El Rey sin Corona (Deveran 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

El periódico llega a la misma hora de siempre, sobre la misma bandeja de plata, y por primera vez en una semana lo abro sin que se me cierre el estómago de antemano.

He aprendido a temer los lunes. La columna de ecos de los lunes ha sido, durante siete días eternos, el boletín de mi defunción social: la insinuación sin nombre que todo Londres sabía leer, repetida y ampliada, adornada cada semana con un detalle nuevo que nadie podía probar y que nadie necesitaba probar.

He desayunado siete mañanas con el pulso en la garganta, buscando mi propia ruina entre líneas, encontrándola siempre.

Así que abro el periódico de este lunes con la mano firme solo porque me he entrenado para que no tiemble, no porque no tenga motivos para temblar.

Y la columna no está.

No es que hable bien de mí, que sería sospechoso y nadie lo creería.

Es que la insinuación, sin más, ha dejado de existir.

Donde durante una semana hubo veneno sobre cierta dama de Mayfair de apellido más antiguo que su fortuna, hoy no hay nada que me roce.

La pluma que me desangraba ha enmudecido de un día para otro, sin transición, sin despedida, como enmudece una fuente cuando alguien, río arriba, cierra la llave.

Paso la página, y ahí está la llave.

En el lugar que ocupaba mi ruina, el periódico dedica ahora un párrafo largo y mordaz a las «desafortunadas costumbres de juego» de cierto joven caballero «emparentado con una de nuestras casas más respetables», cuyas deudas, insinúa la pluma con el mismo arte con que la semana pasada insinuaba las mías, «han encontrado financiación en lugares que harían palidecer a su ilustre tío».

No lo nombra. No hace falta. Para el mediodía, todo Mayfair sabrá que se habla del honorable Percival Stane, sobrino del Conde de Dunsthorpe, y para la cena lo habrá repetido, porque el ton, esa bestia cobarde, devora con el mismo apetito al que ayer protegía.

Me quedo muy quieta con la taza a medio camino, leyéndolo dos veces.

Porque yo conozco ese nombre. Yo encontré ese nombre, hace tres semanas, entre dos terrones de azúcar en el salón de la señora Aldous, y se lo hice llegar a Marcus por un camino que no pasaba por mí.

Y ahora ese mismo nombre, el que yo desenterré, aparece impreso en la columna que durante una semana me enterraba a mí, ocupando justo mi sitio, desviando hacia otra dirección la atención de toda la ciudad.

La historia no ha desaparecido. La han sustituido.

Alguien ha ido río arriba, ha cerrado la llave de mi veneno, y ha abierto en su lugar la de otro, usando la munición que yo misma le entregué.

Y ahí, en ese detalle, está lo que me deja sin respiración más que el rescate mismo.

No ha usado un nombre cualquiera. Ha usado el mío, el que yo encontré, el que le pasé sin firma para que él no supiera del todo que venía de mí, y lo ha devuelto al mundo convertido en escudo, también sin firma, también sin que yo pueda señalarlo.

Nos hemos pasado la misma munición de mano en mano, ida y vuelta, sin reconocer ninguno de los dos que la sostenía, y entre los dos hemos levantado una defensa entera con la mano izquierda, sin mirarnos, como dos músicos que improvisan la misma melodía sin haber acordado la partitura.

No necesito que nadie me explique quién.

Hay una sola persona en Londres capaz de entrar en el despacho del editor más poderoso de la ciudad y salir quince minutos después con la línea editorial cambiada de bando.

Una sola persona que tendría, además, el nombre de Stane guardado y listo para usarlo en el momento exacto en que más doliera a Greave y menos a mí.

Marcus no me ha defendido en los salones, donde no manda y donde habría hecho más daño que bien.

Ha hecho lo que sabe hacer: ha ido a la fuente, ha hablado con el hombre que abre y cierra la llave, y ha redirigido la corriente sin que su mano aparezca en ningún sitio.

Lo que me deja la taza temblando un poco —y odio que tiemble— no es que lo haya hecho.

Es cómo lo ha hecho. Sin avisarme. Sin pedir permiso.

Sin venir luego a cobrarse el gesto con una mirada de «ya ves lo que hago por ti», que es como cobran los hombres los favores que hacen a las mujeres, convirtiendo la ayuda en una deuda y la deuda en una correa.

Marcus ha movido medio Londres para sacarme de la hoguera, y ha tenido el cuidado exquisito de no dejar ni una huella que me obligue a darle las gracias.

Es la forma más rara de cortejo que conozco, y la única a la que no sé blindarme.

A las flores sé decir que no. A los versos, a las miradas, a los lores que se sientan demasiado cerca con demasiada intención, sé cerrarles la puerta sin que les quede claro siquiera que se la he cerrado.

Llevo cinco años perfeccionando ese arte y no me falla.

No hay defensa aprendida, en cambio, contra un hombre que mueve la ciudad entera por ti y se las ingenia para que no quede nadie a quien agradecérselo, que aparta el peligro de tu camino y barre después sus propias pisadas para que no te sientas en deuda.

Mordaunt me cortejó con palabras delante de veinte personas y me dejó tirada delante de las mismas veinte.

Marcus me corteja en silencio, sin público, sin testigos, y se marcha antes de que pueda darle ni las gracias.

Empiezo a entender, con cierto pánico, cuál de los dos métodos funciona de verdad.

Mi madre irrumpe en el comedor a media mañana con el periódico de una vecina en la mano y la cara transfigurada.

