El rey sin rostro Capítulo 1. El prisionero sin nombre
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El rey sin rostro

El rey sin rostro

Por Ines de Aranda

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Capítulo 1. El prisionero sin nombre

La ciudad había aprendido a convivir con la muerte de una manera que habría resultado inconcebible pocos años atrás.

Ya no era un acontecimiento excepcional que obligara a detenerse, guardar silencio o cerrar las ventanas.

La muerte formaba parte del paisaje cotidiano, igual que el barro acumulado en las calles, el humo de las chimeneas o los pregones que se mezclaban desde primera hora de la mañana con el ruido de los carros.

En determinados barrios, las conversaciones comenzaban hablando de harina, de carbón o de los precios del pan y terminaban hablando de detenciones, de denuncias, de tribunales y de hombres que habían desaparecido durante la noche.

Las palabras ciudadano , traidor , enemigo de la República y sospechoso habían adquirido un peso nuevo, una gravedad que podía decidir el destino de un hombre con la misma facilidad con que una firma podía condenarlo.

París vivía bajo la vigilancia de sí misma.

Cada vecino observaba al vecino, cada comerciante medía cuidadosamente sus palabras y cada funcionario sabía que un documento mal redactado podía ser interpretado como una forma de complicidad.

La Revolución había prometido destruir los privilegios del antiguo mundo, pero también había creado una nueva jerarquía invisible en la que la proximidad al poder, la capacidad de denunciar y hasta la forma de pronunciar determinadas palabras podían significar la diferencia entre continuar viviendo o terminar en una carreta camino del cadalso.

Étienne Mercier conocía aquella ciudad desde antes de que aprendiera a llamarse revolucionaria.

Tenía treinta y siete años y el rostro estrecho de un hombre que había pasado demasiado tiempo inclinado sobre papeles y demasiado poco bajo el sol.

Era de estatura mediana, delgado sin llegar a ser frágil, y llevaba siempre el cabello oscuro recogido en la nuca, según una costumbre que conservaba de los años anteriores a la caída de la monarquía.

Su ropa era sobria y cuidadosamente mantenida, no por elegancia sino porque había aprendido que, en tiempos de sospecha, llamar demasiado la atención podía resultar tan peligroso como parecer descuidado.

Había trabajado durante años en oficinas administrativas y conocía la disciplina silenciosa de los archivos, la paciencia necesaria para comparar fechas, nombres y firmas, la importancia de una palabra escrita correctamente y, sobre todo, el valor de aquello que quedaba registrado.

Para Étienne, un documento no era simplemente una hoja de papel.

Era la huella que un hombre dejaba en el mundo cuando ya no podía defenderse.

Por eso le inquietaba profundamente observar cómo, desde hacía meses, los nombres empezaban a desaparecer de los registros con una facilidad que nada tenía que ver con los errores de los funcionarios.

Había aprendido a no formular determinadas preguntas, pero no había aprendido a dejar de advertirlas.

Aquella mañana recibió la orden poco después del amanecer.

El mensajero llegó a la pequeña habitación que utilizaba como oficina cuando la luz apenas comenzaba a filtrarse entre los edificios y dejó sobre la mesa un sobre cerrado con el sello de la administración penitenciaria.

Étienne lo observó durante unos segundos antes de abrirlo.

No era supersticioso, pero había desarrollado una especie de prudencia instintiva ante los documentos oficiales.

En aquellos tiempos, una orden podía parecer insignificante y conducir, unas horas después, hasta una puerta que nadie deseaba cruzar.

Rompió el sello, desplegó el papel y leyó dos veces las pocas líneas que contenía.

Debía acudir a la prisión de la Conciergerie y hacerse cargo de la identificación de un cadáver encontrado durante la madrugada.

El cuerpo pertenecía a un hombre que, según la nota, no llevaba documentación alguna.

La instrucción terminaba con una frase breve que le produjo una incomodidad difícil de explicar: «Deberá establecerse su identidad con carácter urgente».

No decía quién había ordenado la investigación.

No decía por qué aquella muerte requería una atención especial.

Tampoco indicaba el nombre del fallecido, naturalmente. No había nombre que registrar.

Étienne dobló el papel y lo guardó en el interior de su abrigo.

Antes de salir miró por la ventana. París despertaba bajo un cielo bajo y gris, con una humedad que parecía adherirse a las piedras.

En la calle, varias personas caminaban deprisa, envueltas en capas oscuras y paños ásperos.

Un vendedor empujaba un pequeño carro mientras gritaba el precio de unas verduras que nadie parecía dispuesto a comprar.

