Capítulo 18
Mi madre ha encontrado la solución a todos nuestros problemas, y la solución mide casi metro noventa, posee un marquesado en algún rincón húmedo del norte, y tiene los ojos de un pez que lleva tres días en el mostrador de la pescadería.
Mi madre lleva cinco años oscilando entre dos certezas incompatibles: que su hija es una vergüenza irreparable y que su hija es la última inversión que le queda a esta familia.
Hoy gana la segunda. Y cuando gana la segunda, despliega una energía que ya querrían los generales de Wellington: ha sacado el té caro, ha desempolvado la plata que aún no hemos vendido, y se ha puesto el vestido que reserva para las visitas de las que espera algo.
En el mercado matrimonial de Mayfair, una mujer de veintiocho años sin dote y con un escándalo a la espalda no es una novia.
Es un saldo. Y los saldos no eligen comprador; agradecen que alguien se acerque al mostrador.
Me ha convocado al salón con la urgencia de quien anuncia un nacimiento o una muerte, las dos únicas noticias que en esta casa justifican interrumpir mi mañana.
Cuando bajo, lo encuentro ya instalado en la mejor butaca, con una taza de nuestro té más caro entre las manos, evaluándome de arriba abajo con la misma mirada con que tasaría una yegua antes de pujar por ella.
—Isolde, querida. —Mi madre tiene la voz aguda que reserva para las catástrofes que ha decidido llamar oportunidades—. El marqués de Threnholm ha tenido la inmensa amabilidad de visitarnos. Hemos estado hablando, él y yo, de… del futuro.
—Del futuro. —Me siento, con la espalda recta y la cara puesta, la de los salones, la que no revela nada y aterra a quien me conoce—. Qué tema tan vasto. ¿De qué parte, en concreto?
—Lady Isolde. —El marqués deja la taza con una lentitud calculada para parecer importante—.
Seré directo, que es virtud de hombres de mi posición.
Conozco la situación de su familia. Las deudas.
La… delicadeza del momento. Y conozco también su reputación, que en otra mujer sería un impedimento y en usted, debo confesarlo, me resulta casi un atractivo.
Una esposa con carácter es como un caballo con brío: incómodo para el jinete mediocre, una joya para el que sabe montar.
—Qué halago tan ecuestre. —No muevo un músculo—. Lo guardaré junto a los otros que me han comparado con animales de granja. Forman ya una pequeña colección.
Mi madre emite una risita de pánico. El marqués, que no distingue el filo de un cuchillo hasta que lo tiene dentro, sonríe como si le hubiera seguido la broma.
—Veo que es usted ingeniosa. Mejor. Detesto el aburrimiento.
—Cruza las piernas—. Mi propuesta es sencilla, y la haré sin rodeos para que la sopese con la cabeza fría que se le atribuye.
Yo salgo las deudas de su padre, todas, y devuelvo a esta familia el lugar que le corresponde.
Usted me da un apellido respetable, herederos, y la satisfacción de haber domado lo que medio Londres considera indomable.
Es un buen trato, lady Isolde. A su edad, y en su situación, me atrevería a decir que es el único trato.
—El único —repito, saboreando la palabra como se saborea un hueso de aceituna antes de escupirlo—. Qué consuelo, milord, que haya venido usted en persona a recordármelo. Una se olvida, entre tanto baile, de lo poco que vale.
—No lo tome a mal. —Ni siquiera advierte que se lo he devuelto envenenado—. Lo digo por su bien. Una mujer en su posición que rechaza una oferta como esta no recibe otra. Se queda. Y quedarse, a su edad, tiene un nombre que ambos conocemos y que la cortesía me impide pronunciar bajo su techo.
—Se lo pronuncio yo, que estoy en mi casa y puedo.
—Sonrío con toda la calidez de la que soy capaz, que es escasa y la administro con tino—.
Solterona. La palabra que no se atreve a decir es esa.
La he oído tantas veces que ha perdido el filo conmigo.
A usted, en cambio, le tiembla en la boca.
Resulta revelador que le dé más miedo a usted decirla que a mí serlo.
He escuchado su oferta entera, con la cara puesta, sin que se me mueva una sola línea, mientras por dentro hago lo que hago siempre: las cuentas.
Y las cuentas dicen que este hombre acaba de ofrecerme, palabra por palabra, lo mismo que Marcus me ofreció la primera noche —saldar la deuda de mi padre a cambio de mí—, con una sola diferencia, y la diferencia lo es todo.
Marcus me ofreció un trato con fecha de caducidad y la puerta abierta.
Este me ofrece una jaula con dorados y la llama matrimonio.
Y hay algo más, algo que el marqués no entendería, aunque se lo dibujara con todo detalle: que la propuesta de Marcus, aquella primera mañana, me trató como a una igual a la que se le ofrece un acuerdo entre adultos, con sus términos, su fecha y su salida.
La de Threnholm me trata como a un problema con buena planta que conviene resolver antes de que se estropee del todo.
Uno me ofreció un trato. El otro me ofrece una compra.
Y lo más revelador de la mañana es que, hasta hace unas semanas, yo habría aceptado la compra sin pestañear, agradecida incluso, porque era lo único que el mundo le ofrecía a una mujer como yo.
