Capítulo 12
Marcus Deveran tiene dos casas, y la que importa no figura en ningún registro de Londres.
La de Mayfair, la respetable, la conozco de oídas: una fachada elegante con criados de librea que existe para que el mundo crea que sabe dónde duerme el rey del hampa.
No duerme allí. Duerme aquí, en una casa estrecha y honda metida entre los almacenes de Wapping, sin placa en la puerta, sin más guardia visible que la reputación de su dueño, en una calle donde nadie de su mundo sospecharía buscarlo.
Que me haya traído a este lugar, y no al otro, es un dato que la parte fría de mí archiva antes incluso de cruzar el umbral.
A un hombre así no se le entra en la casa de verdad.
Se le entra en la de mentira, y una se da por afortunada.
Antes de salir he tenido que pasar por delante de mi padre, que sabía a dónde iba porque el cochero se lo había contado, y que ha hecho lo único sensato que sabe hacer: nada.
Lo he visto, desde el recibidor, dudar entre la botella de jerez y la de oporto con la gravedad de un hombre que decide el destino de una nación.
Ha elegido el oporto. En circunstancias de incertidumbre extrema, mi padre siempre elige el oporto; es lo más parecido a una brújula moral que posee.
Marcus me abre él mismo. No hay mayordomo. Y al entrar comprendo por qué: en esta casa no hay servicio alguno. La idea me golpea despacio, según avanzo por un pasillo iluminado con velas de sebo y no de cera.
—No tiene usted criados —observo.
—No me fío de nadie lo bastante para dejarlo entrar aquí. —Cuelga mi capa él mismo—. La casa de Mayfair está llena de ellos, y cada uno informa a alguien. Es para eso: para que tengan algo que contar y me dejen en paz el resto. Aquí no entra nadie que pueda venderme una dirección.
—Y, sin embargo, me ha traído a mí.
—Sí. —No añade nada más, y ese «sí» sin adorno me dice más que un discurso.
Quiero preguntarle por qué. Por qué a mí, por qué esta casa, por qué un hombre que ha levantado un imperio entero sobre no dejar entrar a nadie decide, de repente, abrir la puerta de la única habitación del mundo donde es él mismo.
No lo pregunto. Las preguntas, en mi oficio, revelan tanto del que las hace como del que responde, y esta revelaría demasiado de mí.
Me limito a entrar, a colgar mi recelo en la misma percha que mi capa, y a fingir que cenar a solas con el hombre más peligroso de Londres, sin carabina, sin testigos, sin más defensa que mi propia lengua, es la cosa más natural del mundo.
Quizá lo más alarmante de la velada sea lo natural que empieza a parecerme.
Lo cual significa que esta noche, para cenar conmigo, lo ha hecho todo él. Incluida la cena. Hay un guiso de cordero con especias que no esperaba a este lado del río, pan recién hecho, una botella de un vino que en Mayfair costaría una pequeña indecencia.
—Usted cocina —digo, y no consigo del todo que no suene a acusación.
—Le sorprende.
—Me sorprende. He venido preparada para un rey del hampa: cadenas, oro robado, una querida o dos. No para un hombre que guisa cordero y vive sin criados como un monje con cicatrices.
—Aprendí de niño. —Me sirve sin que se lo pida, el mejor pedazo en mi plato—.
Cuando cocinar bien era la diferencia entre que una sopa de huesos diera para dos días o para uno.
Vivienne y yo nos turnábamos. Ella medía; yo robaba lo que había que medir.
No se desaprende el hambre, lady Ellerby.
Se disimula con manteles caros, en su mundo. En el mío ni eso.
—¿Y su hermana? —pregunto—. ¿También cocina?
—Vivienne no cocina. Vivienne calcula. —Parte el pan con las manos—.
De niños nos repartimos el mundo: yo me ocupaba de que comiéramos, ella de que no nos engañaran al pesar lo poco que teníamos.
A los nueve años ya sabía cuánto nos robaba el panadero en cada hogaza.
A los doce, el panadero había cerrado, y nadie supo jamás por qué.
—Me sostiene la mirada—. Le cuento esto para que entienda con quién va a cenar más de una vez, si esto sigue.
Mi hermana parece la mitad serena de los dos.
Es un error que la gente comete una sola vez en la vida.
—Lo tendré presente.
—Hágalo. Es el mejor consejo que le he dado gratis.
Come sin ceremonia y sin disculparse por la falta de ella, y me atiende con un cuidado que no se anuncia, que está ahí sin pedir que lo note: el vaso que no se vacía, la vela acercada cuando la luz me queda escasa.
Nadie me ha cuidado así desde que dejé de merecer que me cuidaran, hace cinco años en un parque.
No se lo digo. Hay agradecimientos que cuestan demasiado caros.
Y, sin embargo, lo noto. Noto que llevo media cena con los hombros bajados, sin la guardia que no suelto desde Kensington, y que la he soltado sin darme cuenta, en casa de un criminal, rodeada de sus libros y de su silencio.
Tomo nota de eso también. Es, con diferencia, lo más peligroso que me ha ocurrido esta noche, y la noche no ha terminado.
Es entonces cuando los veo. Las paredes de la sala, las dos que no dan a la cocina, están forradas de libros del suelo al techo.
