Capítulo 9. La sombra del rey #2
—¿Dónde fue trasladado?
Renard señaló un mapa antiguo.
—Primero fuera de Versalles. Después regresó a París.
—¿Bajo qué nombre?
—Eso cambia según el documento.
—¿Louis Armand?
Renard levantó los ojos.
—Ese nombre aparece en algunos registros.
—Entonces el hombre muerto…
—No saque conclusiones todavía.
Étienne guardó silencio.
—Hay algo más —añadió Renard.
—¿Qué?
El anciano abrió otro expediente.
—Después de la caída de la monarquía, alguien comenzó a buscar al muchacho.
—¿Quién?
—Tres grupos diferentes.
—¿Los revolucionarios, los monárquicos y quiénes?
—Personas que querían encontrarlo antes que los otros dos.
Étienne frunció el ceño.
—¿Para qué?
—Para asegurarse de que ninguna de las dos versiones de su identidad pudiera convertirse en verdad.
Aquella explicación le pareció más inquietante que cualquier teoría de conspiración. No se trataba únicamente de proteger o destruir al muchacho. Alguien había querido controlar la versión que el mundo conocería de él.
—¿Quiénes eran esas personas?
Renard cerró el expediente.
—Eso no está escrito.
—¿Por qué?
—Porque una de ellas todavía tiene poder.
Étienne permaneció en silencio. Renard lo observó con gravedad.
—Ahora entiende por qué le dije que no buscara solamente quién era el hombre. Tiene que descubrir quién necesitaba que fuera otra persona.
Aquella tarde, Étienne regresó a la Conciergerie. Encontró a Dufour en el mismo despacho donde lo había interrogado días atrás. El guardia estaba revisando una lista de prisioneros y no levantó la cabeza cuando Étienne entró.
—¿Qué quiere?
—Hablar del traslado de 1792.
Dufour dejó la pluma.
—No sé de qué habla.
—Sí lo sabe.
—Entonces no necesita preguntarme.
Étienne sacó la copia del documento. Dufour la reconoció inmediatamente.
—¿Quién se lo dio?
—Eso no importa.
—Importa mucho.
—¿Recibió usted a Louis Armand?
Dufour se quedó inmóvil. Durante unos segundos pareció considerar la posibilidad de negarlo, pero finalmente bajó la mirada.
—Sí.
—¿Era el niño?
—No sé.
—¿Lo vio?
—Sí.
—¿Lo reconocería?
Dufour levantó los ojos.
—Tenía siete años.
—Entonces sí era él.
—No he dicho eso.
—¿Qué quiere decir?
Dufour se apoyó contra el respaldo de la silla.
—Que el hombre que me entregaron tenía un nombre y el niño tenía otro.
Étienne sintió que la respuesta confirmaba la estructura que llevaba días intentando reconstruir.
—¿Quién le entregó al niño?
—Un hombre llamado Lenoir.
—¿Y quién ordenó que lo recibiera?
Dufour tardó en contestar.
—Una persona que nunca conocí.
—¿Una autoridad?
—Eso creíamos.
—¿Y no lo era?
—No lo sé.
Étienne se inclinó hacia él.
—¿Qué ocurrió después?
Dufour bajó la voz.
—Nos ordenaron llevarlo a París. Allí debía recibir un nuevo nombre.
—¿Cuál?
—Louis Armand.
—¿Por qué?
—Porque el nombre Valençay ya era peligroso.
—¿Y qué ocurrió con el niño?
Dufour lo miró fijamente.
—No volvió a ser un niño.
Étienne no entendió.
—¿Qué quiere decir?
—Cuando regresó a mi custodia años después, era un hombre.
—¿Lo reconoció?
—No.
—Entonces, ¿cómo supo quién era?
Dufour permaneció en silencio.
—¿Cómo?
El guardia finalmente respondió.
—Me mostró la llave.
Étienne sintió un golpe en el pecho.
