Capítulo 7. El hombre que todos buscaban #2
Étienne volvió a revisar la lista. Había nombres de antiguos funcionarios, guardias, intermediarios y personas vinculadas a la nobleza.
Pero lo que más le llamó la atención no era la variedad de sus posiciones políticas, sino el hecho de que todos parecían haber estado relacionados con la misma persona.
Un nombre aparecía repetido varias veces. No era Henri de Valençay. Era otro: Louis Armand.
—¿Quién es?
Lenoir cerró la carpeta.
—Ese es el nombre que utilizó después de desaparecer.
Étienne sintió que el aire de la habitación parecía haberse vuelto más pesado.
—¿Quién?
—El hombre que todos buscaban.
—¿Henri de Valençay?
—No necesariamente.
—Entonces, ¿quién era Louis Armand?
Lenoir se acercó a la ventana y apartó ligeramente la cortina. Miró la calle antes de responder.
—Ese nombre perteneció a un hombre que debía morir en 1792.
—¿Murió?
—Eso fue lo que se hizo constar.
—¿Y no murió?
—No lo sabemos.
—Pero alguien siguió utilizando su nombre.
—Sí.
Étienne recordó inmediatamente el papel encontrado en el archivo de Bellamy: «Si el protegido muere, el sustituto deberá conservar el nombre hasta que llegue la hora».
La relación comenzaba a adquirir forma.
—¿El sustituto era Louis Armand?
Lenoir no respondió.
—¿El hombre de la Conciergerie utilizaba ese nombre?
Silencio.
—¿Sí o no?
Lenoir finalmente volvió la cabeza.
—En algunos documentos, sí.
Étienne sintió una mezcla de alivio y temor. Por primera vez tenía un nombre que podía vincular directamente con el cadáver.
—¿Por qué nadie lo registró?
—Porque el nombre Louis Armand no pertenecía oficialmente a nadie.
—Eso es imposible.
—No durante una revolución.
Lenoir se acercó de nuevo a la mesa y abrió un último documento.
Era una orden de traslado. La fecha correspondía a 1793.
El prisionero aparecía registrado como Louis Armand.
Lugar de origen: desconocido. Destino: Conciergerie.
Motivo: detención preventiva. Firma: ilegible.
Pero en la esquina inferior aparecía un pequeño sello.
La misma corona. El mismo símbolo que Étienne había encontrado en la llave del cadáver.
—¿Quién ordenó este traslado? —preguntó.
Lenoir negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Quién lo sabía?
—Demasiadas personas.
—¿Y quién quería encontrarlo?
Lenoir sostuvo su mirada.
—Todos los que aparecen en esa lista.
Étienne volvió a mirar los nombres.
—¿Por qué?
—Porque cada uno de ellos tenía una razón diferente.
—¿Cuál era la razón de Dufour?
Lenoir guardó silencio.
—¿Y la de Madeleine?
Nada.
—¿La de los antiguos monárquicos?
Lenoir tampoco respondió. Étienne sintió que estaba a punto de abandonar la casa con más preguntas que respuestas, pero entonces reparó en una última anotación escrita en el margen de la orden. Era apenas visible y parecía haber sido añadida mucho después.
«El hombre que llega a París no es el hombre que salió de Versalles.» Étienne levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué significa esto?
Lenoir se acercó, leyó la frase y palideció.
—No debería estar aquí.
—¿Quién la escribió?
—No lo sé.
—Usted la conoce.
—La he visto antes.
—¿Dónde?
Lenoir cerró los ojos durante un instante.
—En otro expediente.
—¿Cuál?
El hombre abrió la boca, pero antes de contestar se escuchó un golpe seco en la puerta de entrada. Ambos quedaron inmóviles. Un segundo golpe. Después otro. Lenoir tomó rápidamente los documentos y los escondió bajo la mesa.
—¿Quién es? —preguntó Étienne.
—No lo sé.
Pero su expresión decía lo contrario. La puerta volvió a estremecerse. Lenoir se acercó a Étienne y habló en voz baja.
—Si pregunta por mí, diga que nunca ha estado aquí.
—¿Quién está ahí?
—La gente que llevaba años esperando que alguien volviera a buscar a ese hombre.
Étienne sintió que la amenaza que había recibido ya no parecía dirigida únicamente contra él.
Había entrado en una historia que llevaba demasiado tiempo esperando a ser reabierta y que había sobrevivido precisamente porque cada persona que conocía una parte de ella había aprendido a guardar silencio.
El cadáver de la Conciergerie ya no era solamente un desconocido sin expediente; ahora tenía un nombre falso, una ruta de traslado y un lugar de origen que apuntaba hacia Versalles.
Pero aquello tampoco significaba que hubiera encontrado su identidad.
Al contrario, cuanto más avanzaba, más evidente resultaba que había existido un sistema destinado a fabricar hombres distintos a partir de una misma historia, a convertir un apellido en otro, a borrar a una persona y conservar al mismo tiempo aquello que otros necesitaban de ella.
El hombre llamado Henri de Valençay, el hombre llamado Louis Armand y el cadáver sin rostro podían ser tres personas diferentes o tres nombres utilizados para proteger a una sola, y quizá esa confusión no fuera un accidente, sino la verdadera finalidad de todo cuanto había ocurrido.
Los golpes cesaron. Lenoir permaneció junto a la puerta, esperando.
Étienne comprendió entonces que el peligro ya no estaba en los documentos que había descubierto, sino en las personas que habían sobrevivido a ellos.
Había quienes querían proteger al hombre desaparecido, quienes querían demostrar que había existido y quienes necesitaban que permaneciera muerto, aunque para conseguirlo tuvieran que destruir una segunda vez todos los nombres que habían quedado asociados a él.
Y por primera vez desde que había recibido la orden de identificar el cadáver de la Conciergerie, Étienne entendió que quizá no estaba siguiendo las huellas de un hombre desaparecido, sino las de varias personas que habían llevado su nombre para que nadie pudiera encontrar al verdadero.
La puerta seguía cerrada, pero al otro lado alguien esperaba.
Étienne guardó silencio, mientras Lenoir apagaba lentamente la lámpara y la habitación quedaba sumida en una penumbra casi completa.
Afuera, París continuaba respirando con el ruido de una ciudad aterrorizada, sin saber que, en una pequeña casa perdida entre sus calles, dos hombres acababan de descubrir que el nombre que buscaban no pertenecía necesariamente al muerto, sino a una identidad que alguien había estado dispuesto a matar una y otra vez para mantenerla viva.