No son los libros que un advenedizo compra por metros para parecer culto, con los lomos intactos.
Estos están leídos. Gastados. Alguno abierto boca abajo sobre una mesa, marcando una página.
—¿Me permite? —Ya estoy de pie, porque la curiosidad pesa más que los modales.
—Es lo único de esta casa que se mira sin pagar entrada.
Saco uno al azar. Está anotado. En los márgenes, con una letra apretada y firme, la misma que firmaba en rojo los pagarés de mi padre, Marcus Deveran discute con el autor.
«Falso», ha escrito junto a un párrafo sobre la nobleza de la pobreza.
«El que esto escribió nunca ha tenido hambre.
» Más abajo, junto a otra línea: «Aquí sí. Aquí acierta».
—Discute usted con ellos —murmuro, hojeando otro. Y otro. Historia, filosofía, tratados de comercio, un volumen de versos con una esquina doblada.
—Pagué cara cada palabra que sé leer. Aprendí solo, de noche, robando velas como robaba el resto.
—Se reclina, y por una vez no hay cálculo en su voz—.
Un hombre que ha pagado tanto por leer no perdona a un autor que le miente desde la comodidad de una biblioteca heredada.
Cuando uno de esos caballeros escribe que la pobreza ennoblece, yo sé que nunca ha pasado un invierno con un solo par de zapatos entre dos.
Y se lo digo. En el margen. Es la única conversación que puedo tener con ellos de igual a igual.
—Es la cosa más arrogante y triste que le he oído. —Devuelvo el libro a su sitio exacto, porque intuyo que en esta casa cada cosa lo tiene—. Y no sé cuál de las dos me incomoda más.
—Las dos suelen venir juntas. —Algo que casi es una sonrisa—. Usted debería saberlo mejor que nadie, lady Ellerby. La arrogancia es lo que le queda a uno cuando le han quitado todo lo demás. Es barata y abriga.
Devuelvo el libro a su sitio y, al hacerlo, mi mano roza el lomo de un volumen de versos con una esquina doblada, el único sin una sola nota en los márgenes.
—De ese no se discute —dice, antes de que yo pregunte—. Lo compré el invierno en que murió mi madre, en un puesto del mercado, con dinero que hacía falta para otras cosas más urgentes. No lo he releído. Me basta con saber que está ahí.
La esquina doblada, comprendo, no marca una página que piense volver a leer. Marca una que no soporta releer. Hay una clase de dolor que solo se guarda; abrirlo otra vez sería gastarlo, y él no puede permitírselo.
No respondo, y eso, en mí, es un acontecimiento. Llevo cinco años teniendo siempre la última frase, y este hombre me la quita sin esfuerzo, devolviéndome mis propias armas con el filo hacia mí. Al volver a sentarme levanto la vista hacia la escalera que sube al segundo piso.
Arriba, al fondo del rellano, hay una puerta cerrada.
No tiene nada de particular, salvo que es la única puerta cerrada de una casa en la que todo lo demás está abierto, vivido, a la vista.
Y salvo que, cuando mis ojos se posan en ella, noto los suyos posarse en mí, vigilando hacia dónde miro, y que no dice una palabra.
No la menciona. No la explica. La rodea con el silencio con que un hombre rodea la única cosa que no piensa enseñar, ni a mí ni a nadie.
—¿Y ahí arriba? —pregunto, con la ligereza estudiada de quien no pregunta nada importante.
—Trastos viejos.
—Un hombre que ordena cada libro al milímetro no guarda «trastos viejos» tras la única puerta con llave de su casa.
—Un hombre que ordena cada libro al milímetro tampoco abre esa puerta a una invitada en la primera cena.
—Me retira la silla para que vuelva a sentarme, cerrando el tema con la cortesía con que se cierra una verja—.
Más vino. La noche es joven y usted aún no me ha dicho qué le ha parecido el cordero.
Vuelvo a la mesa. No insisto. Una aprende, en mi oficio, que las puertas cerradas se abren solas cuando dejas de empujarlas, y que el modo más rápido de que un hombre te enseñe lo que esconde es fingir que no te interesa lo más mínimo.
La archivo, eso sí. Igual que él archivó a Croft, igual que yo archivo a quien me hace daño, guardo esa puerta del segundo piso, con su silencio y su llave, en el cajón de las cosas que pienso entender antes de que esto termine.
Porque algo me dice que detrás no hay trastos viejos.
Detrás está la única verdad que Marcus Deveran no me ha enseñado esta noche, y empiezo a sospechar que es la que de verdad importa.
—El cordero —concedo, alzando la copa que él vuelve a llenarme— está mejor de lo que ningún hombre de los muelles tiene derecho a cocinar.
Como casi todo en esta casa, señor Deveran.
Empieza usted a resultar un problema de contabilidad: hay demasiadas cosas en su haber que no esperaba encontrar, y no sé en qué columna apuntarlas.
—Apúntelas donde apunta lo que no sabe si la salvará o la hundirá. —Choca su copa con la mía sin sonreír—. Yo a usted la tengo en esa columna desde la primera mañana, en mi despacho. Empezamos a estar en paz.