Capítulo 13
Llego tarde a mi propia traición, y la encuentro ya resuelta, lo cual debería tranquilizarme y consigue justo lo contrario.
La nota me alcanza a media tarde, en la casa de los muelles, con Isolde todavía sentada a mi mesa repasando uno de mis libros como si tuviera derecho a hacerlo.
Cuatro palabras, de puño y letra de uno de mis hombres: «Han vendido las rutas».
No hace falta más. Alguien de dentro, alguien con acceso al mapa de importación que Vivienne perfecciona desde hace años, se lo ha pasado a Greave.
En este oficio, una filtración así no es un problema que se resuelva con paciencia.
Es una herida abierta por la que se desangra todo lo demás si no se cierra rápido y bien, porque quien conoce tus rutas conoce tus horarios, y quien conoce tus horarios elige el momento de clavarte el cuchillo.
Cojo el sombrero y voy hacia la puerta. Isolde se levanta, se pone la capa sin preguntar y me sigue al carruaje con la naturalidad de quien ha decidido, en algún momento que no recuerdo haberle concedido, que mis problemas son ahora el paisaje de su tarde.
Debería detenerla. Esto no es un baile ni una cena; es el lado del río donde las cosas se tuercen de verdad.
Abro la boca para decírselo, y la cierro.
No la detengo. Empiezo a sospechar que ya no sé hacerlo, y que esa incapacidad tiene un nombre que llevo días sin pronunciar.
En el carruaje, mientras traqueteamos hacia el almacén por calles que ella no conoce y yo conozco de sobra, Isolde no pregunta nada.
No quiere saber qué vamos a encontrar, o ya lo ha deducido, que con ella viene a ser lo mismo.
Mira por la ventanilla el Londres que se va ensuciando a medida que nos acercamos al río, y en su perfil no leo miedo.
Leo cálculo. Está midiendo mi mundo igual que mide los salones, buscándole las salidas, los puntos de presión, las mentiras.
La traigo a ver una traición y ella la encara como una velada más en la que conviene saber dónde tiene cada cual las manos.
No sé si tranquilizarme o asustarme. Con esta mujer, las dos cosas suelen ser una sola.
Cuando entramos en el almacén, lo primero que noto es que no hay urgencia.
Mis hombres no corren. No hay nadie atado a una silla, no hay sangre en el suelo, no hay esa quietud tensa que precede a lo irreparable y que conozco bien.
Hay, en cambio, una lámpara encendida sobre la mesa larga, un hornillo en un rincón con una tetera al fuego, y a mi hermana sentada con un libro de cuentas abierto y la expresión de quien lleva horas esperando, sin la menor prisa, a que el mundo la alcance.
—Llegas tarde —dice Vivienne, sin levantar la vista del libro—. Ya está hecho.
—¿Quién ha sido?
—Pemberton. El de los registros del muelle del este. —Pasa una página—. Antes de que preguntes: no, no le he tocado un pelo. Habría sido un desperdicio. Un hombre muerto no sirve para nada; un hombre asustado y endeudado sirve para siempre.
Me siento frente a ella. Conozco este tono. Es el que usa cuando ha hecho algo de lo que está, a su manera glacial, más que satisfecha.
—Explícate.
—Pemberton tiene una hermana en Lambeth con una deuda que no puede pagar y un marido que no debe enterarse de cómo la contrajo.
—Cierra el libro con suavidad—. No hizo falta más.
Le expliqué, con números, lo que le ocurriría a esa hermana si Greave seguía recibiendo nuestras rutas auténticas.
Y le expliqué, también con números, lo que dejaría de ocurrirle si a partir de mañana le pasara a Greave las rutas que yo le diga pasar.
Pemberton ya no es una filtración, hermano.
Es una tubería, y ahora el agua la dirijo yo.
Greave va a recibir, durante semanas, justo el mapa que me conviene que crea verdadero.
Va a mover hombres y dinero a sitios donde no hay nada que robar, convencido de que nos desangra.
Y el día que descubra el error, será tarde, y le habrá costado una fortuna.
No digo nada durante un momento. Es mejor que matar.
Es más limpio, más permanente, y vuelve la traición contra quien la compró, como un cuchillo que se gira en la mano del que lo clava.
Mi hermana ha cogido la peor noticia de la semana y la ha convertido, en una sola tarde y sin levantar la voz, en la mejor.
—¿Y si Pemberton se arrepiente y avisa a Greave de que lo hemos vuelto?
—No lo hará. —Vivienne sirve por fin el té, dos tazas, con una calma de salón de Mayfair—.
Porque el día que lo haga, su hermana de Lambeth recibe una visita, y él lo sabe sin que yo se lo deletree.
No le he pedido lealtad, Marcus. La lealtad se compra y se vende, y Greave paga más que nosotros.
Le he dado miedo, que es lo único que no cambia de bando.
El miedo no se subasta. Solo se obedece.
—Greave no se va a quedar mirando cómo persigue fantasmas —observo—. Cuando descubra que el mapa es falso, va a buscar quién se lo dio.
—Que lo busque. —Vivienne sopla su té sin prisa—.
Encontrará a Pemberton, que para entonces será un hombre roto de miedo y sin nada útil que confesar, porque no sabe cuáles de las rutas que me pasa son verdaderas y cuáles no.
