El riesgo de mirarte Capítulo 2
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Capítulo 2

Emma

Horizon Advertising Group ocupaba los pisos treinta y uno al treinta y tres de un rascacielos de vidrio y acero en el distrito financiero de Boston. Aparqué en el garaje subterráneo, subí al ascensor, saludé a la recepcionista, crucé el vestíbulo de mármol blanco y entré en mi territorio.

Mi despacho estaba en la esquina noreste del edificio.

Dos paredes de cristal que daban a la ciudad, a la bahía, a ese horizonte que justificaba el nombre de la empresa.

Una mesa de roble macizo, ordenada hasta la obsesión.

Un ordenador portátil, una lámpara de diseño, una fotografía enmarcada de los Sullivan en el día de su jubilación conjunta, sonriendo frente a la facultad donde habían pasado cuarenta años dando clase.

Eran las nueve menos cuarto. Mi equipo llegaría a las nueve. Tenía quince minutos de paz.

Me senté. Encendí el ordenador. Revisé el correo electrónico. Cuarenta y tres mensajes nuevos desde el día anterior. Los fui clasificando con la eficiencia de quien ha aprendido a distinguir entre urgente e importante, entre ruido y señal.

A las nueve en punto, mi asistente, una chica de veintitrés años llamada Sophie, me trajo el segundo café de la mañana y la agenda del día.

—A las diez, reunión con el equipo creativo sobre la campaña de la cadena de gimnasios —dijo Sophie—. A las once y media, llamada con Los Ángeles. A la una, almuerzo con los de Finanzas. Y a las tres... —Hizo una pausa dramática—. La jefa quiere verte.

—¿Sabes de qué se trata?

—No, pero tiene pinta de ser importante. Ha cancelado dos reuniones para dejarte hueco.

Asentí. Guardé esa información, la procesé, la encajé en mi rompecabezas mental.

—Gracias, Sophie.

La mañana transcurrió con la precisión de un mecanismo de relojería suizo. La reunión con los creativos fue productiva. La llamada con Los Ángeles resolvió un problema de derechos de imagen que llevaba semanas bloqueando un proyecto. El almuerzo con Finanzas fue aburrido, pero necesario.

A las tres menos diez, me miré en el espejo del baño de mi despacho. Me retoqué el pintalabios. Me alisé la chaqueta. Respiré hondo.

Y subí al piso treinta y tres, donde estaba la oficina de Victoria Ashford, la directora general de Horizon Advertising Group .

Victoria Ashford tenía cincuenta y dos años, cabello rubio platino y una reputación que la precedía en toda la costa este como una de las mujeres más duras del sector publicitario. Vestía siempre de Chanel, fumaba cigarrillos electrónicos y nunca sonreía.

—Siéntate, Emma —dijo, señalando la silla frente a su escritorio.

Obedecí. Crucé las piernas. Esperé.

— Prescott Technologies —dijo Victoria, sin preámbulos—. ¿Conoces la empresa?

—Inteligencia artificial aplicada al sector sanitario. Líderes en diagnóstico por imagen automatizado. Fundada por el padre del actual CEO, fallecido hace doce años. Alexander Prescott, treinta y cinco años, soltero, sin escándalos públicos, reputación de ser brillante pero imposible de tratar.

Victoria arqueó una ceja.

—Has hecho los deberes.

—Siempre.

—Bien. Porque quiero que consigas su cuenta.

La campaña global de lanzamiento de su nuevo sistema de diagnóstico temprano de cáncer.

Valorada en ciento veinte millones de dólares.

La agencia que la consiga se posicionará como líder indiscutible en el sector de la salud durante los próximos cinco años.

Sentí que el pulso se me aceleraba. Ciento veinte millones. La cuenta más grande de mi carrera. La que podía catapultarme a la dirección general en unos años.

—¿Por qué yo? —Pregunté, porque siempre preguntaba eso. Nunca daba nada por sentado.

—Porque eres la mejor. Porque tienes la capacidad de entender productos técnicos complejos y traducirlos a emociones. Y porque necesito a alguien que no se deje intimidar por Prescott. He oído que es... complicado.

—¿Cómo de complicado?

—Frío. Exigente. Perfecto. No tolera errores. No perdona debilidades. Ha rechazado a tres agencias en el último mes. Ninguna ha conseguido pasar de la primera reunión.

Asentí. Procesaba. Creaba la estrategia.

—¿Cuándo es la primera reunión?

—Mañana. A las diez de la mañana. En sus oficinas. Quieren una propuesta preliminar. Tienes hasta las nueve de la mañana para preparar el equipo.

—Eso es...

—¿Imposible? —Victoria sonrió, con una línea recta, sin humor—. Bienvenida al mundo de los negocios, Emma. Nada es imposible. Solo difícil. Y tú eres buena con lo difícil.

Me levanté.

—Tendré la propuesta lista.

—Lo sé. Por eso te he elegido.

Salí de la oficina con la cabeza ya funcionando a mil revoluciones por minuto. Necesitaba el dossier completo de Prescott Technologies . Necesitaba estudios de mercado. Necesitaba una idea brillante, algo que nadie más hubiera pensado, algo que impresionara a un hombre que no se dejaba impresionar.

Necesitaba...

—¡Emma Sullivan, a tus pies!

Una voz chillona, divertida e irreverente resonó en el pasillo.

Me giré.

Chloe Bennett corría hacia mí con los brazos abiertos, una bolsa de compras de alguna tienda de lujo colgando del brazo y una expresión de exageración absoluta en el rostro.