—¿Qué llave?
—La que usted encontró entre sus pertenencias.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Dufour continuó hablando:
—La llevaba desde niño. El símbolo estaba oculto en ella. Solo quienes conocíamos la historia sabíamos qué significaba.
Étienne comprendió entonces que aquella pequeña llave que había guardado desde el primer día no era un simple objeto perteneciente al cadáver. Era la prueba que el hombre había utilizado para demostrar su identidad ante alguien que podía reconocerla.
—¿Qué abrió esa llave?
Dufour negó con la cabeza.
—Nunca lo supe.
—¿Dónde estaba el hombre cuando se la mostró?
—En París.
—¿Cuándo?
—Poco antes de que lo arrestaran.
—¿Quién lo arrestó?
Dufour lo miró con una expresión que Étienne no había visto nunca en él.
Miedo.
—Eso es lo que no puedo decirle.
—¿Por qué?
—Porque quien ordenó su arresto fue la misma persona que había ordenado protegerlo.
Étienne sintió que todas las piezas volvían a cambiar de posición.
La protección y la persecución no habían sido dos historias distintas.
Tal vez habían sido parte de una misma estrategia.
Quizá alguien había protegido al niño durante años únicamente para conservar el control sobre su identidad y, cuando el momento había llegado, había decidido que el hombre adulto debía desaparecer.
La verdadera pregunta ya no era quién había querido salvarlo en 1792, sino por qué la misma cadena de personas que había mantenido oculta su existencia había terminado conduciéndolo hasta una prisión revolucionaria.
Dufour se levantó.
—Debe dejarlo.
—No.
—Mercier, escúcheme.
—No hasta que me diga quién era.
Dufour apretó los labios.
—No puedo darle un nombre.
—¿Por qué?
—Porque nunca tuvo uno que pudiera sobrevivir.
Étienne lo miró fijamente.
—¿Era hijo del rey?
Dufour cerró los ojos.
No respondió, pero tampoco negó la pregunta.
Aquella ausencia de respuesta fue suficiente para que Étienne comprendiera que la sombra que había perseguido desde el primer cadáver ya no pertenecía únicamente a un hombre desaparecido.
Se extendía hacia la propia familia real, hacia secretos que habían existido antes de la Revolución y que habían sobrevivido a la caída de la monarquía porque demasiadas personas habían encontrado una razón para conservarlos.
El niño de la torre podía haber sido un descendiente ilegítimo, una rama olvidada, una identidad fabricada o incluso alguien cuya importancia había sido exagerada deliberadamente para proteger a otra persona.
Pero la reacción de Dufour había cambiado el peso de aquella posibilidad.
Por primera vez, Étienne tuvo la certeza de que la palabra «rey» no era una fantasía inventada por los documentos ni una interpretación de Madeleine.
Había estado presente, de alguna manera, desde el principio.
Cuando salió de la Conciergerie, París comenzaba a oscurecerse.
Caminó sin rumbo durante varios minutos, consciente de que llevaba en el bolsillo una pequeña llave que quizá hubiera abierto una puerta relacionada con la familia real y un retrato de un hombre cuya sangre podía haber pertenecido a la Corona.
Había comenzado buscando un cadáver sin nombre y había terminado siguiendo la sombra de una dinastía que oficialmente había dejado de existir.
Sin embargo, todavía no podía afirmar que el muerto fuera el niño de la torre, ni que Henri de Valençay hubiera sido realmente un descendiente de los Borbones, ni siquiera que Louis Armand hubiera sido la misma persona.
La única certeza era mucho más peligrosa: alguien había construido durante años una sucesión de identidades para mantener oculto a un hombre cuya existencia podía alterar la memoria política de Francia.
Y si ese hombre había muerto en la Conciergerie, entonces alguien había esperado hasta 1793 para asegurarse de que, cuando su cuerpo apareciera, ya no quedara ningún rostro capaz de decirle al mundo quién había sido.