El rey sin rostro Capítulo 7. El hombre que todos buscaban
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Capítulo 7. El hombre que todos buscaban

Étienne Mercier no obedeció la advertencia.

Durante el resto de la noche intentó convencerse de que aquella decisión era consecuencia de su deber y no de la curiosidad, pero sabía que se estaba engañando.

Hasta entonces había seguido los documentos porque formaba parte de su trabajo, había buscado nombres porque alguien le había pedido identificar un cadáver y había revisado los archivos porque las contradicciones encontradas en ellos podían constituir una irregularidad administrativa.

Ahora ya no podía esconderse detrás de esas justificaciones.

Había descubierto la existencia de un muchacho cuya identidad había sido deliberadamente protegida, de un sustituto que había recibido su nombre y de una mujer que llevaba veinticinco años buscando una verdad que aparentemente nadie quería conservar por escrito.

También había encontrado una conexión entre aquel secreto y el hombre muerto en la Conciergerie.

La advertencia que le habían dejado solo conseguía demostrarle que alguien conocía sus movimientos y que, por alguna razón, consideraba peligroso que llegara hasta Versalles.

A primera hora de la mañana regresó a su oficina.

El cielo sobre París tenía un color gris uniforme y las calles estaban cubiertas por una mezcla de barro y agua que reflejaba las fachadas como superficies rotas.

La ciudad había aprendido a convivir con la vigilancia, con las denuncias y con el temor de que una conversación pronunciada en voz demasiado alta pudiera ser interpretada como una prueba de deslealtad.

Étienne caminó entre grupos de ciudadanos que discutían sobre nuevas detenciones, listas de sospechosos y rumores procedentes de la Convención.

En las esquinas podían verse carteles recién pegados sobre otros más antiguos, como si la propia ciudad estuviera cubierta por capas sucesivas de órdenes y amenazas.

Aquel ambiente hacía que cualquier investigación privada pareciera una imprudencia, pero también le proporcionaba una ventaja: en una época en la que miles de personas cambiaban de nombre, de domicilio y de lealtades, un hombre que quisiera desaparecer podía hacerlo con relativa facilidad si encontraba a alguien dispuesto a ayudarlo.

Al llegar a su despacho encontró a Antoine Vallin esperándolo. El antiguo empleado de los archivos estaba sentado junto a la ventana con las manos apoyadas sobre el bastón. Parecía haber envejecido varios años desde la última vez que Étienne lo había visto.

—¿Ha hablado con Bellamy? —preguntó.

Étienne cerró la puerta.

—Sí.

Vallin bajó la mirada.

—Entonces ya lo sabe.

—Sé algunas cosas.

—Eso es peor.

Étienne dejó el sombrero sobre la mesa.

—¿Qué quiere decir?

Vallin tardó unos segundos en contestar.

—Que cuando uno no sabe nada puede seguir viviendo tranquilamente. Cuando empieza a conocer una parte de la verdad, necesita saber el resto.

Étienne lo observó con atención.

—¿Conoce a Bellamy desde antes de la Revolución?

—Sí.

—¿Y conocía a Madeleine Arnaud?

La reacción del anciano fue inmediata. No respondió, pero su expresión cambió.

—¿Por qué pregunta por ella?

—Porque aparece en los documentos de 1792.

Vallin respiró profundamente.

—Entonces también ha encontrado al muchacho.

Étienne sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Lo conocía?

—No personalmente.

—Pero sabe quién era.

—Sé quién decían que era.

—No es lo mismo.

—Precisamente.

Vallin se levantó y caminó hasta la puerta. Antes de abrirla comprobó que el pasillo estuviera vacío. Después regresó junto a Étienne.

—Hay algo que debe entender antes de continuar.

El hombre que está buscando no pertenece exclusivamente a una historia monárquica ni revolucionaria.

Hay personas que lo buscaron para protegerlo y otras que lo buscaron para encontrarlo.

Algunas querían entregarlo a las autoridades.

Otras querían utilizarlo. Y unas pocas querían asegurarse de que muriera antes de que pudiera decir quién era.

—¿Quiénes eran esas personas?

—Ahí está el problema. No todos pertenecían al mismo bando.

Étienne permaneció en silencio.

—¿Monárquicos?

—Algunos.

—¿Revolucionarios?

—También.

—¿Y alguien que trabajara para la administración?

Vallin lo miró fijamente.

—Sobre todo ellos.

La respuesta dejó a Étienne más inquieto que cualquier amenaza.

—¿Por qué?

—Porque quien controla los documentos puede decidir quién existe y quién no.

Vallin sacó de su bolsillo un pequeño papel doblado y se lo entregó.

—Anoche recibí esto.

Étienne lo abrió. Era una dirección.

—¿Qué es?

—Una casa en la rue de la Verrerie.

—¿Quién vive allí?

—Un hombre llamado Pierre Lenoir.

—¿Quién es?

—Depende de a quién se lo pregunte.

Étienne levantó la mirada.

—¿Qué significa eso?

—Para algunos fue secretario de un noble. Para otros, funcionario revolucionario. Para otros, informador. Y hay quien asegura que trabajó para ambos lados.

—¿Cuál es la verdad?

Vallin negó lentamente con la cabeza.

—Nunca he conseguido descubrirla.

Étienne dobló el papel.

—¿Por qué quiere que vaya?

