El Rey sin Corona (Deveran 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

Soy una mujer ordenada, así que cuando un problema se me vuelve ingobernable hago lo único sensato que sé hacer: una lista.

La encabezo, en mi cabeza, una mañana de lluvia con la tercera taza de té enfriándose delante.

Cosas que me gustan de Marcus Deveran. La concibo como una herramienta diagnóstica, fría, racional, de esas que sirven para mirar un sentimiento de frente y reducirlo a sus partes hasta que deja de dar miedo.

El plan es enumerarlo todo, verlo pequeño sobre el papel imaginario, y así desactivarlo.

El plan, descubro enseguida, tiene un defecto de origen.

Me gusta que cocine, y que lo haga bien, y que no presuma de ello.

Me gusta que lea de verdad, con notas en los márgenes, discutiendo con autores muertos a los que trata de tú.

Me gusta que tenga el poder de arruinar a media aristocracia de Londres y que elija, día tras día, no usarlo.

Me gusta cómo se queda quieto cuando algo le importa, como si moverse pudiera espantarlo.

Me gusta que no me explique lo que siento, que me deje deducirlo, que me trate como a alguien con cabeza y no como a una flor que hay que regar con discursos.

Me gusta que me trajera un vaso de agua cuando cualquier otro me habría traído un sermón.

Me gusta, Dios me ayude, cómo dice mi nombre cuando cree que no debería.

Me gusta que no me tenga miedo, que es más raro de lo que parece, porque a mí me teme casi todo Londres y se nota en cómo me hablan, midiendo cada palabra por si la guardo para usarla algún día.

Marcus no mide. Me habla como se le habla a un igual, sin red, sabiendo que si me cruza le cruzo, y esa paridad, después de cinco años siendo temida o invisible, se parece tanto al descanso que asusta.

Llevo doce entradas en la lista antes de entender que la herramienta diagnóstica ha fracasado, porque no estoy reduciendo nada: estoy alimentándolo.

Cada cosa que escribo, en vez de empequeñecer el sentimiento, lo confirma.

Y al llegar a la entrada trece, que prefiero ni nombrar, llego también a la conclusión inaceptable, la que llevaba una semana esquivando con la elegancia con que esquivo todo lo que no quiero ver:

Estoy enamorada de un criminal sin título cuya mejor recomendación social es que nadie en Londres se atreve a llevarle la contraria.

Lo escribo así, sin adornos, porque a los hechos hay que mirarlos como son.

Una mujer de mi posición, con cinco generaciones de Ellerby a la espalda, con una red de contactos capaz de hundir condados, se ha ido a enamorar nada menos que del único hombre de la ciudad que no encaja en una sola de las casillas en las que me educaron.

No tiene apellido que presentar. No tiene salón que ofrecer.

Tiene un río, una habitación llena de las deudas ajenas, una hermana que da más miedo que él, y una cicatriz que le parte la ceja y que no explica.

Y yo, que decidí a los veintitrés años no necesitar a nadie, no he encontrado una sola casilla donde meterlo y he tenido que abrir, a regañadientes, una nueva.

Mi madre, que tiene un radar para la felicidad ajena afinado por años de no encontrar la propia, entra en el gabinete sin llamar.

—Estás sonriendo —me acusa, como quien señala una mancha.

—Estaba leyendo, madre.

—Estabas sonriendo a un papel. —Se sienta enfrente, con los ojos entornados de sabueso—. La última vez que te vi sonreír a un papel tenías veintitrés años y lo firmaba Felix Mordaunt. No acabó bien aquello. ¿Quién firma este?

—Nadie. —Y es la verdad, lo cual no me ayuda nada—. No está firmado.

—Peor todavía. —Se lleva la mano al pecho con el dramatismo de una actriz de provincias—. Los que firman son aburridos. Los que no firman son los que rompen corazones. Es ese hombre, ¿verdad? El de los muelles. El que no tiene apellido.

—Tiene apellido, madre. Deveran.

—Eso no es un apellido, niña, eso es una advertencia. —Lo dice, noto, sin la alarma de hace un mes. Lo dice casi con esperanza, que en mi madre es la emoción más peligrosa que existe.

Doblo la lista imaginaria, la guardo donde guardo todo lo que no pienso resolver hoy, y me sorprendo sonriendo a una nota sin remite que llegó esta mañana y que dice, en una letra que ya conozco, solo tres palabras sin firma: «No salgas hoy».

Ni explicación, ni cortesía, ni «por favor».

Tres palabras de un hombre que ha decidido que algo en la calle no es seguro y que no piensa gastar ninguna en adornarlo.

Cualquier otra mujer se ofendería. Yo sonrío a la nota como una idiota, y esa es la prueba trece, la que no quería nombrar.

Soy un hombre práctico, así que cuando un asunto se me descontrola hago lo que haría con cualquier cuenta que no cuadra: la desgloso, partida por partida, hasta encontrar el error.

Me siento a hacerlo una noche en la casa de los muelles, con el río de fondo y un vaso que no llego a tocar. El asunto a desglosar es Isolde Ellerby, y el método es el de siempre: enumerar lo que la convierte en un problema, calibrar cada riesgo, y decidir, con la cabeza fría, cómo se liquida.

