El Rey sin Corona (Deveran 1) Capítulo 43
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Capítulo 43

Vivienne y yo hemos desarrollado una amistad que ninguna de las dos nombraría así, porque nombrarla la volvería frágil, y las dos preferimos las cosas resistentes.

Empezó como una alianza de trabajo y se ha convertido en otra cosa para la que no tengo etiqueta: dos mujeres que se reconocen, que han llegado a la misma clase de blindaje por caminos distintos y que, por eso, no necesitan explicarse nada.

Esta tarde estamos en la casa de los muelles, esperando a Marcus, que ha salido a no sé qué del negocio, con el Almirante repartido entre las dos faldas y una botella del buen coñac que Marcus guarda para las visitas que importan.

Hablamos de todo y de nada, con esa facilidad que solo existe entre personas que no se tienen miedo.

Es raro, para las dos. Ninguna ha tenido amigas de verdad; las mujeres como nosotras no se las permiten, porque una amiga es alguien que te ve, y dejarse ver es lo que las dos llevamos la vida entera evitando.

Vivienne tuvo a Marcus y nada más. Yo tuve mi red de contactos, que no es lo mismo: una red se usa, no se quiere.

Y de pronto, sin habérnoslo propuesto, nos tenemos la una a la otra, dos mujeres que no necesitan fingir entereza delante de la única persona del mundo que ya sabe lo que cuesta sostenerla.

No lo decimos. Decirlo lo estropearía. Solo nos servimos coñac.

Y entonces Vivienne, que nunca pregunta lo que no ha decidido preguntar, deja la copa y me mira de frente.

—¿Te vas a quedar?

No finjo que no entiendo. Con ella sería una pérdida de tiempo, y además una grosería.

—No sé del todo qué me estás preguntando —respondo, que es distinto de fingir.

—Sí lo sabes. —Acaricia al perro sin apartar los ojos de mí—.

Te pregunto si te vas a quedar. Con él. Con esto.

Con la familia rara que se nos ha formado sin que nadie lo planeara.

Mi hermano va a pedírtelo, Isolde; no sé cuándo, porque es más cobarde para esto que para cualquier otra cosa de su vida, aunque va a hacerlo.

Y antes de que lo haga, quiero saber qué vas a contestar, porque si vas a romperle el corazón, prefiero ir preparándome para recogerlo.

Llevo años recogiéndoselo. Conozco el procedimiento.

Me tomo un momento. Le debo a esta mujer una respuesta verdadera, no una de mis frases.

—Llevo cinco años —digo despacio— construyendo una vida en la que no necesitara a nadie.

La construí a propósito, después de Mordaunt, como tu hermano construyó su muro después de Wapping.

Decidí que necesitar a alguien era la grieta por donde entra el daño, y me blindé.

Y se me daba bien, Vivienne. Era infeliz de una manera muy ordenada, muy segura, muy mía.

Sabía bien quién era y qué esperar de cada día, porque no esperaba nada de nadie.

Quedarme con Marcus significa renunciar a todo eso.

Significa volver a depender, volver a poder perder, volver a estar a merced de algo que no controlo. Es justo lo que juré no volver a hacer.

—Eso suena mucho a un no.

—No he terminado. —La miro—. Significa todo eso, y voy a hacerlo igual.

Porque he descubierto, contra mi voluntad y a mi pesar, que la vida ordenada y segura que me construí no era una vida.

Era una sala de espera muy bien decorada.

Llevaba cinco años esperando, sin saber a qué, convencida de que la quietud era paz cuando era solo anestesia.

Resulta que esperaba a esto: a una cocina con ruido, a un hombre que me trae agua en vez de sermones, a una familia que nadie eligió.

Sí, Vivienne. Me quedo. Me da un miedo atroz, y me quedo.

Puedes guardar el procedimiento de recoger corazones. Este no pienso romperlo.

Lo digo y me tiembla algo por dentro al decirlo, porque pronunciarlo en voz alta lo vuelve real de una manera que pensarlo no lograba.

Llevo años creyéndome más fuerte por no necesitar a nadie, y hace falta más valor del que imaginaba para admitir lo contrario: que la fortaleza de verdad no es blindarse, es elegir a quién dejas entrar sabiendo lo que arriesgas.

Cualquiera puede cerrarse. Eso es fácil, lo he hecho cinco años.

Lo difícil es abrirse a propósito, con los ojos abiertos, conociendo el precio exacto de que salga mal, y abrirse igual.

Eso es lo que voy a hacer. Y por primera vez en mucho tiempo no me parece una rendición.

Me parece la decisión más mía que he tomado jamás.

Vivienne me sostiene la mirada un largo rato, y luego hace algo que no le había visto hacer nunca: sonríe sin reservas, sin ironía, sin un solo doblez, una sonrisa entera de mujer que acaba de dejar en el suelo un peso que llevaba mucho cargando.

—Bien —dice, y la voz le sale más ronca de lo que pretende—.

Porque te quiero en esta familia, y no lo digo a la ligera, que yo no quiero a casi nadie.

Me has devuelto a mi hermano. El hombre que entra ahora por esa puerta no es el que era hace seis meses.

Aquel se estaba muriendo de a poco dentro de su propio muro y ninguno de los dos lo veíamos, porque cuando vives dentro del muro dejas de notar que es un muro; lo confundes con el horizonte.

