El riesgo de mirarte Capítulo 3
7%

Capítulo 3

Alexander

Me desperté a las cinco y media de la mañana. No necesité mirar el reloj para saber la hora. Mi cuerpo llevaba años programado para despertarse en ese minuto exacto, independientemente de la época del año, del día de la semana o de lo que hubiera ocurrido la noche anterior.

Estaba de pie junto a los ventanales de mi dormitorio antes de que el sol empezara a teñir el horizonte de Boston.

El ático ocupaba las tres últimas plantas de un edificio histórico de Beacon Hill, completamente reformado a mi gusto.

Cristal, acero, madera oscura. Nada superfluo.

Nada que no tuviera una función concreta.

Me duché durante diez minutos con agua caliente, casi hirviendo, y me afeité con precisión. La barba perfecta era parte de mi armadura, igual que los trajes a medida que colgaban ordenados en el vestidor.

Elegí una camisa azul marino, otra blanca y una corbata gris marengo. Gemelos de plata, discreto regalo de mi padre que llevaba puestos solo en las reuniones más importantes. No por sentimentalismo. Por eficacia. Recordarme quién era. De dónde venía.

A las siete menos cuarto estaba en la cocina. Café solo, tostada sin mantequilla, un vaso de agua. No encendí la televisión. No escuché música. El silencio era el lenguaje que prefería.

Mi coche, un Mercedes Clase S negro, me esperaba en la entrada del garaje. Conduje por las calles vacías del centro, dejando atrás Beacon Hill y cruzando el parque, hasta llegar al distrito financiero, donde se alzaba la sede de Prescott Technologies .

El edificio era mío. Los diez pisos superiores, al menos.

Había comprado la estructura hacía cinco años, cuando la empresa había superado los mil millones de valoración.

Ahora éramos líderes en inteligencia artificial aplicada al diagnóstico médico, y aquel edificio de cristal y acero era el símbolo de lo que habíamos construido.

No heredado. Construido.

Mi padre había fundado la empresa como una modesta consultoría tecnológica.

Yo la había convertido en un imperio. Él había muerto cuando yo tenía veintitrés años, de un infarto fulminante en su despacho, justo donde ahora estaba el mío.

Mi madre había resistido dos años más, luchando contra un cáncer que la consumió poco a poco, hasta que un martes de noviembre, hacía ya diez años, simplemente dejó de respirar.

Yo tenía veinticinco años cuando lo perdí todo. Desde entonces, había aprendido una verdad fundamental: no necesitaba a nadie.

El ascensor me llevó directamente al piso treinta.

Mi despacho ocupaba la esquina sureste, con vistas panorámicas de toda la ciudad.

El espacio era enorme, minimalista, frío.

Había un escritorio de diseño escandinavo, dos sillas de visita y una librería con libros técnicos alineados.

Ninguna fotografía personal. Ningún recuerdo innecesario.

Me senté. Encendí el ordenador. Revisé los informes del día anterior. Los números eran reconfortantes. Siempre lo eran. Los números no mentían. No decepcionaban. No morían.

A las ocho en punto, Eleanor Brooks entró sin llamar.

—Buenos días, Alexander —dijo, dejando una carpeta sobre mi escritorio.

Eleanor tenía cincuenta y cinco años. Cabello pelirrojo corto, siempre perfectamente peinado.

Vestía con una elegancia discreta. Trajes de chaqueta en tonos oscuros, joyas sencillas.

Llevaba treinta años trabajando para los Prescott.

Primero como secretaria de mi padre. Ahora como mi asistente ejecutiva, aunque aquel título no capturaba ni la mitad de lo que hacía por mí.

Era la única persona que me trataba como si aún fuera el chico de veintitrés años que no sabía cómo atarse la corbata correctamente. La única que se atrevía a entrar sin llamar. La única que me conocía de verdad.

—¿Has desayunado? —preguntó, arqueando una ceja.

—Sí.

—Mentira. Te conozco. Tienes esa cara.

No respondí. Seguí revisando el informe de ventas del trimestre anterior.

Eleanor suspiró. Se sentó en una de las sillas de visita sin que yo le invitara a hacerlo. Eso solo lo hacía ella.

—La reunión de mañana —dijo—. La agencia publicitaria. ¿Estás preparado?

—Siempre estoy preparado.

—Eso no es una respuesta. Es una evasión.

Levanté la vista. Eleanor me miraba con esos ojos verdes que parecían ver demasiado.

Había sido la mejor amiga de mi madre. Había estado en el funeral, sosteniéndome la mano mientras yo intentaba no desmoronarme.

Había seguido trabajando para mí cuando todos los demás habrían buscado un empleo menos exigente, menos... frío.

—¿Qué quieres que te diga, Eleanor? —pregunté, cerrando el informe.

—Quiero que me digas por qué estás más tenso de lo normal. Llevas toda la semana con la mandíbula apretada. Anoche saliste tarde. Esta mañana has llegado antes que el conserje.

—Tengo una empresa que dirigir.

