El riesgo de mirarte Capítulo 1
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El riesgo de mirarte

El riesgo de mirarte

Por Hugo Sanz

© inepub.com

Capítulo 1

Emma

El despertador sonó a las seis y media, pero yo ya llevaba veinte minutos despierta.

Estaba sentada en el borde de la cama, con las piernas cruzadas sobre el edredón de lino blanco, mirando fijamente la ventana mientras la luz del verano se filtraba entre las cortinas de gasa.

No necesitaba que la alarma me despertara.

Nunca lo necesitaba. Mi cuerpo funcionaba con un reloj interno que nunca fallaba, ni siquiera los domingos, ni siquiera después de una noche en la que el insomnio se había apoderado de mis pensamientos hasta las tres de la madrugada.

Me levanté, descalza, y crucé el dormitorio hasta el baño en suite.

El suelo de parqué estaba frío bajo mis pies.

No encendí la luz. Conocía cada centímetro de aquel piso de Back Bay: los dos dormitorios, el salón con aquellos ventanales enormes que daban al río Charles, la cocina minimalista donde guardaba mi cafetera italiana como si fuera una reliquia sagrada.

Me miré al espejo. Veintiocho años. Cabello castaño oscuro, corto, con un corte asimétrico que me llegaba hasta la mandíbula.

Tenía ojos verdes, que suponía heredados de algún antepasado irlandés de mi madre biológica.

Piel pálida que no se bronceaba ni en pleno julio.

Estatura media, delgada, pero con una complexión que siempre había considerado demasiado huesuda, demasiado angular.

Me duché en diez minutos exactos. Me vestí con un traje de chaqueta azul marino, una camisa blanca de seda y tacones de aguja negros.

Me maquillé lo justo: corrector, máscara de pestañas, un toque de colorete para no parecer un cadáver, pintalabios en tono nude.

Me recogí el pelo en una coleta baja, pulcra, impecable.

A las siete menos cuarto tenía el café hecho.

Un espresso doble, intenso, amargo, sin azúcar.

Lo bebí de pie, junto a la ventana, observando cómo Boston despertaba bajo un cielo azul intenso, prometedor, propio de aquella época del año en la que la ciudad parecía quitarse el abrigo gris del invierno y mostrar su verdadera cara.

Era el tres de julio. El verano acababa de comenzar oficialmente, aunque para mí el calendario no marcaba estaciones. Marcaba trimestres fiscales, campañas publicitarias, presentaciones a clientes y reuniones de estrategia.

Yo no tenía tiempo para estaciones.

A las siete y media estaba en el coche, un Audi A4 negro que me había comprado hacía dos años tras mi ascenso a directora ejecutiva de marketing de Horizon Advertising Group .

Conduje por Commonwealth Avenue, dejando atrás el barrio de Back Bay, cruzando el parque hasta llegar a Brookline, donde vivían Richard y Margaret Sullivan.

Los domingos desayunaba con ellos. Los miércoles, como aquel, simplemente pasaba a saludar. A asegurarme de que estaban bien. De que el jardín estaba bien cuidado. De que mi madre no se había vuelto a torcer aquel tobillo que tanto le había dado guerra el invierno pasado.

Aparqué en la entrada. La casa de ladrillo rojo, de dos plantas, con el porche cubierto de hiedra y las macetas de geranios que mi madre cuidaba con una dedicación obsesiva.

El mismo jardín donde había aprendido a montar en bicicleta.

La misma puerta azul marino que había visto cerrarse tras de mí cada mañana durante dieciocho años, cuando salía hacia el instituto.

Toqué el timbre. No tenía llave. Nunca había tenido llave. Los Sullivan creían en los límites, la privacidad y el respeto, incluso entre padres e hijos.

Mi madre abrió la puerta con una sonrisa que iluminó toda la mañana.

—Emma, cariño. Justo te estábamos esperando.

Mi madre adoptiva tenía sesenta y cinco años, pero aparentaba diez años menos.

Cabello blanco, corto, elegante, peinado con ese estilo que solo consiguen las mujeres que han pasado por la universidad en los años setenta y han conservado esa dignidad intelectual toda la vida.

Vestía un jersey de cachemira beige, pantalones de pinzas y zapatos planos.

Gafas de lectura colgando de una cadena plateada al cuello.

—He traído los croissants —dije, levantando la bolsa de la panadería de la esquina.

—Tu padre está en el jardín, regando las rosas. Entra, entra. ¿Has desayunado?

—Solo café.

—Eso no es desayunar. Venga, voy a hacerte un huevo.

Seguí a mi madre por el pasillo familiar, aquel pasillo donde colgaban las fotografías de toda mi vida: yo con dos años, despatarrada en una alfombra de colores.

Yo en mi primera comunión, con aquel vestido blanco ridículo que mi madre había guardado en el desván.

