Capítulo 11
Hay clubs en Londres a los que no me han invitado en mi vida y a los que entro igual, porque el miedo abre puertas que la cuna cierra con llave.
El Hartwell es uno de ellos. Aquí los caballeros vienen a fingir que el dinero les da igual mientras lo pierden en mesas de whist hasta el amanecer, a cerrar matrimonios como quien cierra contratos de ganado, y a hablar de los asuntos que no pueden hablarse en sus casas porque allí hay esposas con oído fino.
Por eso vengo. Un club de caballeros parece un templo del ocio, y es en realidad la lonja más discreta de Inglaterra: bajo el humo de los cigarros y el ruido de las fichas se negocia todo lo que no debe constar en papel, los préstamos que arruinan a una familia, los silencios que salvan a otra, los favores que mueven votos en los Comunes.
La mitad de mis mejores tratos los he cerrado en salas como esta, con hombres que en público fingirían no conocerme.
El conserje me ve cruzar el vestíbulo y decide, como deciden todos, que su tranquilidad vale más que el reglamento.
Nadie me pide la tarjeta. Un par de lores junto a la chimenea interrumpen su conversación cuando paso, y uno de ellos, que me debe una suma que prefiere olvidar, descubre de pronto algo fascinante en el fondo de su copa.
Me sirvo un brandy que no he pedido, me siento en el mejor sillón, y espero.
No tardo. La gente que tiene algo que ofrecerme siempre acaba acercándose; es lo bueno de no perseguir a nadie nunca.
—Deveran. —Lord Felix Mordaunt se deja caer en el sillón de enfrente con la familiaridad de quien aún cree que esta sala le pertenece—. Esperaba encontrarte. Curioso, los lugares donde uno te encuentra ahora. Antes no frecuentabas Pall Mall.
—Antes Pall Mall no tenía nada que me interesara. —No me molesto en fingir cortesía—. Diga lo que ha venido a decir, milord. Los dos sabemos que no se ha sentado por el placer de mi compañía.
—Directo. Me gusta eso de los hombres que no han nacido para esto.
—Cruza una pierna sobre la otra, se acomoda, saborea el momento que lleva ensayando frente al espejo—.
Voy a hacerte un favor, de hombre a hombre.
Te conviene oírlo antes de seguir paseándote del brazo de Isolde Ellerby por medio Londres como si fuera un trofeo.
No respondo. El silencio es la mejor invitación que conozco; los hombres como Mordaunt no soportan un hueco sin llenarlo de sí mismos.
—Esa mujer no es lo que parece. —Baja la voz a ese registro de confidencia entre caballeros—.
La conozco mejor que nadie en esta ciudad.
Estuve a punto de cometer el error de casarme con ella, hace cinco años, y me libré a tiempo, gracias a Dios.
Es fría. Calculadora. Tiene una red de informadores en cada salón de Mayfair que usa para enterarse de las miserias de la gente y guardarlas hasta que le sirven.
Te está utilizando, Deveran. Tú le abres la puerta de los salones que la repudiaron, y el día que vuelva a estar dentro, te soltará el brazo sin mirar atrás.
Lo sé porque es justo lo que yo haría en su lugar.
—Continúe. —Doy un sorbo al brandy, sin prisa—. Aún no me ha hecho ninguna oferta, y usted no es hombre de regalar consejos. Todo lo que da, lo cobra.
Sonríe, satisfecho de que lo haya entendido tan rápido.
—Tengo cosas sobre los Ellerby. Sobre ella.
—Se inclina, y la avidez le asoma bajo la máscara de preocupación—.
Deudas del padre que ni el propio Cedric conoce, escondidas en sitios que tardarías meses en encontrar.
Nombres con los que la he visto tratar en las sombras.
Un par de secretos suyos que, bien usados, harían que esa fachada de hielo se resquebrajara en una sola velada y volviera a ser lo que era: una solterona arruinada de la que nadie se acuerda.
—Hace una pausa, calculando el precio—. Te lo entrego todo.
A cambio de muy poco. Apártala. Déjala caer, hazla quedar como lo que es, y cada cual sigue su camino.
Tú conservas tu reputación de hombre intocable, y yo tengo mis razones para preferir a Isolde Ellerby de vuelta en el rincón del que jamás debió salir.
—¿Y cuáles son esas razones? —pregunto, con un interés que no siento—. Un hombre que dejó a una mujer hace cinco años no suele molestarse tanto en mantenerla caída.
—Digamos que no me gusta verla feliz. —La sonrisa se le tuerce, y por un instante asoma debajo algo más viejo y sucio que el cálculo: el rencor del que humilló a alguien y no soporta que ese alguien haya sobrevivido—.
La rompí yo. Me corresponde decidir si se la deja recomponerse, y del brazo de quién.
Lo dejo terminar. Lo dejo terminar entero, hasta la última palabra, porque quiero saber hasta dónde llega un hombre antes de pararlo, y porque mientras habla observo cómo apoya la mano derecha sobre la mesita de caoba que hay entre los dos, relajado, dueño de sí, sin sospechar nada de lo que viene.
Por oficio, debería aceptar. Lo que me ofrece tiene valor real: un hombre con los secretos de los Ellerby en la mano controla a los Ellerby, y controlar es lo único que sé hacer bien.
