Capítulo 20
Tengo una respuesta para cada jugada de Londres, menos para la que hice yo mismo anoche.
He pasado la noche en vela en la casa de los muelles, sin abrir un libro, sin tocar una cuenta, haciendo lo único que no sé hacer: nada.
He repasado la situación como repaso un negocio que se ha torcido, buscándole la salida limpia, el modo de revertir la operación sin pérdidas.
No lo he encontrado. Y a las nueve de la mañana, contra todo lo que me aconseja el sentido común y la totalidad de mi experiencia, me descubro llamando a la puerta de los Ellerby como un pretendiente cualquiera, sin más plan que la incapacidad de quedarme lejos.
Es la primera vez en diez años que actúo sin estrategia.
No me gusta el sabor que tiene. Lo hago igual.
He construido una vida entera sobre una premisa sencilla: todo se puede deshacer si se actúa a tiempo.
Un trato malo se renegocia. Una alianza peligrosa se disuelve.
Un hombre que se acerca demasiado se aleja con dinero o con miedo.
Llevo diez años deshaciendo a tiempo todo lo que amenazaba con tener poder sobre mí, y por eso sigo vivo y por eso sigo siendo el rey de algo.
Lo de anoche se niega a deshacerse. Lo he intentado durante seis horas, con la misma frialdad con que desmonto una operación fallida, y cada vez que creo haberlo archivado el cajón vuelve a abrirse solo.
No es deseo. El deseo lo sé administrar; tiene precio, columna y caducidad.
Es otra cosa, una para la que no tengo procedimiento, y un hombre sin procedimiento ante un peligro es un hombre que ya ha empezado a perder.
El lacayo me hace pasar al comedor del desayuno con una cara que indica que las instrucciones sobre mí son confusas en esta casa. Y allí, sentado a la cabecera de la mesa, con una taza de café y el periódico desplegado ante la nariz, está lord Cedric Ellerby.
—Deveran. —No baja el periódico—. Qué temprano.
—Lord Ellerby.
—Siéntese, siéntese. Hay café. —Pasa una página con una concentración encomiable—. Estaba leyendo sobre… —Entorna los ojos hacia el papel, lo sostiene un poco más lejos, luego un poco más cerca—. Sobre los precios del grano. Fascinante asunto, el grano. Sube. Baja. Uno no se cansa nunca.
Llevo el tiempo suficiente leyendo a los hombres para saber que lord Cedric no ha leído una sola palabra sobre el grano.
Tiene el periódico del revés. Lo sostiene ante su cara como un escudo, con la dignidad temblorosa de un hombre que sabe de sobra quién soy, qué hago en su comedor a las nueve de la mañana, y qué ocurrió anoche en su saloncito bajo el techo que él no pisó por elección propia.
Y ha decidido, con la única forma de valor que posee, no enterarse de nada de ello.
Le sirvo el respeto que merece esa cobardía estratégica: tampoco yo lo menciono.
—El grano —concedo, sentándome— es, en efecto, impredecible.
—Lo es, lo es. —Vuelve a pasar una página, del revés—.
Como tantas cosas en esta vida, Deveran.
Una se acuesta creyendo que sabe cómo está el mundo, y a la mañana siguiente…
—Carraspea—. A la mañana siguiente el grano ha cambiado de precio sin pedir permiso a nadie.
Uno se adapta. O se sirve más café. Yo, en lo que a mí toca, soy partidario del café.
—Lord Ellerby. —Decido concederle una salida, porque la cobardía digna también merece su recompensa—. No he venido a hablar de grano.
—Lo sé. —Por fin baja el periódico un dedo, lo justo para mirarme por encima con unos ojos enrojecidos de oporto y de noche larga—.
Por eso prefiero el grano. A mi edad, Deveran, uno aprende a elegir muy bien de qué conversaciones no quiere salir vivo, y esta es una de ellas.
El grano nunca le ha roto el corazón a nadie.
—Vuelve a subir el periódico—. Quédese con mi hija, si va a quedarse.
No me obligue a tener una opinión por escrito.
A mi edad, las opiniones se pagan muy caras, y a esta familia no le sobra el crédito.
Isolde entra entonces, y lord Cedric se pone en pie con una agilidad sorprendente para un hombre que anoche reclamó una botella entera.
—Bien. Excelente. Os dejo con… el grano. —Dobla el periódico, todavía del revés, se lo encaja bajo el brazo y se retira hacia su estudio con el paso de quien huye de un incendio fingiendo que sale a tomar el aire—. Hija. Deveran. El café está caliente.
Y nos deja solos.
Isolde tiene el aspecto de una mujer que tampoco ha dormido.
No por las razones de los versos baratos; la conozco demasiado para eso.
Ha pasado la noche haciendo lo mismo que yo: buscándole a esto la salida limpia.
Lo veo en la línea de su boca, en cómo se sienta enfrente con la espalda recta y las manos quietas, en cómo me mira igual que se mira una cuenta que no cuadra y a la que hay que encontrarle el error.
—He estado pensando —empieza.
—Lo sé. Yo también. Toda la noche.
—Entonces ahórrame la mitad del trabajo. —Se sirve un café que no va a beber—. Yo he llegado a una conclusión. Dime si has llegado a la misma, y nos evitamos el rodeo de fingir que no la hemos pensado los dos.
—Que lo de anoche fue un error que conviene tratar como un error.
