El Rey sin Corona (Deveran 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Londres tarda más en olvidar un escándalo que en fabricar uno, y esta semana se ha empleado a fondo en fabricarme a mí.

Mi madre entra en el saloncito sin llamar, con un periódico en una mano y el abanico en la otra, y la cara de quien trae una catástrofe que lleva toda la mañana deseando contar.

—¡Te han visto! —Agita el periódico como si en él viniera mi sentencia—.

En Hyde Park. Del brazo de ese hombre. Lo cuenta media ciudad.

La señora Faversham me ha mirado en la modista como se mira a la madre de una perdida, y la modista ha tardado tres minutos de más en atenderme. Tres minutos, Isolde. Sé contar.

—Buenos días a usted también.

—No hay nada de bueno en este día. —Se desploma en el sofá—.

Un criminal. Un hombre salido del fango, sin título, sin familia que se conozca, del que las doncellas se santiguan al pronunciar su nombre.

¿En qué cabeza cabía? Estás acabada. Acabada del todo.

Ni el más desesperado de los viudos de Inglaterra te mirará ya.

Espero. Conozco a mi madre, y conozco el tiempo exacto que tarda el miedo, en ella, en transformarse en aritmética. No me hace esperar mucho.

—Aunque… —Se detiene. Veo girar la maquinaria detrás de sus ojos, la misma con que tasa una tela por el derecho y por el revés antes de comprarla—.

Dicen que tiene más dinero que el Banco de Inglaterra.

Que la mitad de los caballeros de White's le deben favores que no se atreven a nombrar.

Y no se le conoce esposa. —Se inclina hacia mí, y la alarma se le ha convertido en algo bastante peor: en esperanza—.

Isolde. ¿Y si no es una desgracia? ¿Y si es una oportunidad?

—En el plazo de un minuto ha pasado usted de enterrarme a casarme. Es un récord, madre, incluso para esta familia.

—No seas insolente. Una madre piensa en el porvenir de su hija. —El abanico le va más rápido que la conciencia—. Un hombre así, bien llevado por una mujer con cabeza… Se han visto cosas. Hay viudas que han subido más alto con menos.

—Bien llevado. Como si a ese hombre lo llevara alguien. —Recojo mi labor, que no pienso tocar—. No es un partido, sino un acuerdo que se termina solo, y no pienso explicarle los términos. Guárdese la esperanza para algo que pueda permitirse. En esta casa salen carísimas.

No le cuento la verdad, porque la verdad —tres semanas, una deuda, un trato— le quitaría el único entretenimiento que le ha dado la semana. La dejo soñando con un yerno que aterra a Inglaterra, y subo a vestirme. Es miércoles, y el miércoles, en Londres, solo existe un lugar.

Almack's no es un salón de baile. Es un tribunal con orquesta.

Sus puertas se cierran a las once en punto, sus vales los reparten media docena de grandes damas con el criterio de quien reparte indultos, y una mujer puede tener tierras, hermosura y un duque rendido a sus pies, que si esas damas le niegan el vale, para la buena sociedad ha dejado de existir.

Yo conservo el mío desde hace cinco años por la única razón por la que se conserva algo cuando se ha perdido la fortuna: porque sé de esas damas cosas que ellas prefieren que siga sabiendo en silencio.

Mi dote se esfumó. Mi vale, no. Hay deudas que no se pagan con dinero, y son las únicas que de verdad importan.

Dentro, la asamblea es siempre la misma ceremonia.

Una orquesta toca para parejas que bailan menos por gusto que por constar en la lista de quién baila con quién.

Las grandes damas presiden desde sus sillas como jueces sin toga, archivando en su memoria infalible cada tropiezo de etiqueta para sacarlo a relucir en el momento en que más duela.

Se sirve limonada tibia y pan con mantequilla, porque el lujo de Almack's no está en lo que se come, sino en quién tiene permiso para comerlo.

Aquí no se viene a disfrutar. Se viene a existir, o a comprobar que una ha dejado de existir.

Esta noche entro y la sala entera me lee distinto.

Durante cinco años he sido un mueble en estas paredes, mirada con esa lástima cómoda que se reserva a las solteronas sin remedio.

Hoy noto otra cosa. Las cabezas se inclinan al pasar yo, los corros bajan la voz, y en los ojos que me siguen no hay compasión: hay cálculo, y debajo del cálculo, por primera vez en un lustro, una pizca de miedo.

La mujer del rey del hampa merece un trato más cuidadoso que la solterona arruinada.

El miedo, como le dije a Marcus, abre más puertas que la lástima.

Empiezo a comprobarlo en mi propia carne, y no me desagrada el sabor.

Una de las grandes damas, la que durante cinco años me ha concedido el saludo justo para no parecer cruel, esta noche me dedica una inclinación de cabeza de un grado más generosa, y me invita con la mirada a acercarme a su corro.

Cinco años de invisibilidad deshechos por un paseo del brazo del hombre equivocado.

Declino con una sonrisa. Que esperen. La que durante un lustro mendigó migajas sociales puede permitirse, esta noche, el lujo de hacerse de rogar.

Es un lujo barato y delicioso, y pienso saborearlo mientras dure.

