El Rey sin Corona (Deveran 1) Capítulo 42
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Capítulo 42

Resulta que la paz, cuando por fin llega, no se parece nada a lo que uno imagina mientras la pelea, y a mí me cuesta más que la guerra.

Lo había imaginado distinto. Durante años, en las noches malas, me prometía un futuro en el que ya no hubiera que vigilar, en el que pudiera dormir sin un ojo abierto, en el que el reino estuviera tan asentado que nadie se atreviera a tocarlo.

Me imaginaba que ese futuro sería un descanso.

No me avisó nadie de que el descanso, para quien no ha descansado jamás, se parece bastante al vacío; de que un hombre que solo ha sabido estar en guardia no encuentra alivio cuando le quitan la guardia, sino un agujero con la forma exacta de la tensión que ya no tiene dónde poner.

Llevo diez años deseando esto sin saber que lo deseaba: un Londres sin nadie al otro lado del tablero.

Greave acabado, Threnholm desaparecido, los muelles tranquilos, el dinero entrando como debe, los hombres haciendo su trabajo sin que nadie intente comprarlos ni rajarles la imprenta.

Por primera vez en una década, no tengo una sola crisis sobre la mesa.

Debería ser el mejor verano de mi vida. Y me paso los primeros días dando vueltas por la casa de los muelles como un perro al que le han quitado la cadena y descubre, con espanto, que no sabe qué hacer con tanto patio.

He matado el tiempo de mil maneras esta semana, todas inútiles.

He revisado cuentas que ya cuadraban. He visitado a la viuda de Bowen, que está bien dentro de lo que cabe y que me sirvió un té que no supe cómo agradecer.

Le he buscado un nombre mejor al Almirante, sin éxito, porque el muy ingrato solo responde al espantoso.

He cocinado para uno y me ha sabido a poco, ahora que sé a qué sabe cocinar para cinco.

Y en algún momento de cada uno de esos días vacíos me he sorprendido tensándome ante un ruido cualquiera, esperando la mala noticia que no llega, porque el cuerpo aún no se cree que ya no haya guerra y monta guardia por costumbre, como un soldado al que han firmado la paz sin avisarle.

Un hombre se construye contra algo. Es la verdad incómoda que descubro estas semanas tranquilas.

Llevo media vida definiéndome por oposición: contra el hambre, primero; contra el sistema que nos enterró; contra cada rival que quiso quitarme lo que había levantado.

Saber quién soy ha sido siempre fácil, porque me bastaba con mirar quién tenía enfrente y ser lo contrario, o ser peor.

Quítale el enemigo a un hombre así y le quitas la mitad del mapa con el que se orientaba.

Me despierto algunas mañanas sin saber del todo para qué me levanto, ahora que nadie viene a por mí.

—Estás insoportable —me informa Vivienne una tarde, encontrándome reordenando por tercera vez un almacén que no necesita reordenarse—.

Llevas dos semanas buscando un incendio que apagar y, como no lo hay, te dedicas a mover cajas.

Da gusto verte. Pareces nuestra madre cuando no tenía con qué preocuparse y se inventaba goteras.

—No me estoy inventando nada. Estoy ocupándome del negocio.

—El negocio funciona solo, hermano, y lo sabes.

Ese es justo tu problema. —Se apoya en una caja, con esa sonrisa que reserva para cuando va a decirme algo que no quiero oír—.

Has ganado. De verdad, del todo, para variar.

Y un hombre que ha ganado tiene dos opciones: aprender a vivir en la paz que ha conquistado, o buscarse otra guerra para no tener que aprenderlo.

Tú estás coqueteando con la segunda. Lo veo en cómo miras hacia los mercados del este, calculando quién podría ser el próximo Greave.

No lo hagas. No te inventes un enemigo solo porque no sabes vivir sin uno.

—Hablas como si tú lo tuvieras resuelto —replico—. Tú también te construiste contra lo mismo que yo. Tú también llevas diez años sin bajar la guardia. No me vengas de maestra de la paz cuando duermes con un cuchillo bajo la almohada.

—Duermo con dos. —Lo dice sin pestañear—.

La diferencia, hermano, es que yo sé que es una costumbre, no una necesidad, y tú todavía las confundes.

Yo me construí contra lo mismo que tú, cierto.

Solo que nunca me creí del todo el muro.

Siempre supe que era un disfraz para sobrevivir, no la persona que soy.

Tú te lo creíste. Te volviste el muro. Por eso a ti te cuesta más bajarlo: porque no sabes si, una vez quitado, queda alguien debajo.

—¿Y queda?

—Estamos a punto de averiguarlo los dos. —Me mira con una ternura rara en ella—. Yo apuesto a que sí. Apuesto fuerte, de hecho. Llevo apostando por el hombre que hay debajo de tu muro desde que tenías diez años y me tapabas del frío. No me ha fallado todavía.

Tiene razón, y la rabia con que recibo que la tenga me confirma cuánta. Llevo días, sin admitirlo, midiendo el este de Londres con el viejo instinto, buscando la próxima amenaza, el próximo mapa que dibujar. No porque la haya. Porque sin ella no sé estar.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer? —pregunto, y suena más perdido de lo que pretendo.

—Vivir, supongo. —Vivienne se encoge de hombros, como si fuera obvio, que para ella debe de serlo—.

La parte difícil, la que ninguno de los dos aprendió en aquel callejón.

Construimos todo esto para estar a salvo, Marcus.

Pues ya lo estamos. Llevamos tanto tiempo protegiéndonos que se nos ha olvidado que protegerse no era el fin.

