Capítulo 10. Robespierre #2
Étienne abrió la tapa y comenzó a buscar. Encontró órdenes, testimonios, recibos y notas. Después de varios minutos apareció una hoja doblada en cuatro partes.
La abrió. Era una declaración. El testigo afirmaba haber visto a un hombre identificado como Louis Armand en París. Describía su aspecto, su ropa y una cicatriz situada debajo de la oreja derecha.
Étienne dejó de respirar durante un instante.
Era la misma cicatriz que había encontrado en el cadáver.
Siguió leyendo. El testigo afirmaba que el hombre había preguntado por una mujer llamada Madeleine.
La declaración terminaba con una frase: el individuo afirmó que llevaba años esperando que alguien viniera a buscarlo. Étienne dejó el papel sobre la mesa.
—Es él.
Bellamy no respondió.
—La cicatriz coincide.
—Sí.
—La mujer es Madeleine.
—Sí.
—El nombre es Louis Armand.
—Eso parece.
—Entonces el hombre muerto era Louis Armand.
Bellamy levantó lentamente la mirada.
—Era el hombre que utilizaba ese nombre.
Étienne frunció el ceño.
—¿Qué diferencia hay?
—La suficiente para matarlo.
Aquella respuesta le hizo volver al documento.
—¿Qué más hay?
Bellamy señaló la parte inferior.
—La fecha.
Étienne la leyó.
La declaración había sido tomada pocos días antes de la detención del hombre.
—Entonces alguien lo estaba buscando.
—Sí.
—¿Quién?
Bellamy señaló tres nombres escritos en una hoja aparte. Uno pertenecía a un antiguo noble. Otro, a un funcionario revolucionario. El tercero era un hombre cuyo nombre Étienne no había visto antes: Julien Moreau.
—¿Quién es?
—No lo sé.
—¿Está seguro?
—No.
Étienne comprendió que Bellamy ocultaba algo.
—¿Por qué aparece junto a los otros dos?
—Porque los tres preguntaron por Louis Armand.
—¿En fechas diferentes?
—El mismo día.
—Eso no puede ser casualidad.
—Probablemente no.
Étienne estudió los nombres. El antiguo noble buscaba al hombre por una razón que todavía desconocía. El funcionario revolucionario podía estar interesado en él por motivos políticos. Pero Julien Moreau no pertenecía, aparentemente, a ninguno de los dos mundos.
—¿Dónde está Moreau?
Bellamy respondió con una frase que hizo que Étienne levantara la cabeza.
—Trabaja para el Comité.
—¿Qué comité?
—Salvación Pública.
Étienne volvió a mirar el nombre. La investigación había llegado al centro del poder.
—Necesito hablar con él.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si Moreau descubre lo que usted sabe, ya no tendrá que preocuparse de Dufour.
—¿Qué ocurrirá?
Bellamy lo miró directamente.
—Lo arrestarán.
—¿Con qué acusación?
—No necesitarán una muy buena.
El anciano volvió a guardar los documentos.
—Usted todavía cree que la verdad puede protegerlo.
Étienne permaneció en silencio.
—No puede.
—Entonces, ¿qué me queda?
—Elegir qué verdad está dispuesto a conocer.
Aquella noche, Étienne comprendió que había llegado al punto más peligroso de su investigación.
Hasta entonces había perseguido documentos escondidos, testimonios contradictorios y nombres borrados.
Ahora había aparecido una conexión con las instituciones que estaban ejerciendo el poder en París y, aunque no existía ninguna prueba de que Robespierre conociera personalmente al hombre muerto, bastaba con que el expediente hubiera pasado por funcionarios próximos al Comité para que el asunto adquiriera una dimensión completamente diferente.
La República podía destruir un documento con la misma facilidad con la que una multitud destruía una estatua.
Pero había algo todavía más peligroso: podía fabricar una explicación oficial capaz de sustituir a la verdad durante generaciones.
Al día siguiente Étienne no salió de su habitación hasta después del mediodía.
Había pasado horas intentando reconstruir la secuencia de acontecimientos.
El niño había sido ocultado en Versalles.
Después había recibido una identidad de protección.
Dufour había participado en su traslado.
Años más tarde, un hombre llamado Louis Armand había aparecido en París.
