El Rey sin Corona (Deveran 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Hyde Park, Londres. A la mañana siguiente.

Enseñar a un lobo a inclinar la cabeza tiene un inconveniente que no había previsto: que el lobo aprende, y entonces da más miedo que antes.

Son las once de la mañana, la hora en que Londres entero sale a Hyde Park a pasear su ropa y a dejarse ver por quien conviene.

He elegido el sendero principal a propósito.

Si vamos a fingir un cortejo, no sirve de nada hacerlo donde no haya testigos; la temporada se gana en los lugares donde la gente puede mirar sin parecer que mira.

Marcus camina a mi lado de oscuro, como le pedí, y aun así consigue que cada persona con la que nos cruzamos calcule en silencio la ruta más corta hacia otra parte.

Esta es la hora en que la ciudad se exhibe.

Entre las once y la una, el parque es un escenario donde la buena sociedad finge pasear mientras en realidad trabaja: se cuentan los sombreros nuevos, se miden los cortejos, se decide quién sube y quién baja con la misma frialdad con que en los muelles se pesa el género.

Traer aquí al rey del hampa es soltar un lobo en un palomar a la hora de comer.

Lo he hecho a sabiendas. Si hemos de fingir, conviene que lo vea la ciudad entera el primer día, para que el segundo ya sea noticia vieja.

—Empezamos por lo más sencillo —anuncio—.

Va a aprender a saludar. Un caballero, al cruzarse con una dama conocida, hace tres cosas: inclina apenas la cabeza, se lleva la mano al ala del sombrero y dice algo intrascendente sobre el tiempo.

Le toca a usted. Imagine que soy la marquesa de Threnholm. Salúdeme.

Marcus se vuelve hacia mí. Se queda muy quieto, me clava los ojos sin parpadear, y dice, con una voz grave que sale de algún sótano:

—Buenos días.

Un caballero que pasea a unos pasos acelera el paso sin disimulo. Una niñera tira de su carrito en dirección contraria.

—No. —Me cuesta no reírme, y eso me molesta, porque hace cinco años que controlo lo que sale de mi boca con la precisión de un relojero—. Acaba de saludarme como saluda a un hombre que le debe dinero y que no piensa pagarle. La marquesa, a estas alturas, estaría buscando a su lacayo.

—La he saludado.

—Ha pronunciado dos palabras correctas con la cara de quien anuncia una ejecución.

El problema no son las palabras. Son los ojos.

—Doy un paso hacia él, y el aire entre los dos se tensa igual que la otra mañana en su despacho—.

No se sostiene la mirada así a una dama en sociedad.

Eso, donde yo vivo, es una declaración. Un caballero mira y aparta. Mira y aparta. Suaviza.

—No sé suavizar.

—Lo sé. Es lo más sincero que me ha dicho en dos días. —Retrocedo—. Otra vez. Y esta vez no me mire como si calculara cuánto peso para cargarme al hombro.

—¿Y qué hago con las manos? —Baja la vista a las suyas como si las viera por primera vez—. En los muelles, un hombre que no sabe qué hacer con las manos es un hombre muerto.

—Aquí es al revés. Aquí, el hombre que sabe demasiado bien qué hacer con las manos es el que mata la conversación.

—Le señalo los puños, que tiene cerrados sin darse cuenta—.

Ábralos. Un caballero no aprieta los puños cuando habla del tiempo.

Las manos cuelgan sueltas, inútiles, como si no hubieran sostenido un arma en la vida. Finja que no sabe para qué sirven.

—Eso es mucho fingir.

—El mundo entero es mucho fingir, señor Deveran. Bienvenido a él.

—En mi mundo, al menos, uno sabe quién finge.

—En el mío también. La diferencia es que aquí sonríen mientras lo hacen.

Lo intenta de nuevo. Inclina la cabeza —demasiado poco, como quien concede algo a regañadientes—, se lleva la mano al sombrero con la delicadeza de quien desenfunda, y suelta su comentario sobre el tiempo:

—Hace un día seco.

—«Hace un día seco» —repito—. Lo ha dicho como una amenaza meteorológica. Como si el día fuera a arrepentirse de estar seco.

Y en ese momento la prueba se nos presenta sola.

Lady Carstairs, una conocida de mi madre con más curiosidad que prudencia, se acerca por el sendero con la intención evidente de averiguar de primera mano qué hace la Ellerby del brazo del hombre del que habla todo Londres.

Antes de que yo pueda intervenir, Marcus se vuelve hacia ella y ensaya, obediente, lo que acaba de aprender: la inclinación demasiado escasa, la mano que sube al sombrero como quien va a sacar algo de debajo, los ojos clavados sin un parpadeo.

—Buenos días —le dedica, con su vozarrón de sótano—. Hace un día seco.

Lady Carstairs emite un sonido que no es del todo humano, balbucea un compromiso urgentísimo que acaba de recordar, y se bate en retirada hacia la seguridad de un grupo numeroso, abanicándose como si le faltara el aire.

Y entonces ocurre.

Se me escapa la risa.

No la mía de los salones, esa que mido al milímetro y que no compromete nada.

La otra. La que no recordaba tener, la que me sube desde algún sitio que creía clausurado y se me sale entera antes de que pueda ponerle la mano encima.

