El riesgo de mirarte Capítulo 4
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Capítulo 4

Emma

No había dormido.

Lo intenté. Me acosté a la una de la madrugada después de revisar la presentación por décima vez. Cerré los ojos. Conté ovejas. Hice ejercicios de respiración que había aprendido en una aplicación que había descargado y que nunca había usado.

Nada.

A las cuatro de la mañana me rendí. Me levanté. Me duché. Me puse un traje nuevo, gris marengo, que había comprado específicamente para este día. Me miré al espejo. Los ojos me delataban: hinchados, con ojeras, brillantes por el exceso de cafeína.

Me maquillé con precisión quirúrgica. Corrector, base, polvos. Pintalabios rojo. El rojo de la guerra.

A las seis estaba en la cocina, preparando mi cuarto café del día, cuando sonó el timbre.

Chloe.

Abrió la puerta con su llave de copia —la tenía desde hacía diez años— y me miró con esa expresión que ya conocía demasiado bien.

—Dios santo —dijo, dejando su bolso en el sofá—. Pareces un zombi de una serie de Netflix.

—Gracias. Exactamente la confianza que necesitaba.

—Emma, cariño, respira. Es una reunión. No una ejecución.

—Es la reunión más importante de mi carrera —dije, apretando la taza con demasiada fuerza—. Es ciento veinte millones. Es mi futuro. Es la prueba de que no estoy aquí por suerte.

Chloe suspiró. Se acercó. Me quitó la taza de las manos antes de que la rompiera.

—Escúchame bien. Eres brillante. Has preparado la mejor presentación que esta agencia ha visto en años. Conoces el producto mejor que nadie. Y ese tal Prescott, por muy intimidante que sea, es solo un hombre.

—Un hombre que destruye agencias por diversión —murmuré.

—Entonces no le des excusas. Dale razones para quedarse.

Me senté en el taburete de la cocina. Chloe se sentó frente a mí, tomándome las manos.

—¿Sabes cuál es tu problema? —preguntó.

—Tengo una lista.

—Te comportas como si fueras a defender una tesis doctoral. Como si necesitaras demostrar que mereces existir. Y no es así, Emma. Ya existes. Ya eres suficiente.

Sentí ese nudo en la garganta. Ese que aparecía cada vez que alguien intentaba acercarse demasiado.

—No puedo permitirme fallar, Chloe —dije, y mi voz sonó más pequeña de lo que pretendía—. No esta vez.

—No vas a fallar —dijo ella, con una convicción que casi me hizo creerla—. Pero si lo haces, seguirás siendo mi mejor amiga. Seguirás siendo brillante. Y seguirás teniendo a tus padres, a mí, y a toda tu vida por delante.

Asentí. Respiré hondo. Me levanté.

—Necesito repasar los últimos detalles —dije.

—Por supuesto que sí —dijo Chloe, rodando los ojos—. Vamos, te ayudo con el ordenador. Pero solo hasta las ocho. Luego te echo de casa a la fuerza si es necesario.

Pasamos dos horas revisando cada diapositiva, cada número, cada transición. Chloe me obligó a comer media tostada. Me obligó a beber agua. Me obligó a dejar de mirar el reloj cada treinta segundos.

A las nueve menos cuarto, salimos.

Prescott Technologies no era solo un edificio, era una declaración de intenciones.

Me quedé parada en la acera, mirando hacia arriba, mientras Chloe aparcaba el coche en una zona de carga. Diez pisos de cristal y acero que reflejaban el cielo azul de julio. Sin adornos. Sin concesiones a la ornamentación. Solo líneas puras, geometría perfecta, frialdad absoluta.

Era él. El edificio era Alexander Prescott.

—Impresionante —dijo Chloe, apareciendo a mi lado—. Aunque un poco... frío. ¿No crees?

—Es eficiente —dije, ajustándome el maletín—. Vamos.

Cruzamos el vestíbulo de mármol blanco. La recepcionista nos escoltó hasta un ascensor privado que nos llevó directamente al piso treinta. Las puertas se abrieron a un espacio que parecía diseñado para intimidar.

Todo era blanco, gris y negro. Maderas oscuras. Cristal templado. Obras de arte abstracto en las paredes, seguramente originales y costando más que mi piso completo.

Una mujer de cabello pelirrojo nos esperaba en la entrada de la sala de reuniones.

—Señorita Sullivan —dijo, extendiendo la mano—. Soy Eleanor Brooks, asistente ejecutiva del señor Prescott. Él llegará en unos minutos. ¿Desean algo de beber?

