El Rey sin Corona (Deveran 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

El Marqués de Threnholm tiene los ojos de un pez que lleva tres días en el puesto del mercado, y los clava en mí desde el otro lado del salón con una paciencia que confunde con encanto.

No se ha rendido. Lo entiendo en cuanto lo veo en nuestro salón un jueves por la tarde, sentado en la butaca que mi madre reserva para las visitas que considera prometedoras, sosteniendo una taza que no bebe y dedicándole a mi padre la atención melosa de quien ha venido a comprar algo y todavía no ha dicho el qué.

La temporada en que yo era una apestada social ha pasado; las puertas se han reabierto con la misma cobardía con que se cerraron; y Threnholm, que sabe leer el viento como cualquier cazador de fortunas, ha decidido que el momento de volver a la carga es ahora, antes de que otro le tome la delantera.

—Lord Ellerby —ronronea, dejando por fin la taza intacta—, comprenderá que un hombre en mi posición no puede permitirse la indecisión eterna.

Le hablo con franqueza, de caballero a caballero.

Su familia ha atravesado un... período delicado.

Yo estoy en disposición de cerrar ese capítulo de manera definitiva.

Solo necesito una señal de que mi interés por su hija sería bien recibido.

Mi padre, que hace tres meses se habría agarrado a esta tabla como un náufrago, mira su copa de oporto con una expresión nueva, la de un hombre que ha aprendido a esperar antes de hablar.

—Mi hija, marqués, recibe sus propias señales —responde al fin—. Y las envía ella misma. Yo dejé de decidir por ella más o menos cuando descubrí que decidía mejor que yo. Tendrá que preguntárselo a ella.

Es lo más valiente que le he oído decir a mi padre en cinco años, y me cuesta no sonreír.

—Entonces se lo pregunto a usted, lady Isolde. —Threnholm gira hacia mí esos ojos sin brillo—. ¿Sería bien recibida una visita más... formal por mi parte?

—Es usted muy directo, marqués. —Le sirvo más té que no va a beber, porque hay groserías que solo pueden cometerse con cortesía perfecta—.

Lo admiro. La franqueza ahorra tanto tiempo.

Permítame corresponderla: estoy segura de que encontrará una esposa que valore justo lo que usted ofrece.

Solo que no seré yo. Tómelo como un favor.

Las dos partes sufriríamos mucho en el intento, y usted más, porque yo ya sé sufrir y usted aún no ha tenido práctica.

—Es usted ingeniosa, lady Isolde. —La sonrisa no le sube a los ojos, que siguen igual de planos—.

Lo era ya hace cinco años, cuando otro caballero cometió el error de no apreciarlo.

Permítame ser más listo que él: yo no le pido que me aprecie.

Le ofrezco una transacción. Usted recupera su lugar, su familia recupera su tranquilidad, y yo recupero el acceso a ciertos círculos que a un hombre de mi rango le convienen.

Nadie tiene que fingir afecto. Es, si lo piensa, el matrimonio más honesto que le van a proponer en su vida.

—La propuesta más honesta que me han hecho, sí.

—Lo miro sin parpadear—. Y la rechazo con idéntica honestidad.

Verá, marqués: ya tengo acceso a todos los círculos que me convienen, y a unos cuantos que a usted le quitarían el sueño.

No me hace falta su transacción. Le agradezco la franqueza. Es lo único suyo que me ha gustado.

Sonríe sin que los ojos lo acompañen, se levanta, hace su reverencia medida, y se marcha con la promesa implícita de que esto no ha terminado. Y tiene razón. No ha terminado.

Mi padre espera a que se cierre la puerta de la calle para soltar el aire que llevaba conteniendo media visita.

—No me ha gustado ese hombre —declara, sirviéndose el oporto reparador—. Y no es por los ojos, aunque los ojos no ayudan. Es que hablaba de ti como quien habla de una finca con buenas vistas y el tejado en mal estado. He vendido caballos con más sentimiento.

—Has rechazado a un marqués por mí, padre. Delante de su cara.

—He hecho algo más raro todavía. —Da un sorbo, pensativo—. He confiado en que tú sabrías rechazarlo mejor que yo. Hace un año no me habría atrevido. Hay que ver lo que le cambia a un hombre tener una hija que da más miedo que sus acreedores.

La siguiente jugada, en todo caso, no la veré venir de él, sino de un cajón.

Esa misma noche, ordenando la correspondencia de mi padre —una tarea que asumí hace meses, cuando comprendí que dejarla en sus manos era como dejar el timón a un hombre mareado—, encuentro algo que no debería estar ahí.

Es una carta. No dirigida a mi padre: traspapelada entre las suyas por error, una de esas confusiones de oficina que ocurren cuando dos caballeros comparten el mismo agente de negocios.

La letra no la conozco. La firma, sí. Y el contenido, aunque está escrito en el lenguaje cauto de quien sabe que el papel sobrevive a las intenciones, dice lo suficiente para que se me hiele el té en la taza por segunda vez esta semana.

El Marqués de Threnholm y Dorian Greave comparten algo más que un agente de negocios.

