Capítulo 6
Emma
El sábado amaneció húmedo y sofocante, como si Boston hubiera decidido convertirse en un invernadero de cristal. Pero el calor exterior no era nada comparado con el ambiente que me encontré al cruzar las puertas giratorias de Horizon Advertising Group a las ocho y media de la mañana.
Noté algo extraño nada más entrar al ascensor. Dos compañeras de la planta veintiocho dejaron de hablar en cuanto me vieron. Una de ellas, una chica de cuentas que apenas había intercambiado dos frases conmigo en toda mi carrera, me miró con una sonrisa forzada que no llegó a sus ojos.
—Buenos días, Emma —dijo, demasiado alto, demasiado rápido.
Asentí. El ascensor subió en un silencio denso, cargado de una electricidad que no tardé en comprender.
En mi planta, la treinta y dos, la situación fue peor. Sophie, mi asistente, me recibió con una expresión de pánico contenido que intentó disimular tras una sonrisa profesional.
—Emma, buenos días. Tienes... eh... varios mensajes.
—¿Qué ocurre, Sophie? —pregunté, dejando el bolso en mi mesa.
—Nada, nada. Solo que... bueno, ha surgido un rumor. Una tontería, seguro.
Sentí que el estómago se me encogía. La fotografía. Tenía que ser eso. Alguien había filtrado la fotografía de The Black Room .
—Muéstrame —dije, con una calma que no sentía.
Sophie dudó, luego abrió su portátil. En la pantalla apareció un grupo interno de WhatsApp de la empresa. Uno de esos grupos donde se comparten memes y quejas sobre la cafetera. Pero hoy, el tema era otro.
«¿Habéis visto la foto de Emma Sullivan con el cliente? En un club privado a medianoche. Coqueteando.»
«Dicen que así consiguió el contrato. Por otros métodos.»
«La nueva estrategia de marketing de Emma. Jaja.»
«No me extraña que la hayan elegido a ella y no a un equipo más senior.»
Leí los mensajes una vez. Luego otra. Sentía el pulso retumbando en mis sienes, un calor violento subiendo desde el pecho hasta la garganta.
—¿Quién ha empezado con esto? —pregunté, y mi voz sonó extraña, cortante.
—No lo sé. Apareció esta mañana. Emma, nadie lo cree de verdad. Son solo...
—Tonterías —terminé por ella—. Claro que sí.
Pero no eran tonterías. Era exactamente lo que más temía. Exactamente lo que había intentado evitar toda mi vida. Que mi trabajo, mi esfuerzo, mi inteligencia se redujeran a quien me veía salir de un club con quien.
Me senté en mi silla. Miré la pantalla de mi ordenador, donde tenía abierto el proyecto de Prescott Technologies . Ciento veinte millones de dólares. Meses de trabajo. Y ahora, en la mente de mis compañeros, todo eso se reducía a una fotografía borrosa en un reservado.
El teléfono sonó. Era Victoria.
—Emma. Mi despacho. Ahora.
Victoria Ashford tenía la fotografía impresa delante de ella. La había sacado de algún correo electrónico, supuse. La miré desde el otro lado de su mesa de caoba. Allí estábamos Alexander y yo, inclinados sobre la mesa, sonriendo. Parecíamos... íntimos. Parecíamos una pareja.
—Esto es un problema —dijo Victoria, sin rodeos—. El consejo está hablando de retirarte del proyecto.
—Eso es absurdo —respondí, y mi voz salió más fuerte de lo que pretendía—. Estábamos trabajando. Investigando la filtración de documentos.
—A las once de la noche, en un club privado, bebiendo whisky.
—Era una reunión estratégica. Discreta.
—Emma —Victoria suspiró y, por primera vez, vi algo parecido a la preocupación real en sus ojos—. No estoy diciendo que haya pasado nada inapropiado. Estoy diciendo que así es como se ve. Y en este negocio, la percepción es la realidad.
Apreté los puños bajo la mesa. Sentía una furia ciega, antigua, que venía de muy dentro.
La furia de la niña que siempre tuvo que demostrar el doble.
La furia de la mujer que sabía que, por muy brillante que fuera, siempre habría quien intentara reducirla a un cuerpo, a una sonrisa, a una supuesta transacción sexual.
—Entonces, ¿qué propone? —pregunté, con los dientes apretados—. ¿Que me disculpe por existir? ¿Que renuncie al proyecto para salvar la reputación de la empresa?
—Propongo —dijo una voz desde la puerta— que cambiemos la narrativa.
Nos giramos. Alexander Prescott estaba en el umbral, impecable como siempre, con su traje azul marino y su expresión de hielo controlada. Eleanor Brooks estaba detrás de él, con una carpeta bajo el brazo.
—Señor Prescott —dijo Victoria, levantándose—. No sabía que...
—He venido sin avisar —dijo él, entrando en la habitación—. Perdón por la intromisión. Pero creo que tenemos un problema común y prefiero resolverlo antes de que se convierta en un desastre para ambos.
