El rey sin rostro Capítulo 8. El niño de la torre
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Capítulo 8. El niño de la torre

La puerta no volvió a recibir ningún golpe.

Durante casi un minuto, Lenoir y Étienne permanecieron inmóviles en la oscuridad, escuchando únicamente el rumor lejano de las ruedas de los carros sobre los adoquines y el murmullo amortiguado de alguna voz que llegaba desde la calle.

Finalmente, Lenoir se acercó a la ventana y levantó apenas la cortina.

Permaneció observando durante unos instantes antes de volver hacia la mesa.

La tensión de su rostro había disminuido, aunque no desaparecido por completo.

—Se han ido.

Étienne no respondió inmediatamente. Seguía pensando en aquella frase escrita en el margen del documento: el hombre que llega a París no es el hombre que salió de Versalles.

No sabía quién la había escrito ni cuándo, pero empezaba a sospechar que podía contener una explicación más importante que todos los nombres que había encontrado hasta entonces.

—Quiero saber quién salió de Versalles —dijo.

Lenoir lo observó.

—Eso es precisamente lo que no debe hacer.

—Ya he ido demasiado lejos.

—No. Todavía puede detenerse.

—¿Y usted?

Lenoir bajó la mirada.

—Yo dejé de poder hacerlo hace mucho tiempo.

La respuesta quedó suspendida entre ambos. Lenoir sacó de debajo de la mesa la carpeta que había escondido y extrajo un pequeño papel doblado.

—Si quiere seguir, busque a una mujer llamada Marguerite Delorme.

—¿Quién es?

—Tiene más de setenta años. Vive en Versalles, en una casa próxima a la antigua residencia de los servidores del palacio.

—¿Qué sabe?

—Estaba allí cuando sacaron al niño.

Étienne sintió que aquella información era demasiado importante para dejarla pasar.

—¿Qué niño?

Lenoir tardó unos segundos en contestar.

—El que después recibió el nombre de Henri de Valençay.

El viaje hasta Versalles lo hizo aquella misma tarde.

El trayecto le permitió pensar en todo cuanto había descubierto, pero no consiguió ordenar las piezas.

La historia parecía cambiar de forma cada vez que encontraba un documento nuevo.

Al principio había creído que buscaba a un prisionero desconocido.

Después había pensado que podía tratarse de Henri de Valençay.

Más tarde había aparecido Louis Armand. Ahora existía un niño escondido en Versalles cuya identidad había sido protegida hasta el punto de convertir su nombre en una pieza intercambiable.

La única certeza era que alguien había querido mantenerlo con vida y que, años después, alguien había querido borrar cualquier rastro de él.

Lo inquietante era que ambas intenciones podían haber pertenecido a personas diferentes.

Versalles apareció al final de la tarde bajo una luz fría.

La antigua ciudad real había perdido parte de la solemnidad que había tenido pocos años antes, pero todavía conservaba en sus edificios y avenidas una presencia difícil de borrar.

Los símbolos de la monarquía habían sido arrancados de muchas fachadas, las estancias habían cambiado de uso y numerosas propiedades habían pasado a manos nuevas, pero la memoria del antiguo régimen parecía permanecer en cada muro.

Étienne caminó por las calles con la sensación de estar entrando en una ciudad que había sido obligada a olvidar quién había sido.

Allí, precisamente allí, podía encontrarse el origen de la identidad que llevaba días persiguiendo.

La casa de Marguerite Delorme estaba en una calle tranquila, alejada de las zonas más transitadas.

Era pequeña, de piedra clara, con un jardín estrecho en la parte posterior.

Étienne llamó y tuvo que esperar varios minutos antes de escuchar pasos.

Una mujer muy anciana abrió finalmente la puerta.

Tenía el cabello completamente blanco, recogido en un moño, y unos ojos todavía sorprendentemente firmes.

—¿Quién es?

—Me llamo Étienne Mercier. Vengo de París.

La mujer lo observó durante un largo momento.

—¿Quién le ha dado mi nombre?

—Pierre Lenoir.

Marguerite pareció reconocerlo.

—Entre.

El interior de la casa estaba lleno de muebles antiguos. Había retratos familiares, pequeñas cajas de madera, libros y objetos que parecían proceder de una época distinta. Étienne reparó en que la mujer conservaba sobre una repisa un pequeño medallón cubierto de polvo.

—¿Conoció a la familia Valençay?

Marguerite se volvió hacia él.

—Conocí a muchas familias.

—A los Valençay.

La anciana guardó silencio.

—Entonces sí.

—¿Conoció a Henri?

Marguerite no respondió inmediatamente. Se acercó a una silla y se sentó con dificultad.

—No lo llamábamos Henri.

Étienne se sentó frente a ella.

—¿Cómo lo llamaban?

—Cuando era pequeño, simplemente le decíamos el niño.

Aquella respuesta le produjo una sensación extraña.

—¿Por qué?

—Porque no debía aprender su nombre.

Marguerite levantó los ojos.

—Eso fue lo primero que nos dijeron.

—¿Quién?

—Una mujer que vino a la casa una noche.

—¿Madeleine?

La anciana asintió.

—Sí.

Étienne sintió que la historia comenzaba a repetirse.

—¿Qué ocurrió?

Marguerite miró hacia la ventana. Afuera empezaba a oscurecer.

—Fue en 1792. La situación había empeorado y muchas familias habían comenzado a abandonar Versalles. Algunos nobles se marcharon al extranjero. Otros buscaron refugio en provincias. Había miedo en todas partes. Pero el niño no podía marcharse como los demás porque alguien estaba buscándolo.