—He oído el rumor —dijo Chloe, agarrándome por los hombros—. Ciento veinte millones. El hombre más rico y guapo de Boston. Y a ti te han elegido para seducirlo. Profesionalmente hablando, claro.

—No seas ridícula —dije, pero sonreí.

Chloe era mi mejor amiga desde los doce años.

Nos habíamos conocido en el instituto, en una clase de inglés, sentadas una al lado de la otra por orden alfabético.

Bennett, Sullivan. Desde entonces, inseparables.

Chloe, rubia, bajita, con ojos verdes y una boca que no tenía filtro. Yo, morena, reservada, controlada.

Éramos el yin y el yang.

—Vamos a tu despacho —ordenó Chloe—. Necesito sentarme. Estos tacones son un instrumento de tortura medieval disfrazado de moda.

En mi despacho, Chloe se dejó caer en el sillón de visitas y se quitó los zapatos con un gemido de alivio.

—Dios santo. Mi jefa me ha tenido corriendo toda la mañana. Quiere que organice una fiesta para quinientas personas en tres días. Es una psicópata. Una narcisista con una tarjeta de crédito ilimitada. Odio mi vida.

—Pero sigues ahí —dije, sentándome frente a ella.

—Porque paga bien. Porque me da contactos. Porque si aguanto un año más, puedo montar mi propia agencia de eventos y mandarla a la mierda.

Sonreí. Esa era Chloe. Siempre con un plan. Siempre mirando al futuro.

—Cuéntame lo del cliente nuevo —dijo Chloe, estirando las piernas sobre mi mesa sin pedir permiso—. He oído que es un dios griego disfrazado de empresario. Que tiene unos ojos grises que miran directamente a tu alma. Que nunca sonríe, lo que lo hace aún más sexy. Que...

—Que tiene treinta y cinco años, es viudo de sus padres, heredó una empresa a los veintitrés y es famoso por destruir agencias publicitarias en reuniones de cinco minutos —la interrumpí—. Eso es lo que sé.

—¿Y eso es todo?

—Eso es todo lo relevante.

Chloe me miró con esos ojos que siempre veían demasiado.

—Tienes una cuenta de cien millones delante y tu mayor preocupación es si ese hombre tiene fama de ser antipático.

—Los hombres complicados siempre vienen con problemas —dije, encogiéndome de hombros.

—Curioso —replicó Chloe, inclinándose hacia delante—. Tú eres una mujer complicada y aquí estoy yo, sobreviviendo.

—Tú eres la excepción que confirma la regla.

—No. Soy la única que ve más allá de tu armadura de ejecutiva perfecta —Chloe bajó la voz—. ¿Te da miedo?

—¿El qué?

—Este proyecto. Este hombre. La posibilidad de fracasar.

No respondí de inmediato. Miré por la ventana. El sol de la tarde se reflejaba en los edificios de cristal del distrito financiero. Todo parecía posible desde aquella altura.

—No me da miedo fracasar —dije finalmente—. Me da miedo... necesitar algo demasiado. Y este proyecto lo necesito. Lo necesito para demostrar que no estoy aquí por suerte. Que no me lo han dado todo por ser la hija adoptiva de dos profesores universitarios con contactos.

Chloe suspiró.

—Emma, cariño, nadie piensa eso.

—Yo pienso eso. A veces.

—Bueno, pues deja de hacerlo. Eres brillante. Eres la persona más trabajadora que conozco. Y si este tal Prescott no lo ve, es un idiota.

Sonreí. Esa sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Gracias.

—De nada. Ahora, ¿vamos a cenar? Necesito comida basura y chisme sobre tu jefa. Y luego, si me lo pides muy amablemente, te ayudo a investigar a tu príncipe azul del mundo empresarial.

—No es mi príncipe azul.

—Todavía.

Negué con la cabeza, pero no pude evitar reírme.

Chloe se fue a las seis, prometiendo volver a las ocho para recogerme. Me quedé sola en mi despacho, con el silencio de la planta treinta y dos como única compañía.

Encendí el ordenador. Abrí el navegador. Escribí en el buscador: Alexander Prescott.

Aparecieron miles de resultados. Artículos de prensa económica. Entrevistas técnicas. Fotografías de eventos corporativos.

Hice clic en una imagen y me quedé inmóvil.

Alexander Prescott era... era... No encontraba palabras.

Alto. Mucho más alto que la gente que le rodeaba en las fotografías. Cabello negro, perfectamente peinado. Una barba cuidada que le daba un aire de autoridad, de madurez, de peligro. Trajes oscuros, impecables. Postura erguida, de quien sabe exactamente quién es y qué quiere.

Pero fueron sus ojos los que me detuvieron.

Grises, fríos e inteligentes. Como dos trozos de acero pulido que parecían mirar directamente a través de la pantalla, hacia mí.

Sentí algo en el estómago. Algo que no había sentido en años. Algo que no quería sentir nunca más.

Atracción. Puramente física, por supuesto. Solo química. Solo biología. Nada importante. Pero suficiente para enfurecerme.

Cerré el portátil de golpe.

No. No iba a permitirlo. No iba a dejar que unos ojos en una fotografía, unos ojos que pertenecían a un hombre frío y complicado y, seguramente, insoportable, me hicieran sentir... vulnerable.

Mañana me reuniría con él. Sería profesional, brillante y distante. Y no volvería a mirar esa fotografía. Nunca.

O eso intentaría.