Capítulo 13. El rostro #2
Étienne entendió entonces la lógica terrible de aquella muerte.
El asesino no necesitaba eliminar a un heredero.
Necesitaba eliminar a un hombre capaz de identificar al verdadero heredero y demostrar que las diferentes identidades utilizadas durante años correspondían a una misma historia.
Si el cadáver no podía ser reconocido, la investigación oficial quedaría atrapada en una identidad falsa.
El hombre muerto podía convertirse en Louis Armand ante los ojos de las autoridades, aunque no lo fuera.
—Entonces el cadáver fue preparado.
—Sí.
—¿Por quién?
Gabriel lo miró.
—Eso es lo que debe descubrir.
Étienne volvió a mirar el retrato.
—Quiero saber el verdadero nombre del niño.
Gabriel cerró los ojos.
—Se llamaba Alexandre de Montreuil.
El nombre cayó entre ambos con un peso inesperado.
Étienne lo repitió mentalmente. Durante semanas había perseguido nombres falsos y ahora tenía por fin un nombre que podía ser verdadero.
Pero algo en la forma en que Gabriel había pronunciado aquellas palabras le hizo comprender que todavía faltaba algo.
—¿Está seguro?
—Sí.
—¿Ese era su nombre de nacimiento?
—Sí.
—¿Y por qué nunca apareció?
Gabriel respondió con una calma que resultó más inquietante que cualquier amenaza:
—Porque alguien decidió que Alexandre de Montreuil debía morir mucho antes de que el hombre que llevaba ese nombre muriera en la Conciergerie.
Étienne sintió que la sangre se le enfriaba.
—¿Qué quiere decir?
—Que el nombre fue declarado muerto.
—¿Cuándo?
—En 1792.
—¿Por quién?
Gabriel sacó un último documento de la caja. Era una partida de defunción. El nombre era Alexandre de Montreuil. La fecha correspondía a varios meses antes de la desaparición del niño. Étienne levantó lentamente la mirada.
—Entonces alguien declaró muerto a un niño que seguía vivo.
—Sí.
—¿Y quién murió en su lugar?
Gabriel no respondió.
—El hombre de la Conciergerie.
—No.
—Entonces, ¿quién?
—Eso es lo que todavía no sabemos.
Étienne sintió una mezcla de alivio y frustración.
Había conseguido el nombre, pero el nombre no había cerrado el misterio.
Al contrario, lo había abierto por completo.
Alexandre de Montreuil había existido, había sido declarado muerto y, sin embargo, alguien había seguido viviendo bajo identidades falsas que conducían hacia él.
El cadáver de la Conciergerie había sido un testigo y no el niño.
Henri de Valençay había sido una identidad de protección.
Louis Armand había sido otra. Pero todavía quedaba una pregunta esencial: ¿qué hombre había sobrevivido después de que Alexandre de Montreuil hubiera sido oficialmente declarado muerto?
Gabriel volvió a guardar los documentos.
—Ahora comprende por qué no podía darle el nombre antes.
—No.
—¿Por qué?
—Porque saber el nombre no me dice dónde está.
Gabriel lo observó durante unos segundos.
—Está en París.
Étienne se incorporó.
—¿Vivo?
—Sí.
—¿Dónde?
Gabriel se acercó a la ventana.
—No lo sé con certeza.
—Pero acaba de decirme que está en París.
—Lo estaba hace unas semanas.
—¿Y ahora?
—No lo sé.
—¿Quién puede saberlo?
Gabriel tardó en responder.
—Madeleine.
Étienne sintió que todas las piezas volvían a desplazarse.
—Entonces Moreau tenía razón.
—¿Sobre qué?
—Madeleine me está ocultando algo.
Gabriel no negó la acusación.
—Madeleine ha pasado veinticinco años protegiendo una historia que ya no existe de la misma manera. Es posible que todavía crea que ocultar la verdad equivale a proteger al hombre.
—¿Y no es así?
—No necesariamente.
Gabriel abrió la puerta.
—Tiene que marcharse.
—Todavía no.
—Sí.
—Necesito saber quién declaró muerto a Alexandre.
Gabriel lo miró fijamente.
—Lo sabrá cuando encuentre el documento original.
—¿Dónde está?
—En manos de la única persona que ha conservado una copia completa de todo.
—¿Quién?
Gabriel no contestó.
Étienne comprendió entonces que había llegado al límite de lo que aquel hombre estaba dispuesto a contar.
—¿Es Moreau?
—No.
—¿Madeleine?
—No.
—¿Renard?
Gabriel negó con la cabeza.
—Entonces, ¿quién?
—El hombre que firmó la partida de defunción.
—¿Sigue vivo?
—Sí.
—¿Dónde?
Gabriel abrió completamente la puerta.
—En la Conciergerie.
Étienne lo miró con desconcierto.
—¿Un funcionario?