Me miró. Sus ojos grises me escrutaron durante un segundo que pareció eterno. Busqué en su mirada algún reproche, alguna acusación, pero no encontré nada salvo... ¿Determinación?
—La fotografía —continuó, sentándose sin que nadie le invitara—. También ha sido enviada a mi consejo. Alguien quiere que cancelemos el contrato. Que nos alejemos de Horizon . Que destruyamos la reputación de la señorita Sullivan.
—¿Y usted qué sugiere? —preguntó Victoria.
—Sugiero que no demos esa satisfacción —dijo Alexander, cruzando las piernas con elegancia—. Sugiero que la señorita Sullivan y yo trabajemos juntos. Abiertamente. Durante todo el día. En nuestras oficinas. Con puertas abiertas. Que seamos tan transparentes que cualquier rumor resulte ridículo.
—¿Trabajar juntos? —repetí.
—Juntos —confirmó él, y por primera vez vi algo parecido a un desafío en su mirada—. Si la gente cree que nos estamos viendo a escondidas, démosles la verdad. Que estamos viéndonos constantemente. Porque tenemos ciento veinte millones de dólares en juego y una campaña que salvar.
Victoria me miró. Yo miré a Alexander.
Era una locura. Pasar más tiempo con él, exponerme más, dejar que nuestra relación —profesional o lo que fuera— estuviera bajo el escrutinio público.
Pero también era brillante. La mejor defensa era demostrar que no teníamos nada que ocultar porque, de hecho, no estábamos haciendo nada malo.
—De acuerdo —dije.
—Emma —Victoria intentó interrumpir.
—De acuerdo —repetí, más fuerte—. Es una buena estrategia. Y, además, es la verdad. Estamos investigando juntos. Así que trabajemos juntos.
Alexander asintió. Una inclinación casi imperceptible de la cabeza.
—Empezamos hoy —dijo—. En mi oficina. Traiga todo lo que tenga sobre el proyecto. Y sobre la filtración. Trabajamos hasta encontrar al culpable.
Pasé la mañana trasladando mis cosas a la planta treinta de Prescott Technologies .
No fue una mudanza completa, pero sí simbólica.
Mi portátil, mis archivos, mi café en termo.
Me instalaron en una sala de reuniones contigua al despacho de Alexander, con una puerta de cristal que permanecía abierta en todo momento.
La primera hora fue puramente profesional. Revisamos el calendario de la campaña. Los hitos. Los entregables. Hablamos en voz alta, con la puerta abierta, para que cualquiera que pasara pudiera ver que estábamos trabajando.
Pero a medida que avanzaba la mañana, algo cambió.
Empezamos a discutir sobre el concepto creativo. Alexander quería algo más técnico, más enfocado en los algoritmos. Yo defendía el componente emocional, las historias humanas.
—Los algoritmos no venden —dije, señalando una diapositiva en la pantalla—. Venden las personas que salvan gracias a los algoritmos.
—Y las emociones sin datos son solo manipulación barata —replicó él, inclinándose sobre mi hombro para señalar un gráfico.
Estábamos tan cerca que pude oler su colonia. Algo amaderado y masculino que me hizo perder el hilo de lo que estaba diciendo.
—¿Ha olvidado su argumento, señorita Sullivan? —preguntó, y noté un tono de burla en su voz.
—Estaba reconsiderando si merecía la pena discutir con alguien tan... analítico.
—Dígalo. Quería decir frío.
—No me atrevería.
Él casi sonrió. Casi. La comisura de sus labios se movió ligeramente y, por un segundo, vi a un Alexander diferente. Menos CEO, más... hombre.
—¿Sabe qué es lo curioso? —dijo, bajando la voz, aunque la puerta estaba abierta—. Que discuto más con usted en una hora que con mi consejo en un año.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Es... refrescante —dijo, usando la misma palabra del otro día.
Nos miramos. Durante demasiado tiempo. Los segundos se estiraron hasta que Eleanor tocó la puerta para traernos café, y ambos nos separamos como si nos hubieran quemado.
La tarde transcurrió entre momentos así. Discusiones técnicas que se convertían en debates filosóficos. Risas contenidas cuando encontrábamos un error absurdo en un informe. Miradas que se cruzaban un segundo más de lo necesario cuando nos pasábamos documentos.
En un momento, al alcanzar simultáneamente el mismo folio, nuestros dedos se rozaron. Alexander retiró la mano como si hubiera tocado fuego. Yo sentí un escalofrío que me subía por el brazo.
—Perdón —murmuró él.
—No importa —dije, pero mi voz sonó ronca, extraña.
Eran las siete de la tarde. Habíamos trabajado diez horas seguidas. Estábamos solos en la planta, salvo Eleanor, que salió de su despacho para despedirse.
—Señor Prescott, señorita Sullivan, ¿necesitan algo más?
—No, Eleanor. Gracias —dijo Alexander.
Cuando ella se fue, el silencio entre nosotros cambió. Se volvió más denso, más íntimo.
—Ha sido un día productivo —dije, recogiendo mis cosas.
