Capítulo 44
He negociado con magistrados, he desmantelado imperios, he mirado a la horca de frente sin que me temblara la voz, y resulta que cinco palabras dirigidas a una mujer de Mayfair pueden conmigo donde no pudo ninguna de esas cosas.
Las cinco palabras son sencillas. Las sé desde hace semanas.
No son ninguna fórmula complicada ni ningún juramento de poeta: son cinco palabras que cualquier hombre con menos miedo que yo diría sin pestañear.
Las escribí en un papel para verlas fuera de mi cabeza, por si así perdían el poder de paralizarme.
No lo perdieron. Las miré, en mi propia letra, y me dio el mismo vértigo que asomarse a un precipicio: la certeza de que un paso más y ya no hay vuelta atrás.
Lo planteo como lo planteo todo: como una operación.
Si he aprendido algo en diez años es que ningún asunto importante se improvisa, así que la declaración tampoco.
La preparo. Estudio el terreno. Elijo el escenario, calculo el momento, preveo las contingencias.
Lo monto con el mismo rigor con que monté la caída de Greave, convencido de que, si lo planifico bastante bien, podré pronunciar las cinco palabras sin morirme en el intento.
La primera vez, el escenario lo elijo yo: la casa de los muelles, la cena cocinada por mí, el fuego, el momento perfecto.
Lo tengo todo dispuesto. Y cuando llega el instante exacto, cuando Isolde me mira por encima de la copa con esa media sonrisa suya, abro la boca para decirlo y lo que sale es una pregunta sobre si quiere más vino.
Más vino. Diez años de elocuencia y mi cuerpo, en el momento decisivo, decide hablar de la bebida.
Isolde, que lo nota todo, levanta una ceja, se sirve ella misma el vino que le he ofrecido en lugar del juramento, y comenta, con una inocencia que no engaña a nadie, que el cordero está delicioso.
Sabe que iba a decir otra cosa. Por supuesto que lo sabe.
Y tiene la elegancia de no señalarlo, lo cual, lejos de ayudarme, me deja aún más en evidencia: hasta mi fracaso lo lleva ella mejor que yo.
La segunda vez, lo intento en un paseo por la orilla del río, un atardecer, todo dispuesto para que sea memorable.
Llego hasta «Isolde, hay algo que llevo tiempo queriendo...
» y entonces el Almirante, que nos acompaña, decide revolcarse en algo muerto que ha encontrado en el fango, y el resto de la tarde se va en evitar que el perro nos abrace a los dos con su nueva fragancia.
El momento memorable se vuelve memorable por motivos equivocados.
La tercera vez ni siquiera llego a empezar.
Me quedo mirándola, con las cinco palabras formadas en el pecho, listas, y descubro que el miedo no es a que diga que no.
El miedo es a decirlas. Porque mientras no las diga, sigo a salvo en la posición que conozco, la del hombre que no ha enseñado su flanco.
Y en cuanto las pronuncie, habré hecho lo que juré no hacer jamás: poner en manos de otra persona el poder de destrozarme con una sola respuesta.
Mi cuerpo, que lleva treinta y cuatro años entrenado para no exponer nunca el cuello, se niega en redondo a exponerlo ahora, aunque mi cabeza sepa que es justo lo que quiero hacer.
Lo entiendo, con la razón. Sé que Isolde no va a usar mi confesión contra mí, que no es Mordaunt, que no es Greave, que es justo la persona que me devolvió un vaso de agua en mi peor noche sin pedir nada a cambio.
Lo sé con la cabeza. El problema es que el miedo no vive en la cabeza.
Vive más abajo, en algún sitio antiguo que se formó en un callejón de Wapping y que no atiende a razones; un sitio que aprendió, cuando yo tenía diez años, que mostrar lo que quieres es enseñarle al mundo qué quitarte.
Ese sitio no ha recibido la noticia de que la guerra terminó.
Sigue de guardia. Y monta esa guardia contra la única persona a la que querría dejar pasar.
Es Vivienne quien me encuentra, la cuarta tarde, ensayando.
Porque he caído tan bajo que ensayo. En voz alta.
Ante el perro, que es el único público que no me juzga, tumbado panza arriba mientras yo, de pie en mi propia cocina, le explico a un chucho por qué debería casarse conmigo.
Cuando levanto la vista y veo a mi hermana en la puerta, con una ceja levantada y un regocijo que no se molesta en disimular, considero muy en serio la posibilidad de tirarme yo mismo al río.
—No —digo—. No has visto nada. No estaba haciendo nada.
—Le estabas declarando tu amor al Almirante. —Vivienne entra, se sirve sin permiso—. Que conste que el perro parecía conmovido. Yo, en tu lugar, me lo pensaría: él al menos no va a decirte que no, y comparte tu gusto por revolcarse en cosas muertas.
—El perro no cuenta —objeto, con toda la dignidad que me queda, que no es mucha.
—El perro es el único ensayo sincero que vas a tener, así que trátalo con respeto. —Se acomoda mejor, dispuesta a sacarle a esto todo el jugo—. A ver, enséñame. ¿Qué le estabas diciendo? Repítelo. Quiero juzgar el material con el que trabajamos.
—No pienso repetirlo.
