¿Has cancelado una reunión por mí?

—Era necesario —dije, encogiéndome de hombros.

—Era el proyecto Phoenix —dijo ella, y noté que conocía el calendario de mi empresa mejor de lo que esperaba—. Llevas meses preparándolo.

—Y tú acaba de recibir una amenaza sobre su pasado. Prioridades, Emma.

Ella abrió la boca para decir algo, luego la cerró. En sus ojos vi algo nuevo. No era gratitud exactamente. Era algo más complejo. Como si estuviera reevaluando quién era yo.

Pasamos la mañana intentando rastrear el origen del correo.

Eleanor movió hilos en el departamento de seguridad de Prescott Technologies .

Emma llamó a su proveedor de email. Yo revisé mis propios contactos, buscando alguna conexión que pudiera explicar quién tenía acceso a la información sobre su nacimiento.

Pero Emma se mostraba reacia. Cada vez que intentaba profundizar en su infancia, en sus padres biológicos, en los detalles de la adopción, ella desviaba la conversación. Hablaba de la campaña. De los plazos. De cualquier cosa menos de lo que realmente importaba.

A la una de la tarde, estábamos solos en la sala de reuniones. Afuera, Boston brillaba bajo un sol de justicia, pero dentro el ambiente era denso, cargado de preguntas no formuladas.

—No puedes ayudarme si no me dejas entrar —dije finalmente, rompiendo el silencio.

Emma dejó el bolígrafo que estaba girando entre sus dedos. Me miró.

—¿Entrar a dónde?

—A lo que sea que estés ocultando. A lo que sea que te da tanto miedo.

Ella soltó una risa amarga. No había humor en ella.

—¿Quieres entrar? Muy bien. Aquí tienes.

Se levantó, se acercó a la ventana y durante mucho tiempo permaneció de espaldas a mí, mirando la ciudad.

—Mi madre biológica tenía veinte años cuando me tuvo —dijo finalmente, y su voz era tan baja que apenas la oí—.

Sin estudios. Sin dinero. Intentó quedarse conmigo.

Durante unos meses lo intentó. Pero un día comprendió que no podía darme una vida digna.

Así que me llevó a un hospital y me dejó en una cuna con una nota escrita a mano.

No puedo cuidarla, decía. Por favor, encontradle un hogar. Lo siento. Nunca volvió a por mí.

Me quedé inmóvil. No me moví. No dije nada.

—Mis padres adoptivos son maravillosos —continuó Emma, y ahora su voz temblaba—. Me dieron todo. Amor, educación, una familia. Pero siempre... siempre he tenido este agujero aquí dentro. Esta pregunta. ¿Por qué no fue suficiente? ¿Por qué alguien que debía quererme decidió que no podía hacerlo?

Se giró. Tenía los ojos brillosos, pero no lloraba. Era una mujer que había aprendido a contener las lágrimas, a convertir el dolor en determinación.

—Hay personas que nacen sabiendo que alguien las estaba esperando —dijo, y su mirada se encontró con la mía—. ¿Y tú?

Bajé la vista. Pensé en mis padres. En mi madre, con su piano y su risa cálida. En mi padre, con sus charlas sobre negocios los sábados por la mañana. En la forma en que me miraban, como si yo fuera la respuesta a todas sus preguntas.

—Yo tuve eso —admití—. Durante un tiempo.

—Entonces no puedes entenderlo —dijo ella, y había amargura en su voz—. No puedes entender lo que es nacer preguntándose quién decidió no hacerlo.

Quería decir algo. Quería encontrar las palabras correctas, las frases reconfortantes que aliviaran su dolor. Pero no las tenía. Nunca había sido un hombre de palabras cariñosas. Mi padre me había enseñado a mostrar afecto a través de acciones, decisiones y resultados. No de charlas sentimentales.

Así que hice lo único que sabía hacer. Me quedé.

No intenté arreglarla. No le di soluciones. No le dije que todo saldría bien, porque no lo sabía. No le prometí que encontraríamos al culpable, aunque juré que lo haría en silencio.

Simplemente me quedé allí, de pie, a dos metros de ella. Presente.

Emma me miró. Parpadeó. Y algo cambió en su expresión. Como si mi silencio hubiera dicho más que mil frases de consuelo.

—Gracias —susurró.

—¿Por qué?