Capítulo 5
Alexander
No dormí desde que envié aquel mensaje.
Pasé la noche del sábado en mi estudio, frente al ordenador, revisando una y otra vez los documentos filtrados. Analizando fechas, metadatos, huellas digitales. Buscando algo que no supiera qué era, pero que sabía que existía.
Emma Sullivan no era una ladrona. Lo sabía con la misma certeza con la que sabía que el sol saldría por el este.
No podía explicar cómo lo sabía. No tenía pruebas.
Pero había algo en sus ojos durante aquella reunión, algo en la forma en que defendía su trabajo con pasión contenida, que me decía que era imposible que hubiera robado nada.
Sin embargo, el consejo no pensaba igual.
A las ocho de la mañana del lunes, había recibido tres llamadas. Dos directivos exigiendo que cancelara el contrato con Horizon . Uno sugirió que presentáramos una denuncia por espionaje industrial.
Les dije que esperaran. Que investigaría personalmente. Que no tomarían decisiones hasta tener todos los hechos.
No les gustó. A mí tampoco.
Pero necesitaba verla otra vez. Necesitaba mirarla a los ojos y preguntarle directamente. Necesitaba... ¿Qué? ¿Confirmación? ¿Absolución? ¿Una excusa para volver a estar cerca de ella?
Eran las seis de la tarde. La había citado en una sala de reuniones del sótano, lejos de las miradas indiscretas.
Un espacio sin ventanas, discreto, funcional.
Eleanor me había preparado un dossier con toda la información sobre los accesos a nuestros servidores.
Tenía preguntas preparadas. Estrategia. Control.
Y, sin embargo, cuando la puerta se abrió y Emma entró, sentí que todo aquel control se resquebrajaba.
Llevaba un vestido negro sencillo, el pelo suelto por primera vez, cayéndole en ondas desordenadas hasta los hombros. Sin maquillaje, o casi. Ojeras. Tensión en la mandíbula. Pero también algo más. Una determinación que brillaba en sus ojos verdes como una advertencia.
—Señor Prescott —dijo, y su voz era hielo—. Supongo que me ha citado para despedirme personalmente.
Negué con la cabeza.
—Siéntese, por favor.
Dudó. Luego obedeció, con la espalda recta, las manos cruzadas sobre la mesa, la postura de alguien que se prepara para un ataque.
—No voy a llorar —dijo, antes de que pudiera hablar—. No voy a suplicar. No voy a intentar convencerle de mi inocencia con emociones. Solo le pido que me escuche.
Asentí. Eso ya me lo había imaginado.
—La filtración —dije, abriendo el dossier—. Alguien publicó extractos de su propuesta junto con documentos de una agencia rival. Las fechas sugieren que usted tuvo acceso a información confidencial antes de presentar. ¿Tiene alguna explicación?
Emma me miró. Realmente me miró, con una intensidad que me hizo sentir incómodo en mi propia piel.
—¿Sabe qué es lo peor de que sospeche de mí? —preguntó, y su tono había cambiado, se había vuelto más suave, más... herido.
—¿Qué?
—Que esperaba que usted fuera diferente —dijo, y en sus ojos vi algo que no esperaba. No era ira. Era decepción.
Sentí un nudo en el estómago. Una sensación desconocida. Casi... vergüenza.
—Señorita Sullivan —dije, y mi voz sonó más baja de lo habitual—. No la he citado para acusarla. La he citado para investigar. Con usted. No contra usted.
Ella parpadeó. La sorpresa reemplazó a la hostilidad durante un segundo.
—¿Qué?
—No creo que sea culpable —dije, y las palabras salieron con una honestidad que me sorprendió a mí mismo—. Pero necesito que me ayude a entender qué ha pasado. Porque si no lo hacemos juntos, el consejo va a destruir su carrera. Y yo... no quiero que eso ocurra.
