Capítulo 1. El prisionero sin nombre #2
Étienne sintió que algo cambiaba en el tono de la conversación. No era mucho, apenas una diferencia de énfasis, pero bastaba para comprender que el asunto no era tan sencillo como había supuesto al leer la orden.
—¿Dónde encontraron el cuerpo?
—En una de las celdas inferiores.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Había otros prisioneros cerca?
—Dos celdas ocupadas en el mismo corredor.
—¿Han declarado haberlo visto?
Dufour negó con la cabeza.
—Dicen que no saben quién era.
Étienne sacó una pequeña libreta del bolsillo.
—¿Cuándo fue encontrado?
—Poco después de las cuatro.
—¿Quién lo encontró?
—Un guardia.
—¿Y nadie oyó nada?
Dufour lo miró con cierta dureza.
—Mercier, le han pedido que identifique un cadáver, no que investigue un asesinato.
Étienne sostuvo su mirada durante unos segundos. Después guardó la libreta.
—Entonces espero que la muerte haya sido sencilla.
Dufour no sonrió.
—En esta ciudad ya no hay muertes sencillas.
La frase quedó suspendida entre ambos mientras atravesaban otro corredor.
Étienne la recordó más tarde, cuando ya no podía dejar de pensar en ella, pero en aquel momento intentó considerarla una simple muestra del cansancio de un hombre acostumbrado a custodiar prisioneros.
Sin embargo, había algo en la manera en que Dufour había evitado mirarlo después de pronunciarla que le produjo una inquietud creciente.
El jefe de vigilancia abrió una puerta baja y le indicó que entrara.
La habitación era pequeña y carecía de ventanas. Había una mesa de madera, dos sillas, un cubo de agua y varias lámparas colocadas sobre soportes de hierro. En el centro se encontraba el cadáver.
Étienne se detuvo en el umbral. Durante unos segundos no hizo nada.
Había visto muertos antes. Su trabajo lo había obligado a familiarizarse con la muerte mucho más de lo que habría deseado.
Había acompañado a funcionarios en inspecciones, había certificado identidades y había registrado nombres de hombres ejecutados después de procesos que apenas había tenido tiempo de leer.
Sabía que el primer contacto con un cadáver era siempre engañoso.
La muerte inmovilizaba el rostro y parecía borrar aquello que en vida permitía reconocer a una persona: el movimiento de los ojos, la expresión de la boca, la tensión de los músculos, la forma de respirar.
Pero aquel hombre presentaba algo diferente.
El rostro estaba prácticamente irreconocible.
La piel de la cara había sufrido lesiones graves.
Una parte de la mejilla estaba oscurecida y el contorno de la mandíbula aparecía deformado.
El cabello, todavía húmedo, se pegaba a la frente.
Había sangre seca alrededor de la sien y una marca violácea descendía hacia el cuello.
No era posible determinar a primera vista si aquellas heridas habían sido causadas antes o después de la muerte.
El resto del cuerpo estaba vestido con prendas de buena calidad, aunque cubiertas de suciedad.
No llevaba uniforme de preso. Tampoco mostraba signos evidentes de pertenecer a un hombre pobre.
Las botas eran resistentes, el tejido del abrigo había sido caro y la camisa, aunque deteriorada, estaba confeccionada con una tela demasiado fina para un prisionero común.
Étienne se acercó lentamente.
—¿Eso es todo?
Dufour señaló una pequeña mesa.
—Lo encontramos allí.
Sobre ella había un conjunto de objetos: una hebilla, una navaja pequeña, unas monedas, un pañuelo, un botón suelto y una llave cuya cerradura nadie había logrado localizar.
No había cartas. No había documentos. No había medallones con retratos, ni anillos con iniciales, ni papeles escondidos en los bolsillos.
Nada que pudiera proporcionar un nombre.
Étienne comenzó a examinar las prendas.
—¿Quién registró el cuerpo?
—Dos guardias.
—¿Y no encontraron nada más?
—Nada.
—¿Está seguro?
Dufour lo miró.
—Estoy seguro de lo que me han informado.
Étienne levantó los ojos.
—No es exactamente lo mismo.
Durante un instante creyó que el jefe de vigilancia iba a responder con enfado, pero Dufour simplemente se apartó.
—Tiene una hora.
—¿Una hora para identificarlo?
—Una hora para decirme si puede hacerlo.
—¿Y si no puedo?
Dufour se detuvo junto a la puerta.
—Entonces escribirá que no puede.
—¿Y después?
El hombre volvió la cabeza.
—Después, alguien decidirá qué hacer con él.
La puerta se cerró. Étienne quedó solo con el muerto.
Durante un rato únicamente escuchó el ruido lejano de la prisión.
Pasos que se acercaban y se alejaban, una voz que gritaba desde algún corredor, el golpe de una puerta, el murmullo de dos hombres hablando detrás de un muro.
Aquellos sonidos parecían pertenecer a otra realidad.
Dentro de aquella habitación el tiempo se había detenido alrededor de un cuerpo que nadie podía nombrar.
Étienne se acercó de nuevo y observó el rostro deformado con una atención minuciosa.
No buscaba únicamente una característica física.
Buscaba una pista, cualquier detalle que permitiera reconstruir la identidad del hombre: la forma de las manos, las uñas, una cicatriz antigua, la dentadura, el corte de la ropa, el modo en que estaban cosidos los botones.
Había aprendido que las personas dejaban señales involuntarias en aquello que llevaban consigo.
Un hombre podía perder su nombre y conservar, sin saberlo, la historia de su origen en la calidad de sus zapatos o en la manera de coser una manga.
Las manos le llamaron la atención. Eran manos cuidadas, aunque no delicadas.
Los dedos presentaban pequeñas marcas que podían proceder de trabajos manuales, pero las uñas estaban limpias.
No parecía un aristócrata acostumbrado a no hacer nada con sus manos, pero tampoco un trabajador de oficio pesado.
En el dedo anular de la mano izquierda había una marca más clara en la piel, como si hubiera llevado durante años un anillo que recientemente había sido retirado.
Étienne pasó el pulgar cerca de aquella señal sin tocarla.