Capítulo 8. El niño de la torre #2
La anciana respiró profundamente.
—Y pronunció una palabra.
—¿Cuál?
—Mi nombre.
Étienne sintió que aquella revelación era más importante de lo que parecía.
—¿Cómo se llamaba entonces?
Marguerite lo miró directamente.
—Louis.
Étienne sintió que el nombre atravesaba la habitación.
—¿Louis Armand?
La anciana negó lentamente.
—No.
—¿Entonces?
—No dijo apellido.
—¿Y usted estaba segura de que era el niño?
—Sí.
—¿Por qué?
Marguerite se acercó a la pared y señaló una pequeña marca apenas visible junto a la ventana.
—Porque cuando era pequeño le hice una pregunta.
—¿Cuál?
—Le pregunté qué quería hacer cuando fuera mayor.
—¿Qué respondió?
La anciana sonrió con una tristeza profunda.
—Me dijo que quería ser alguien que pudiera caminar por las calles sin que nadie tuviera que esconderlo.
Étienne bajó la mirada. De pronto, aquella investigación dejó de parecerle una sucesión de documentos y nombres.
Detrás de los expedientes había habido un niño que había pasado semanas encerrado en una torre, aprendiendo a callar antes de comprender por qué debía hacerlo.
Había crecido bajo un nombre que quizá no le pertenecía y había llegado a una edad adulta en la que incluso quienes lo habían protegido podían no reconocerlo.
Si aquel hombre era realmente el cadáver de la Conciergerie, entonces la historia de su vida no era la de un conspirador que había jugado con diferentes identidades, sino la de alguien a quien otros habían obligado a convertirse en una sombra para sobrevivir.
—¿Hay algo más que pueda ayudarme? —preguntó Étienne.
Marguerite permaneció en silencio. Después se acercó a la cama y pasó los dedos por las iniciales talladas.
—Sí.
—¿Qué?
—Cuando se llevaron al niño, Madeleine dejó algo aquí.
—¿Qué cosa?
La anciana se arrodilló con dificultad junto a la cama. Introdujo los dedos bajo una de las tablas y sacó un pequeño paquete envuelto en tela.
—Nunca entendí por qué lo dejó.
Étienne tomó el paquete. Dentro había una miniatura.
Era un retrato pequeño, cuidadosamente pintado, de un hombre joven.
Étienne lo observó bajo la luz débil de la habitación.
El rostro tenía unos veinte años, quizá alguno más.
Cabello oscuro, expresión seria, ojos profundos.
No era posible identificarlo con certeza, pero había algo inquietante en la mirada.
No parecía un retrato oficial. El hombre llevaba ropa sobria y no tenía ninguna insignia visible. En el reverso había una inscripción.
«Para que recuerde quién era antes de que otros decidieran quién debía ser.»
Étienne sintió un peso en el pecho.
—¿Quién es?
Marguerite negó con la cabeza.
—Nunca lo supe.
—¿Es el niño?
—No.
Étienne levantó la mirada.
—¿Está segura?
—Sí.
—Entonces, ¿quién es?
La anciana tardó unos segundos en responder.
—Su padre.
Étienne volvió a mirar el retrato.
—¿El padre de Henri de Valençay?
Marguerite no contestó. En ese instante, desde la planta inferior llegó un ruido. Ambos quedaron inmóviles. No era un golpe. Era el sonido de una puerta abriéndose. Marguerite palideció.
—¿Espera a alguien?
—No.
Étienne guardó rápidamente el retrato en el interior de su abrigo.
—¿Hay otra salida?
La anciana señaló una pequeña puerta al fondo de la habitación.
—Da al tejado.
Étienne se acercó, pero antes de abrirla escuchó pasos en la escalera. Alguien estaba subiendo. Marguerite lo agarró del brazo.
—No.
—Tenemos que salir.
—Todavía no.
La anciana abrió un pequeño compartimento oculto en la pared y sacó una hoja doblada.
—Llévese esto.
Étienne la abrió. Era una lista de nombres.
Uno estaba rodeado por una línea: Louis Armand.
Debajo aparecía otra anotación: Entregado a Dufour .
Étienne levantó la cabeza. Los pasos se encontraban ya en el piso superior.
La persona estaba a pocos metros. Marguerite lo miró con una expresión que mezclaba miedo y resignación.
—Ahora ya sabe dónde estuvo el niño.
Étienne apretó el documento entre los dedos.
—Y también sé quién lo recibió.
—No —respondió la anciana—. Usted sabe quién recibió el nombre.
Étienne comprendió entonces que la diferencia podía ser la clave de toda la historia.
El niño había salido de aquella torre acompañado por hombres que conocían su identidad, pero quizá no había salido de ella llevando consigo su propio nombre.
Alguien había recibido a Louis Armand, alguien había registrado a Henri de Valençay y alguien había acabado muerto en una prisión revolucionaria sin que ninguna de esas identidades pudiera ser atribuida con seguridad a un solo hombre.
Durante años, aquellos nombres habían circulado entre documentos, testimonios y órdenes de traslado como piezas de una misma maquinaria destinada a mantener oculto algo que todavía no alcanzaba a comprender.
Los pasos se detuvieron frente a la puerta.
Étienne guardó la hoja junto al retrato y miró a Marguerite.
La anciana no parecía dispuesta a huir. Había vivido demasiado tiempo con aquel recuerdo para permitir que el miedo volviera a decidir por ella.
En cambio, Étienne sintió por primera vez que la investigación había alcanzado un punto en el que ya no podía limitarse a leer documentos.
Ahora había testigos vivos, personas capaces de reconocer rostros que habían sido ocultados durante años y hombres que todavía tenían razones para impedir que aquellos recuerdos salieran a la luz.
La identidad del cadáver seguía sin resolverse, pero el niño de la torre había dejado de ser una figura perdida en un archivo: había tenido un rostro, una voz, una habitación y un deseo sencillo que Étienne no podía apartar de su pensamiento.
Quería caminar por las calles sin que nadie tuviera que esconderlo.
Quizá aquella había sido la verdadera tragedia de su vida, porque todo cuanto había ocurrido después parecía demostrar que jamás le habían permitido hacerlo.
La manija comenzó a moverse. Étienne retrocedió hacia la puerta del tejado mientras Marguerite permanecía junto a la cama.
Por primera vez desde que había comenzado a investigar al prisionero sin nombre, entendió que el secreto no consistía solamente en descubrir quién había sido aquel hombre, sino en averiguar qué identidad había tenido derecho a poseer y quién se la había arrebatado.
El rostro podía desaparecer bajo los golpes, los nombres podían ser raspados de los registros y las firmas podían ser destruidas, pero la memoria de un niño encerrado en una torre era más difícil de borrar.
Y mientras Étienne abría la puerta que conducía al tejado, comprendió que quizá esa memoria fuera precisamente aquello que sus perseguidores habían temido durante todos aquellos años.