Me río de verdad, en mitad de Hyde Park, de un hombre peligroso que acaba de espantar a una matrona amenazando al clima con buenos modales, y el sonido me sorprende a mí más que a nadie, porque hace mucho que no lo oigo.

Marcus se queda inmóvil.

No es la quietud del depredador que acecha, la que le he visto hasta ahora.

Es otra. Se ha quedado parado en mitad del sendero como un hombre al que un ruido inesperado lo ha clavado al suelo, con la mano todavía a medio camino del sombrero, mirándome de un modo que no me había mirado: como quien oye, por primera vez en su vida, un sonido cuya existencia ignoraba. No dice nada.

Y yo, que llevo cinco años vigilando cada cosa que sale de mí, me descubro alarmada por un sonido propio.

Esa risa no figura en mi repertorio. La enterré junto a la muchacha de Kensington, y acaba de salir de su tumba sin pedirme permiso, por culpa de un criminal que no sabe amenazar al clima.

No me gusta lo que eso insinúa. Me gusta todavía menos que no me disguste del todo.

—Otra vez —digo al fin, porque necesito que pasen los segundos—. Y esta vez, mientras lo dice, piense en algo que no sea cobrar una deuda.

—No tengo muchas cosas en la cabeza que no sean eso. —Lo dice sin queja, como un dato—. ¿En qué piensa un caballero mientras habla del tiempo?

—En nada. Ese es el secreto. Por eso resulta tan tranquilizador. —Suavizo el tono sin querer—. Un caballero saluda como respira: sin que le cueste, sin que signifique nada. Usted hace que saludar parezca un oficio. Y el oficio, en esta gente, asusta.

Lo intenta una vez más. Y esta vez, por una fracción de segundo, antes de que la costumbre vuelva a endurecerle la mandíbula, lo consigue: una inclinación de cabeza casi correcta, una mano que toca el ala del sombrero sin parecer que va a sacar nada de debajo, un «buenos días» que no condena a nadie a muerte.

Dura un instante. Es suficiente para saber que el lobo, en efecto, aprende.

—Mejor —concedo—. Acaba de saludar como un hombre y no como una sentencia. Repítalo tres mil veces y quizá una marquesa sobreviva al encuentro.

Lo cierto es que no necesitará tres mil.

Lo veo en cómo registra cada corrección y la archiva sin repetir dos veces el mismo fallo, igual que aprendería los puntos flacos de un rival.

Aprende como caza: rápido, callado, sin malgastar un solo gesto.

Y mientras lo observo mejorar, me asalta de nuevo la idea incómoda con que abría esta mañana: enseñar a un lobo a inclinar la cabeza no lo vuelve menos lobo.

Lo vuelve un lobo capaz de entrar en los sitios donde antes le cerraban la puerta.

No sé si le estoy haciendo un favor a Londres.

Es entonces cuando lo veo.

En un banco, a unos cincuenta pasos, medio escondido tras un seto que no lo esconde en absoluto, está sentado mi padre.

Lleva el abrigo bueno, el que reserva para las ocasiones, y sostiene contra el hombro un paraguas negro cerrado, enhiesto como una lanza, pese a que sobre Hyde Park no hay una sola nube y el sol cae limpio sobre la hierba.

Finge leer un periódico que sostiene del revés.

Cuando nota que lo miro, se hunde un dedo más tras el seto, lo cual lo deja igual de visible que antes, solo que ahora con cara de culpa.

—Su carabina lo hace fatal —murmura Marcus, que también lo ha visto.

—Es mi padre. Lleva veintiocho años haciéndolo todo fatal; sería cruel pedirle que mejore a estas alturas.

—Le sostengo a mi padre la mirada hasta que vuelve a su periódico boca abajo—.

Ha venido a vigilar que el rey del hampa no me devore en un parque público, a plena luz, rodeado de la mitad de Mayfair.

Con un paraguas. Por si llueve, supongo.

O por si tiene que defender mi honor a bastonazos.

—¿Y lo haría?

—Tendría que soltar el periódico primero, así que no.

Como si nos hubiera oído desde cincuenta pasos, mi padre baja una esquina del diario, nos dedica una mirada que pretende ser de advertencia viril y le sale de conejo asustado, y vuelve a parapetarse. El paraguas no se ha movido un milímetro de su hombro.

—Su padre cree que con ese paraguas me detendría —comenta Marcus.

—Mi padre cree muchas cosas. Es su gran talento: creer cosas y no actuar sobre ninguna. —Reanudo el paso—. Aunque hoy ha salido de casa por mí, lo cual no le había visto hacer en años. No pienso estropeárselo diciéndole que es inútil.

Echo a andar de nuevo por el sendero, y Marcus me sigue, ensayando por lo bajo la inclinación de cabeza que acaba de aprender, recolocándose los hombros como un hombre que prueba una chaqueta prestada.

Y mientras lo veo intentarlo, sincero y torpe y peligroso, con mi padre montando guardia tras su periódico del revés, caigo en la cuenta de que llevo media mañana sin acordarme de la deuda, ni de la ruina, ni de la casa fría que me espera al volver. Llevo media mañana riéndome.

No me detengo a pensar qué significa eso. Algunas cosas es mejor no saludarlas todavía. Aparto la vista de él, la fijo en la pareja que se acerca de frente y que ya calcula cómo evitarnos, y le indico, en voz baja, que sonría sin enseñar los dientes.