Capítulo 13. El rostro
La puerta del edificio de la plaza Vendôme se abrió después de que Étienne golpeara dos veces.
No apareció ningún criado ni ningún funcionario.
Fue un hombre de unos sesenta años quien descorrió el cerrojo desde el interior y lo observó durante varios segundos antes de apartarse para dejarle paso.
Era alto, delgado, de cabello completamente blanco y rostro alargado, con una cicatriz pequeña junto a la sien izquierda.
Vestía un traje oscuro, sin insignias ni adornos, y tenía la apariencia de alguien acostumbrado a pasar inadvertido incluso cuando se encontraba en una habitación llena de personas.
No preguntó quién era Étienne. Parecía haberlo estado esperando.
—Entre —dijo.
Étienne cruzó el umbral y miró alrededor.
La casa era sobria, casi desnuda. No había retratos familiares ni símbolos políticos, tampoco objetos que pudieran revelar la profesión de su propietario.
Una mesa, dos sillas, una estantería con algunos libros y un armario cerrado ocupaban la estancia principal.
La ausencia de objetos personales resultaba más inquietante que cualquier decoración.
Parecía una vivienda preparada para ser abandonada rápidamente.
—¿Es usted el señor de la plaza Vendôme? —preguntó Étienne.
El hombre esbozó una sonrisa débil.
—Hace muchos años que nadie me llama así.
—Madeleine Arnaud me envió.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Porque Madeleine no hace nada sin asegurarse antes de que alguien pueda seguir el rastro.
Étienne sintió que la respuesta contenía una advertencia.
—Me dijo que usted estuvo presente cuando decidieron que el niño debía desaparecer.
El hombre se acercó a la mesa y señaló una de las sillas.
—Siéntese.
Étienne no obedeció inmediatamente.
—Primero quiero saber su nombre.
—He tenido muchos.
—Quiero el verdadero.
El hombre lo miró fijamente.
—Mi nombre es Gabriel de Montreuil.
Étienne recordó el apellido que había aparecido en las conversaciones con Madeleine y Renard.
—¿Familia de Henri de Montreuil?
—Su hermano.
La respuesta confirmó una sospecha, pero abrió otras preguntas.
—Entonces usted conoció al niño.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que lo llevaran a la torre.
Gabriel tomó asiento.
—Yo tenía diecisiete años cuando nació. Henri era mucho más joven.
Durante años fui uno de los pocos que sabía de su existencia.
No porque perteneciera a una conspiración, como probablemente piensa, sino porque nuestra familia había aprendido a convivir con secretos.
Había personas cuya existencia debía mantenerse fuera de los registros por razones que nadie explicaba completamente. Henri era una de ellas.
—¿Y el niño?
—Era su hijo.
—¿Su verdadero padre?
Gabriel negó con la cabeza.
—Henri no era el padre. Era su tío.
Étienne permaneció inmóvil.
—Entonces hemos vuelto a equivocarnos.
—Todos se han equivocado.
—¿Quién era el padre?
Gabriel levantó los ojos hacia él.
—El hombre cuyo nombre nunca aparece en ninguno de los documentos.
—¿Por qué?
—Porque si apareciera, usted comprendería inmediatamente por qué el niño debía desaparecer.
Étienne se sentó finalmente.
—Necesito saberlo.
—Todavía no.
—Ya me han dicho eso demasiadas veces.
Gabriel aceptó la irritación sin mostrarla.
—Entonces escuche primero la historia completa.
Durante la hora siguiente, Gabriel habló sin interrupciones.
Contó que el niño había nacido antes de la Revolución y que su existencia había sido conocida por un reducido grupo de personas vinculadas a la antigua corte.
Su madre había muerto pocos años después del nacimiento, y el padre había dispuesto que el muchacho fuera criado lejos de París.
Oficialmente, el niño pertenecía a una familia menor que nada tenía que ver con la corte.
En realidad, su sangre lo relacionaba con una rama de la familia reinante cuya existencia podía convertirse en un problema sucesorio si alguna vez se hacía pública.
—Pero no era heredero —dijo Étienne.
—No.
—Entonces, ¿por qué tanto miedo?
—Porque en tiempos normales la sangre tiene un significado limitado. En tiempos de crisis, puede convertirse en una bandera.
Gabriel explicó que, mientras la monarquía permaneció estable, nadie tenía interés en convertir al niño en una figura política.
Era demasiado joven, demasiado distante de la sucesión y demasiado incómodo para quienes conocían su origen.
Pero la situación cambió cuando comenzaron los acontecimientos revolucionarios.
La caída de la Bastilla, la huida de miembros de la nobleza, la crisis de la monarquía y finalmente la caída de Luis XVI transformaron al muchacho en algo que nunca había sido antes: una posibilidad.
—¿Una posibilidad de qué?
—De convertirse en una alternativa.
Étienne comprendió entonces el verdadero peligro.
No necesitaban demostrar que el niño tenía derechos legales sobre el trono.
Bastaba con que alguien pudiera presentarlo como miembro legítimo de la familia real y utilizar su existencia para reunir a quienes todavía defendían la monarquía.