Emma me estudió durante mucho tiempo. Buscando la trampa, supuse. La mentira. El ángulo oculto.
—¿Por qué? —preguntó finalmente—. ¿Por qué cree en mí?
No supe qué responder. Porque no había una respuesta racional. Solo un instinto. Una certeza visceral que no podía explicar.
—Porque cuando defendió su propuesta —dije, eligiendo las palabras con cuidado—, vi una pasión que nunca antes había visto. Y la gente que roba no siente pasión por lo que roba. Solo codicia.
Ella no sonrió. Pero algo se suavizó en su expresión. Una grieta en la armadura.
—Muy poético —dijo—. Para ser usted.
—Estoy lleno de sorpresas.
—Eso espero.
Pasamos las dos horas siguientes revisando documentos.
Emma había traído su portátil, sus archivos, sus notas. Yo tenía los registros de acceso a nuestros sistemas. Juntos, intentamos reconstruir la cronología.
—Aquí —dijo ella, señalando la pantalla—. Esta es la primera versión de mi estrategia. Fechada hace cuatro meses. Antes de que su empresa siquiera anunciara el concurso público.
La revisé. Los metadatos confirmaban su versión.
—Y aquí —continuó, abriendo otro archivo—. Los correos con mi equipo discutiendo el concepto. Las primeras ideas. Todo anterior a la filtración.
Asentí. Cada pieza encajaba. Cada prueba apuntaba a su inocencia.
Pero alguien había accedido a la información. Alguien la había copiado. Alguien la había filtrado con la intención específica de hundirla.
—Necesitamos mirar quién tuvo acceso a ambos lados —dije—. A su empresa y a la mía.
—¿Tiene sospechosos?
—Tengo... posibilidades.
Abrí el archivo que Eleanor me había preparado. Una lista de nombres. Empleados con acceso a documentos confidenciales. Fechas de acceso anómalas.
—Aquí —dije, señalando un nombre—. Marcus Webb. Director de Operaciones. Accedió a la carpeta del proyecto tres días antes de la filtración. Desde una IP externa.
Emma se inclinó hacia la pantalla. Su hombro rozó el mío. El contacto fue eléctrico, breve, involuntario. Ambos nos apartamos ligeramente, como si nos hubiéramos quemado.
—¿Conoce a Webb? —preguntó ella.
—Trabaja para mí desde hace ocho años —dije, y mi voz sonó más áspera de lo que pretendía—. Es... era... de confianza.
—¿Y ahora?
—Y ahora no sé qué pensar.
Emma se recostó en su asiento. Cruzó los brazos. Pensó.
—Si es él —dijo—, necesitamos pruebas sólidas. No podemos acusar sin evidencia.
—¿Siempre es así de... metódica?
—Siempre —dijo, y por primera vez, casi sonrió—. Es lo único que me mantiene cuerda.
La miré. Realmente la miré. Vi la tensión en sus hombros. La forma en que se mordía el labio inferior mientras pensaba. La determinación que irradiaba de cada poro de su piel.
Era... fascinante. Y peligrosa. Para mí. Para mi equilibrio. Para las reglas que me había impuesto durante una década.
—Necesitamos seguir investigando —dije, apartando la mirada—. Pero no aquí. Hay demasiados ojos.
—¿Entonces dónde?
Dudé. Sabía que no debía. Sabía que cruzaba una línea que no podía borrar.
Pero la miré de nuevo. Y vi la fatiga en sus ojos. El miedo que intentaba ocultar. La soledad de alguien que luchaba sola contra un enemigo invisible.
—Conozco un lugar —dije—. Discreto. Privado. Mi hermano es el dueño.
—¿El club?
Asintió ella antes de que pudiera confirmarlo. Había investigado. Por supuesto que sí.
— The Black Room —dije—. A las diez. Si quiere continuar esto... fuera del horario de oficina.
Emma me estudió. Buscando el truco. La trampa. La intención oculta.
