El rey sin rostro Capítulo 10. Robespierre
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Capítulo 10. Robespierre

Durante los días siguientes, Étienne Mercier descubrió que había una forma de miedo más difícil de soportar que el que precedía a una detención: el miedo de saber que uno podía ser observado sin conocer por quién.

Desde que había hablado con Dufour, cada desplazamiento por París parecía tener un significado distinto.

Los mismos rostros que antes había considerado parte del paisaje urbano adquirían ahora una presencia inquietante; el hombre que permanecía demasiado tiempo junto a una esquina, la mujer que parecía esperar a alguien frente a una tienda, el funcionario que levantaba la vista cuando él entraba en una oficina.

Sabía que podía estar interpretando señales inexistentes, porque el Terror había convertido la sospecha en una costumbre y la imaginación podía hacer el resto, pero también sabía que alguien había entrado en la casa de Marguerite Delorme pocas horas después de su llegada y que alguien conocía sus conversaciones con Bellamy, Lenoir y Dufour.

No necesitaba pruebas para comprender que la investigación había dejado de pertenecerle por completo.

París vivía aquellos días bajo una presión que parecía aumentar con cada jornada.

Las noticias procedentes de las fronteras, las rebeliones internas, las discusiones de la Convención y las nuevas detenciones formaban una corriente constante de rumores que atravesaba mercados, cafés, oficinas y cuarteles.

La palabra «sospechoso» podía adquirir en cuestión de horas una gravedad que nadie se atrevía a ignorar.

Los ciudadanos aprendían a medir sus palabras, los funcionarios aprendían a conservar copias de ciertos documentos y destruir otros, y quienes habían servido a la monarquía procuraban que su pasado permaneciera enterrado.

En aquella atmósfera, la historia que Étienne había comenzado a descubrir resultaba especialmente peligrosa porque no pertenecía por completo a ningún bando.

Si el hombre muerto en la Conciergerie tenía realmente sangre de la familia real, los monárquicos podían convertirlo en un símbolo; si se demostraba que aquella identidad había sido una fabricación, los revolucionarios podían utilizarla para justificar nuevas acusaciones; y si alguien descubría que funcionarios de la República habían participado en su ocultación, el asunto podía adquirir una dimensión todavía más incómoda.

Étienne comprendió que necesitaba encontrar un documento definitivo antes de que alguien pudiera arrebatárselo.

Las declaraciones de Marguerite, Dufour y Renard tenían valor, pero eran testimonios fragmentarios, recuerdos de personas que podían equivocarse o que, por miedo, podían estar ocultando una parte de lo sucedido.

Lo único que podía resistir una acusación era un documento cuya existencia resultara difícil de negar.

Por eso decidió regresar al archivo secreto de Bellamy.

No podía hacerlo de día ni utilizando el camino habitual.

Esperó hasta después del anochecer, guardó la llave del cadáver en un bolsillo interior y llevó consigo únicamente una copia de los documentos que había obtenido.

Antes de salir dejó su habitación exactamente como la había encontrado, sin llevarse nada que pudiera revelar su destino.

Era una precaución sencilla, pero empezaba a aprender que en una ciudad como París la supervivencia dependía a menudo de pequeños gestos que nadie consideraba importantes hasta que era demasiado tarde.

Bellamy lo recibió con evidente inquietud. Al verlo entrar, cerró la puerta y echó el cerrojo antes de preguntarle qué había descubierto.

—He hablado con Dufour.

El anciano permaneció en silencio.

—Me dijo que el hombre de la Conciergerie había utilizado el nombre Louis Armand.

Bellamy cerró los ojos.

—Entonces ha confirmado lo que sospechábamos.

—¿Quiénes son «nosotros»?

Bellamy lo miró.

—No haga preguntas cuya respuesta pueda obligarme a mentirle.

—Ya he recibido suficientes medias verdades.

—Las medias verdades han mantenido con vida a algunas personas.

Étienne dejó sobre la mesa la copia del documento.

—Quiero encontrar el expediente original.

Bellamy no respondió.

—Sé que existe.

—Muchos expedientes existen.

—Este tiene que estar aquí.

—¿Por qué?

—Porque el traslado de Louis Armand fue registrado con un sello relacionado con la antigua Casa Real.

Bellamy se acercó al documento.

—Ese sello no demuestra quién era.

—Pero demuestra que alguien vinculado a la antigua administración intervino.

—Eso sí.

—¿Quién?

Bellamy levantó la mirada.

—No lo sé.

Étienne golpeó suavemente la mesa con los dedos.

—¿Y si el documento original contiene una firma?

—Entonces alguien ya la habrá borrado.

—No necesariamente.

El anciano lo observó con atención.

—¿Qué ha encontrado?

Étienne sacó la pequeña llave y la colocó sobre la mesa.

Bellamy palideció.

—¿La tenía él?

—Estaba entre sus pertenencias.

El anciano no la tocó.

—No debería haberla traído aquí.

—¿Por qué?

—Porque esa llave no identifica solamente al hombre. Identifica a quien sabía que la llevaba.