Hizo falta alguien de fuera para verlo. Tú lo viste.

Tú entraste. Te debo eso, y yo las deudas las pago.

—No me debes nada. —Le sirvo más coñac—. Aunque, ya que estamos confesándonos a la luz del buen coñac de tu hermano, te voy a hacer yo una pregunta, y vas a contestarla con la misma honestidad con que te he contestado yo.

—Inténtalo.

—El Conde de Casworth. —Lo dejo caer sin más aviso, y disfruto del medio segundo en que se le tensa la mandíbula—.

James Aldric. El idiota inofensivo que entró a tu almacén en guerra preguntando por un manuscrito y al que mandaste a Spitalfields con la dirección que te sabías de memoria. ¿Tú te vas a quedar?

—Eso es distinto —responde demasiado rápido, que es justo como respondo yo cuando algo no es distinto en absoluto.

—No es distinto en absoluto: es lo mismo en otra cara.

—Me inclino hacia ella—. Te he visto, Vivienne.

En la cena. Mirando hacia la puerta dos veces sin que llamara nadie.

Sé lo que es eso, porque lo hice yo durante semanas con tu hermano antes de admitirlo.

Es la cabeza buscando, sin permiso, a alguien que no está.

Así que te lo pregunto a ti como tú me lo has preguntado a mí, sin escapatoria: ese conde despistado que colecciona libros viejos y no conoce el miedo, ¿te vas a quedar con eso cuando llegue, o vas a hacer lo que llevas toda la vida haciendo, que es no necesitar a nadie?

Vivienne se queda callada más tiempo del que la he visto callarse nunca. Acaricia al perro. Mira el río por la ventana. Y cuando contesta, lo hace con una honestidad que solo se permite porque sabe que de mí no va a salir de esta habitación.

—No lo sé —dice—. Es demasiado pronto. Apenas lo he visto una vez, y fue ridículo, y lo más probable es que no vuelva a cruzármelo en la vida, y si me lo cruzo será para descubrir que es tan idiota como pareció.

—Esa no es una respuesta. Es una huida con muchas palabras.

—Lo sé. —Y entonces, por fin, lo dice, muy bajo, mirando el río y no a mí, igual que su hermano dice las cosas que importan—.

No lo sé, Isolde. No sé si me quedaría. Lo único que sé es que, cuando salió por aquella puerta, me quedé pensando en él más rato del que pienso en nadie, y que no me ha pasado en diez años.

Es absurdo. No lo conozco. Sé tres cosas de él: que le importan los libros viejos más que su propia seguridad, que no sabe tener miedo, y que me corrigió la geografía de un manuscrito en mitad de una guerra como si la guerra fuera un detalle menor comparado con la imprecisión bibliográfica.

Tres cosas. Y con tres cosas no se construye nada, lo sé mejor que nadie.

Y sin embargo llevo semanas reconstruyéndolas, esas tres cosas, una y otra vez, como quien le da vueltas a un acertijo que no le han pedido que resuelva.

Así que no, no es un sí. —Una pausa—. Y, sin embargo, tampoco es un no.

Y para mí, que llevo una década contestando que no a todo sin pensarlo, que no sea un no, ya es la cosa más grande que me ha pasado en mucho tiempo.

No insisto. Sé reconocer una puerta entreabierta cuando la veo, y sé que forzarla la cerraría.

La dejo así, entreabierta, con un conde despistado al otro lado que todavía no tiene la menor idea de la suerte que va a tener.

Algún día, cuando vuelva a cruzarse en su camino —porque va a volver a cruzarse, lo presiento con la misma certeza con que preví la caída de Threnholm—, Vivienne tendrá que decidir si cruza ella también esa puerta.

No estaré yo para empujarla. Tendrá que hacerlo sola, como lo hice yo.

Y algo me dice que, llegado el momento, esta mujer que no quiere a casi nadie va a querer con una ferocidad que dejará a ese pobre conde sin entender qué le ha pasado.

Marcus entra justo entonces, trayendo el frío del río y esa mirada que pone al encontrarnos a las dos juntas, como si todavía no se creyera del todo que su casa tenga ahora gente dentro. Nos mira, mira las copas, mira al perro repartido entre nuestras faldas.

—¿De qué habláis? —pregunta, con la cautela del hombre que intuye que el tema era él.

—De ti no —mentimos las dos a la vez, con tal sincronía que se nos escapa la risa.

Y es esa risa compartida, más que cualquier promesa, lo que le contesta a Marcus la pregunta que lleva semanas sin atreverse a hacer.

Lo veo entenderlo en su cara: que las dos mujeres más blindadas de Londres están sentadas en su cocina, riéndose a su costa, con su coñac y su perro, como si llevaran toda la vida haciéndolo.

Que la casa que durante diez años solo tuvo su silencio tiene ahora dos voces que conspiran.

Que se ha quedado, sin pelear una sola batalla por ello, con lo único que el dinero y el miedo no podían comprarle: una mesa donde lo esperan.

No le decimos nada de lo que hemos hablado. No hace falta. Algunas respuestas se dan riéndose, y esta, la que lleva semanas temiendo, acaba de recibirla en el único idioma que no admite mentira.