Capítulo 6. El archivo prohibido #2
—Sé que durante los últimos meses de la monarquía hubo una orden para proteger a una persona cuya identidad debía desaparecer.
Sé que esa persona fue trasladada fuera de París.
Sé que alguien llamado Madeleine estuvo relacionado con su protección.
Sé que después de los acontecimientos de septiembre regresó bajo otra identidad.
Y sé que, en 1793, alguien apareció muerto llevando un objeto relacionado con aquella misma cadena de protección.
Étienne cerró los ojos un instante.
—¿Y cree que el hombre muerto era ese protegido?
Bellamy lo miró.
—No.
Étienne abrió los ojos.
—¿Entonces quién?
El anciano señaló la caja. Debajo del sello había un pequeño papel doblado. Étienne lo abrió. Solo contenía una línea.
«Si el protegido muere, el sustituto deberá conservar el nombre hasta que llegue la hora.»
Étienne leyó la frase una segunda vez. Después una tercera. El significado comenzó a abrirse paso lentamente. Había habido dos hombres. Uno era el protegido. El otro era el sustituto. Y alguien había decidido que uno de ellos debía llevar el nombre del otro.
—¿Quién era el sustituto? —preguntó.
Bellamy negó con la cabeza.
—No aparece.
Étienne sintió entonces que el misterio adquiría una dimensión completamente nueva.
El hombre muerto podía no ser quien todos creían, pero tampoco era necesariamente un desconocido.
Podía haber vivido durante años bajo un nombre prestado, protegido por una estructura que había comenzado antes de la Revolución y que había sobrevivido a la destrucción de la monarquía.
Si el sustituto había conservado el nombre del protegido, entonces alguien había construido deliberadamente una identidad falsa.
Y si esa identidad había sido necesaria para mantener vivo a un hombre, la muerte del sustituto podía haber dejado al verdadero protegido expuesto.
Bellamy cerró la caja.
—Tienes que marcharte.
—Todavía no he terminado.
—Sí.
—Necesito saber quién era el muchacho.
—No aquí.
—¿Dónde entonces?
Bellamy miró hacia la puerta.
—En un lugar donde todavía exista el documento que alguien olvidó destruir.
—¿Dónde?
El anciano se acercó a Étienne y habló tan bajo que casi tuvo que inclinarse para escucharlo.
—En los archivos privados de la antigua Casa Real.
—Creía que habían sido confiscados.
—La mayoría.
—¿Y el resto?
Bellamy lo miró con gravedad.
—El resto está donde siempre estuvo. Bajo Versalles.
Étienne sintió que el nombre de aquella ciudad, cargado de una historia que la Revolución había intentado borrar, adquiría de repente un significado inquietante.
Versalles ya no era solamente el antiguo centro de la monarquía.
Podía contener la pieza que faltaba para identificar al hombre sin rostro.
Si allí existía un registro privado del muchacho protegido, también podía existir la respuesta a la pregunta que había perseguido a Madeleine durante veinticinco años.
Antes de salir, Étienne guardó cuidadosamente una copia de la carta y del documento del traslado. Bellamy lo detuvo.
—No lleves el original.
—¿Por qué?
—Porque si alguien descubre que lo tienes, intentará recuperarlo.
—¿Y si ya sabe que lo he visto?
El anciano lo miró.
—Entonces quizá ya sea demasiado tarde.
Étienne salió del edificio poco después del anochecer.
La calle estaba casi vacía y una lluvia ligera comenzaba a caer sobre las piedras.
Caminó deprisa, pero no consiguió librarse de la sensación de que alguien lo observaba desde alguna ventana.
Cuando llegó a una esquina, se detuvo y miró hacia atrás.
No vio a nadie. Sin embargo, al introducir la mano en el bolsillo interior de su abrigo para comprobar que los documentos seguían allí, encontró algo que no había guardado.
Un pequeño trozo de papel. Lo sacó. La letra era distinta de la de la amenaza anterior. Solo había una frase.
«No vaya a Versalles.»
Étienne permaneció bajo la lluvia, con el papel entre los dedos, comprendiendo que aquella advertencia llegaba demasiado tarde.
Porque ahora sabía que en Versalles podía encontrarse el nombre que llevaba buscando desde que había abierto por primera vez aquel expediente vacío.
Y, más importante aún, sabía que alguien estaba dispuesto a hacer todo lo necesario para impedir que lo encontrara.
La investigación había dejado de ser una búsqueda dentro de los archivos de la República y había penetrado en un pasado que todavía tenía defensores, secretos y enemigos; un pasado en el que un niño había sido convertido en un desconocido, un hombre había aceptado vivir bajo un nombre ajeno y alguien había construido durante años una mentira lo bastante sólida como para sobrevivir a la caída de una corona.
Étienne guardó el papel junto a los documentos y continuó caminando, mientras la lluvia borraba sus huellas detrás de él y las campanas de una iglesia marcaban una hora tardía.
Todavía no sabía cuál de los dos hombres había muerto en la Conciergerie, pero empezaba a comprender que la verdadera pregunta no era quién llevaba el rostro desfigurado sobre aquella mesa, sino quién había tenido que renunciar al suyo para que otro pudiera sobrevivir.