—Porque Lenoir estuvo presente cuando se prepararon algunos de los traslados de 1792.

Aquella información bastaba. Étienne guardó la dirección y salió antes de que Vallin pudiera añadir nada más.

La casa de Pierre Lenoir se encontraba en una zona donde las calles eran estrechas y las viviendas parecían apoyarse unas contra otras. Étienne llegó poco antes del mediodía. La puerta estaba entreabierta. Llamó y nadie respondió. Volvió a llamar.

—Entre.

La voz procedía del interior. Étienne empujó la puerta.

El hombre que lo esperaba debía de tener alrededor de cincuenta y cinco años.

Vestía con una sobriedad casi excesiva y tenía el cabello gris cuidadosamente peinado.

Sobre una mesa había varios documentos abiertos, junto a una botella de vino y dos vasos. Lenoir no pareció sorprendido al verlo.

—Mercier —dijo—. Ha tardado más de lo que esperaba.

Étienne cerró la puerta.

—¿Me estaba esperando?

—Desde hace tres días.

—¿Quién le dijo que vendría?

Lenoir sonrió.

—La misma persona que sabía que iría a Bellamy.

Étienne no se sentó.

—Quiero información sobre un traslado realizado en 1792.

—Eso ya lo sé.

—Quiero saber quién era el muchacho.

—Eso también lo sé.

Étienne sintió que una tensión fría le recorría el cuerpo.

—Entonces dígamelo.

Lenoir tomó el vaso de vino.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque no sé qué versión necesita.

—Solo hay una verdad.

—No en este asunto.

Étienne lo miró fijamente.

—Explíquese.

Lenoir se levantó y abrió un armario. Sacó tres carpetas y las colocó sobre la mesa.

—Estos documentos proceden de tres fuentes diferentes. El primero pertenece a una administración relacionada con la antigua Casa Real. El segundo fue redactado por funcionarios revolucionarios. El tercero procede de personas que participaron en los traslados clandestinos.

Abrió la primera carpeta.

—Para los primeros, el muchacho era un miembro de la familia Valençay.

Étienne sintió que aquella afirmación confirmaba lo que había sospechado. Lenoir abrió la segunda.

—Para los segundos, era un joven desconocido utilizado por los aristócratas para ocultar bienes y comunicaciones.

Después abrió la tercera.

—Y para quienes organizaron su traslado, era simplemente una persona que debía desaparecer.

—Eso no explica quién era.

—Porque quizá esa era precisamente la intención.

Étienne tomó uno de los documentos.

—¿Cuál de las tres versiones es verdadera?

Lenoir lo observó.

—Las tres pueden contener una parte.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darle.

Étienne dejó el documento sobre la mesa.

—¿Y el nombre?

Lenoir respiró lentamente.

—Henri de Valençay.

El nombre permaneció entre ambos.

—¿Era él?

—Eso depende de qué hombre esté hablando.

Étienne apretó la mandíbula.

—El muerto de la Conciergerie.

Lenoir no respondió inmediatamente.

—No estoy seguro.

—¿Cómo puede no estarlo?

—Porque Henri de Valençay pudo haber muerto en 1792.

Étienne recordó las palabras de Madeleine.

—Ella dijo que murió muchos años atrás.

—Madeleine ha dicho muchas cosas.

—¿La conoce?

—La conocí.

—¿Trabajó con ella?

—En una ocasión.

—¿Para proteger al muchacho?

Lenoir volvió a sentarse.

—Para proteger a alguien.

Étienne comprendió que aquel hombre escogía cada palabra con una precisión deliberada.

—¿Quién era esa persona?

Lenoir lo miró durante unos segundos.

—Un hombre al que buscaban los monárquicos.

—¿Y los revolucionarios?

—También.

—¿Por qué?

—Porque cada grupo creía que su identidad podía servir a sus propios intereses.

—¿Era realmente importante?

Lenoir bajó la voz.

—Mucho más de lo que usted imagina.

Étienne sintió que la conversación se acercaba al límite de lo que aquel hombre estaba dispuesto a revelar.

—¿Era hijo de alguien importante?

Lenoir no contestó.

—¿Tenía sangre real?

El silencio fue suficiente para que Étienne entendiera que había tocado un punto peligroso.

Lenoir se levantó de golpe.

—No vuelva a utilizar esa expresión aquí.

—¿Por qué?

—Porque hay hombres que mataron por menos.

Étienne permaneció inmóvil. Lenoir abrió otra carpeta.

Dentro había una lista de nombres. Étienne comenzó a leerla.

Algunos estaban tachados. Otros aparecían acompañados de fechas.

Varios correspondían a personas que habían muerto durante los años anteriores.

Uno de los nombres le resultó familiar: Laurent Dufour.

Étienne levantó la mirada.

—¿Dufour?

—Sí.

—¿Qué tiene que ver con esto?

—Estuvo presente durante uno de los traslados.

La noticia le produjo una inquietud inmediata.

—¿Cuál?

Lenoir señaló una anotación.

—El traslado del muchacho.

Étienne recordó entonces la reacción de Dufour al mencionar el cadáver, su reconocimiento inmediato de Madeleine y la insistencia con la que le había ordenado no hablar del asunto.

—Él sabía quién era el muerto.

—Probablemente.

—¿Y por qué no me lo dijo?

Lenoir lo miró.

—Porque si Dufour hubiera querido que usted supiera la verdad, ya la sabría.