Hace tres semanas habría cerrado este trato sin pestañear.
Me habría guardado la información de Mordaunt en el cajón del segundo piso, junto a las demás, y habría usado a Isolde Ellerby el tiempo que me conviniera para soltarla después, igual que él propone, sin más cargo de conciencia que el de un comerciante que liquida una mercancía.
Era el plan. Era, de hecho, mi plan exacto la noche que entré sin invitación en casa de los Penhallow a cobrarle la deuda a su padre.
Algo se torció por el camino, no sé en qué momento, y eso me inquieta más que cualquier cosa que pueda venderme este hombre.
Hay una cosa que no le digo, porque no me la digo todavía ni a mí mismo: que llevo medio discurso suyo con un calor extraño subiéndome por la nuca, un calor que no es cálculo ni negocio, que no figura en ninguna de las listas que sé leer de memoria.
No le pongo nombre. Le pongo, en cambio, mi mano encima de la suya, sobre la madera, como quien sella un trato entre caballeros.
Y aprieto.
No es un golpe. Un golpe se ve, se oye, da pie a que un caballero llame a los testigos y exija una satisfacción al amanecer.
Esto es solo mi mano sobre la suya, sobre el borde de la mesa, con todo mi peso detrás, despacio, sin un gesto brusco que nadie alrededor pueda señalar después, hasta que noto bajo la palma cómo los dedos de Felix Mordaunt ceden contra la caoba de una forma que la naturaleza no previó para ellos.
Su rostro pasa del desconcierto al dolor sin detenerse en ningún punto intermedio y sin soltar un solo grito, porque le clavo la mirada y le hago entender, sin una palabra, que un alarido en esta sala lo humillaría mil veces más a él que a mí.
Aquí los caballeros no gritan. Es lo único decente que tienen.
—Escúcheme bien, milord, porque lo voy a decir una sola vez.
—Mantengo la voz baja, casi cordial, mientras la presión no afloja—.
No quiero sus secretos. No quiero las deudas ajenas que ha venido a vender, ni sus nombres de las sombras, ni su ayuda para apartar a nadie de ninguna parte.
Lo que quiero es algo mucho más sencillo, y se lo voy a dejar muy claro.
—Aprieto un grado más, y un sudor fino le perla la frente bajo los rizos peinados con esmero—.
La próxima vez que pronuncie el nombre de esa mujer en mi presencia, o lejos de ella, o en sueños, pierde la mano entera.
No el dedo. La mano. Y el día que ocurra, parecerá un accidente, igual que parece un accidente lo de esta noche, y ningún magistrado de Inglaterra encontrará una sola prueba que diga lo contrario.
Lo suelto. Mordaunt retira la mano contra el pecho y la acuna con la otra, los dedos ya hinchándose, amoratándose, la cara blanca como la cera de una vela consumida.
—Estás loco —jadea entre dientes—. Por una… Por ella. Te ha vuelto loco esa mujer.
—No he oído el final de esa frase. —Me pongo en pie y me ajusto el guante con calma—.
Y por su bien, milord, espero no oírlo nunca.
Que se cuide esa mano. Sin el sastre adecuado, y ahora sin la mano derecha, le auguro una temporada larga y complicada.
Londres es despiadado con los caballeros que pierden facultades.
Un camarero se acerca, atraído por la palidez de Mordaunt, y se detiene a tres pasos al cruzarse con mi mirada.
—Lord Mordaunt no se encuentra bien. —Dejo una moneda en su bandeja—. Acompáñelo a un coche, y tráigale algo para el dolor. Va a necesitarlo una buena temporada.
Salgo del Hartwell sin prisa, con el conserje fingiendo que no me ve y media sala fingiendo que no ha visto nada, que es la cortesía suprema de esta gente: mirar a otro lado con elegancia.
En la calle, el aire frío me golpea la nuca, justo donde antes me subía aquel calor, y por primera vez en toda la noche me obligo a mirar de frente lo que acabo de hacer.
No le he roto los dedos a Mordaunt por negocio.
El negocio aconsejaba escuchar su oferta, regatearla, quedarme con su información y no darle nada a cambio, que es como se trata a un hombre que viene a vender a otra persona.
Le he roto los dedos porque ha dicho que pensaba volver a hundir a Isolde Ellerby, y algo dentro de mí, algo que llevo diez años convencido de que no existía o de que lo había matado de hambre, se ha levantado antes de que yo decidiera levantarlo.
Vivienne me lo advirtió, sentada bajo la lámpara del almacén, con esa puntería que tiene para mis grietas.
Dijo que la gente como nosotros sabe qué hacer cuando los demás huyen de lo que somos, y no sabe qué hacer cuando alguien se queda.
No mencionó esta otra posibilidad, la peor de todas: la de que el que se quede sea yo.
La de que, sin haberlo decidido en ninguna parte, haya dejado de poder marcharme.
No le pongo nombre todavía. Sé reconocer una deuda nueva cuando me nace dentro, y esta no figura en ninguno de los libros que llevo. Lo que no sé aún es a quién se la debo: si a ella, o a mí, por haber tardado treinta y cuatro años en contraerla.