—Y yo llevo más de diez años viendo cómo la diriges. Esta semana es diferente.

No respondí. Tenía razón, por supuesto. Pero no estaba dispuesto a admitirlo.

La campaña publicitaria me inquietaba. No por el dinero, que era irrelevante. Me inquietaba la idea de tener que delegar algo importante en extraños. De tener que confiar. De tener que abrir una grieta en el muro que había construido durante una década.

—Es solo una campaña —dije finalmente.

—Son ciento veinte millones de dólares —corrigió Eleanor—. Y es la primera vez que vas a permitir que alguien externo defina la imagen pública de tu empresa. De tu herencia.

—Mi herencia es mía. La he construido yo.

—Exacto. Y tienes miedo de que alguien la manche.

Apreté la mandíbula. Odiaba cuando hacía eso. Cuando me leía con tanta facilidad.

—Tu problema, Alexander —continuó Eleanor, bajando la voz—, es que crees que porque algo no puede romperse, tampoco puede tocarte.

—Estoy bien así —dije, y mi voz sonó más dura de lo que pretendía.

—Eso dices desde hace diez años —replicó ella, levantándose—. Desde que murió tu madre. Desde que decidiste que no volverías a necesitar a nadie.

—Eleanor...

—No te estoy juzgando —dijo, suavizando el tono—. Te estoy observando. Hay una diferencia.

Se dirigió hacia la puerta. Se detuvo en el umbral.

—La reunión de mañana es a las diez. La agencia se llama Horizon . Su directora de marketing es una tal Emma Sullivan. Veintiocho años. Muy brillante, según tengo entendido. Y muy competitiva.

Asentí. No me interesaban los detalles personales. Solo los profesionales.

—Ah, y Alexander —añadió Eleanor, con una sonrisa casi imperceptible—. Desayuna algo. O te desmayarás en mitad de la presentación.

Salió. Me quedé solo.

Miré por la ventana. Boston brillaba bajo el sol de julio. La ciudad que había visto nacer, crecer, triunfar. La ciudad donde había perdido todo y donde había construido un nuevo todo, diferente, frío, pero indestructible.

O eso creía yo.

La mañana transcurrió con la precisión de siempre. Reuniones, números, decisiones. A las diez recibí a los representantes de dos agencias más. Horizon no era la primera. Sería la última.

No les di ninguna pista sobre lo que pensaba. Escuché sus propuestas con la máscara imperturbable que había perfeccionado durante años. Anoté mentalmente sus errores. Ninguna me impresionó.

A la una, Eleanor me trajo una ensalada que no le había pedido.

La comí sin ganas, sentado en mi despacho, mirando una fotografía que no estaba enmarcada en ninguna parte, pero que veía con perfecta claridad: mi padre, mi madre y yo, en el jardín de la casa de verano que vendí hacía ocho años.

Yo tenía quince años. Sonreía de verdad en aquella fotografía.

Antes de saber lo que era perderlo todo.

Mi padre, Charles Prescott, había sido un hombre formidable. Autodidacta, brillante, exigente. Me enseñó el negocio desde que tenía uso de razón. Me llevaba a la oficina los sábados. Me hacía leer informes antes de hacer los deberes del colegio. Me decía que un Prescott nunca mostraba debilidad.

Murió un jueves de marzo. Yo estaba en mi último año de universidad.

Eleanor llamó a mi habitación de la residencia estudiantil.

Yo conduje hasta el hospital sin encender la radio.

No lloré hasta que estuve solo, en el cuarto de baño de la casa familiar, con el grifo abierto para que nadie oyera los sollozos que me desgarraban el pecho.

Mi madre, Catherine, resistió dos años más. Ella era diferente. Cálida, artista, piano. Me enseñó que podía ser frío por fuera, pero sentir demasiado por dentro. El cáncer se la llevó poco a poco, día a día, hasta que un martes por la mañana dejé de tener padres.

Tenía veinticinco años. Derek, mi hermano pequeño, tenía veintidós años. Él sí lloró en el funeral. Yo no pude. Alguien tenía que ser fuerte. Alguien tenía que ocuparse de la empresa. De los empleados. De las facturas. De la herencia.

Así que me puse la corbata, me senté en el despacho de mi padre y empecé a construir el muro.

No amigos íntimos. No relaciones serias. Sin dependencias emocionales de ningún tipo.

Funcionaba. La empresa creció. Mi fortuna se multiplicó. Mi reputación se consolidó.

Y yo me convertí en lo que todos creían que era: un hombre frío, imposible de alcanzar, perfectamente autónomo.

Eleanor lo sabía. Derek lo sabía. Pero nadie más.

Y así me gustaba.

A las nueve de la noche estaba en The Black Room .

El club ocupaba el sótano de un edificio histórico en el centro, invisible desde la calle, accesible solo para socios.

Derek lo había abierto hacía cinco años, convirtiéndolo en el lugar más exclusivo de Boston.

Jazz en vivo, whiskies que costaban cientos de dólares el vaso, reservados insonorizados donde la gente podía... hacer lo que quisiera.