—Estoy bien, gracias —dije, aunque mi boca estaba completamente seca.

Chloe pidió agua y entramos en la sala.

Era enorme. Una mesa de roble macizo que podía sentar a veinte personas. Ventanales que daban a toda la ciudad. Una pantalla de última generación ocupaba toda una pared.

Me senté en el lado que me correspondía. Abrí el portátil. Coloqué mis notas. Alineé tres bolígrafos paralelos. Respiré hondo.

Chloe se sentó a mi lado y me apretó la mano bajo la mesa.

—Estás lista —susurró.

No respondí. Porque en ese momento se abrió la puerta y el aire abandonó la habitación.

Alexander Prescott no entró. Ocupó el espacio.

Era más alto de lo que esperaba. Más imponente. Su traje azul marino, perfectamente cortado, se movía con él como una segunda piel. Su postura era erguida, militar, la de quien nunca ha dado un paso en falso en su vida.

Pero fueron sus ojos los que me detuvieron.

Grises, fríos e inteligentes. Exactamente como en la fotografía, pero infinitamente más intensos en persona. Nos miraron a Chloe y a mí con una evaluación clínica, profesional, absolutamente imperturbable.

No sonrió. No extendió la mano de inmediato. Simplemente nos observó durante unos segundos que parecieron eternos.

—Señorita Sullivan —dijo finalmente, y su voz era grave, controlada, sin el menor atisbo de cordialidad innecesaria—. Señorita Bennett.

Asentí, me levanté y extendí la mano.

—Señor Prescott. Un placer.

Nuestros dedos se tocaron. Fue... eléctrico. Literalmente. Una corriente que subió por mi brazo y se instaló en mi pecho, haciendo que mi corazón se acelerara de forma ridícula.

Sus ojos se estrecharon casi imperceptiblemente. ¿Lo había sentido también él? Imposible saberlo. Su máscara era perfecta.

Nos sentamos. Él ocupó la cabecera de la mesa, solo, sin asistentes, sin abogados ni equipo. Eso me desconcertó. Yo tenía a Chloe, mi portátil, y un dossier de cincuenta páginas. Él tenía... nada. Solo un cuaderno de piel negra y un bolígrafo.

—Tiene veinte minutos —dijo, así, sin preámbulos.

Encendí el portátil, busqué la presentación y empecé a hablar.

Los primeros cinco minutos fueron técnicos. Datos de mercado, análisis de la competencia y estrategia de posicionamiento. Él escuchó sin intervenir, sin tomar notas ni cambiar de expresión.

Llegué al concepto creativo. La idea que me había mantenido despierta durante tres noches seguidas.

—Queremos humanizar la tecnología —dije—. No vender algoritmos. Vender esperanza. Mostrar que detrás de cada diagnóstico hay una vida, una familia, una historia.

—¿Emociones? —interrumpió, y su tono no era despectivo, solo... escéptico.

—Emociones que venden —repliqué—. Las decisiones de compra en el sector sanitario no las toman las máquinas. Las toman personas. Personas que tienen miedo, que esperan, que necesitan confiar.

—Su propuesta es arriesgada —dijo, inclinándose hacia delante.

—Las campañas aburridas no cambian mercados —respondí, sin bajar la mirada.

—Y las decisiones impulsivas destruyen empresas —replicó él, y había algo en su voz, una tensión, una... ¿Pasión contenida?

—Entonces, supongo que tendremos que descubrir quién de los dos tiene razón —dije, y mi voz sonó más desafiante de lo que pretendía.

Nos miramos. Los segundos se estiraron. El silencio en la sala era absoluto, denso, cargado de algo que no tenía nombre.

Chloe tosió discretamente.

Alexander se reclinó en su asiento. Por primera vez, algo cambió en su expresión. No era una sonrisa. Era... consideración. Interés.

—Continúe —dijo.

Y lo hice. Durante otros quince minutos, exponiendo, defendiendo, discutiendo. Él intervino tres veces más. Cada pregunta era afilada, precisa, diseñada para encontrar grietas. Cada respuesta mía salió más fortalecida, más convencida, más... viva.

Cuando terminé, me di cuenta de que tenía las mejillas sonrojadas y las manos ligeramente temblorosas. No por nervios. Por adrenalina.

Alexander permaneció en silencio durante unos segundos. Cerró su cuaderno. Se levantó.

—Gracias por su tiempo, señorita Sullivan —dijo.

Eso era todo. No había decisión. No había comentario final. Solo... despedida.