—Dufour dijo que se la mostró.

Bellamy levantó la cabeza.

—Entonces Dufour sabe mucho más de lo que ha querido decirle.

Étienne guardó la llave.

—¿Qué abre?

—No lo sé.

—¿Quién puede saberlo?

Bellamy tardó en responder.

—Quizá alguien que todavía trabaja cerca de Robespierre.

El nombre cambió inmediatamente el ambiente de la habitación.

Étienne había escuchado el nombre de Maximilien Robespierre miles de veces durante aquellos meses, pronunciado con admiración, temor, odio o reverencia según quién hablara.

El abogado de Arras se había convertido en una de las figuras centrales del poder revolucionario, y alrededor de él se concentraban hombres que podían influir sobre arrestos, investigaciones y decisiones políticas.

Étienne sabía perfectamente que una persona como él no podía acercarse sin motivo a alguien situado en aquel círculo.

Pero también comprendía que, si la identidad del prisionero tenía alguna relación con las luchas políticas de la República, podía existir algún documento en manos de funcionarios que trabajaban para el Comité de Salvación Pública o para organismos relacionados con la seguridad interior.

—¿Qué tiene que ver Robespierre con el hombre muerto?

Bellamy negó lentamente con la cabeza.

—No he dicho que tenga que ver con él.

—Ha dicho que alguien cercano a él puede saber qué abre la llave.

—Porque algunos documentos confiscados durante las investigaciones políticas terminan donde no deberían.

—¿Y usted cree que este asunto llegó hasta allí?

Bellamy lo miró fijamente.

—Creo que si alguien comprendió el peligro de una identidad real asociada a la antigua familia real, fueron precisamente quienes estaban intentando construir una República que no dependiera de ella.

Étienne permaneció callado.

—No cometa el error de imaginar una conspiración dirigida desde un único despacho —continuó Bellamy—.

El poder revolucionario no funciona de esa manera.

Hay hombres que actúan por convicción, hombres que actúan por miedo y hombres que actúan porque han descubierto que la Revolución puede ser una forma extraordinaria de ascender.

Sus intereses pueden coincidir durante un tiempo y después enfrentarse.

El hombre que busca pudo haber sido protegido por alguien que, unos meses más tarde, decidió entregarlo.

—¿Por qué?

—Porque las circunstancias cambian.

—¿Y la identidad?

—La identidad permanece. Ese es el problema.

Aquella frase hizo que Étienne pensara nuevamente en el cadáver.

Un hombre podía cambiar de nombre, de ropa, de domicilio e incluso de lealtades, pero no podía cambiar su pasado.

Si el pasado de aquel prisionero era realmente peligroso, cualquiera que conociera la verdad tenía un motivo para controlar lo que quedaba escrito sobre él.

Bellamy se dirigió a una estantería y extrajo una carpeta que Étienne no había visto antes.

—Hay algo que debe leer.

La carpeta contenía documentos fechados en los primeros meses de 1793.

Algunos estaban relacionados con detenciones de antiguos nobles; otros, con investigaciones sobre personas sospechosas de mantener vínculos con emigrados.

Entre ellos había una relación de nombres elaborada por un funcionario cuya firma aparecía al final de varias páginas.

Étienne reconoció uno: Antoine Fouquier.

El nombre le resultaba conocido por su relación con los procedimientos revolucionarios y el Tribunal Revolucionario, aunque en aquel momento la maquinaria judicial todavía estaba adquiriendo la forma que tendría después.

Debajo de varias anotaciones aparecía una expresión repetida: «identidad incierta».

—¿Qué significa esto?

—Que había personas cuya identidad no podía ser confirmada.

—¿Y Louis Armand?

Bellamy pasó algunas páginas.

—Aquí.

Étienne se inclinó. El nombre aparecía escrito una sola vez. Era Louis Armand. Prisionero trasladado desde dependencia no especificada. Investigación pendiente.

No había más.

—¿Eso es todo?

—Continúe leyendo.

Debajo aparecía una anotación posterior, escrita con otra tinta : no proceder. Orden superior. Étienne sintió un frío inmediato.

—¿Quién dio la orden?

No había firma.

—Otra vez —murmuró.

Bellamy asintió.

—Otra vez.

Étienne pasó la página. En el margen había una pequeña marca. Una corona. Pero esta vez aparecía junto a una letra: R. Étienne levantó la cabeza.

—¿Robespierre?

—No lo sé.

—¿Podría ser él?

—Podría ser cualquiera cuyo apellido empezara por esa letra.

—Pero aparece junto al sello.

—Eso sí es significativo.

Étienne volvió a estudiar la anotación.

—¿Qué significa?

Bellamy no respondió.

—¿Qué significa esa marca?

—Que el expediente fue apartado.

—¿Por quién?

—Por alguien con autoridad suficiente para impedir que siguiera adelante.

Étienne sintió que se encontraba frente a una puerta que no sabía si debía abrir.

—¿Dónde está el resto del expediente?

Bellamy señaló una caja.

—Ahí.