El Rey sin Corona (Deveran 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Llevamos veinte minutos hablando de nada, que es justo como hablan dos personas que evitan hablar de lo único que importa.

Son las once y media de la noche. Marcus ha venido con un pretexto que ninguno de los dos se ha molestado en fingir que era cierto, un asunto de los registros de mi padre que podría haberse resuelto por nota, y se ha quedado, y yo lo he dejado quedarse, y mi madre duerme arriba soñando con marqueses y mi padre no ha vuelto aún de su club.

Estamos solos en el saloncito, con una vela a punto de consumirse, hablando de Threnholm, de Greave, del tiempo, de cualquier cosa que nos permita seguir en la misma habitación sin nombrar la corriente que lleva veinte minutos pasando entre los dos y que ninguno se atreve a tocar.

Conozco esta clase de conversación. La he tenido mil veces en los salones, la charla de relleno con que dos personas se entretienen mientras deciden otra cosa.

La diferencia es que en los salones yo siempre sé qué estoy decidiendo, y esta noche no lo sé, o no quiero saberlo.

La vela chisporrotea en su palmatoria. Cada minuto que él no se va y yo no lo echo es un minuto que cuenta doble, y los dos llevamos la cuenta sin confesarlo.

—Debería irse —digo, sin moverme del sitio—. Es tarde. Si alguien lo viera salir de aquí a esta hora, ni mi reputación ni la suya lo sobrevivirían, y la mía ya está bastante maltrecha.

—Debería. —No se mueve tampoco. Está de pie junto a la puerta del saloncito, en el quicio, en esa frontera que lleva media hora sin cruzar ni en un sentido ni en otro—.

Lléveme a la puerta, entonces. Écheme usted, lady Ellerby.

A mí nunca se me ha dado bien marcharme de los sitios por iniciativa propia.

—Es la primera cosa que admite no saber hacer. —Lo miro desde el otro extremo del saloncito—. La colecciono. Llevo tres: no sabe bailar, no sabe marcharse y no sabe mentirme. Para un hombre que lo sabe todo, empieza a ser una lista preocupante.

—Añada una cuarta. —Su voz baja un tono—. No sé estar en una habitación con usted a las once y media de la noche y seguir fingiendo que he venido por los registros de su padre.

—Yo tampoco sé fingirlo ya. —Lo digo antes de calcular si debo, que es la primera vez en cinco años que digo algo sin pasarlo antes por la aduana—.

Y eso sí que debería preocuparnos a los dos, señor Deveran.

Llevo un lustro sin pronunciar una sola frase que no haya medido tres veces antes. Usted me las desordena todas.

Me levanto para acompañarlo a la salida.

Es lo sensato. Es lo que dicta cada regla que me he impuesto en cinco años.

Cruzo el saloncito hacia él, hacia la puerta, con la intención clara de abrirla y dejarlo ir, y al llegar a su altura, en el pasillo en penumbra, los dos nos detenemos a la vez, sin habernos puesto de acuerdo, porque la distancia entre nosotros se ha reducido a algo que ya no es distancia.

—Dígame que me vaya. —No es un desafío; es casi una súplica disfrazada de desafío—. Una palabra y cruzo esa puerta. Usted sabe dar esa clase de órdenes; se lo he visto hacer con hombres más duros que yo.

—Lo sé. —Y abro la boca para darla, la orden sensata, la que nos salva a los dos, y por primera vez en cinco años no me sale—. Ese es el problema, señor Deveran. Que sé darla, y no quiero.

No sé cuál de los dos cierra el último palmo. Quiero creer que él. Sospecho que yo. Da igual.

Me besa, o lo beso, en el pasillo de mi propia casa, a las once y media de la noche, y no es el beso de los libros que leía a escondidas a los dieciséis años.

No es delicado. No pide permiso con timidez ni se disculpa por existir.

Es lo que ocurre cuando dos murallas levantadas con el mismo esmero, durante los mismos años, por las mismas razones, se derrumban a la vez, hacia dentro, en silencio.

Lo beso como quien por fin suelta un peso que llevaba tanto tiempo cargando que había olvidado que pesaba, y noto, en la manera en que él me sostiene la cara con las dos manos, que para él es lo mismo.

Sabe a whisky y a la noche fría de los muelles y a algo que no había probado nunca y que tardaré en saber nombrar: a alguien que deja de defenderse al mismo tiempo que yo.

No hay prisa en él, y no la hay porque ninguno de los dos cree del todo que esto esté ocurriendo, y queremos comprobarlo despacio, palmo a palmo, por si al apresurarnos se deshace.

Me sostiene la cara como se sostiene algo que se ha querido mucho tiempo en silencio y que de repente se tiene permiso para tocar.

Y yo, que llevo cinco años sin dejar que una mano se acerque a mi cara sin un guante de por medio, no me aparto.

Y no aparto la boca. Esa es la decisión. La única que tomo esta noche con plena conciencia de tomarla. No lo aparto.

Lo demás llega sin plan, que es la única forma en que llega lo verdadero.

Me lleva, o nos llevamos, lejos del pasillo y de sus ventanas, a la penumbra del saloncito, y allí, con la vela rindiéndose en su palmatoria, descubro que el hombre que rompe dedos y cierra agujeros en el río y mueve Londres con un libro de cuentas toca como si yo fuera la primera cosa frágil que se le permite tener entre las manos.