Me levanté. Recogí mis cosas con movimientos mecánicos, intentando procesar el fracaso. Había sido demasiado agresiva. Demasiado desafiante. Demasiado...

—Es la mejor presentación que he visto en tres años —dijo Alexander, desde la puerta.

Me quedé inmóvil.

—¿Perdón?

—Dígale a su jefa que pasaré a recoger el contrato el lunes —dijo, y por primera vez, casi casi, casi vi algo parecido a una sonrisa en la comisura de sus labios—. Y, señorita Sullivan... no cambie esa actitud. Es refrescante.

Salió, y Chloe me agarró del brazo antes de que me cayera.

—¿Lo has oído? —susurró, histérica—. ¿Lo has oído? ¡Te ha dado el contrato! ¡Y te ha dicho que eres refrescante!

—Ha dicho que mi actitud es refrescante —murmuré, todavía procesando.

—Es lo mismo. Emma, lo has conseguido. ¡Ciento veinte millones!

Salimos de la sala flotando. Eleanor Brooks nos acompañó hasta el ascensor con una sonrisa enigmática.

—El señor Prescott no suele decidir tan rápido —dijo—. Debe haberle impresionado, señorita Sullivan.

No supe qué responder. Subimos al coche de Chloe. Condujo de vuelta a la oficina mientras yo miraba por la ventana, sin ver nada, con la mente completamente ocupada por unos ojos grises y una voz que me había desafiado de un modo que nadie había hecho en años.

Llegamos a Horizon a la una. Victoria Ashford nos esperaba en su despacho.

—¿Y bien? —preguntó, sin levantarse de su silla.

—Lo tenemos —dije, y mi voz sonó extraña, distante—. El lunes firma el contrato.

Victoria sonrió. Era la primera vez que la veía hacerlo.

—Bien hecho, Emma. Muy bien hecho.

Cuando Chloe y yo salimos, mi equipo me aplaudió al pasar, Sophie me abrazó y todo el mundo hablaba a la vez, celebrando, planeando, empezando a trabajar ya en el proyecto.

Yo me encerré en mi despacho. Necesitaba silencio. Necesitaba procesar.

Encendí el ordenador, abrí el correo y entonces lo vi.

Un mensaje de alerta de Google. Mi nombre. En un artículo de un blog de publicidad.

Hice clic y el mundo se detuvo.

Era una filtración. Alguien había publicado parte de nuestra propuesta, mi propuesta, la que acababa de presentar, en internet. Pero no completa. Solo fragmentos. Y junto a ellos, documentos de otra agencia, una competidora, con fechas anteriores.

Alguien intentaba hacer parecer que yo había robado ideas. Que Horizon había plagiado.

Leí el artículo tres veces. Las manos me temblaban. El pulso me retumbaba en los oídos.

Era imposible. Yo había desarrollado esa estrategia durante meses. Tenía los borradores, las notas, los correos electrónicos que lo demostraban.

Pero en internet no importaba la verdad. Importaba la percepción. Y la percepción era que Emma Sullivan, la estrella en ascenso, era una ladrona.

Llamé a Victoria. Le expliqué. Su silencio al otro lado de la línea fue aterrador.

—Esto es grave, Emma —dijo finalmente—. Prescott tiene acceso a internet. Si ve esto...

—Lo verá —dije, sintiendo náuseas.

—Tendré que hacer una declaración. Investigar internamente. Tú...

—Yo sé que no he hecho nada —dije, y mi voz se quebró—. Victoria, yo...

—Lo sé —dijo, y por primera vez, sonó casi humana—. Pero ahora tenemos que demostrarlo.

Colgué.

Miré la pantalla. Los comentarios en el blog ya se multiplicaban. La sangre estaba en el agua y podía ver a los tiburones acercándose.

Y entonces sonó mi móvil. Un número desconocido. Un mensaje de texto.

Lo abrí.

«Tenemos que hablar. Esto no parece una filtración accidental.»

Alexander Prescott. Mi corazón se detuvo. Luego aceleró hasta límites peligrosos.

¿Por qué me escribía? ¿Para cancelar el contrato? ¿Para acusarme? ¿Para...

Me quedé mirando la pantalla durante treinta segundos. Un minuto. Dos. Mis dedos temblaban sobre el teclado virtual.

No debería responder. Debería dejar que mi empresa se encargara. Debería mantener las distancias, protegerme, no entrar en juegos que no comprendía.

Miré el mensaje. Miré la pantalla del ordenador mientras el escándalo crecía. Miré hacia la ventana, hacia la ciudad donde todo había empezado a desmoronarse.