—¿Quién?

—Nunca lo supimos con certeza.

—¿Revolucionarios?

—Algunos.

—¿Monárquicos?

—También.

Étienne recordó las palabras de Lenoir.

—¿Por qué lo buscaban los monárquicos?

Marguerite lo miró.

—Porque creían que podía servirles.

—¿Y los revolucionarios?

—Porque temían que pudiera servirles a ellos.

—¿Servirles para qué?

La anciana negó lentamente con la cabeza.

—No era un niño importante por lo que había hecho. Era importante por lo que otros creían que representaba.

Étienne permaneció en silencio.

—¿Era miembro de la familia real?

Marguerite respiró profundamente.

—Nunca me dijeron que lo fuera.

—Pero tampoco me dice que no lo fuera.

—Porque nunca pude saberlo.

Aquella respuesta era diferente de todas las anteriores. No había miedo en ella, sino incertidumbre.

—¿Qué recuerda?

Marguerite cerró los ojos.

—Recuerdo una noche de lluvia. Recuerdo que Madeleine llegó acompañada de un hombre.

Traían al niño envuelto en una capa. Tenía unos seis o siete años.

Estaba asustado, pero no lloraba. Eso fue lo que más me impresionó.

Los niños suelen llorar cuando tienen miedo.

Él no. Miraba a los adultos como si supiera que cualquier palabra podía ponerlos en peligro.

Étienne escuchaba sin apartar los ojos de ella.

—¿Dónde lo escondieron?

—En una habitación de la torre.

—¿La torre de la casa?

—Sí.

—¿Cuánto tiempo?

—Varias semanas.

Marguerite se levantó lentamente y caminó hasta un pequeño armario. Sacó una llave antigua.

—La habitación todavía existe.

Étienne la miró.

—¿Puedo verla?

La anciana dudó antes de asentir. Subieron por una escalera estrecha.

Las tablas crujían bajo sus pasos y el aire se volvía más frío a medida que ascendían.

En la última planta había un corredor oscuro que terminaba en una puerta baja.

Marguerite introdujo la llave. La habitación era pequeña.

Había una cama, una mesa y una ventana estrecha desde la que podía verse parte de Versalles.

Sobre una pared todavía quedaban marcas de humedad.

—Aquí permaneció —dijo la anciana.

Étienne entró lentamente. No había nada extraordinario en aquella estancia, pero la idea de que un niño hubiera pasado allí sus días escondido mientras una revolución transformaba el país le produjo una sensación difícil de explicar. Se acercó a la ventana.

—¿Qué hacía?

—Leía.

—¿Tenía libros?

—Uno.

—¿Cuál?

—No recuerdo el título.

—¿Recuerda algo del libro?

Marguerite pensó unos segundos.

—Era un libro de historia.

Étienne recorrió la habitación con la mirada.

—¿Hablaba?

—Poco.

—¿Preguntaba por su familia?

—Todos los días.

—¿Qué le decían?

—Que estaban lejos.

—¿Y él lo creía?

La anciana sonrió con tristeza.

—Los niños creen muchas cosas cuando los adultos se las repiten.

Étienne vio entonces algo grabado en la madera de la cama. Eran dos letras: H. V.

—¿Esto lo hizo él?

Marguerite se acercó.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Poco antes de marcharse.

Étienne pasó los dedos por las marcas.

—Entonces conocía el nombre Valençay.

—Sí.

—¿Cómo?

—Porque Madeleine se lo dijo una vez.

—¿Por qué?

Marguerite lo miró.

—Porque necesitaba que recordara algo.

—¿Qué?

La anciana bajó la voz.

—Que antes de convertirse en otra persona había sido alguien.

Aquella frase permaneció en la habitación mientras el viento golpeaba suavemente la ventana.

Étienne se volvió hacia ella.

—¿Qué ocurrió después?

—Vinieron por él.

—¿Quiénes?

—Dos hombres.

—¿Revolucionarios?

—No llevaban uniforme.

—¿Monárquicos?

—Tampoco.

—¿Los conocía?

—Uno de ellos era Pierre Lenoir.

Étienne sintió que la historia volvía a cerrarse sobre sí misma.

—¿Y el otro?

Marguerite negó con la cabeza.

—No lo había visto nunca.

—¿Qué dijo?

—Que el niño debía marcharse inmediatamente.

—¿Adónde?

—No lo sé.

—¿Y Madeleine?

—Se fue con ellos.

Étienne volvió a mirar las iniciales talladas en la madera.

—¿Cuánto tiempo pasó hasta que volvió a verlo?

La anciana tardó en responder.

—Nunca lo vi de nuevo como niño.

—¿Pero lo vio después?

Marguerite asintió lentamente.

—Muchos años después.

Étienne se volvió hacia ella.

—¿Dónde?

—En París.

—¿Cuándo?

—No recuerdo el año exacto. Ya había cambiado todo. La monarquía había desaparecido y la ciudad estaba llena de hombres que gritaban nombres en las calles. Lo vi entre una multitud.

—¿Lo reconoció?

—No al principio.

—¿Qué ocurrió?

—Pasó cerca de mí. Era un hombre adulto. Llevaba un abrigo oscuro y caminaba deprisa. No tenía el mismo aspecto que el niño, naturalmente, pero había algo en sus ojos.

—¿Qué?

Marguerite cerró los ojos.

—La misma manera de mirar.

Étienne permaneció callado.

—¿Habló con él?

—No.

—¿Cómo supo que era él?

—Porque se detuvo.

—¿Por qué?

—Me miró.