No hay brutalidad en él. Hay, en cambio, una atención que me desarma más que cualquier ternura declarada: la de un hombre que registra cada reacción mía como registra una cifra, que aprende mi cuerpo con la misma sed con que aprendió a leer robando velas, que no da un paso sin comprobar antes que yo lo doy con él.

Y entiendo, mientras me deshace despacio la coraza junto con los lazos del vestido, lo que el dossier de mi vida nunca anotó: que para este hombre esto no es deseo a secas.

Lo veo en cómo se detiene, un instante, cuando lo miro a los ojos en la penumbra; en cómo algo le tiembla, a él, al que nada le tiembla, al notar que lo miro no como a una amenaza ni como a una oportunidad, sino como a un hombre.

Es la primera vez en su vida que alguien lo mira así mientras lo toca, y el cuerpo entero se lo dice, en una entrega que no sabe disfrazar, él que lo disfraza todo.

No lo nombro. No hace falta nombrarlo. Algunas cosas se rompen si una les pone palabras encima.

Lo aprendo entero en la penumbra: las cicatrices que el mundo no le ve bajo la ropa cara, la del costado, la del hombro, las que cuentan una vida que no figura en ninguno de sus registros.

No le pregunto por ninguna. Las recorro como él recorre mis reacciones, sin palabras, leyéndolas.

Y en algún momento, cuando lo tengo cerca y el control de los dos ha dejado de existir, lo oigo decir mi nombre contra mi piel, una sola vez, en voz tan baja que casi no es voz, y lo dice como no se lo he oído decir nunca: no como quien nombra una pieza de un trato, sino como quien por fin se permite querer algo en voz alta y se asusta de su propia osadía.

Por mi parte, hago lo que llevo cinco años jurando que no volvería a hacer: dejo de controlar.

Suelto las riendas que no he soltado desde un parque de Kensington, dejo de medir, de calcular la salida, de vigilar la puerta.

Por una vez no soy la que lleva la cuenta.

Soy, sin más, alguien que se permite ser tocada por quien la mira como a una persona, y descubro que rendir el control, lo único que creía mío de verdad, no me deja indefensa.

Me deja, por primera vez en un lustro, acompañada.

Después nos quedamos en la penumbra, sin hablar, porque hablar sería empezar a deshacer lo que acaba de hacerse, y ninguno de los dos quiere ser el que lo deshaga.

Tengo la cabeza sobre su pecho y oigo, debajo del oído, los latidos de un hombre que controla medio Londres y que ahora mismo no controla ni su propia respiración.

Es el sonido más sincero que me ha ofrecido.

Lo escucho como quien escucha una confesión, y no digo nada, porque ya hemos dicho, sin una palabra, todo lo que importaba.

Pienso, con la parte de mí que no se apaga del todo nunca, que mañana habrá que pagar por esto.

Que en mi mundo y en el suyo bajar la guardia se cobra, y que acabamos de regalarle a Greave, sin pretenderlo, el mapa exacto de dónde le duele a cada uno.

Lo pienso. Y, por una vez, dejo el pensamiento donde está, sin actuar sobre él, porque esta noche me niego a contar nada.

La paz dura lo que tardan unas ruedas en frenar ante la puerta.

Mi padre ha vuelto del club. Oigo la llave en la cerradura, sus pasos algo inseguros en el recibidor, y el corazón se me detiene a mitad de un latido.

Marcus se incorpora con la rapidez silenciosa del depredador, yo me recompongo el vestido con dedos que de pronto sí recuerdan cómo se calcula, y nos quedamos los dos inmóviles en la penumbra, esperando.

Los pasos de mi padre llegan hasta el umbral del saloncito.

Se detienen. Hay un silencio largo, durante el cual lord Cedric Ellerby contempla, en la oscuridad apenas rota por una vela moribunda, a su hija solterona y al rey del hampa de Londres en un estado de evidente desorden indumentario.

Lo veo procesarlo. Lo veo llegar, despacio, a la única conclusión sensata que ha alcanzado en su vida.

Entonces mi padre da media vuelta sobre sus talones, ejecuta un giro de ciento ochenta grados de una precisión militar impropia de un hombre con tres copas de oporto encima, y se retira hacia su estudio con el paso digno de quien no ha visto nada en absoluto.

Oigo cerrarse la puerta. Y, un segundo después, el inconfundible tintineo de una botella entera reclamada para una emergencia personal.

A mi lado, en la penumbra, Marcus deja escapar algo que en cualquier otro hombre sería una carcajada.

—Su padre —murmura— se merece esa botella.

—Toda —concedo, y me subo el último lazo del vestido—. Que la disfrute. Yo, por mi parte, no pienso bajar a explicarle nada.

—¿Y mañana? —pregunta, y por primera vez en la noche hay una grieta de algo parecido a la incertidumbre en la voz del hombre más seguro de Londres.

—Mañana cuento otra vez. —Le sostengo la mirada en la penumbra—. Esta noche no. Esta noche, por una vez en cinco años, que las cuentas esperen sentadas.