Capítulo 29
Alexander
Había pasado exactamente una semana desde que Emma y yo habíamos decidido no ponerle nombre a lo nuestro, y, sin embargo, aquella mañana sentía que llevaba toda la vida intentando descifrar el enigma que tenía ante mis ojos.
Estaba sentado en mi despacho del piso treinta, con las primeras luces de la noche filtrándose por los ventanales, y una caja de cartón abierta sobre la mesa de roble que había pertenecido a mi padre.
Eleanor había encontrado aquella caja en el sótano del edificio, entre archivos que databan de hacía más de veinte años.
No debería haber estado allí. Según nuestros registros digitales, todo el material físico anterior al año dos mil había sido digitalizado y destruido hacía una década.
Pero allí estaba, polvorienta, con una etiqueta escrita a mano que rezaba: «Personal. No tocar. C.P.»
Metí la mano dentro con una precisión quirúrgica, como si temiera que el papel se desintegrara bajo mis dedos.
Saqué un fajo de documentos amarillentos, informes de contabilidad de la fundación benéfica que mi padre había dirigido en secreto durante veinte años.
Había estado revisándolos durante horas, buscando la conexión que Morrison y su equipo no lograban encontrar.
Fue entonces cuando lo vi.
Una nómina. Un recibo de salario fechado en octubre de mil novecientos noventa y ocho, meses antes de mi nacimiento. El nombre de la beneficiaria me resultó vagamente familiar: Helen Vance.
El apellido me golpeó como un puñetazo en el estómago.
Vance. Como Robert Vance, el antiguo socio que habíamos creído responsable del sabotaje.
Pero Helen no era Robert. Según el documento, Helen Vance había sido asistente social en la fundación, encargada específicamente de los casos de adopción urgente.
Mis dedos temblaron cuando giré la página. Allí estaba, en letra de máquina de escribir: «Caso E.S. — Adopción Sullivan. Seguimiento post-adopción: positivo. Nota interna: Donante anónimo. Prescott satisfecho con la ubicación.»
Sentí que la sangre se me helaba en las venas.
Helen Vance no solo había trabajado para mi padre. Había gestionado la adopción de Emma. Y lo más aterrador: el documento estaba marcado con un sello que reconocí de inmediato. El sello de Vanguard Advisory , la empresa fantasma que había contratado a Marcus Webb.
Conecté los puntos con una rapidez que me mareó. Si Helen Vance había trabajado para mi padre en mil novecientos noventa y ocho, y luego había pasado a Vanguard décadas después... ¿había estado trabajando para la competencia todo este tiempo? ¿O era algo más oscuro?
Cogí el teléfono para llamar a Morrison, pero antes de que pudiera marcar, la puerta de mi despacho se abrió de golpe.
Eleanor entró con el rostro pálido y una tableta en las manos.
—Alexander, ha pasado algo —dijo, y su voz temblaba—. No es bueno.
La noticia explotó en mi móvil antes de que Eleanor pudiera explicarme. Una alerta de Google. Mi nombre. Y el de Emma. Y un titular que me hizo sentir náuseas: «Escándalo en Prescott Technologies: el CEO manipula campaña millonaria para beneficiar a su amante.»
El artículo, publicado en uno de los principales medios económicos del país, afirmaba que había alterado deliberadamente los criterios de selección de la agencia publicitaria para asegurar que Horizon , y específicamente Emma Sullivan, obtuviera el contrato.
Citaban fuentes anónimas del consejo que aseguraban que había utilizado fondos de la empresa para mantener a Emma, y que la campaña estaba siendo dirigida desde mi cama, no desde la estrategia.
Eran mentiras. Cada palabra era una vil mentira.
Pero estaban bien construidas. Habían filtrado documentos —falsificados, sin duda— que mostraban supuestos pagos irregulares a una cuenta a nombre de Emma.
Había fotografías nuestras, robadas, que mostraban nuestra intimidad como prueba de corrupción.
—El consejo acaba de convocar una reunión de emergencia —dijo Eleanor, con la voz más baja de lo habitual—. Harrison ha dicho que si no das explicaciones en las próximas dos horas, presentarán una moción de censura. Te quitarán la empresa, Alexander.