—Allí estaré —dijo finalmente.
Y de nuevo, sentí esa mezcla de anticipación y temor que no había experimentado en años.
Llegué primero. Como siempre.
The Black Room estaba tranquilo para un lunes. Derek estaba detrás de la barra, revisando cuentas, con esa expresión de aburrimiento que solo se le quitaba cuando había público interesante.
Levantó la vista cuando entré.
—Alexander —dijo, sorprendido—. Dos noches seguidas. Debe ser tu récord.
—Tengo una reunión —dije, sentándome en el taburete de siempre.
—¿Aquí? —Derek arqueó una ceja—. ¿Desde cuándo haces reuniones de negocios en mi club?
—Desde que necesito privacidad.
Derek me estudió con esa intensidad que reservaba para las ocasiones especiales. La que decía saber más de lo que aparentaba.
—Es ella —dijo. No era una pregunta.
No respondí.
—El fantasma de Horizon . La directora de marketing. La que te tiene tan... —Hizo una pausa, buscando la palabra—... alterado.
—No estoy alterado.
—Alexander, llevo treinta y dos años conociéndote. Sé cuándo estás perdido.
—No estoy...
La puerta se abrió y Emma entró.
Llevaba vaqueros oscuros, una camisa blanca, sandalias. El pelo suelto. Sin maquillaje. Parecía otra persona. Más joven. Más vulnerable. Más... real.
Derek la miró. Luego me miró a mí. Y sonrió. Esa sonrisa suya que siempre significaba problemas.
—Bienvenida —dijo, saliendo de detrás de la barra—. Soy Derek Prescott. El hermano menos agraciado.
Emma le sonrió. Una sonrisa genuina y abierta que iluminó toda su cara.
—Emma Sullivan. El... —Me miró—. ¿Cliente? ¿Sospechoso? ¿Colaborador forzoso? Todavía no sé cómo definir nuestra relación.
—Yo tampoco —dije, y casi, casi sonreí.
Derek nos miró alternativamente. Su sonrisa se amplió.
—Voy a prepararos una mesa en el reservado del fondo —dijo—. Privado. Discreto. Con cerradura si es necesario.
—No es necesario —dijimos Emma y yo al unísono.
Nos miramos. Ella se ruborizó ligeramente. Yo me aclaré la garganta.
—Solo privacidad —dije—. Para hablar.
—Claro —dijo Derek, con un tono que decía exactamente lo contrario—. Solo para hablar.
Nos llevó a una mesa en el rincón más alejado. Cortinas de terciopelo que podían cerrarse. Iluminación tenue. Jazz suave de fondo.
—¿Bebida? —preguntó Derek.
—Whisky —dije.
—Lo mismo —dijo Emma.
Derek parpadeó. Luego soltó una carcajada.
—Me gusta —dijo, dirigiéndose a mí—. Tiene agallas. Y buen gusto en whisky.
—Derek...
—Voy, voy. No os molesto. Pero Alexander... —Se inclinó hacia mí, bajando la voz—. Acabas de conocerla hace menos de cuarenta y ocho horas y ya pareces más feliz con ella que conmigo.
—No exageres —murmuré.
—Nunca exagero. Solo observo.
Se alejó y Emma y yo nos quedamos solos en nuestro rincón de terciopelo y secretos.
Pasamos una hora revisando lo que sabíamos.
Emma había traído más documentos. Yo había traído copias de los registros de acceso. Juntos, construimos una línea temporal. Marcamos conexiones. Descartamos teorías.
Pero también... hablamos.
De cosas que no tenían nada que ver con la investigación. De dónde había crecido. De sus padres adoptivos, los profesores. Su miedo a no ser suficiente. De su necesidad de controlar todo porque una vez había sido abandonada sin poder hacer nada.
Yo escuché. Realmente escuché. Sin juzgar. Sin interrumpir. Sin buscar el ángulo de negocio.
