El rey sin rostro Capítulo 9. La sombra del rey
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Capítulo 9. La sombra del rey

Étienne salió al tejado por la pequeña puerta situada al fondo de la habitación y ayudó a Marguerite a cerrar el pestillo desde dentro.

La anciana le había indicado una escalera exterior que comunicaba con una construcción anexa y, desde allí, con un patio trasero.

El recorrido era estrecho y peligroso, especialmente para una mujer de su edad, pero Marguerite avanzó con una determinación que no parecía compatible con su fragilidad.

Mientras descendían, los golpes procedentes de la habitación continuaron durante unos segundos y después cesaron.

Étienne no sabía quién había entrado en la casa ni si había llegado a verlos, pero no quiso correr el riesgo de averiguarlo.

Cuando finalmente alcanzaron el patio, Marguerite apoyó una mano sobre el muro y permaneció unos instantes recuperando el aliento.

Él esperaba que estuviera asustada, pero la anciana solo parecía cansada.

—¿Quién cree que era? —preguntó Étienne.

—Alguien que sabía que usted vendría.

—¿Cómo podía saberlo?

—Porque ya no es el único que busca al hombre.

Aquella respuesta confirmó uno de los temores que Étienne había empezado a formular durante los últimos días.

Su investigación había dejado de ser secreta.

Lo sabía Bellamy, lo sabía Lenoir, lo sabía Dufour y, desde luego, lo sabía Madeleine.

Pero hasta entonces había supuesto que cada uno guardaba su propio fragmento de la historia.

Ahora comenzaba a comprender que todos esos fragmentos podían pertenecer a una estructura mucho mayor.

Había personas que habían pasado décadas vigilando los mismos nombres, esperando que nadie volviera a unirlos.

Él había cometido precisamente ese error: había unido los documentos.

—Necesito hablar con Madeleine —dijo.

Marguerite lo miró.

—No.

—Ella puede explicarme quién era el niño.

—Madeleine no le dirá lo que quiere saber.

—¿Por qué?

—Porque todavía cree que protegerlo significa guardar silencio.

—¿Y usted?

La anciana levantó los ojos hacia él.

—Yo ya soy demasiado vieja para seguir protegiendo secretos que han destruido la vida de tantas personas.

Aquellas palabras quedaron grabadas en la memoria de Étienne mientras regresaba a París.

Llevaba consigo el retrato del hombre joven, la lista donde aparecía el nombre de Louis Armand y la anotación que vinculaba ese nombre con Laurent Dufour.

Pero lo que más le inquietaba era el rostro de la miniatura.

No porque hubiera reconocido en él al hombre muerto de la Conciergerie, sino porque había algo en aquella expresión que le resultaba familiar.

El retrato representaba a alguien acostumbrado a ser observado sin poder mostrarse, alguien cuya identidad parecía haber dependido siempre de la voluntad de quienes lo rodeaban.

Al llegar a su habitación, Étienne colocó la miniatura junto a la lámpara y volvió a estudiarla.

Cuanto más la miraba, menos se parecía a un aristócrata convencional.

No había en aquel joven arrogancia ni ostentación.

Su ropa era elegante, pero discreta; el pintor había insistido en los ojos y en la expresión, como si quisiera conservar algo que los documentos no podían registrar.

En el reverso había una segunda inscripción que no había visto en la oscuridad de la torre.

Era apenas visible y estaba parcialmente cubierta por una mancha de humedad.

«Su sangre pertenece a la Corona, pero su nombre no debe pertenecer a nadie.»

Étienne permaneció largo rato sentado. Aquella frase podía significar muchas cosas.

Podía referirse a una relación legítima con la familia real, a un parentesco lejano o incluso a una afirmación política escrita por alguien que necesitaba otorgar al niño una importancia que quizá no tenía.

Pero, por primera vez, la posibilidad de que existiera un vínculo de sangre con la Casa de Borbón dejó de parecerle una fantasía.

Si era cierto, comprendía por qué tantos hombres habían tenido razones para ocultarlo.

Un descendiente de la familia real podía convertirse en un símbolo para los monárquicos y, al mismo tiempo, en una amenaza para quienes intentaban consolidar la República.

Incluso si aquel niño no tenía ningún derecho reconocido al trono, bastaba con que alguien pudiera presentarlo como heredero legítimo para convertirlo en una figura peligrosa.

A la mañana siguiente Étienne decidió no acudir inmediatamente a la Conciergerie.

Antes necesitaba comprobar algo en los archivos relacionados con la familia real.

No quería depender de las versiones de Bellamy, Lenoir o Madeleine.

Necesitaba encontrar una prueba anterior a la Revolución que estableciera quién era el hombre del retrato.

La anotación hablaba de sangre real, pero no decía de qué rama procedía.

La familia Valençay aparecía relacionada con el secreto, aunque quizá hubiera desempeñado únicamente el papel de protectora.

El nombre Louis Armand podía ser una identidad falsa, y el hombre muerto podía haber utilizado ese nombre sin haber sido jamás el niño de la torre. Cada posibilidad conducía a otra.

Charles Renard fue quien finalmente le proporcionó la pista que necesitaba.