El desglose se me tuerce en la primera partida.

Porque no consigo escribir un solo riesgo sin que se me cuele al lado, sin permiso, la razón por la que ese riesgo me da igual.

Es un peligro que entre en mi mundo: y aun así pienso en cómo no se inmutó la primera mañana, en los muelles, rodeada de hombres que han hecho llorar a tipos más duros que ella, pidiendo verme con la misma calma con que pediría el té.

Es un problema que sepa demasiado de mí: y aun así pienso en que es la primera persona en treinta y cuatro años que sabe demasiado de mí y no lo usa, que tuvo la palanca de mi infancia en la mano y la dejó donde estaba.

Es un estorbo que me distraiga de los muelles justo cuando Greave aprieta: y aun así, las únicas horas en que el reino entero deja de pesarme son las que paso en una mesa de Mayfair fingiendo interés por quién se casa con quién, mientras ella me traduce un mundo con tres frases y media ceja levantada.

Un estorbo no descansa a un hombre. Esto me descansa.

Ahí se me rompe la categoría. Es una complicación que la quieran otros, los marqueses de ojos muertos, los lores con título y salón: y ahí, justo ahí, el desglose deja de ser un desglose y se convierte en otra cosa, porque la idea de Threnholm sentándose demasiado cerca de ella me sube por dentro con una temperatura que no sé nombrar y que no me conviene nada nombrar todavía.

Tacho la palabra «riesgo» del encabezado.

Ya no estoy haciendo esa lista. Estoy haciendo la contraria, y la contraria solo tiene una conclusión, la misma a la que Vivienne llegó hace semanas mirándome la cara mientras yo juraba que no pasaba nada.

Llevo media vida haciendo inventarios de riesgos para no tener que hacer jamás el inventario contrario.

Esta noche, por lo visto, me ha tocado el contrario.

—Estás haciendo una lista —observa mi hermana desde la puerta, que tiene el don de aparecer justo en mis peores momentos de lucidez.

—No estoy haciendo ninguna lista.

—Tienes papel, pluma, y la cara de un hombre que acaba de sumar mal a propósito porque no le gusta el total.

—Entra, mira el papel en blanco, que es lo más elocuente del cuarto—.

Ni siquiera has escrito nada. Eso es peor.

Significa que ya te sabes el resultado y estás retrasando el momento de leerlo en voz alta.

—No hay ningún resultado.

—Hay un resultado, y empieza por su nombre.

—Se cruza de brazos, apoyada en el marco—.

Te conozco desde que tenías diez años y le calculabas el frío a un callejón.

Nunca te he visto dejar un papel en blanco.

Tachas, corriges, discutes contigo en los márgenes como con tus autores muertos.

Que hayas dejado este intacto significa que por una vez no quieres ganarle la discusión a lo que sientes.

—Vivienne.

—Lo sé, lo sé, me voy. —Se detiene en el umbral, y por una vez no hay burla en su voz, solo algo parecido a la cautela—.

Solo una cosa, hermano. La última vez que dejaste que alguien tuviera este tamaño en tu cabeza, tú y yo dormíamos en un callejón.

No te lo digo para que cierres la puerta.

Te lo digo para que sepas que esta vez vas a tener que aprender a querer sin convertirlo en un muro. Y eso no se te ha dado nunca bien.

Se va, y me deja con un papel en blanco que dice, a su manera callada, lo mismo, palabra por palabra, que la nota de tres palabras que le mandé esta mañana a Mayfair sin firmar.

«No salgas hoy». Cuatro sílabas. Es lo más parecido a una declaración que he sido capaz de escribir en toda mi vida, y ni siquiera la firmé.

Lord Cedric Ellerby, desde la puerta del comedor, observa a su hija sonreír a un papelito sin remite con una expresión que no le había visto desde antes de que un tal Mordaunt le rompiera algo por dentro hace cinco años.

No pregunta de quién es la nota. Ha aprendido, en estos meses, que las preguntas cuyas respuestas uno no quiere oír es mejor no hacerlas.

En vez de eso, se sirve un oporto, se sienta junto a la ventana, y llega despacio a un estado de ánimo nuevo para él: una resignación tan completa, tan sin aristas, que se parece muchísimo a la paz.

Su hija está enamorada de un rey del hampa.

Su mujer planea vestidos. Su deuda ha desaparecido por artes que prefiere no investigar.

Y él, por primera vez en años, no tiene una sola decisión difícil que tomar, porque las está tomando todas, en silencio y mejor que él, gente más capaz.

Su mujer entra en ese momento a buscarlo para resolver el asunto capital de qué tono de azul conviene al jueves, y lo encuentra contemplando la ventana con una placidez que la desconcierta.

—¿No me oyes, Cedric? Te pregunto por el azul.

—El azul que tú quieras, querida —responde, sin volverse—. Llevo treinta años acertando solo cuando te dejo elegir a ti. No pienso estropear ahora una racha tan buena.

Da un sorbo. Fuera ha dejado de llover. Decide que la vida, mirada con el oporto correcto y la distancia justa, es bastante más llevadera de lo que se empeña en aparentar.