El rey sin rostro Capítulo 14. El fin del Terror
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Capítulo 14. El fin del Terror

Los meses siguientes cambiaron París de una manera que Étienne no habría podido imaginar cuando había recibido el encargo de identificar aquel cadáver sin nombre.

La investigación había dejado de avanzar siguiendo una línea recta y se había convertido en una búsqueda que exigía paciencia, cautela y, sobre todo, la capacidad de distinguir entre las verdades que podían ser demostradas y aquellas que solo existían porque alguien las había repetido durante demasiado tiempo.

Después de su conversación con Dufour, Étienne había comprendido que Alexandre de Montreuil seguía vivo, pero no había conseguido descubrir dónde se encontraba.

Gabriel había desaparecido de la plaza Vendôme pocos días después de su encuentro; Madeleine había dejado de acudir a los lugares donde solía ser localizada; Renard se había encerrado en su casa y había enviado un mensaje breve en el que le pedía que no volviera a visitarlo; y Julien Moreau, cuya presencia había comenzado a hacerse cada vez más visible dentro de la administración revolucionaria, parecía haber desaparecido temporalmente de los documentos que Étienne podía consultar.

La investigación había entrado en una especie de silencio, como si todas las personas relacionadas con ella hubieran comprendido que la única forma de sobrevivir consistía en esperar.

Pero la historia de Francia no esperaba a nadie.

El Terror se había intensificado y después, casi de manera imperceptible, había comenzado a consumir a quienes lo habían utilizado como instrumento de poder.

Las listas de detenidos crecían, las acusaciones se sucedían con una rapidez que hacía imposible distinguir entre una amenaza real y una denuncia nacida del miedo, y la guillotina había dejado de ser para muchos una imagen excepcional para convertirse en una presencia cotidiana.

Étienne continuó trabajando en la administración, registrando nombres, revisando expedientes y certificando muertes, pero cada vez que veía una partida de defunción pensaba en Alexandre de Montreuil y en la frase escrita por el hombre de la Conciergerie: la muerte había sido declarada, pero el hombre no.

Aquella frase se convirtió para él en una especie de advertencia.

Había aprendido que un documento podía matar a una persona sin tocarla, del mismo modo que podía mantenerla viva cuando ya nadie tenía derecho a encontrarla.

Durante aquel periodo volvió varias veces a la Conciergerie.

Dufour había cambiado. El hombre que antes hablaba con la seguridad seca de quien se siente protegido por el funcionamiento de una institución comenzaba a mostrar el cansancio de alguien que había comprendido que las instituciones podían devorar también a quienes las servían.

Sus respuestas se hicieron más breves, sus visitas a determinados despachos menos frecuentes y su relación con otros funcionarios más distante.

Una tarde, mientras ambos revisaban un registro antiguo, Dufour cerró el libro y permaneció varios segundos con la mano apoyada sobre la cubierta.

—Todo esto terminará —dijo.

Étienne levantó la mirada.

—¿El Terror?

—No hablo del Terror. Hablo de los hombres que creen que pueden controlar el miedo.

—¿Cree que Robespierre caerá?

Dufour miró hacia la puerta antes de responder.

—No es una cuestión de creer. Cuando un sistema empieza a necesitar cada día más enemigos para justificar su existencia, llega un momento en que los enemigos empiezan a encontrarse dentro de la propia casa.

Étienne no respondió. La frase no era una predicción política, sino la observación de un hombre que había pasado demasiados años viendo cómo cambiaban las órdenes.

Dufour no defendía a Robespierre ni lo acusaba.

Tampoco parecía interesado en discutir las ideas que se enfrentaban en la Convención.

Había comprendido algo más elemental: el poder basado en la sospecha termina extendiendo la sospecha hasta quienes lo ejercen.

El verano de 1794 llegó acompañado de una tensión que podía percibirse incluso en los lugares donde nadie hablaba de política.

Las detenciones parecían más arbitrarias, las acusaciones más rápidas y las conversaciones más cuidadosas.

Étienne observaba que algunos funcionarios que hasta poco antes habían pronunciado los nombres de sus adversarios con absoluta confianza comenzaban a hablar en voz baja y a mirar detrás de ellos antes de entrar en una habitación.

Había hombres que habían desaparecido después de haber sido considerados indispensables y otros que, apenas unas semanas antes protegidos por el poder, empezaban a preparar documentos que les permitieran demostrar que nunca habían estado demasiado cerca de quienes ahora podían convertirse en acusados.

Fue entonces cuando Julien Moreau reapareció.

Étienne lo encontró una tarde en un pasillo de la administración. Moreau parecía más delgado y cansado que la última vez. Su rostro había perdido aquella seguridad contenida que lo caracterizaba y llevaba varios días sin afeitar. No se detuvo al verlo, pero redujo el paso hasta quedar a su lado.

—¿Sigue buscando a Alexandre? —preguntó.

Étienne tardó unos segundos en responder.

—Sí.

—Entonces ha perdido el tiempo.

—¿Por qué?

—Porque ya no importa.