Yo el día de mi graduación en la universidad, con birrete y borla, abrazando a mi padre mientras ambos llorábamos sin disimulo.

Yo el día que me dieron el ascenso, con traje de chaqueta gris, posando junto a la placa de mi nuevo despacho.

Cada fotografía era una prueba.

Una prueba de que alguien me había querido. De que alguien se había quedado.

En la cocina, el olor a café recién hecho se mezclaba con el de las flores de jazmín que mi madre tenía en un jarro sobre la encimera.

Me senté en el taburete de siempre, aquel que había ocupado desde que mis pies no alcanzaban el suelo y tenía que subirme de rodillas para alcanzar el bol de cereales.

—¿Cómo va la semana? —preguntó, rompiendo un huevo en la sartén.

—Bien. Intensa. Mañana tenemos una presentación importante.

—¿Esa del cliente nuevo?

—Esa.

Mi madre no se volvió. Siguió moviendo la sartén con ese gesto experto de quien ha cocinado miles de huevos a lo largo de cuatro décadas.

—Tu padre dice que es una empresa de tecnología médica. Que el dueño es joven.

—Treinta y cinco años. Alexander Prescott. Heredó el negocio de su padre.

—¿Y es complicado?

—No lo sé todavía. Mañana lo sabré.

El huevo saltó en el aceite. Mi madre lo sirvió en un plato con una rebanada de pan tostado y un tomate rallado, como solía hacer. Comí sin ganas, por compromiso, porque sabía que, si no lo hacía, se preocuparía.

Mi padre entró por la puerta de la cocina, quitándose los guantes de jardinería.

Llevaba una camisa de lino azul claro, las mangas remangadas, mostrando los antebrazos todavía fuertes pese a los años.

Canoso, alto, con aquella postura erguida de quien ha sido profesor de Historia toda la vida y ha aprendido a proyectar voz y autoridad ante auditorios de estudiantes aburridos.

—Emma —dijo, y su rostro se iluminó.

Se sentó a mi lado, me dio un beso en la coronilla, sirvió su propio café.

—¿Lista para la presentación de mañana? —preguntó.

—Preparada desde hace tres días —respondí.

Mi padre sonrió. Esa sonrisa contenida, orgullosa, que había aprendido a leer desde pequeña.

—No tienes que demostrar nada, ¿sabes? —dijo de repente.

Dejé el tenedor sobre el plato.

—Lo sé.

—No —insistió mi padre, y su tono cambió, se volvió más grave, más íntimo—. Lo sabes con la cabeza. Algún día tendrás que saberlo con el corazón.

Sentí ese nudo familiar en la garganta. Ese nudo que aparecía cada vez que mis padres intentaban llegar a esa parte de mí que mantenía cerrada con siete llaves.

—Papá...

—No te estamos presionando —intervino mi madre, sentándose frente a mí, cogiéndome las manos—. Solo te recordamos que estamos aquí. Que no tienes que ganarte el derecho a que te queramos. Que ya lo hacemos. Que siempre lo hemos hecho. Desde el primer día.

Miré esas manos. Las manos de mi madre, con sus venas azules, sus arrugas, sus uñas perfectamente cuidadas.

Manos que me habían sostenido cuando era un bebé de seis meses, abandonada por mi madre biológica, entregada a un sistema de acogida que no garantizaba nada.

Manos que me habían vestido, alimentado, consolado durante pesadillas, aplaudido en graduaciones.

Manos que me habían dado todo el amor que mis padres biológicos no habían podido, o no habían querido, darme.

—Lo sé —susurré.

Pero no lo sabía. No realmente. No en esa parte profunda, oscura, donde aún vivía la niña de seis meses que había sido dejada en una cuna de un hospital de Massachusetts con una nota escrita a mano: «No puedo cuidarla. Por favor, encontradle un hogar. Lo siento.»

Nunca había odiado a mi madre biológica. No tenía rostro para odiar. Solo tenía preguntas. Miles de preguntas que me había prohibido hacer en voz alta porque no quería herir a los Sullivan. Porque no quería que pensaran que no eran suficiente.

Pero no lo eran del todo. No porque fallaran ellos. Sino porque yo fallaba. Porque llevaba dentro un agujero que ningún amor adoptivo había logrado tapar.

El miedo a ser abandonada otra vez. El miedo a no ser suficiente para que alguien se quedara.

—Tengo que irme —dije, levantándome, besando a ambos, recogiendo mi bolso, huyendo de la intensidad de aquel momento—. Os llamo mañana después de la presentación.

—Emma... —dijo.

—Estoy bien —mentí, sonriendo, mostrando la máscara perfecta que llevaba años puliendo—. De verdad.

Salí por la puerta azul marino, subí al coche, respiré hondo y conduje hacia el centro de Boston, hacia mi despacho en el piso treinta y dos de Horizon Advertising Group , hacia la vida que había construido con ladrillos de control y cemento de perfección.