No se lo he dicho. Le entrego el mapa entero y dejo que se lo crea entero.
Un traidor que ignora qué traiciona es la mejor clase de traidor: convence a su nuevo amo porque él mismo está convencido.
—Eres aterradora.
—Soy meticulosa. Confundes las dos cosas porque te conviene confundirlas. —Por fin levanta la vista del libro—. La diferencia, hermano, es que lo aterrador improvisa. Yo no he improvisado nada en diez años.
La miro, a mi hermana, sirviendo té sobre las cenizas de una traición que ha desactivado antes de comer, y pienso, no por primera vez, que el mundo entero debería dar gracias de que Vivienne Deveran haya decidido emplear su talento en defendernos y no en gobernarlo.
Es entonces cuando se acuerda de que no estamos solos.
Isolde se ha quedado de pie junto a la puerta, sin estorbar, observando la escena entera con esa atención suya de tasadora que registra cada detalle y no pierde uno.
No ha dicho una palabra en todo el rato.
Ha escuchado a mi hermana desmontar una traición con números y miedo, sin alzar la voz, sin mancharse las manos, y veo en su cara que ha entendido algo que la mayoría de la gente tarda años en entender sobre Vivienne, si llega a entenderlo alguna vez: que la más peligrosa de los dos hermanos Deveran no soy yo.
Vivienne sigue mi mirada. Y por primera vez en toda la tarde deja el libro del todo, se reclina, y mira a Isolde con un interés genuino, ese que reserva para los problemas que merecen su atención completa.
—Ah. —Algo se le enciende detrás de los ojos—. Tú eres la que no le tiene miedo. La que ha conseguido que mi hermano deje de pensar con la cabeza. Qué útil. Llevaba semanas con ganas de verte de cerca.
Espero que Isolde responda como responde la gente ante Vivienne: con medio paso atrás, con una sonrisa nerviosa, con la prisa repentina de quien recuerda de pronto una cita en otra parte de la ciudad.
Es lo que hacen todos. Es lo que el buen sentido aconseja, y Isolde Ellerby es la mujer más sensata que conozco.
Isolde la mira un instante, ladea apenas la cabeza, y dice:
—El té de ese hornillo lleva veinte minutos en el fuego. Está usted sirviéndolo amargo a propósito, para tener algo desagradable que ofrecer mientras decide si le caigo bien o si le conviene que le caiga mal. Es un buen truco. Pienso robárselo.
Se hace un silencio. Mis hombres, al fondo, contienen la respiración a la vez, porque nadie le habla así a Vivienne y sigue de pie, entero, con la temperatura corporal intacta.
Y entonces mi hermana sonríe. No la media sonrisa que usa para los negocios, esa que asusta más que un ceño. La otra. La de verdad, la que yo no le veo desde hace años, la que reserva para las dos o tres cosas en el mundo que de verdad le gustan.
—Vaya. —Vivienne empuja una de las tazas hacia Isolde a través de la mesa, con dos dedos, despacio—. Marcus. Esta. Esta puede quedarse.
—No le he pedido permiso para quedarme —apunta Isolde, sin perder la calma ni dar el paso al frente que aceptaría la taza—. Ni a usted, ni a su hermano. Me quedo, si me quedo, porque lo decido yo. Que quede claro desde el primer té.
—Mejor todavía. —Vivienne bebe, y el amargor no le mueve un músculo de la cara—.
Lo que se queda porque se le permite se va en cuanto se le retira el permiso.
Lo que se queda porque lo ha decidido, hay que arrancarlo.
Da mucho más trabajo y ofrece mucha mejor garantía.
—Empuja la taza un dedo más—. Bienvenida al trabajo, lady Ellerby.
Tómese el té. Está malísimo. Es una prueba, y la única forma de pasarla es bebérselo sin quejarse.
Las miro a las dos, a un lado y a otro de la mesa larga, dos mujeres que acaban de reconocerse en menos de un minuto del modo en que a mí me costó semanas reconocer a una sola de ellas.
Es como ver dos espejos enfrentados descubrir, a la vez, que reflejan el mismo código escrito en dos idiomas.
Y siento algo que no termino de identificar y que se parece, de un modo incómodo, al alivio de un hombre que lleva toda la vida solo y empieza a sospechar que ha dejado de estarlo.
No es un pensamiento cómodo. Es, quizá, el más peligroso que he tenido en diez años.
Un hombre solo es invulnerable porque no tiene nada que quitarle; un hombre con dos mujeres así en la misma habitación tiene, de pronto, dos heridas con nombre.
Y Greave, que dibuja mapas, dibuja mapas justo de eso: de dónde le duele a uno, de qué se le puede arrebatar para doblarlo sin tocarlo.
No lo digo. Cojo mi propia taza, el té amargo de los veinte minutos, y me lo bebo entero, porque esta noche, por una vez, el sabor me parece justo el que toca: fuerte, sin azúcar, y compartido.
Lo que venga después, vendrá. Esta noche tengo dos espejos en mi almacén tomando el té, y a Greave moviendo soldados por un mapa que le he regalado yo.
Por una noche, me permito el lujo de que eso me sepa a victoria, aunque sepa también, como toda victoria mía, a algo que tendré que defender.