—Lady Isolde. —La voz me llega por un costado, tibia, untada, y no necesito volverme para saber de quién es.

Cinco años no han bastado para borrármela del oído—.

Estás radiante. Siempre supe que la notoriedad te sentaría mejor que el anonimato.

Es una pena que hayas tardado tanto en encontrar la tuya, y un hombre tan… particular para dártela.

Felix Mordaunt se planta ante mí con la misma sonrisa amable de Kensington, esa que aprendí a temer en un sendero entre lilas. Ha engordado un poco. El sastre de Edimburgo le hace falta más que nunca.

—Lord Mordaunt. —Inclino la cabeza la medida justa, ni un grado más—. Qué detalle, preocuparse por mis compañías a estas alturas. Hace cinco años no se molestó usted ni en preocuparse por las suyas.

—Toco madera por ti, Isolde. Nada más. —Baja la voz a ese registro de confidencia que finge cariño—. Ese hombre no es lo que tú crees. Usa a la gente y la tira. Una mujer de tu… delicadeza no sabe en qué clase de pantano se está metiendo.

—Le agradezco la lección sobre hombres que usan a la gente y la tiran. —Le sostengo la sonrisa—. Viniendo de usted, es una cátedra. Pocos la dominan con tanto arte.

—Veo que conservas el filo. —Da medio paso y baja la voz a esa confidencia que finge afecto—. Un consejo, de quien te trató antes de que te volvieras de piedra. Deveran te usa para entrar donde no le abren. El día que tenga la llave, te soltará el brazo en mitad de una frase, igual que…

—Igual que usted. —Lo termino por él—. Dígalo, milord. Le sale fatal quedarse a medias. Conmigo, en cambio, supo terminar la frase de maravilla. Tenía público de sobra para envalentonarse.

La sonrisa se le tensa en una esquina, como aquella tarde junto a la fuente.

—Sigues siendo igual de afilada.

—Es lo único que no pudo quitarme, milord. Lo intentó, eso sí. Delante de veinte personas. —Me abanico despacio—. Que disfrute de la velada. Y cuídese ese hombro; he oído que sin el sastre adecuado, una levita revela cosas que un caballero preferiría callar.

Lo dejo plantado con la respuesta atragantada y me alejo hacia el otro extremo de la sala, donde el aire pesa menos.

No me tiembla el pulso. Hace cinco años habría dado la temporada entera por no cruzarme con él; esta noche lo he despachado en cuatro frases y sin perder el paso.

Algo ha cambiado, y no es solo el rumor.

Lo que ha cambiado soy yo, y lo sé desde cierta mañana en Hyde Park en que se me escapó una risa que daba por enterrada.

No pienso examinar esa idea de cerca. La guardo donde guardo todo lo que podría hacerme daño si lo mirara de frente: en un cajón, bien cerrado, con la llave echada y la cuenta al día.

Una mujer que abre todos sus cajones a la vez acaba sepultada bajo lo que guardaba.

Es más tarde, junto a la mesa de las limonadas, cuando lo oigo.

Dos damas que la semana pasada repartieron por todos los salones la versión más venenosa de mi paseo con Deveran —que si me vendía, que si me había vendido ya— cuchichean ahora con la urgencia de quien tiene su propia desgracia que digerir.

A una le han retirado el vale para la próxima asamblea sin que ninguna patrocinadora explique el motivo.

A la otra, una modista de Bond Street le ha cancelado el crédito de un día para otro, por razones administrativas que nadie aclara.

Por razones administrativas.

Me quedo muy quieta con la limonada en la mano.

Es la segunda vez este mes que oigo esas dos palabras seguir a alguien que me ha hecho daño.

La primera fue Madame Rivelle, después de lo de Lady Penhallow, y aquello lo moví yo, susurrando lo justo al lacayo justo.

Esto no. Esto no lo he tocado. Y aun así ha caído sobre las dos personas exactas, en la semana exacta, con la formulación exacta que yo habría elegido.

Hay una parte fría de mí, la que lleva la contabilidad de todo, que levanta la cabeza y dice: «Es una pauta». Alguien, en algún lugar, está cobrando mis agravios sin que yo lo pida.

Y solo conozco en Londres a una persona capaz de cobrar así, sin recibo, sin testigos, con esa puntería de relojero: a mí misma.

Salvo que esta vez no he sido yo. Lo cual deja una sola posibilidad, y la posibilidad tiene nombre, y el nombre lleva una cicatriz que le parte la ceja.

La idea es tan inquietante como el sabor que me deja: la de que en esta ciudad hay otra persona que opera igual que yo, en paralelo, en un mundo distinto, con métodos que ignoro y resultados que reconocería entre mil.

La idea, en el fondo, de no estar tan sola como me he pasado cinco años jurando que prefería estar.

Le digo a esa parte que se calle, que es improbable, que el mundo no obedece a nadie y menos a una solterona arruinada de Mayfair. Le digo que las coincidencias existen y que ver dibujos en ellas es cosa de espíritus débiles. Me lo digo con firmeza, dos veces, y casi me lo creo.

Casi. Dejo la limonada sin terminar y me marcho antes de las once, mientras la parte fría sigue, en algún rincón, llevando la cuenta.