No era un club de sexo, era algo más sutil. Más peligroso. Un lugar donde la élite de la ciudad podía ser lo que realmente era, lejos de las cámaras, de los rumores, de las consecuencias.

Yo era socio desde el primer día. No por el negocio, sino porque Derek era mi hermano. Y porque, aunque nunca se lo admitiría en voz alta, necesitaba aquel espacio.

Necesitaba una rutina diferente a la que tenía en la empresa.

Me senté en la barra y el camarero, que me conocía, me sirvió un whisky escocés de dieciocho años sin preguntar. Bebí un sorbo, cerré los ojos y dejé que el alcohol me quemara la garganta.

—El mismo sitio, la misma hora, la misma cara de perro —dijo una voz a mi espalda.

No necesité girarme.

—Hola, Derek.

Mi hermano se sentó en el taburete de al lado. Tenía treinta y dos años, tres menos que yo, y parecía haber nacido para sonreír. Moreno, atractivo, siempre con una broma en la punta de la lengua. Era mi opuesto exacto. Y, extrañamente, la única persona a la que no podía negarle nada.

—¿Y bien? —preguntó, haciendo señas al camarero para que le sirviera lo mismo que a mí—. ¿Cómo van las agencias publicitarias? ¿Has destrozado ya a alguna pobre alma inocente?

—Dos —dije, sin emoción—. Queda una mañana.

— Horizon , ¿verdad? La que tiene a esa directora joven. Emma algo.

—Sullivan.

—Eso. He oído que es guapa.

—No me he fijado.

Derek soltó una carcajada.

—Claro. Porque tú nunca te fijas. Porque tú solo vienes aquí, bebes tu whisky y eliges mujeres que ni siquiera saben cómo te llamas.

No respondí. Bebí otro sorbo.

—¿Algún día vas a salir con una mujer que sepa tu apellido después de despertarse? —preguntó Derek, inclinándose hacia mí.

—No veo la necesidad —dije, y era cierto.

Las relaciones sin compromiso eran sencillas. Entraba en un reservado con alguien que había conocido diez minutos antes. Salía dos horas después. No había expectativas. No había desilusiones. No había pérdida.

No había dolor.

—Exacto —dijo Derek, y su tono cambió, se volvió más suave, casi triste—. Ese es tu problema, Alex. No ves la necesidad de nada que no puedas controlar.

—Funciona.

—Funcionas —corrigió—. Hay una diferencia. Tú funcionas. Pero no vives.

Me giré para mirarle. Derek me devolvió la mirada sin flaquear. Era el único que podía hacer eso. El único que se atrevía.

—No necesito sermones —dije.

—No. Necesitas otra cosa. Pero no sé qué es. Y tú menos.

Se terminó su whisky de un trago, y se levantó.

—Voy a saludar a unos clientes. Si cambias de opinión sobre lo de esta noche, el reservado tres está libre. Hay una morena que pregunta por ti.

Negué con la cabeza.

—Como quieras —dijo Derek, encogiéndose de hombros—. Pero recuerda: incluso tú necesitas respirar a veces, hermano.

Se alejó. Me quedé solo en la barra, con mi whisky, mi silencio y mi rutina perfecta.

A medianoche volví a mi ático. A mi cama vacía. A mi vida ordenada.

El silencio del ático era absoluto. Me preparé un café. Me senté en mi estudio, frente al ordenador. Eleanor me había enviado los dosieres de las tres agencias finalistas. Tenía que tomar una decisión antes del lunes.

Los dos primeros ya los había revisado antes de reunirme con ellos. Propuestas competentes. Equipos solventes. Nada que me hiciera sentir... nada.

Pero aún tenía pendiente el tercer dossier. Horizon Advertising Group .

Emma Sullivan. Veintiocho años. Directora ejecutiva de marketing. Premios. Reconocimientos. Una trayectoria impecable para su edad.

Hice clic en su fotografía y me quedé inmóvil.

Era... diferente. No era guapa del modo convencional.

No tenía el aspecto pulido y artificial de las mujeres con las que solía cruzarme.

Su cabello era corto, despeinado de un modo que parecía calculado pero natural.

Sus ojos, verdes, miraban directamente a la cámara con una intensidad que me resultó... incómoda.

No sonreía en la fotografía. Tenía la mandíbula ligeramente apretada, como si estuviera a punto de discutir algo. Como si desafiara al fotógrafo. Como si desafiara al mundo.

Sentí algo en el pecho. Algo que no reconocí inmediatamente.

Interés. Curiosidad. Una punzada de... ¿Anticipación?

Cerré el archivo de golpe. Me levanté, caminé hasta la ventana y respiré hondo.

No. No podía permitirlo. No podía permitir que una fotografía, una mujer a la que no conocía, una desconocida con ojos desafiantes, me hiciera sentir... cualquier cosa.

Volví al escritorio. Abrí el archivo otra vez. Miré la fotografía por última vez antes de cerrar el expediente.

—Interesante —murmuré.

Y no supe por qué.