Miré la pantalla del móvil. Los comentarios en redes ya ardían. Los accionistas estaban en pánico. El valor de nuestras acciones caía en picado.
Y entonces vi el nombre del periodista que había firmado el artículo. Helen Vance. No era coincidencia. Era ella. La asistente social de mil novecientos noventa y ocho. La hermana, la esposa, no lo sabía aún con certeza, pero estaba claro que había una conexión familiar. Y estaba destruyéndonos.
—¿Dónde está Emma? —pregunté, con la voz ronca.
—En su piso —respondió Eleanor—. He intentado llamarla, pero no contesta. Alexander, la prensa está acampando en la puerta de su edificio.
Sentí una furia ciega recorrer mi espalda. No era solo un ataque contra mí. Era un ataque calculado para destruirla a ella. Para hacerla parecer una prostituta que había vendido su cuerpo por un contrato. Para quitarle todo lo que había construido.
—Prepara una rueda de prensa —dije, cerrando la caja de documentos y guardándola en el cajón inferior de mi mesa—. Para dentro de una hora. En el auditorio del edificio.
—Alexander, el consejo dice que debes...
—Que el consejo espere —interrumpí, poniéndome de pie y cogiendo la chaqueta—. Y consigue que Helen Vance esté allí. Quiero mirarla a los ojos cuando destroce sus mentiras.
El auditorio estaba abarrotado. Cámaras de televisión, periodistas, flashes que me cegaban al entrar. Había decidido no preparar un discurso. No quería sonar ensayado. Quería que vieran la verdad en mis ojos, aunque me costara la empresa.
Harrison estaba en la primera fila, con una expresión de desaprobación que intentaba disimular como preocupación.
A su lado, otros miembros del consejo murmuraban entre ellos.
En la tercera fila, distinguí a una mujer de mediana edad, pelo castaño con canas prematuras, ojos fríos que me resultaron terriblemente familiares. Helen Vance.
Me quedé de pie tras el atril. Respiré hondo. Y empecé a hablar.
—No voy a leer un comunicado preparado —dije, y mi voz resonó en el micrófono, firme, clara—. Voy a decir la verdad. Sí, tengo una relación personal con Emma Sullivan.
Un murmullo recorrió la sala. Los flashes estallaron con más intensidad.
—Sí —continué—, es la directora ejecutiva de marketing de Horizon Advertising Group , la agencia que gestiona nuestra campaña. Y sí, me importa profundamente.
Un periodista levantó la mano. Lo señalé.
—Señor Prescott —dijo, con el micrófono extendido—, ¿tiene una relación personal con Emma Sullivan?
—Sí —respondí, sin titubear.
—¿Eso afecta a su juicio profesional?
—No.
—¿Cómo puede estar seguro?
Miré directamente a la cámara que transmitía en directo. Sabía que Emma estaría viendo esto. En algún lugar, en su piso, asustada, sola, creyendo quizás que la había abandonado ante la primera dificultad.
—Porque nunca he respetado a nadie profesionalmente como la respeto a ella —dije, y mi voz se quebró ligeramente, pero no me detuve—.
Emma Sullivan es la profesional más brillante con la que he trabajado en mi vida.
Su integridad es inquebrantable. Su talento, indiscutible.
Y si alguien cree que necesitaba manipular un concurso para que ella ganara, es porque no la conoce.
Ella habría ganado de todos modos. Yo solo tuve el privilegio de ser testigo de su genio.
Helen Vance se puso de pie. Su voz cortó el aire como un cuchillo.
—Entonces, ¿cómo explica los pagos irregulares, señor Prescott? ¿Los documentos que demuestran que desvió fondos?
—Son falsificaciones —respondí, mirándola directamente—. Y sospecho que usted lo sabe mejor que nadie, señora Vance. Puesto que fue usted quien los fabricó.
El silencio fue absoluto. Helen palideció, pero mantuvo la compostura.
—No tengo nada que ver...
—Usted trabajó para mi padre en mil novecientos noventa y ocho —interrumpí, sacando la fotocopia del documento que había encontrado—.
Gestionó la adopción de Emma Sullivan. Y ahora, veintiocho años después, aparece como la fuente de una campaña de difamación contra la misma persona. Eso es mucha coincidencia, ¿no cree?
Los periodistas se volvieron hacia ella. Los flashes ahora la cegaban a ella.