—¡Isolde! —Agita la hoja como una bandera de victoria—.

¡Ha desaparecido! ¡Esa cosa horrible ha desaparecido!

Y la señora Aldington acaba de mandar una nota, fíjate, una nota, lamentando «el malentendido de la lista de invitados» y rogando que la acompañemos el jueves.

¡El jueves! Ayer estábamos muertas y hoy nos ruegan que vayamos a su velada.

—Qué memoria tan flexible tiene la señora Aldington —observo, dejando el periódico—. Ayer no nos conocía. Hoy nos ruega. Mañana jurará que siempre estuvo de nuestro lado.

—¿Y eso qué más da? —Mi madre se deja caer en una silla, mareada de alivio—. ¡Nos rinden otra vez la ciudad, niña! No pienso preguntarme por qué. Una no le mira los dientes a la salvación.

—Hay quien sí —apunto, aunque no me oye.

—Hay quien se pasa la vida mirándole los dientes a todo y muriéndose de hambre con la boca cerrada.

—Se abanica con la nota de la señora Aldington como si fuera un trofeo de guerra—.

Yo prefiero comer. El jueves vamos a esa velada, nos sentamos donde mejor se nos vea, y dejamos que toda esa gente que ayer nos enterraba se pregunte por qué seguimos vivas. Esa es mi venganza, y encima es gratis.

—Tú no. —Sirvo el té con una calma que no siento del todo—. Yo, en cambio, siempre le miro los dientes a la salvación. Es un hábito que me ha ahorrado muchos disgustos.

Mi madre, que hace una semana se moría, ya está calculando qué vestido ponerse el jueves, y la dejo, porque hay alivios que una madre necesita más que una explicación.

Mi padre asoma por el umbral del comedor un momento después, atraído por el revuelo, con su propio periódico bajo el brazo y la cara de un hombre que ha entendido más de lo que le conviene entender.

—Tu madre cree que ha sido la Providencia —observa, sirviéndose el primer oporto del día con una serenidad nueva—.

Yo dejé de creer en la Providencia más o menos cuando empecé a deber dinero.

La Providencia no cierra columnas de periódico en una tarde, hija.

La Providencia no tiene quince minutos libres ni el temple para emplearlos.

—¿Y quién los tiene, padre?

—Eso —responde, dando un primer sorbo— es justo lo que llevo semanas decidiendo no preguntarme en voz alta.

—Me mira por encima de la copa, y por un instante el bufón se aparta y asoma el hombre que vive debajo—.

Solo te diré una cosa, y luego me vuelvo a mi estudio a no enterarme de nada, que es lo que mejor se me da.

El día que ese hombre venga a esta casa sin un periódico que arreglar ni una deuda que cobrar, ábrele tú misma la puerta. No esperes al mayordomo.

Se retira con su oporto, y me deja con la rara sensación de que mi padre, el hombre que elige siempre el licor en lugar de la decisión, acaba de tomar la decisión más importante de la temporada fingiendo que no tomaba ninguna.

La ciudad se reabrirá tan deprisa como se cerró, con la misma cobardía con la que cerró, y dentro de un mes nadie recordará que hubo una semana en que los Ellerby dejaron de existir. Así funciona el ton. Lo sé mejor que nadie. Lo que el ton no sabe es que esta vez no se ha reabierto solo.

Marcus viene esa tarde. No menciona el periódico.

Yo tampoco. Hablamos de cualquier cosa, de un libro, del tiempo que amenaza lluvia, con la naturalidad de dos personas que han decidido, sin pactarlo, que hay un tema que no van a tocar porque tocarlo lo estropearía.

Hasta que, sirviéndome él mismo el té que ya sabe cómo tomo, lo dejo caer, una sola vez, para que conste.

—Ha sido un lunes tranquilo —comento—. Por primera vez en siete semanas. La columna de ecos venía hoy aburridísima. Solo un cotilleo menor sobre un joven con malas costumbres de juego.

—Algo había oído. —No levanta la vista de la taza—. Dicen que el editor ha cambiado de criterio. Esas cosas pasan. Los criterios de los editores son veleidosos.

—Valiosísimos. —Doy un sorbo—. Sobre todo cuando alguien va a recordarles, en quince minutos bien empleados, cuál es el criterio correcto.

—Quince minutos es muy poco tiempo —apunta, y hay una sombra de sonrisa en algún sitio que no llega del todo a su boca—.

Para según qué conversaciones, basta y sobra.

Un hombre razonable entiende deprisa cuál es su interés, y el editor del periódico más leído de Londres es, ante todo, un hombre razonable.

—No lo dudo. —Dejo la taza—. La gente se vuelve razonabilísima cuando entiende quién tiene sentado enfrente.

Por fin levanta la vista. Y nos miramos por encima del juego de té, los dos sabiendo de sobra lo que hizo el otro, los dos sabiendo que el otro lo sabe, y ninguno de los dos dispuesto a decirlo en voz alta, porque decirlo lo convertiría en un favor, y lo que hay entre nosotros dejó de medirse en favores hace ya unas cuantas noches.

—Gracias por nada —digo al fin.

—De nada por nada —responde.

Y es la conversación más sincera que hemos tenido nunca, y lo es porque no hemos dicho una sola palabra de lo que importa.

Fuera empieza a llover, igual que amenazaba, y por una vez no me molesto en analizar por qué se me ha quedado el pecho tan ligero, ni cuánto va a durar, ni qué me va a costar después. Solo dejo que dure.