Capítulo 1. El prisionero sin nombre #3
Después observó el cuello. Había una pequeña cicatriz debajo de la oreja derecha.
La memorizó. Continuó examinando la ropa.
El forro interior del abrigo estaba descosido en una esquina.
Étienne introdujo dos dedos y palpó la tela.
No encontró nada. Después revisó los bolsillos uno por uno.
Vacíos. Incluso habían retirado los restos de hilo y las pequeñas partículas de suciedad que normalmente se acumulaban en ellos.
Aquello le pareció extraño. Un hombre que hubiera sido registrado apresuradamente podía perder una carta, unas monedas o un papel, pero era difícil que desaparecieran hasta las cosas más insignificantes.
Parecía como si alguien hubiera querido asegurarse de que no quedara absolutamente nada.
Étienne se incorporó. Por primera vez sintió que no estaba examinando simplemente a un hombre muerto.
Estaba examinando un vacío. Tomó la libreta y comenzó a escribir.
Edad aproximada: entre treinta y cinco y cuarenta años.
Estatura: aproximadamente un metro setenta y cinco.
Cabello oscuro. Complexión delgada. Cicatriz bajo la oreja derecha.
Antigua marca de anillo en la mano izquierda.
Ropa de calidad superior a la habitual entre los prisioneros.
Sin documentación. Sin identificación. Se detuvo antes de escribir la última palabra. Nombre: desconocido.
La tinta permaneció unos segundos húmeda sobre el papel.
Étienne volvió a mirar el cadáver. Algo no encajaba.
No sabía todavía qué era. Quizá la ropa.
Quizá el cuidado con que habían vaciado los bolsillos.
Quizá la ausencia completa de cualquier objeto personal.
Pero había una diferencia fundamental entre un hombre sin documentos y un hombre al que habían despojado deliberadamente de su identidad.
El primero podía ser simplemente desconocido. El segundo era otra cosa.
Se inclinó sobre la mesa y examinó nuevamente los objetos encontrados.
La hebilla no llevaba iniciales. La navaja tampoco.
Las monedas eran corrientes. El pañuelo había sido lavado muchas veces y no tenía bordados.
El botón parecía proceder de un abrigo militar antiguo, aunque podía haber sido simplemente reutilizado.
La llave era pequeña, de hierro oscuro, con el extremo ligeramente desgastado.
Étienne la tomó entre los dedos y la levantó hacia la luz de la lámpara.
Entonces vio algo. En uno de los lados había una diminuta marca grabada en el metal.
No era una letra. Parecía un símbolo. Étienne acercó la llave a la llama.
La marca era demasiado pequeña para distinguirla con claridad, pero reconoció la forma general: dos líneas curvas unidas en el centro y, debajo, una pequeña corona casi borrada por el desgaste.
Sintió un escalofrío. No porque comprendiera todavía qué significaba, sino porque sabía que no debería estar allí.
Guardó la llave en la palma de la mano y volvió a mirar la puerta por la que había salido Dufour.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, escuchando.
Nadie parecía acercarse. Después escondió la llave dentro de su propia libreta.
Fue un gesto pequeño, casi insignificante, pero en la Francia de 1793 conservar algo que no figuraba en un registro oficial podía ser mucho más peligroso que poseer un arma.
Cuando Dufour regresó, Étienne había terminado.
—¿Y bien?
Étienne cerró la libreta.
—Todavía no puedo identificarlo.
—¿Alguna posibilidad?
—Sí.
—¿Cuál?
Étienne miró una última vez al hombre tendido sobre la mesa.
—Que alguien se haya esforzado mucho para que no pudiéramos hacerlo.
Dufour permaneció callado.
Por primera vez desde que habían comenzado a hablar, su rostro perdió aquella expresión administrativa y mostró algo parecido al miedo. Fue apenas un instante. Después volvió a endurecerse.
—Escriba que no ha podido identificarlo.
Étienne asintió.
—Lo haré.
Dufour abrió la puerta.
—Y Mercier.
Étienne se volvió.
—No vuelva a mencionar esto fuera de aquí.
—¿La identificación?
—El cadáver.
La puerta volvió a cerrarse. Étienne permaneció inmóvil durante unos segundos.
Después abrió la libreta y miró la pequeña llave escondida entre las páginas.
El símbolo de la corona apenas podía distinguirse bajo la luz temblorosa de la lámpara, pero era suficiente para despertar una pregunta que no figuraba en ninguna orden oficial y que, sin embargo, comenzaba a imponerse sobre todas las demás.
¿Quién era aquel hombre al que alguien había considerado necesario borrar antes incluso de que muriera?
Fuera de la habitación, la prisión continuaba respirando.
En algún lugar de los corredores alguien lloraba en silencio.
Más lejos, un guardia daba una orden y el sonido de unos pasos se alejaba lentamente.
París seguía viviendo, comerciando, denunciando, encarcelando y esperando.
Sobre la ciudad se extendía una época en la que los nombres podían convertirse en sentencias y los documentos podían ser armas.
Étienne todavía no sabía que aquel cadáver iba a conducirlo hasta una historia enterrada durante años bajo capas de miedo, mentira y sangre.
Solo sabía que había encontrado a un hombre sin nombre y que, por alguna razón que todavía no comprendía, alguien había querido asegurarse de que tampoco tuviera rostro.
Y mientras cerraba la libreta y guardaba la llave junto al pecho, tuvo la primera certeza de que el muerto no era la parte más peligrosa de aquella historia.
Lo verdaderamente peligroso era descubrir quién había decidido que aquel hombre debía desaparecer.