Lo encontró en una pequeña habitación donde el anciano había pasado buena parte de su vida revisando documentos procedentes de la antigua administración.

Cuando Étienne le mostró el retrato, Renard no lo tocó.

Se limitó a acercarse a la lámpara y observarlo durante largo rato.

—¿Dónde ha conseguido esto?

—En Versalles.

Renard cerró los ojos.

—Entonces Marguerite sigue viva.

—Sí.

—Y ha hablado.

—Lo suficiente.

El anciano volvió a mirar el retrato.

—Este hombre no era un Valençay.

Étienne sintió que la respuesta podía cambiar el sentido de toda la investigación.

—¿Quién era?

—No lo sé con certeza.

—Pero lo reconoce.

—Reconozco la pintura.

Renard se sentó.

—Fue realizada antes de 1789. La técnica corresponde a uno de los retratistas que trabajaban para personas relacionadas con la Casa Real.

No era un retrato destinado a ser expuesto públicamente.

Estos cuadros se encargaban para conservar la memoria de familiares que, por distintas razones, no aparecían en la iconografía oficial.

—¿Familiares de quién?

Renard levantó la vista.

—De la familia del rey.

Étienne sintió que el silencio de la habitación se hacía más profundo.

—¿Luis XVI?

—Probablemente.

—¿Un hijo?

Renard negó con la cabeza.

—No exactamente.

—Entonces, ¿qué?

El anciano se levantó y buscó un volumen en una estantería. Lo abrió sobre la mesa y comenzó a pasar páginas con cuidado.

—Durante el Antiguo Régimen existían numerosas ramas familiares, matrimonios secretos, descendencias reconocidas y otras que no lo eran. Pero hay una categoría especialmente delicada.

—¿Cuál?

—Los hijos nacidos fuera de un matrimonio que podían demostrar su parentesco con un miembro de la familia real.

Étienne recordó la inscripción.

—Sangre de la Corona.

Renard asintió.

—Exactamente.

—¿Y podían reclamar algo?

—En términos jurídicos, no necesariamente. En términos políticos, podían ser útiles para cualquiera que quisiera construir una legitimidad alternativa.

Étienne comprendió por qué la identidad de un niño podía convertirse en un peligro.

—¿Existía alguien así en 1789?

Renard permaneció callado.

—Necesito una respuesta.

—Existían rumores.

—¿Sobre quién?

El anciano cerró el libro.

—Sobre un descendiente de una rama secundaria de los Borbones cuya existencia no fue reconocida públicamente. Algunos documentos lo situaban en Versalles durante su infancia. Otros afirmaban que había sido enviado fuera de Francia antes de la Revolución.

—¿Nombre?

Renard lo miró.

—No hay un nombre definitivo.

—¿Entonces cómo se le identifica?

—Por una inicial.

—¿Cuál?

Renard señaló el retrato.

—H.

Étienne recordó inmediatamente las anotaciones de 1792: La letra H. La persona de confianza. El niño. Henri.

—¿Henri de Valençay?

—Ese nombre aparece asociado a él, pero no como apellido verdadero. Era una identidad de protección.

Étienne permaneció inmóvil.

—Entonces Henri de Valençay nunca existió como tal.

—Existió un hombre que utilizó ese nombre.

—¿Y su verdadero nombre?

Renard negó con la cabeza.

—Eso es lo que intentaron borrar.

Étienne volvió a mirar el retrato.

—¿Quién era su padre?

Renard respiró profundamente.

—Según algunos documentos, un miembro de una rama no reconocida de la familia real.

—¿Y su madre?

—Una mujer de origen noble. Su identidad aparece en dos documentos y desaparece en todos los posteriores.

—¿Qué le ocurrió?

—Murió antes de que comenzara la Revolución.

Étienne pensó en Madeleine. Veinticinco años buscando al hombre. Un niño separado de su familia. Un padre convertido en retrato. Una madre muerta antes de 1789. La historia parecía adquirir una coherencia que, al mismo tiempo, hacía más difícil aceptar que pudiera haber sido cierta.

—¿Quién protegió al niño?

Renard respondió sin dudar.

—Varias personas.

—¿Quiénes?

—La familia Valençay fue una de ellas. Madeleine fue otra. Y hubo funcionarios que participaron en los traslados.

—¿Lenoir?

—Sí.

—¿Dufour?

Renard hizo una pausa.

—Dufour apareció después.

Étienne recordó la anotación de Marguerite: «Entregado a Dufour».

—¿Para qué?

—Para sacarlo de París.

—Pero Dufour trabajaba en la Conciergerie.

—Entonces todavía no.

Aquella aclaración hizo que Étienne levantara la mirada.

—¿Qué quiere decir?

—Antes de convertirse en guardia de la prisión, Dufour tuvo otros destinos administrativos. En 1792 participó en operaciones de custodia y traslado.

La información explicaba por qué Dufour había reconocido inmediatamente a Madeleine y por qué había reaccionado con tanta dureza cuando Étienne comenzó a hacer preguntas.

Pero también abría una nueva posibilidad: Dufour podía haber sido uno de los últimos hombres que vio al niño antes de que su identidad cambiara definitivamente.