—Emma —dijo él, y el uso de mi nombre de pila me detuvo en seco. Siempre me llamaba señorita Sullivan—. Sobre los rumores... lamento que esto esté pasando. Sé lo difícil que es para una mujer en su posición.
Me giré. Estaba de pie junto a la ventana, con la luz del atardecer pintando su silueta.
—¿Por qué lo hace? —pregunté—. ¿Por qué arriesga su reputación para defenderme?
Alexander dudó. Sus ojos grises miraron hacia la ciudad, hacia algún punto lejano.
—Porque sé lo que es sentir que el mundo entero conspira contra ti —dijo finalmente—. Y porque... porque hay algo en usted que no quiero ver destruido.
No supe qué responder. Así que asentí, salí de la sala y bajé en el ascensor con el corazón latiendo demasiado rápido.
Chloe me esperaba en nuestro restaurante italiano de siempre, en el North End, a las nueve. Llegué tarde, agotada, con la cabeza aún llena de ojos grises y de conversaciones en voz baja.
—Madre mía —dijo Chloe en cuanto me vio—. Pareces... diferente.
—¿Diferente cómo?
—No sé. Más... viva. O más agotada. O las dos cosas a la vez.
Pedimos vino. Una botella entera. Después del día que había tenido, me la merecía.
Le conté todo. Los rumores, la reunión con Victoria, la propuesta de Alexander, las horas trabajando juntos.
—Espera —dijo Chloe, levantando una mano—. ¿Estás diciendo que has pasado todo el día a solas con Alexander Prescott, en su oficina, con la puerta abierta, supuestamente trabajando?
—Sí.
—Y no habéis...
—Chloe.
—Porque yo en tu lugar...
—Chloe —repetí, más severa—. Es profesional. Es complicado. Y, además, no puedo. Ya lo sabes.
Mi amiga me estudió durante mucho tiempo. Tomó un sorbo de vino. Suspiró.
—Emma, cariño, hace un año que terminaste con David. Un año. Y sigues comportándote como si el amor fuera una enfermedad contagiosa.
—David me mintió durante seis meses —dije, y el recuerdo aún dolía—. Me hizo sentir que estaba loca por sospechar cuando él estaba viendo a otra persona. Me hizo dudar de mi juicio, de mi instinto, de todo.
—Lo sé. Fue un hijo de puta. Pero no todos los hombres son David.
—Lo sé. Pero...
—Pero tienes miedo —terminó Chloe por mí—. No tienes miedo de enamorarte, Emma. Tienes miedo de que alguien tenga la oportunidad de abandonarte.
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. Las palabras de Chloe golpearon con una precisión quirúrgica.
—Alexander no es como los demás —continuó ella—. Es frío, sí. Controlado, sí. Pero te mira como si tú fueras la única persona en la habitación. Y eso, cariño, eso no es algo que se ve todos los días.
—Es mi cliente —murmuré—. Y, además, tiene sus propios muros. Más altos que los míos.
—Entonces derribadlos juntos —dijo Chloe, encogiéndose de hombros—. O seguid así, los dos asustados, los dos solos, mientras el mundo se pregunta qué demonios os pasa.
Bebí mi vino en silencio. Pensé en la forma en que Alexander había dicho: «Hay algo en usted que no quiero ver destruido». Pensé en su hombro rozando el mío. En su voz baja cuando decía mi nombre.
—Me atrae —admití finalmente, casi en un susurro—. Dios me ayude, pero me atrae.
Chloe sonrió. Una sonrisa triunfal.
—Ya era hora. Ahora solo tienes que decidir si vas a hacer algo al respecto o si vas a pasarte el resto de tu vida huyendo.
Llegué a casa a medianoche. El piso estaba en silencio, iluminado solo por la luz de la ciudad que entraba por los ventanales.
Me quité los zapatos. Dejé el bolso en el sofá. Encendí el portátil para revisar el correo antes de dormir.
Y entonces lo vi.
Un mensaje en mi bandeja de entrada. Remitente: anónimo. Asunto: «La verdad».
Mi dedo tembló sobre el ratón. Abrí el correo.
No había texto. Solo una imagen adjunta. Una fotografía antigua, en blanco y negro, granulada. Mostraba un hospital. Una entrada de urgencias. Una fecha en la esquina inferior: 28 de julio de 1998.
El día de mi nacimiento.
Debajo de la imagen, una sola línea de texto:
«Pregunta a tus padres adoptivos por qué nunca te contaron toda la verdad sobre tu nacimiento.»
El móvil me cayó de la mano sobre la mesa de café. El corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza que pensé que me desmayaría.
La verdad. Mi nacimiento. Mis padres.
¿Qué verdad? ¿Qué estaban ocultándome mis padres? ¿Y quién demonios enviaba esto?
Miré la fotografía otra vez. El hospital. La fecha. Mi origen.
Y supe que el juego había cambiado. Que ya no se trataba solo de mi carrera ni de una campaña publicitaria.
Alguien estaba jugando con mi pasado. Con mis demonios más profundos.
Y tenía miedo de descubrir qué más sabían.