—Esto no es... —tartamudeó.
—Mi padre confió en usted —dije, y mi voz se endureció—. Confió en usted para darle una familia a una niña que lo necesitaba. Y usted ha utilizado esa confianza para destruirla. ¿Por qué? ¿Por dinero? ¿Por venganza?
Helen Vance recogió su bolso. Intentó salir, pero dos agentes de seguridad que había colocado a las puertas la detuvieron suavemente.
—La policía tiene preguntas para usted —dije—. Sobre falsificación de documentos, difamación y quién sabe cuántos delitos más. Pero antes de irse, quiero que sepa una cosa.
Me acerqué al borde del escenario, bajando la voz para que solo los micrófonos más cercanos captaran mis palabras.
—No ha ganado. No nos ha separado. Ni a mí ni a Emma. Ni ahora ni nunca.
El consejo no destituyó a nadie. Al menos, no esa noche. Harrison me detuvo en el pasillo, con una expresión que no supe interpretar.
—Ha sido una jugada arriesgada —dijo—. Podría haberle costado todo.
—Pero no me ha costado —respondí, cansado—. Y ahora, si me disculpa, tengo que ver a Emma.
Conduje con el corazón martilleando contra las costillas. La prensa seguía allí, pero había perdido interés tras la rueda de prensa. Subí en el ascensor, temiendo encontrarla furiosa, temiendo que me culpara por el escándalo, temiendo que finalmente hubiera decidido que yo era demasiado complicado.
Pero cuando abrí la puerta de mi ático, la encontré sentada en el sofá de la biblioteca, con las luces apagadas, envuelta en una manta que había dejado olvidada la semana anterior.
Tenía el pelo mojado, como si se hubiera duchado hacía poco, y llevaba puesto uno de mis jerséis, el gris de cachemira que le quedaba grande.
No habló cuando entré. Solo levantó la vista. Sus ojos verdes brillaban en la penumbra, húmedos, pero no de tristeza. De alivio.
Me senté a su lado. La distancia entre nosotros era de apenas un palmo, pero parecía un abismo.
—Lo vi —dijo finalmente, y su voz sonó pequeña, rota—. La rueda de prensa. Lo vi todo.
—Emma, yo...
—Nadie —me interrumpió, y ahora las lágrimas caían libremente—.
Nadie había hecho eso por mí. Cuando las cosas se pusieron feas...
siempre me quedé sola. Mi madre biológica me dejó.
David me culpó cuando su traición salió a la luz.
Incluso en el trabajo, cuando empezaron los rumores, todos mantuvieron las distancias.
Pero tú... tú saliste ahí fuera. Arriesgaste todo. Por mí.
Extendí la mano. La tomé. Ella vino hacia mí y nos abrazamos.
No fue un abrazo sexual. No fue un abrazo de reconciliación tras una pelea.
Fue algo más profundo. Fue el abrazo de dos personas que finalmente habían decidido que no estaban solas.
Que habían encontrado en el otro un refugio que no pedía explicaciones, que no exigía perfección, que simplemente existía.
Enterré mi rostro en su pelo, inhalando su olor a vainilla y algo más, algo que ya había asociado con el hogar. Ella apretó su rostro contra mi cuello y sentí sus lágrimas mojando mi camisa, pero no importaba. Nada importaba excepto este momento.
—No te voy a abandonar —susurré contra su sien—. Nunca. Por muy difícil que sea. Por muy oscuro que se ponga. Me quedo.
Ella se apartó lo suficiente como para mirarme a los ojos. En ellos vi a la niña abandonada que había aprendido a no esperar nada de nadie. Y vi que, por primera vez, empezaba a creer que podía esperar algo. Que podía esperarme a mí.
—Yo también me quedo —dijo ella.
Y en esa confesión simple, en ese abrazo en la oscuridad de mi ático, supe que habíamos cruzado una línea de la que no habría vuelta atrás. No éramos solo dos personas que se deseaban. Éramos dos personas que habían elegido, conscientemente, caminar juntas hacia el fuego si era necesario.
El mundo seguía girando fuera, con sus amenazas, sus mentiras y sus peligros. Pero por primera vez en mi vida, no me sentía solo frente a él.
Tenía a Emma. Y eso era suficiente.