Y luego, ella me preguntó.
—¿Por qué es así? —dijo, girando su vaso de whisky entre las manos—. Tan... cerrado. Tan controlado.
Dudé. No hablaba de mi pasado. Nunca. Era parte del muro.
Pero sus ojos... sus ojos me miraban con algo que no era curiosidad morbosa. Era... ¿Comprensión? ¿Reconocimiento?
—Perdí a mis padres —dije, y las palabras salieron más fáciles de lo que esperaba—. Mi padre cuando tenía veintitrés. Mi madre, dos años después. Desde entonces... aprendí que depender de alguien es peligroso.
Emma asintió. No dijo las frases vacías de condolencia. No intentó consolarme con lugares comunes. Simplemente... entendió.
—El control es una ilusión —dijo suavemente—. Pero es una ilusión reconfortante.
Asentí. Y por primera vez en años, sentí que alguien me veía. Realmente me veía. No al CEO, ni al empresario frío. A mí.
Derek apareció con más whisky. Se quedó unos minutos, hablando con Emma, haciéndola reír con sus historias sobre mí de niño. Historias que odiaba que contara, pero que ahora, al ver la sonrisa de Emma, no me importaban tanto.
—Tu hermano es... —dijo Emma, cuando Derek finalmente nos dejó solos.
—Insoportable —terminé.
—Encantador —corrigió ella—. Y te quiere mucho.
No respondí. No sabía qué decir.
Era casi medianoche cuando Emma miró el reloj.
—Debería irme —dijo—. Mañana tengo que enfrentarme a mi jefa. Y al consejo. Y a...
—A un mundo que cree que robó —terminé.
Asintió.
—Pero ahora tengo algo que no tenía antes —dijo, levantándose.
—¿El qué?
—Un aliado —dijo, y sus ojos se encontraron con los míos—. Gracias, Alexander. Por creerme.
No supe qué responder. Así que simplemente asentí.
La acompañé hasta la puerta. Derek le dio un beso en la mejilla, lo cual la hizo sonrojarse y a mí apretar la mandíbula sin saber por qué.
—Hasta mañana —dijo Emma, desde la acera.
—Hasta mañana —respondí.
Y la vi alejarse hasta perderse en la noche de Boston.
Volví dentro y Derek me esperaba en la barra con una sonrisa de suficiencia.
—Estás perdido —dijo.
—Cállate.
—En el buen sentido. En el sentido de que alguien finalmente ha conseguido...
Mi móvil vibró. Miré la pantalla y era un mensaje de un número desconocido.
Lo abrí.
Era una fotografía. Emma y yo, sentados en el reservado. La cortina abierta justo lo suficiente para captar nuestros rostros. Iluminados por la luz tenue. Inclinados el uno hacia el otro. Sonriendo casi.
Y debajo, el mensaje:
«Bonita forma de mezclar negocios y placer.»
Sentí que la sangre se me helaba en las venas. Miré a mi alrededor. El club estaba tranquilo. Poca gente. ¿Quién? ¿Cómo?
Otro mensaje.
«Mañana, la fotografía estará en todas partes. A menos que reconsideres el contrato con Horizon. Hay otras agencias. Más... limpias.»
—¿Alexander? —La voz de Derek sonó lejana—. ¿Qué pasa? Estás pálido.
No respondí. Miré la fotografía otra vez. Emma sonriendo. Yo mirándola. Y supe que la había puesto en peligro.
Que mi interés, mi... ¿Qué era? ¿Mi atracción? ¿Mi necesidad de volver a verla? La había convertido en un objetivo.
Alguien nos observaba. Alguien que quería destruirla. Y ahora tenía la herramienta perfecta.
Mi mano tembló sobre el teléfono. Tenía que advertirle. Tenía que protegerla. Tenía que...
Pero ¿cómo protegía a alguien cuando yo mismo era la amenaza?