Comparten un interés. La carta habla de «el asunto Deveran» con la familiaridad de dos socios que llevan tiempo en el mismo barco, de «neutralizar la influencia creciente» de cierto individuo de los muelles, de cómo «una alianza por la vía matrimonial con la familia adecuada» resolvería de un solo golpe el problema de respetabilidad de uno y el problema de poder del otro.

La familia adecuada somos nosotros. La vía matrimonial soy yo.

Me quedo mirando la carta un buen rato, con esa quietud que mi madre confunde con frialdad y que es, en realidad, el sonido de mi cabeza encajando piezas a toda velocidad.

El marqués no me corteja porque me desee.

Me corteja porque casarse conmigo lo acerca a Marcus, y acercarse a Marcus es lo que Greave necesita: un caballo de Troya con título, un yerno respetable instalado en la misma órbita que el rey sin corona, con acceso a salones donde Greave no entra y a una familia que ya está enredada en los asuntos de Deveran.

El rival romántico y el enemigo criminal no son dos frentes.

Son el mismo frente con dos caras, y yo he estado a punto de abrirle la puerta de casa a la cara amable sin saber que detrás venía la otra.

Lo que me hiela no es el plan en sí; los planes los entiendo, vivo de desmontarlos.

Lo que me hiela es lo cerca que estuve. Hace tres meses, hundida en deudas, con mi madre suplicándome que fuera razonable, una versión de mí solo un poco más cansada habría dicho que sí.

Habría aceptado al marqués por sentido común, por salvar a la familia, por dejar de ser la solterona que todos compadecen.

Y al decir que sí habría metido a Greave en la cama de Marcus por la vía más limpia que existe: la del altar.

El mismo cansancio que me empujó hacia Marcus, que me llevó sola a sus muelles aquella primera mañana, es el que pudo haberme entregado, atada con un lazo, al hombre que lo quiere muerto.

Lo brillante de mi situación —y reconozco lo brillante aunque me hierva la sangre, igual que lo reconocería Marcus— es que esta carta no la tengo que enseñar a nadie. La información sola, en la mano correcta, vale más que cualquier denuncia. Una denuncia se debate. Una carta se guarda.

Así que hago lo que mejor sé hacer, lo que llevo cinco años perfeccionando mientras Londres me creía una solterona inofensiva.

La invitación al té que el marqués espera de mí, esa que daría por iniciada una corte respetable a ojos de todos, no llega nunca.

Ni esta semana ni ninguna. Y como un silencio, por sí solo, es demasiado sutil incluso para un hombre tan necesitado de fortuna, me ocupo de que el viento sople además en su contra.

Una palabra en el salón correcto sobre lo arriesgado que resulta hoy en día asociar el propio nombre a ciertos círculos del este de Londres.

Un comentario de pasada, ante la persona indicada, acerca de las compañías que frecuenta el agente de negocios del marqués.

Nada que pueda probarse. Todo lo bastante claro.

Esa misma semana, el agente de negocios del Marqués de Threnholm descubre tres problemas administrativos que requieren su atención urgente y simultánea: un crédito que un banco prudente prefiere no renovar, un socio que de pronto recuerda una vieja desavenencia, una recomendación que no llega a tiempo.

Ninguno de los tres puede atribuirse a nadie.

Los tres ocurren a la vez. Y descubro, con una satisfacción que no pienso confesar, que en algún punto de esos tres golpes hay también una mano que no es la mía, una mano más pesada, que viene del lado del río y que ha decidido, sin consultarme, golpear el mismo blanco la misma semana.

Marcus y yo no hemos hablado de Threnholm.

No nos ha hecho falta. Hemos llegado al mismo objetivo desde dos ciudades distintas, por dos caminos que no se tocan, y le hemos roto la semana al mismo hombre sin coordinar un solo movimiento.

Cuando me entero, por mis propios canales, de que el agente del marqués ha tenido problemas que van más allá de lo que yo monté, no me molesto en preguntarme quién más anduvo por ahí.

Ya lo sé. Y saberlo, descubro, no me hace sentir vigilada. Me hace sentir, por primera vez en mi vida, que no peleo sola.

Es una sensación a la que no estoy acostumbrada y que me cuesta sostener sin desconfiar de ella.

Toda mi vida he peleado sola, por elección y por necesidad, convencida de que depender de otra mano es el primer paso para que esa mano te suelte en el peor momento.

Y aquí estoy, descubriendo que hay alguien que golpea mis mismos blancos sin que se lo pida, que llega adonde yo no llego y me deja a mí lo que él no alcanza, sin reparto previo, sin condiciones, sin pasar luego factura.

No es una alianza; las alianzas se negocian.

Esto, sea lo que sea, ha empezado a funcionar solo, como funcionan las cosas que no se deciden, sino que se descubren ya en marcha.

Guardo la carta donde guardo lo que importa, bajo llave, junto a las cosas que un día decidirán una partida.

El marqués no sabe que la tengo. Greave tampoco.

Y esa, por ahora, es la posición exacta desde la que prefiero jugar: con la mejor carta de la mano todavía boca abajo, esperando, con la paciencia que me ha enseñado este oficio nuevo, la mesa correcta para volverla.