—Lo digo por ella, para que no le cueste decirlo a ella—.
Que dos personas como nosotros, con lo que tenemos cada uno entre manos, no pueden permitirse esto.
Que lo sensato es deshacerlo, volver al trato, fingir que cruzamos una línea por accidente y retroceder antes de que nos cueste caro. Esa conclusión.
—Esa. —Me sostiene la mirada—. La he redactado esta noche unas cuarenta veces. Es impecable. Tiene toda la lógica de mi parte. ¿Sabes cuál es el único problema?
—Que no funciona.
—Que no funciona. —Deja la taza—. Lo he intentado, Marcus.
Llevo desde el amanecer intentando deshacer lo de anoche en mi cabeza, devolverlo al cajón, archivarlo como un desliz.
Y no se deja. Es la primera cosa en cinco años que se niega a obedecerme.
No puedo deshacerlo. Tú tampoco, o no estarías aquí a las nueve de la mañana hablando de grano con mi padre.
—Tu padre tiene el periódico del revés —observo.
—Lo sé. Lleva veinte años leyéndolo así cuando hay algo que no quiere ver.
Es su forma de estar presente sin estarlo, que es la única que se le da bien.
—Algo le tiembla en la comisura, casi una sonrisa, que reprime a tiempo—.
No cambies de tema, Marcus. Se te da bien, aunque no conmigo.
Estábamos diciendo lo único cierto que vamos a decirnos esta mañana: que ninguno de los dos sabe deshacer esto.
Y los dos sabemos lo que eso significa para gente como nosotros.
—Dímelo tú, ya que llevas desde el amanecer redactándolo.
—Significa que tenemos un punto débil. —Lo dice sin dramatismo, como quien lee un balance en voz alta—. Cada uno. Con cara, con nombre, con domicilio conocido. Y si los dos hemos sobrevivido hasta hoy ha sido por no tener ninguno.
—¿Y qué hace un estratega cuando descubre que tiene un punto débil? —pregunto, porque quiero oír su respuesta antes de dar la mía.
—Lo elimina. —No duda—. Lo corta de raíz antes de que el enemigo lo encuentre. Es lo que dicta el manual, el tuyo y el mío. Se aleja uno de lo que pueden usar en su contra, y se aleja rápido, mientras todavía duele poco.
—Entonces aléjate. —Lo digo sabiendo que es lo último que quiero en el mundo—. Estás a tiempo. Yo no te lo reprocharía. Sería lo inteligente.
—Lo sería. —Se queda mirando el café que no piensa beber—.
Por eso me inquieta tanto descubrir, esta mañana, que no pienso hacerlo.
Cinco años obedeciendo el manual al pie de la letra, y la primera página que me salto es esta.
Contigo. Empiezo a sospechar que el manual no contemplaba a alguien como tú, o que yo nunca lo leí entero.
Tiene razón, y los dos lo sabemos, y ahí está lo que de verdad nos asusta a los dos esta mañana, más que Greave, más que Mordaunt, más que cualquier enemigo con cara: que somos dos estrategas consumados ante el primer problema de nuestras vidas que no tiene solución estratégica.
Lo hemos analizado por separado, durante la misma noche, con la misma frialdad, y hemos llegado al mismo callejón.
—Hay otra opción —digo, despacio, porque es la primera vez que la pronuncio en voz alta y no sé del todo cómo suena fuera de mi cabeza—. La que ninguno de los dos ha querido redactar esta noche, porque da más miedo que la de deshacerlo.
—No la digas. —No se levanta, con todo. No me echa, no llama a su padre ni al lacayo ni al sentido común—. Si la dices, ya no se puede fingir que no existe.
La miro. Hay una versión de este momento, lo sé, en la que cruzo la mesa, le sostengo la cara entre las manos como anoche y le digo la palabra que ninguno de los dos redacta, la que convierte un trato con fecha de caducidad en algo sin fecha y sin red.
Sería lo único honrado. Y sería ponerle a Greave en bandeja el mapa exacto de dónde golpearme.
Lo que siento, sea lo que sea, sigue sin tener un nombre que me atreva a pronunciar, ni en voz alta ni por dentro.
Lo que sí tiene ya son consecuencias, y la primera es esta: que por una vez en mi vida protejo algo callándolo en lugar de actuando.
—No la digo, entonces. —Me pongo en pie, dejo el café intacto, idéntico al suyo—. La dejo encima de la mesa, junto a la conclusión impecable que no funciona. Que las dos esperen ahí. Tú sabes mejor que nadie que las cosas que se dejan sin reclamar trabajan solas.
—Eso es jugar sucio. —Se levanta también, y por un instante estamos los dos de pie a ambos lados de una mesa con dos cafés intactos, como dos duelistas que han bajado las pistolas sin acabar de entender por qué—.
Dejar la deuda sin cobrar para que trabaje sola.
Ese es mi truco, Marcus. Te lo enseñé yo.
—Lo sé. —Cojo mi sombrero—. Y resulté el mejor alumno que has tenido. Lo dijiste tú.
Me marcho antes de que ninguno de los dos reclame nada, cruzo el recibidor donde el periódico de lord Cedric asoma, abandonado y todavía del revés, sobre una consola, y salgo a la mañana de Mayfair con un problema nuevo que no figura en ninguno de mis libros y para el que, por primera vez en mi vida, no pienso buscar la salida limpia.