Capítulo 6. El archivo prohibido
Llamó dos veces. Durante unos segundos no ocurrió nada.
Después se escucharon pasos lentos al otro lado y una pequeña abertura dejó aparecer el rostro de un hombre anciano.
Tenía el cabello completamente blanco, las mejillas hundidas y una mirada que parecía haber perdido cualquier interés por las apariencias.
Observó a Étienne de arriba abajo antes de abrir.
—¿Mercier?
—Sí.
—Renard me dijo que podía venir.
El hombre apartó la puerta.
—Entonces entre antes de que cambie de opinión.
Su nombre era Jacques Bellamy. Había trabajado durante los últimos años de la monarquía como auxiliar en una oficina encargada de correspondencia y custodia documental.
Tras la Revolución había logrado conservar una posición secundaria gracias a su conocimiento de los archivos, pero finalmente había sido apartado cuando comenzaron las purgas administrativas.
Desde entonces vivía prácticamente recluido en aquel edificio, encargado de una colección de documentos que, por razones que Étienne todavía desconocía, nadie había reclamado.
El interior estaba mucho más deteriorado que la fachada.
Los corredores estaban llenos de cajas, legajos y muebles cubiertos por sábanas.
El polvo se acumulaba en los rincones y el olor a humedad y papel antiguo era tan intenso que Étienne tuvo la impresión de haber entrado en una habitación que llevaba años cerrada al mundo.
Bellamy caminaba con dificultad, apoyándose en un bastón, pero conservaba una precisión casi obsesiva al señalar cada puerta y cada estantería.
—Aquí se guardaban documentos de la antigua Casa Real —explicó mientras avanzaban—. Después de 1789, algunos fueron enviados a los archivos nacionales. Otros fueron confiscados. Y otros simplemente desaparecieron.
—¿Desaparecieron?
Bellamy soltó una sonrisa amarga.
—Esa es una palabra cómoda. Los documentos no desaparecen solos.
Étienne pensó inmediatamente en el expediente raspado.
—¿Quién los retiró?
—Depende del documento.
—Estoy buscando información sobre personas trasladadas durante 1792.
Bellamy se detuvo.
—¿Septiembre?
—Sí.
El anciano lo observó durante unos segundos.
—Entonces estás buscando en el lugar correcto.
Continuaron hasta una habitación situada al fondo.
Bellamy abrió tres cerraduras diferentes y empujó una puerta pesada.
Detrás había una sala sin ventanas donde se acumulaban cajas hasta casi tocar el techo.
Una lámpara de aceite colgaba del centro y proyectaba una luz amarillenta sobre los documentos.
Étienne sintió una mezcla de fascinación y temor.
Aquello no era un archivo en el sentido habitual.
No existían catálogos ordenados ni registros de consulta.
Los documentos habían sido almacenados según criterios que solo Bellamy parecía comprender.
—Nadie entra aquí —dijo el anciano.
—¿Por qué?
—Porque oficialmente esta habitación no existe.
Étienne lo miró.
—Entonces, ¿por qué me ha dejado entrar?
—Porque Renard confía en ti.
—¿Y usted?
Bellamy apoyó ambas manos sobre el bastón.
—Todavía no lo sé.
La respuesta no parecía destinada a intimidarlo. Era simplemente la afirmación de un hombre que había sobrevivido demasiado tiempo como para conceder confianza sin reservas.
Bellamy comenzó a buscar entre las cajas. Finalmente extrajo una carpeta de cuero oscuro y la colocó sobre una mesa. El cierre estaba oxidado. Cuando lo abrió, aparecieron varios documentos doblados y una pequeña lista manuscrita.
—Estos son los traslados extraordinarios.
Étienne se inclinó.
—¿De 1792?
—Algunos.
—¿Todos relacionados con la monarquía?
—No. Algunos fueron políticos. Otros militares. Pero hay un grupo que nunca fue explicado.
—¿Cuál?
Bellamy señaló una serie de documentos.
—Los que fueron enviados desde París durante las primeras semanas de la insurrección y regresaron meses después con identidades diferentes.
Étienne sintió que la respiración se le hacía más lenta.
—¿Identidades diferentes?
—Eso dicen los documentos.
—¿Cómo puede una persona regresar con otro nombre?
Bellamy lo miró.
—Con dinero, miedo o poder. A veces basta con una combinación de los tres.
Étienne comenzó a revisar las hojas. Había nombres tachados, fechas modificadas y órdenes firmadas por autoridades diferentes.
En varias ocasiones aparecía la misma fórmula: «Por disposición superior».
Ningún documento especificaba qué autoridad había dado la orden.
La expresión era suficientemente ambigua como para permitir que cada funcionario interpretara que el responsable era alguien por encima de él.
—¿Quién podía emitir estas órdenes?
—Eso es lo que nadie quiso dejar escrito.
—¿Y usted lo sabe?
Bellamy tardó en responder.
—Sé quién podía hacerlo.
—¿Quién?
—Personas con acceso a los antiguos archivos de la Casa Real.
Personas que conocían las rutas de traslado, las identidades de los servidores y las propiedades donde podían esconderse determinados individuos.
No hacía falta que siguieran siendo monárquicos.