Una persona podía convertirse en símbolo aunque careciera de derechos.
La política podía fabricar legitimidades con la misma facilidad con que los funcionarios fabricaban documentos.
—Por eso lo ocultaron.
—Sí.
—¿Quién tomó la decisión?
Gabriel permaneció en silencio durante varios segundos.
—Su padre.
—¿Y quién era?
—Eso no puedo decírselo todavía.
Étienne golpeó suavemente la mesa con los dedos.
—No entiendo qué sentido tiene seguir ocultándolo.
—Porque usted todavía piensa que la historia terminó con la muerte del hombre de la Conciergerie.
Gabriel abrió el armario y sacó una caja de madera.
La colocó delante de Étienne y levantó la tapa.
Dentro había varios documentos, una pequeña cadena, una medalla y un retrato.
Étienne tomó el retrato. Era el mismo joven que había visto en la miniatura entregada por Marguerite, pero ahora podía observarlo con mayor claridad.
El hombre representado tenía el rostro fino, ojos oscuros y una expresión serena.
En la parte posterior aparecía una inscripción: para mi hijo, cuando llegue el momento de conocer su verdadero nombre.
Étienne pasó los dedos por el borde del papel.
—¿Quién escribió esto?
—Su padre.
—Entonces el padre sabía que algún día tendría que conocer la verdad.
—Sí.
—¿Y nunca se la dijeron?
—No hasta que fue demasiado tarde.
Gabriel sacó otro documento. Era una declaración escrita por un hombre identificado únicamente como L. A. Étienne sintió un escalofrío.
—Louis Armand.
—Ese nombre aparece porque fue la identidad que utilizó durante los últimos años.
—¿Él escribió esto?
—Sí.
Étienne comenzó a leer. La declaración era breve y estaba redactada con una letra firme.
El autor explicaba que había descubierto que su nombre de nacimiento había sido sustituido cuando era niño y que, durante años, había creído que aquella sustitución había sido necesaria para salvarle la vida.
Después había descubierto algo que lo obligó a investigar: el hombre que había llevado su nombre original no había desaparecido, sino que había seguido utilizándolo en determinados círculos para mantener abierta una posibilidad política.
—No lo entiendo —dijo Étienne.
Gabriel señaló una frase.
—Lea esa parte.
Étienne volvió a leer.
«Yo no fui escondido para que sobreviviera. Fui escondido para que alguien pudiera utilizar mi existencia cuando llegara el momento.»
La frase permaneció ante sus ojos.
—Entonces todo cambia.
—Sí.
—El niño no era solamente protegido.
—No.
—Era reservado.
Gabriel asintió.
—Como una pieza que podía ser utilizada más adelante.
Étienne siguió leyendo. Louis Armand afirmaba que había descubierto la existencia de otros documentos y que había intentado reunirlos para recuperar su verdadero nombre.
Había buscado a personas que habían conocido su infancia y había encontrado a Madeleine, a Marguerite y finalmente al hombre que murió en la Conciergerie.
—Aquí dice que el hombre muerto conocía su identidad.
—Sí.
—¿Y sabía dónde estaban los documentos?
—Sabía dónde había estado el primero.
—¿El documento original?
—Exactamente.
—¿Dónde?
Gabriel miró hacia la ventana.
—No lo sabemos.
Étienne dejó la declaración.
—Pero usted sí sabe algo.
—Sé quién lo tuvo.
—¿Quién?
Gabriel no respondió.
En ese momento se escuchó un ruido en la calle. Ambos hombres levantaron la cabeza. Gabriel se acercó a la ventana y miró hacia abajo.
—No debería estar aquí tanto tiempo.
—¿Nos siguen?
—Probablemente.
—¿Quién?
—No importa.
—Sí importa.
Gabriel regresó a la mesa.
—Importa menos que esto.
Sacó de la caja una pequeña placa de metal. Étienne la reconoció. Era idéntica al símbolo que había visto en la llave del cadáver.
—¿Dónde estaba?
—En manos de Louis Armand.
—¿Por qué?
—Era la única forma que tenía de demostrar ante determinadas personas quién era realmente.
—Entonces el hombre muerto llevaba la misma señal.
—Porque la recibió de él.
Étienne comprendió algo que había pasado por alto.
—¿El hombre de la Conciergerie no era el sustituto?
Gabriel negó lentamente.
—No.
—Entonces, ¿qué era?
—El testigo.
Étienne permaneció en silencio. Gabriel continuó:
—Durante años, el hombre muerto protegió a Louis Armand.
Cuando Louis descubrió la verdad sobre su origen, fue él quien lo ayudó a reunir documentos.
También fue él quien intentó localizar el primer registro.
Cuando comprendió que otras personas estaban siguiendo el mismo camino, decidió utilizar nuevamente el nombre de Louis Armand para despistarlas.
—Por eso murió con ese nombre.
—Sí.
—Y con el rostro destruido.
—Porque quien lo mató necesitaba impedir que alguien pudiera reconocerlo.
—Pero usted acaba de decir que era el testigo.
—Precisamente.