—Un hombre que todavía trabaja allí.
La respuesta le produjo una sensación extraña.
Había comenzado la investigación precisamente en la Conciergerie, había examinado sus registros, hablado con Dufour y estudiado las celdas donde habían encerrado al cadáver.
Sin embargo, nunca había pensado que la persona que podía explicar la muerte oficial de Alexandre de Montreuil pudiera seguir trabajando en el mismo lugar donde el hombre que conocía su secreto había muerto.
—¿Quién es?
Gabriel pronunció un nombre que Étienne ya conocía.
—Laurent Dufour.
Étienne permaneció inmóvil.
De pronto comprendió que Dufour había estado presente desde el principio.
Había recibido el cadáver. Había visto la llave.
Había reconocido a Madeleine. Había advertido a Étienne que no buscara determinados nombres.
Había ocultado información y, sin embargo, también le había proporcionado pequeños fragmentos de la verdad.
Si él había firmado o participado en la partida de defunción de Alexandre de Montreuil, entonces no era simplemente un guardia que sabía demasiado.
Era uno de los hombres que habían mantenido viva la identidad falsa durante años.
Étienne salió del edificio sin despedirse.
Caminó por la plaza Vendôme bajo una lluvia cada vez más intensa y sintió que la ciudad entera se había convertido en un inmenso archivo donde cada persona parecía conservar una parte de la historia y negarse a entregarla.
Había encontrado finalmente un nombre verdadero, pero aquel descubrimiento no le produjo la satisfacción que había esperado.
Alexandre de Montreuil no era todavía una respuesta.
Era una persona que había sido declarada muerta mientras seguía vivo, un niño cuya existencia había sido escondida hasta convertir su propio nombre en una amenaza.
Y el hombre que había muerto en la Conciergerie había llevado durante sus últimos días una identidad que no le pertenecía para proteger a alguien cuyo nombre oficial había dejado de existir.
Étienne comprendió entonces que la verdadera conspiración no consistía en esconder a un heredero, sino en fabricar una muerte administrativa capaz de sustituir a una vida real.
Cuando llegó a la Conciergerie ya era de noche.
Dufour se encontraba en el mismo despacho donde Étienne lo había conocido semanas atrás.
Al verlo entrar, levantó lentamente la cabeza.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Después Dufour miró el rostro de Étienne y pareció comprender que finalmente había encontrado algo que no podía ser desmentido.
—Ya sabe el nombre —dijo.
No era una pregunta. Étienne cerró la puerta.
—Alexandre de Montreuil.
Dufour permaneció inmóvil.
—¿Quién le ha hablado de él?
—Gabriel.
El rostro del viejo guardia cambió.
—Entonces ya no puedo detenerlo.
—Nunca pudo.
Dufour se levantó lentamente.
—No sabe lo que está buscando.
—Sé que Alexandre fue declarado muerto en 1792.
—Sí.
—Sé que seguía vivo.
—Sí.
—Sé que el hombre de la Conciergerie murió para proteger su identidad.
Dufour cerró los ojos.
—Sí.
Étienne se acercó.
—Y sé que usted firmó la partida.
Dufour no respondió.
—Quiero verla.
El silencio se prolongó durante varios segundos. Finalmente Dufour abrió un cajón y sacó un libro pequeño, encuadernado en cuero oscuro. Lo dejó sobre la mesa y pasó las páginas hasta llegar a una entrada antigua.
Étienne se inclinó. Allí estaba el nombre. Alexandre de Montreuil. Debajo aparecía la fecha. Y junto a ella, la firma de Dufour. Pero había algo más. Una anotación añadida muchos años después. Étienne la leyó lentamente.
«La muerte fue declarada. El hombre no.»
Dufour levantó la mirada.
—Eso fue lo último que dejó escrito el hombre de la Conciergerie.
Étienne sintió que todo lo que había buscado desde el principio acababa de reducirse a una sola frase.
El nombre había muerto, pero el hombre no.
Y si aquel hombre seguía vivo, entonces la investigación que había comenzado con un cadáver sin rostro no terminaba con la identificación de un muerto.
Apenas empezaba con el descubrimiento de que, detrás de aquella muerte cuidadosamente preparada, existía un hombre que llevaba años viviendo con una identidad que oficialmente no existía.
Étienne comprendió que el rostro que necesitaba reconstruir no era el del cadáver, sino el de Alexandre de Montreuil, el niño cuya vida había sido fragmentada en nombres ajenos, documentos falsos y testimonios contradictorios, y cuya existencia podía todavía cambiar el significado de todo lo que había ocurrido desde el comienzo de la Revolución.
Mientras cerraba el libro, comprendió también que ya no estaba persiguiendo una leyenda real ni una conspiración política.
Estaba buscando a un hombre vivo que, durante años, había sido obligado a vivir como si estuviera muerto.