Ya no. Algo ha cambiado, y el algo tiene una cicatriz que le parte la ceja y una casa sin criados forrada de libros anotados en los márgenes.
—Le agradezco la franqueza, milord. —Me levanto, dando por terminada la audiencia con la cortesía con que se cierra una verja—.
Le haré llegar mi respuesta por los cauces apropiados.
Mi madre lo acompañará a la puerta. Estoy segura de que tienen mucho de qué seguir hablando: ella adora los futuros ajenos.
Salgo del salón antes de que mi madre encuentre las palabras para detenerme, subo a por la capa, y ordeno que me preparen el coche. Hay una sola persona en Londres a la que necesito contarle esto, y no es por buscar consejo. Es por verle la cara.
Encuentro a Marcus en su casa de los muelles, repasando uno de sus libros de cuentas. Le cuento la visita del marqués sin adornos, palabra por palabra, la propuesta entera, la del caballo con brío incluida. Y observo.
Su cara no cambia. Esa es la parte que cualquier otro pasaría por alto y que yo, que llevo años leyendo lo que la gente esconde, leo como un libro abierto.
No frunce el ceño. No aprieta los puños.
No alza la voz. Se queda muy quieto, con la pluma suspendida sobre el papel sin llegar a tocarlo, y en sus ojos veo a un hombre contando despacio hasta quince para no hacer algo que no tendría arreglo.
He visto esa cara en él una sola vez: en el baile de los Mordaunt, antes de escribir su nombre en mi carnet.
Hay quien diría que es una cara de indiferencia.
Yo sé que es lo contrario. La indiferencia es floja, dispersa, se le nota a uno en que mira a otra parte.
Esto es indiferencia esculpida con cincel, sostenida a pulso, la de un hombre que ha decidido no reaccionar y a quien no reaccionar le está costando todos los músculos de la cara a la vez.
Lo he visto gobernar a treinta acreedores en una sala sin despeinarse.
Nunca lo había visto contar hasta quince.
Y descubro, con una satisfacción que no me honra lo más mínimo, que verlo hacerlo me gusta más de lo que debería.
—¿Y qué le ha respondido? —pregunta al fin, con una voz tan plana que la planicie misma es la confesión.
—Que le haré llegar mi respuesta por los cauces apropiados.
—Me siento frente a él—. Lo cual, en el idioma de los salones, significa «no» con educación suficiente para que no quede en enemigo.
Threnholm tiene amigos. No conviene humillarlo en su propia cara; conviene que se retire creyendo que se retira él.
—Threnholm. —Repite el nombre como quien lo archiva—. El del marquesado del norte.
—El mismo. ¿Por qué? —Lo miro, y no resisto la tentación de pincharlo, porque hay algo delicioso en ver a este hombre intentar que no se le note—. ¿Le preocupa la competencia, señor Deveran?
—No tengo competencia. —Vuelve la vista al libro, y la pluma por fin se mueve, anotando algo en un margen que no alcanzo a leer—. Tengo, a veces, asuntos que requieren atención. Threnholm acaba de convertirse en uno.
—Asuntos. —Repito la palabra, paladeándola—. Qué útil. Cabe todo dentro: un cargamento que se retrasa, un deudor que se resiste, un marqués que se interesa por lo que no debe.
—Cabe todo, sí. —No levanta la vista, y la pluma sigue rasgando el papel en ese margen que me oculta—. Es la ventaja de mi oficio frente al suyo, lady Ellerby. Usted tiene que decir las cosas con ingenio para que duelan. Yo no tengo que decirlas. Me basta con ocuparme de ellas.
—¿Y va a ocuparse de Threnholm?
—Threnholm va a ocuparse solo de tener una semana difícil.
—Por fin me mira, y en esa mirada asoma algo que no se molesta del todo en esconder, algo antiguo y caliente que en cualquier otro hombre llamaría celos y que en este aún no tiene nombre—.
Yo no haré nada que pueda rastrearse hasta mí.
Usted me enseñó cómo. La devastación elegante no tiene autor; solo consecuencias. Cito a mi maestra.
No le pregunto qué quiere decir con eso.
No hace falta. Y, en efecto, esa misma semana corre por los clubs que el agente de negocios del marqués de Threnholm, el hombre que le lleva las cuentas y las tierras y los préstamos, ha tropezado con tres problemas administrativos a la vez, de esos que no se resuelven en un mes, y que dejan a un marqués demasiado ocupado salvando su fortuna como para andar cazando esposas indomables por los salones de Mayfair.
Threnholm no volverá. Lo sé antes de que él mismo lo sepa.
Un hombre que mide a una mujer como mide una yegua recula en cuanto la yegua deja de ser un buen negocio, y un marqués sin agente que le cuide las tierras deja de poder permitirse el lujo de comprar esposas para domarlas.
Se retirará convencido de que se retira él, que es justo lo que yo buscaba.
Marcus lo ha entendido sin que se lo explicara.
Nadie ata un cabo con otro. Yo sí. Y descubro, con un desasosiego que no me esfuerzo demasiado en disimular, que no me molesta en absoluto.
Hace cinco años juré no necesitar que nadie me defendiera.
Empiezo a sospechar que jurar no necesitar algo y dejar de quererlo no son, ni de lejos, la misma cosa.