Más lejos, un grupo de sans-culottes discutía junto a una esquina, y uno de ellos sostenía un periódico abierto con ambas manos mientras señalaba una noticia con el dedo.

Étienne no alcanzaba a escuchar las palabras, pero reconoció el tono.

Ya no era necesario oír una conversación para saber cuándo hablaban de política.

Había una tensión particular en las voces, una manera de mirar alrededor antes de pronunciar ciertos nombres.

El nombre de un hombre poderoso podía convertirse en una acusación si era pronunciado en el lugar equivocado, y una frase aparentemente inocente podía ser recordada semanas después por alguien que quisiera demostrar fidelidad a la República.

Caminó hacia la Île de la Cité siguiendo el curso de unas calles todavía medio vacías.

El Sena aparecía entre los edificios como una superficie de plomo, inmóvil bajo la niebla.

Algunos barcos permanecían amarrados junto a los muelles y sus tripulantes trabajaban en silencio, descargando mercancías mientras los guardias observaban el movimiento de personas y carros.

París conservaba todavía muchas de las formas de la ciudad antigua, pero Étienne tenía la impresión de que todo había adquirido una expresión diferente.

Las iglesias habían perdido campanas, las fachadas lucían inscripciones revolucionarias y las antiguas insignias de la monarquía habían sido arrancadas o cubiertas.

Allí donde antes se hablaba de súbditos y majestades, ahora se hablaba de ciudadanos y República.

Sin embargo, bajo aquella nueva terminología seguían existiendo el miedo, la ambición, la pobreza, el deseo de venganza y la necesidad de sobrevivir.

Étienne había llegado a comprender que las revoluciones podían cambiar las palabras con mucha más rapidez que la naturaleza humana.

Cuando alcanzó la Conciergerie, el día todavía no había terminado de aclarar.

El edificio se levantaba con una severidad que parecía apropiada para aquellos tiempos.

Sus muros gruesos, sus torres y sus corredores de piedra conservaban la autoridad de siglos anteriores, aunque ahora albergaran a hombres y mujeres detenidos en nombre de una República que afirmaba haber roto con el pasado.

El frío penetraba las paredes y convertía el aire interior en algo húmedo y pesado.

Dos guardias custodiaban la entrada principal.

Uno reconoció a Étienne y comprobó rápidamente la orden que llevaba.

El otro permaneció mirándolo con una expresión impasible.

Desde el interior llegaban voces apagadas, pasos, el ruido metálico de una puerta y, de vez en cuando, alguna tos.

La prisión nunca estaba completamente silenciosa.

Incluso durante la madrugada parecía respirar.

—Mercier —dijo el guardia después de leer el documento—. Le están esperando abajo.

Étienne asintió.

—¿Quién?

El hombre levantó los ojos hacia él y tardó un instante en responder.

—El jefe de vigilancia.

Étienne entró. Descendió por una escalera estrecha cuyos peldaños estaban gastados por generaciones de prisioneros, funcionarios y soldados.

La luz procedente de las pequeñas ventanas era insuficiente y varias lámparas de aceite iluminaban los corredores con una claridad amarillenta que hacía más profundas las sombras.

A medida que avanzaba, el olor cambiaba.

Arriba predominaban la humedad y el aire frío de la piedra; abajo aparecían el humo, el sudor, la ropa mojada y ese olor indefinible que adquieren los lugares donde demasiadas personas permanecen encerradas durante demasiado tiempo.

Étienne había estado allí otras veces. Había visto hombres esperar durante horas para comparecer ante un tribunal y mujeres sentadas contra los muros con las manos juntas, como si aquella postura pudiera protegerlas de lo que estaba por venir.

Había aprendido a no mirar demasiado tiempo a los rostros de los presos.

No porque careciera de compasión, sino porque mirar significaba recordar, y recordar podía convertirse en una carga insoportable cuando cada semana desaparecían decenas de personas.

El jefe de vigilancia lo esperaba al final de un corredor.

Se llamaba Laurent Dufour, tenía cerca de cincuenta años y llevaba el uniforme revolucionario con una rigidez casi militar.

Era un hombre ancho de hombros, con barba gris recortada y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda.

Había adquirido durante los últimos años una forma de hablar seca y administrativa, como si hubiera descubierto que la mejor manera de sobrevivir a aquel tiempo consistía en reducir todos los acontecimientos a procedimientos.

Saludó a Étienne con un movimiento breve de cabeza.

—Ha venido rápido.

—La orden decía que era urgente.

Dufour lo observó.

—Lo es.

—¿Quién era?

El jefe de vigilancia no respondió inmediatamente. Miró hacia el corredor, comprobó que nadie se acercaba y después bajó la voz.

—Eso es precisamente lo que debe averiguar.