Era solo el medio. El fin era poder vivir sin miedo algún día.

Ese día ha llegado. Da casi vértigo, ¿verdad?

Resulta que lo que nos daba sentido era la amenaza, y ahora que no la hay tenemos que buscarle un sentido nuevo a todo. Yo ya le estoy buscando el mío.

—¿Ah, sí? —Levanto la vista de la caja—. ¿Y cuál es?

—Asuntos míos. —Y por la forma en que lo dice, demasiado rápida, demasiado cerrada, sé que su asunto tiene que ver con cierto conde despistado que anda por Spitalfields, aunque no pienso decírselo, porque hay precipicios a los que cada cual se asoma a su ritmo, y al de mi hermana le falta todavía un empujón que no me corresponde dar.

Se va, y me deja con el almacén ordenado y la pregunta puesta donde no puedo seguir esquivándola.

Lord Cedric se presenta en los muelles dos días después, lo cual es, en sí mismo, una pequeña revolución: un par de Inglaterra paseándose por Wapping con su bastón y su sombrero, saludando a los estibadores como si fueran socios de su club.

Viene, dice, «a ver el negocio», aunque los dos sabemos que viene a otra cosa.

—Bonito río —comenta, apoyado en la baranda a mi lado—. Sucio, con carácter. Como casi todo lo que vale la pena.

—¿Qué quiere, Cedric?

—Directo. Me gusta. —Da un golpecito en el suelo con el bastón—.

Quiero saber a qué espera, Deveran. Greave ha caído, la ciudad es suya, mi hija lleva semanas sonriéndole a notas sin firma y bajando a abrirle la puerta a deshoras, cosa que finjo no saber por el bien de mi digestión.

Y usted, que ha desmantelado un imperio criminal sin despeinarse, anda dando vueltas como un colegial.

Le hablo de hombre a hombre, ya que la otra noche se le escapó pedirme la mano de mi hija sin querer: ¿a qué espera para pedírmela queriendo?

—A saber cómo se hace —admito.

—Nadie sabe cómo se hace. —Se ríe—. Esa es la trampa.

Se hace sin saber. Yo le pedí a la madre de Isolde que se casara conmigo tartamudeando como un pasmarote y tirándole encima una copa de jerez sin querer.

Treinta y un años después, aquí seguimos.

La elegancia, para esto, está sobrevalorada. Lo que cuenta es presentarse.

Porque sé cuál es mi sentido nuevo. Lo sé hace semanas.

Lo supe la noche que me planté ante la puerta de los Ellerby con cinco palabras atascadas y no llamé.

No es ganar otra guerra, ni ampliar el reino, ni encontrar al próximo Greave.

Es algo mucho más sencillo y mucho más aterrador: es esa mujer de Mayfair que me trajo un vaso de agua en mi peor noche, que me salvó del patíbulo con mis propias armas, que ha convertido mi cocina silenciosa en un sitio con ruido.

El sentido nuevo se llama Isolde, y lleva nombre desde hace meses, y yo, que negocio con magistrados y desmantelo imperios, sigo sin atreverme a decírselo.

No es solo cobardía. En mi mundo, decir lo que sientes cuesta caro: cada vez que un hombre confiesa lo que quiere, le enseña al adversario dónde golpearle.

Llevo treinta y cuatro años sin enseñarle a nadie dónde me duele, y ahora resulta que la única forma de tener lo único que quiero es justo esa: ponerme delante de ella y enseñarle el punto exacto por donde podría destrozarme, y confiar en que no lo haga.

Greave nombró ese miedo en un almacén a oscuras: tener algo que perder.

Tenía razón. Por primera vez en mi vida tengo algo que perder, y la cosa más valiente que voy a hacer jamás no es enfrentarme a otro Greave.

Es decirle a una mujer, sin red, que no quiero seguir viviendo en una casa sin ruido.

Paso esa tarde con el Almirante a los pies, mirando el río, haciendo lo que no he hecho en diez años: nada.

Sin un plan. Sin una amenaza que prever.

Solo un hombre, un perro feo y un río que ya no tiene quien se lo dispute, aprendiendo, despacio y a regañadientes, que la paz no es el premio que te dan al final de la guerra.

Es otra cosa más difícil. Es lo que tienes que aprender a habitar cuando ya no queda nadie a quien temer, y descubres que el último enemigo que te queda, el más terco, eres tú y tu costumbre de pelear.

He pasado la vida creyendo que la fuerza consistía en no necesitar nada ni a nadie, en bastarme, en no tener flancos.

Y descubro, al final de todas mis guerras, que esa clase de fuerza es también una clase de cárcel: la del hombre tan blindado que ya no le entra nada, ni el daño ni lo otro.

Isolde abrió una grieta en ese blindaje sin pedir permiso, y por esa grieta ha entrado todo lo que durante diez años me prohibí: una hermana recuperada, una mesa con ruido, un viejo lord que me llama de su lado, un perro espantoso que ronca a mis pies.

Y la propia Isolde, que es la grieta y lo que entró por ella a la vez.

Resulta que el reino más difícil de conquistar no era el este de Londres.

Era este otro: el de aprender a querer algo tanto como para arriesgarme a perderlo.

El río corre. El perro ronca. Y yo, por primera vez en mi vida, no tengo nada que hacer salvo decidir qué clase de hombre quiero ser ahora que nadie me obliga a ser ninguno.

Sospecho que la respuesta empieza llamando, de una vez, a una puerta de Mayfair.