—Marcus. Le has declarado tu amor a un chucho a las cuatro de la tarde. La vergüenza ya la has pasado entera; ahora solo queda aprovecharla. Repítelo.
La miro, calculo mis opciones y descubro que no tengo ninguna que no pase por obedecer, porque mi hermana, cuando huele sangre, no suelta.
Así que, sintiéndome más ridículo que en toda mi vida adulta, le repito al aire la mitad de un discurso que ni al perro convenció.
Vivienne escucha con la concentración de un crítico de teatro en un estreno que sabe que va a poder destrozar.
—Vivienne.
—Es que no me lo puedo creer. —Se sienta, encantada de su tarde—.
El hombre que hizo retirarse a un magistrado de la Corona con tres frases.
El rey sin corona. Reducido a ensayarle un discurso a un perro.
Marcus, esto es lo más humano que te he visto hacer en treinta años. Casi me das ternura. Casi.
—¿Has venido a ayudar o a disfrutar?
—¿No puedo las dos cosas? —Da un sorbo—.
Está bien. Una sola ayuda, y es gratis, así que aprovéchala.
Llevas cuatro intentos planificando esto como una emboscada.
Escenario, momento, contingencias. Y por eso te sale mal, hermano.
Porque lo único que esa mujer no quiere de ti es una operación.
Has planeado la caída de Greave y la declaración con el mismo método, y el problema es que ella no es Greave.
No hay que tomarla. No hay que rendirla.
Solo hay que decirle la verdad, que es lo único que no sabes hacer sin un plan detrás.
Me quedo callado, porque tiene razón y porque la tiene de una manera que me deja sin defensa.
—No sé hacerlo sin plan —admito al fin—. Toda mi vida he hablado para conseguir algo. Cada palabra que he dicho en diez años tenía un objetivo, una jugada detrás. No sé hablar sin estar negociando. Y esto no se puede negociar.
—No. —Vivienne deja la copa, y por una vez no hay burla—.
Esto se regala, sin garantías de que te devuelvan nada.
Da pánico, lo sé. Es justo por eso por lo que vale.
Mira, te lo voy a poner fácil, ya que eres un caso perdido: dile lo que le dirías si supieras que mañana te mueres y solo te quedara una frase.
Sin escenario. Sin momento perfecto. Sin el maldito perro.
Esa frase, la que te saldría si no tuvieras tiempo de planearla, es la verdadera. Dísela esa.
—¿Y si la digo y se ríe? —Es la pregunta de un niño, y me avergüenza hacerla, y la hago igual.
—Entonces te has equivocado de mujer, y mejor saberlo cuanto antes.
—Vivienne se levanta, recoge sus guantes—.
Aunque los dos sabemos que no se va a reír, así que esa pregunta es otra excusa más, la número cuarenta.
Se te están acabando. —En la puerta se vuelve—.
Te lo digo como tu única hermana y como quien más te conoce en el mundo: deja de prepararte para quererla y quiérela.
No es lo mismo. Llevas meses confundiéndolo.
Se va, y me deja con el consejo y con el perro y con cinco palabras que siguen sin querer salir.
Y esa noche, mientras le doy vueltas a lo que me ha dicho, sentado a oscuras con el Almirante roncando, comprendo la dimensión exacta de mi problema.
Vivienne cree que el obstáculo es el método, que basta con quitar el plan.
El plan, sin embargo, solo es el síntoma.
El obstáculo de verdad es más viejo y hondo: que en mi mundo, decir lo que sientes te mata, y mi cuerpo lo sabe antes que mi cabeza, y monta guardia contra mis propias palabras como montaría guardia contra un enemigo.
Llevo treinta y cuatro años protegiéndome de esto exacto.
No se desactiva en una tarde, ni con un buen consejo, ni con todo el coñac de la casa.
Esa misma noche quemo el discurso que había escrito.
Tres páginas. Tres páginas para decir cinco palabras: ese era el tamaño de mi cobardía, medido en papel.
Lo redacté como redacto los planes de una operación, con sus argumentos y sus previsiones, como si a Isolde hubiera que convencerla con razones de que la quiero, cuando lo que ella menos necesita en este mundo es que la convenzan de nada.
Lo echo al fuego de la cocina y miro arder mis tres páginas de excusas, y por un momento creo que con ellas arde también el miedo.
No arde. El miedo no se quema. El miedo solo se atraviesa, y para atravesarlo hay que hacer justo lo que no sé hacer: hablar sin red.
Resulta que la mujer más lista de Londres ya lo ha entendido antes que yo.
Ha visto, con esa puntería suya para lo que la gente no dice, que yo solo no voy a poder.
Que puedo planear mil operaciones y atravesar mil peligros, y que este, el único que de verdad quiero cruzar, lo tengo bloqueado por dentro de una manera que ningún plan resuelve.
Así que hace lo que hace siempre que un problema no se deja por la vía esperada: cambia la vía.
Si yo no soy capaz de ir hacia ella, vendrá ella hacia mí.
Si yo no encuentro las cinco palabras, me las arrancará ella, en su terreno, a su hora, sin darme tiempo a montar ninguna guardia.
Porque, dos noches después, cuando aún sigo sin atreverme, es ella quien viene a buscarme. A medianoche. A los muelles.
Aunque eso ya no es mi historia para contarla. Esa la cuenta ella.