Bastaba con que conocieran el sistema anterior.
Étienne levantó la mirada.
—¿Está diciendo que había una red?
—No utilices esa palabra tan deprisa. Las redes existen en las novelas y en las historias que se cuentan en las tabernas. En la realidad suele haber algo más sencillo: personas que se conocen, que comparten intereses y que se ayudan cuando creen que hacerlo les conviene.
Étienne volvió a los documentos. Encontró una hoja fechada en septiembre de 1792. Un traslado. Origen: París. Destino: no indicado. Identidad: reservada. Edad: aproximadamente diecisiete años. Observaciones: «El menor será protegido hasta nueva disposición».
Étienne se quedó inmóvil.
—¿Este?
Bellamy se acercó.
—Sí.
—¿Quién era?
—No aparece.
—Pero tiene que haber otro documento.
—Tal vez.
—Necesito encontrarlo.
Bellamy señaló una caja.
—Busca ahí.
Étienne abrió la tapa. Dentro había decenas de cartas, recibos y pequeños documentos personales. Revisó uno tras otro hasta encontrar un sobre cerrado. No llevaba nombre en el exterior, únicamente una fecha. Lo abrió con cuidado.
Dentro había una carta. La letra era elegante y firme.
«El muchacho no debe ser trasladado a París bajo ninguna circunstancia. Si la situación empeora, deberá utilizarse el nombre acordado y evitar cualquier contacto con las personas vinculadas a la Casa.»
Étienne volvió a leerla.
—¿Qué nombre acordado?
Bellamy negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Quién escribió esto?
—Mira la firma.
Étienne observó la parte inferior.
La firma había sido raspada.
Otra vez.
—¿Por qué todos los nombres están destruidos?
—Porque alguien tenía miedo.
—¿De quién?
Bellamy lo miró.
—De la persona que pudiera leerlos después.
Étienne dejó la carta sobre la mesa. Cada nuevo documento parecía llevarlo más cerca de una verdad que, sin embargo, se alejaba en cuanto intentaba alcanzarla.
La identidad del muchacho había sido protegida.
Su nombre había sido sustituido. Alguien había preparado una ruta de traslado.
Y, años después, un hombre adulto había muerto con un símbolo real oculto entre sus pertenencias.
La conexión parecía evidente, pero todavía faltaba el elemento decisivo que uniera al muchacho de 1792 con el prisionero de 1793.
Continuó buscando. Después de casi una hora encontró una segunda carta. Esta vez estaba escrita por una mujer. La firma tampoco aparecía.
«Madeleine sabe lo que debe hacer. No debe regresar hasta recibir noticias. El niño no puede saber quién es. Si pregunta por su familia, deberá decirse que todos han muerto. Es preferible que crea que está solo antes que permitir que descubra su origen.»
Étienne dejó caer lentamente la carta sobre la mesa. No podía ser una coincidencia.
—¿Cuándo fue escrita?
Bellamy miró la fecha.
—Octubre de 1792.
—¿Y Madeleine estaba implicada?
—Parece que sí.
Étienne sintió que todas las piezas comenzaban a desplazarse.
Madeleine había dicho que llevaba veinticinco años buscando al hombre.
Había trabajado para una familia aristocrática.
Había hablado de un hombre importante, pero se había negado a pronunciar su nombre.
Ahora aparecía vinculada a una carta que hablaba de un niño cuya identidad debía permanecer oculta.
—¿El niño sobrevivió?
Bellamy lo miró.
—Eso no aparece.
—¿Y el documento más reciente?
—Hay uno.
El anciano abrió una caja diferente. Sacó un registro fechado varios meses después. Étienne se inclinó. La anotación era breve.
«El protegido ha sido recuperado. Su identidad permanece reservada. Traslado autorizado a París.»
No había nombre. No había firma, pero sí había una fecha. Y aquella fecha correspondía a las semanas anteriores a la muerte del hombre de la Conciergerie. Étienne sintió un escalofrío.
—Entonces volvió a París.
Bellamy asintió.
—Eso parece.
—¿Y después?
El anciano no respondió. Étienne volvió a mirar la página.
—¿Hay alguna referencia al destino?
—No.
—¿A la persona que lo recibió?
—Tampoco.
—Entonces todo termina aquí.
Bellamy negó lentamente con la cabeza.
—No.
Se dirigió hacia otra estantería.
—Hay algo más.
Sacó una caja pequeña y la colocó sobre la mesa.
Dentro había objetos personales que habían sido confiscados durante los primeros meses de la Revolución.
Medallones, cartas, botones, llaves y pequeños sellos.
Étienne comenzó a examinarlos. Entonces vio un sello.
La misma corona. La misma forma. El mismo símbolo que había encontrado en la llave del cadáver, pero aquel sello tenía una inscripción alrededor.
Étienne la leyó lentamente: Maison de France. Bellamy permaneció detrás de él.
—Ahora entiendes por qué este archivo está prohibido.
Étienne no apartó los ojos del sello.
—¿A quién pertenecía?
—No lo sé.
—¿Quién lo utilizaba?
—Eso tampoco.
—Entonces, ¿qué sabe?
Bellamy tardó en responder.