Había buscado a Madeleine. Alguien había ordenado investigar su identidad y, posteriormente, alguien había detenido aquella investigación.
Finalmente, el hombre había acabado muerto en la Conciergerie con el rostro desfigurado y los bolsillos vacíos.
No podía ser casualidad que el mismo símbolo apareciera en la llave, en los documentos de 1792 y en los registros de 1793.
Tampoco podía ser casualidad que personas pertenecientes a mundos políticos enfrentados hubieran buscado al mismo hombre.
Aquello significaba que Louis Armand no era importante porque perteneciera a un bando, sino porque podía ser útil para todos ellos.
Por la tarde recibió una visita inesperada. Un muchacho de unos veinte años entregó en su puerta una nota sin remitente. Étienne la abrió.
«Mañana, al anochecer. Iglesia de Saint-Roch. Venga solo.»
Debajo había una segunda línea.
«Si quiere conocer la verdad sobre el hombre de la Conciergerie, deje de buscar a Robespierre.»
Étienne leyó la frase varias veces. No sabía quién había enviado el mensaje, pero sí sabía que aquella advertencia llegaba en un momento demasiado preciso para ser accidental.
Alguien conocía sus movimientos, conocía lo que había encontrado en el archivo y sabía que había empezado a relacionar el expediente con los hombres próximos al poder revolucionario.
La frase podía ser una trampa o una ayuda.
Podía conducirlo hacia la verdad o apartarlo deliberadamente de ella.
Sin embargo, había algo que no podía ignorar: quien había escrito la nota sabía que Étienne estaba buscando una conexión con Robespierre y quería que comprendiera que el centro del misterio podía encontrarse en otra parte.
Aquella noche volvió a sacar el retrato del joven desconocido y lo colocó junto a la llave.
Durante un largo rato permaneció observando ambos objetos.
El retrato representaba a un hombre que había vivido antes de que la Revolución cambiara el país; la llave pertenecía a otro que había muerto después de que aquella misma Revolución hubiera destruido el mundo en el que el primero había nacido.
Entre ambos objetos parecía existir una continuidad que ningún documento había conseguido explicar.
Étienne pensó en el niño de la torre, en su deseo de caminar algún día por las calles sin que nadie tuviera que esconderlo, y comprendió que quizá toda aquella sucesión de nombres había sido construida precisamente para impedirlo.
No se trataba únicamente de ocultar una ascendencia, sino de impedir que una persona pudiera reclamar su propia vida.
El nombre Henri de Valençay había servido para proteger al niño; Louis Armand había servido para proteger al hombre; el silencio había servido para proteger a quienes conocían la verdad.
Pero el silencio tenía un límite y alguien acababa de romperlo.
Al día siguiente, cuando Étienne llegó a Saint-Roch, descubrió que la persona que lo había citado no era un desconocido.
Era Madeleine Arnaud. La mujer vestida de negro estaba de pie bajo la sombra de una de las columnas, con el rostro más pálido de lo habitual y una expresión que por primera vez dejaba ver algo parecido al agotamiento.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Madeleine miró la pequeña llave que sobresalía del bolsillo de Étienne y después levantó los ojos hacia él.
—Ahora ya sabe demasiado —dijo.
Étienne sintió que aquella frase no era una amenaza, sino una constatación.
—Quiero saber quién era.
Madeleine permaneció en silencio.
—¿Era Henri de Valençay?
—No.
—¿Era Louis Armand?
—Tampoco.
Étienne sintió que el suelo parecía perder firmeza bajo sus pies.
—Entonces, ¿quién era?
Madeleine lo miró durante unos segundos que parecieron interminables.
—El hombre que murió en la Conciergerie era la última persona que podía demostrar quién era realmente el niño de la torre.
Étienne comprendió entonces que la investigación acababa de cambiar de dirección.
Ya no buscaba identificar al cadáver para descubrir qué hombre había muerto.
Tenía que descubrir por qué aquel hombre había sido el último testigo de una identidad que alguien llevaba décadas intentando borrar.
Y, por primera vez, Madeleine parecía dispuesta a contarle una parte de la historia que había protegido durante veinticinco años, aunque la expresión de su rostro le indicó que aquella confesión podía ser más peligrosa que cualquiera de los documentos que había encontrado hasta entonces.