—Para mí sí.

Moreau lo miró.

—Eso es precisamente lo que puede matarlo.

Caminaron juntos por el corredor.

—¿Sabe dónde está? —preguntó Étienne.

—No.

—¿Lo ha visto?

—Una vez.

Étienne se detuvo.

—¿Cuándo?

Moreau también se detuvo.

—Hace unos meses.

—¿Dónde?

—En París.

—¿Está vivo?

—Lo estaba.

Étienne sintió una mezcla de irritación y esperanza.

—¿Por qué no me lo dijo antes?

—Porque usted todavía pensaba que salvarlo significaba encontrarlo.

—¿Y no es así?

Moreau negó lentamente con la cabeza.

—No si alguien más sabe que lo ha encontrado.

—¿Quién?

—Todos los que llevan años buscando su nombre.

Étienne comprendió que la pregunta seguía siendo la misma, pero el contexto había cambiado.

Alexandre no necesitaba solamente esconderse de quienes querían matarlo.

También necesitaba esconderse de quienes afirmaban querer protegerlo.

La experiencia había demostrado que ambas categorías podían coincidir en una misma persona.

—¿Por qué me cuenta esto ahora?

Moreau miró hacia el final del corredor.

—Porque el equilibrio se ha roto.

—¿Qué equilibrio?

—El que mantenía con vida el secreto.

Antes de que Étienne pudiera preguntarle nada más, Moreau sacó un pequeño papel del bolsillo y se lo entregó.

—No lo abra aquí.

—¿Qué contiene?

—Un nombre.

—¿El de Alexandre?

Moreau negó.

—El de la persona que puede llevarlo hasta él.

Después se alejó sin despedirse. Étienne esperó hasta llegar a una calle poco transitada para abrir el papel.

Solo había una dirección. No reconoció el lugar, pero comprendió por la zona que no se trataba de una residencia aristocrática ni de un edificio administrativo.

Era una pequeña casa situada en las proximidades de Saint-Antoine.

Allí encontró a una mujer que se presentó como Claire Vautrin, viuda de un antiguo funcionario de la administración real.

Su marido había muerto en 1793 y ella había conservado algunos documentos que nadie había reclamado.

Cuando Étienne mencionó el nombre de Alexandre de Montreuil, la mujer no mostró sorpresa.

—Llegó tarde —dijo.

—¿A qué?

—A encontrarlo.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

Étienne respiró profundamente.

—Todos me dicen lo mismo.

Claire abrió un pequeño armario.

—Porque no quieren que lo encuentre.

—¿Y usted?

—Yo creo que ya no tiene sentido seguir escondiéndolo.

Sacó una carta.

—Esto pertenecía a mi marido.

Étienne reconoció la caligrafía de inmediato. Era la misma que aparecía en algunos documentos relacionados con el Proyecto Arca. La carta estaba fechada meses antes. No mencionaba directamente a Alexandre. Hablaba de un hombre llamado Antoine Mercier.

Étienne se quedó inmóvil.

—¿Mercier?

—Sí.

—¿Quién era?

—Un escribiente.

—¿Y qué relación tenía con Alexandre?

Claire lo miró.

—La misma que usted tiene con él.

Étienne sintió un vacío en el estómago.

—No entiendo.

—Su apellido no apareció por casualidad en esta historia.

La mujer dejó la carta sobre la mesa.

—Su padre trabajó para la administración real durante los últimos años de la monarquía.

Étienne la miró sin comprender.

—Mi padre murió cuando yo era niño.

—Lo sé.

—¿Qué relación tenía con el Proyecto Arca?

—Copiaba documentos.

La respuesta fue tan sencilla que resultó perturbadora.

Claire explicó que el padre de Étienne había sido uno de los escribientes encargados de reproducir determinados documentos antes de que fueran trasladados o destruidos.

No había tomado decisiones ni participado directamente en la protección del niño, pero había visto nombres que posteriormente desaparecieron.

Había conservado algunas copias porque sospechaba que algún día podían resultar necesarias para demostrar que determinadas personas habían existido.

Sin embargo, antes de poder entregar aquellos documentos a alguien, murió.

—¿Dónde están sus copias?

Claire negó con la cabeza.

—No lo sé.

—Entonces, ¿por qué me lo cuenta?

—Porque su padre dejó una carta.

La mujer le entregó un sobre cerrado. El nombre de Étienne aparecía escrito en el exterior. Él reconoció la letra de inmediato. Su padre.

Durante unos segundos no pudo abrirlo. Había pasado más de treinta años desde la muerte de aquel hombre y nunca había recibido una carta suya.

La sostuvo entre las manos mientras una serie de recuerdos de infancia regresaban de manera inesperada: una mesa de madera, el olor de la tinta, los dedos manchados de negro de su padre, los largos silencios durante las noches y una frase que entonces no había entendido: “Hay papeles que es mejor no conservar”.

Étienne había creído durante toda su vida que se trataba de una preocupación relacionada con el trabajo.

Ahora comprendía que quizá había sido una advertencia.