Capítulo 6
En esta sala hay treinta personas que me deben dinero y ninguna que se atreva a saludarme, lo cual la convierte en mi clase favorita de fiesta.
He entrado en la mansión de los Mordaunt sin tarjeta, igual que entro en todas partes, y el mayordomo ha decidido que su salud vale más que el protocolo.
La aristocracia londinense baila al fondo del salón con la solemnidad de quien cumple un rito que ya no recuerda para qué sirve.
Yo me quedo en el filo, contra una columna, donde la luz no llega y se ve mejor.
Aquí no encajo, y no he venido a encajar.
He venido a por una mujer de gris que sabe moverse por este pantano como yo me muevo por los muelles, con la diferencia de que a ella la dejan entrar.
Nunca he entendido estas fiestas. En mi mundo, una sala llena de gente significa que algo se negocia, que hay dinero o sangre sobre la mesa y conviene saber dónde tiene cada cual las manos.
Aquí, en cambio, cien personas se han enfundado sus mejores galas para ejecutar una danza cuyo único objeto es demostrar que no necesitan hacer nada de provecho.
Es la exhibición más cara de Londres, y la pagan con vidas enteras dedicadas a no equivocarse de tenedor.
Los desprecio un poco. Los envidio menos de lo que me gustaría.
La encuentro enseguida. Está sentada lejos de la orquesta, sola, con un carnet de baile colgándole de la muñeca por una cinta, y el carnet está vacío.
Nadie le ha pedido una pieza en toda la noche.
En cualquier otra sala eso sería una humillación; ella lo lleva como una corona que ha decidido que pesa lo justo.
Hay que tener una espina dorsal poco común para sentarse sola en la casa del hombre que te despreció en público y obligar a la sala a notar que no te has muerto de ello.
Cruzo el salón. La música no se detiene, aunque algunos compases pierden el paso cuando los músicos me ven avanzar. Me siento a su lado sin pedir permiso, en la silla vacía que nadie ocupará en toda la noche porque está pegada a la suya.
—Está usted en una casa donde no lo quieren, señor Deveran —observa sin volverse, con los ojos en la pista—. Aunque imagino que eso le ocurre en casi todas.
—En casi todas. —Estiro las piernas—. La diferencia es que en las demás fingen lo contrario. Aprecio a los Mordaunt por su sinceridad. Es lo único que aprecio de ellos.
Por fin me mira. En sus ojos hay esa atención de tasadora que ya le conozco, la que separa lo que se dice de lo que se calcula.
—No ha venido a bailar.
—No sé bailar. —Lo digo sin pudor, porque mentir sobre eso sería el primer paso para que me importe—.
No sé bailar, no sé saludar a una marquesa sin que parezca una amenaza, y la última vez que usé un tenedor de pescado fue para abrir una carta.
En mi mundo nada de eso hace falta. En el suyo, por lo visto, es lo único que cuenta.
—¿Y eso le preocupa de pronto? —Enarca una ceja—. Un hombre que controla los muelles no suele perder el sueño por los tenedores.
—Me preocupa porque hay una puerta que su gente cierra y mi dinero no abre.
—Bajo la voz, aunque nadie se atreve a acercarse lo bastante para oírnos—.
Tengo las deudas de media aristocracia en un cajón.
Puedo arruinar a la mitad de esta sala antes del jueves.
Y aun así no puedo cruzar este salón sin que la música tropiece, porque el poder que yo tengo se respeta desde lejos y el suyo se invita a cenar.
Quiero esa puerta, lady Ellerby. Y usted es la única persona de Londres que sabe abrirla y que tiene una razón para venderme la llave.
—Una razón. —No es una pregunta. Ya ha entendido a dónde voy.
—Su padre. —Saco el sobre del bolsillo interior y lo dejo sobre la mesilla que hay entre los dos, sin abrirlo—.
Salgo la deuda entera. Toda. La quemo delante de usted si lo prefiere.
A cambio de tres semanas. Tres semanas en las que me enseña a moverme por su mundo sin que parezca que vengo a robar la cubertería.
Después, su padre queda libre, usted queda libre, y cada uno vuelve a su orilla del río.
Espero muchas reacciones. He repasado en el carruaje las que daría un hombre, las que daría una dama arruinada, las que daría alguien con una deuda imposible colgándole del cuello.
Espero el alivio mal disimulado, o el regateo, o la indignación de quien finge que su honor vale más que el techo bajo el que duerme.
Lo que no espero es que se ría.
Y se ríe. No la risa cortés que sirven en estos salones, medida al milímetro para no descomponer un peinado.
Una carcajada breve, baja, de verdad, que le sale antes de que pueda recogerla, y que vuelve hacia nosotros tres cabezas escandalizadas.
Se ríe en mi cara, de mí, del rey de Wapping pidiendo clases de reverencias, y tarda un instante en taparse la boca con los dedos enguantados, no de vergüenza, sino para guardarse el resto.
Me quedo muy quieto. No recuerdo la última vez que alguien se rió en mi cara.
La gente, ante mí, hace muchas cosas —tiembla, calcula, suplica, miente—, ninguna de ellas reírse.
Debería molestarme. Llevo diez años construyendo todo lo contrario de un hombre del que uno se ríe.
Y no me molesta, y eso me desconcierta más que la risa.
—Disculpe. —Recobra la compostura con esa eficiencia suya que ya empiezo a reconocer—.
Es que llevaba años sin oír una propuesta tan honesta envuelta en algo tan absurdo.
El rey del hampa quiere aprender a inclinar la cabeza.
—Ladea la suya—. ¿Es consciente de lo que me está pidiendo?
Que me pasee del brazo de un hombre al que esta ciudad considera el lobo, en los mismos salones donde me dieron por muerta.
Me convertiría en la comidilla de la temporada.
—Ya lo es. —Señalo el carnet vacío de su muñeca—. La diferencia es que ahora hablarían de usted con miedo en vez de con lástima. En mi experiencia, el miedo se lleva mejor. Pesa lo mismo y abre más puertas.
—Hay algo que no me cuadra. —Ladea la cabeza, y la tasadora vuelve a asomarse a sus ojos—.
Un hombre que solo quisiera una puerta contrataría a un maestro de baile y a un sastre, no a la mujer más señalada de Londres.
Conmigo del brazo no entra usted con discreción en ningún sitio: entra con escándalo.
De modo que, o es más torpe de lo que aparenta, o esto le sirve para algo que aún no me ha contado.
—Quizá las dos cosas.
—Quizá. —Me sostiene la mirada sin pestañear—. Le advierto algo, señor Deveran. Yo cobro mis facturas igual que usted las suyas, solo que sin testigos y sin sangre. Si me usa de tapadera para un asunto que ha decidido callarme, lo sabré antes de que termine usted de planearlo.
—No lo dudo. —Y, por una vez, es verdad que no lo dudo.
Algo le cambia en la cara. No es una sonrisa; es el lugar de donde saldría una si ella se lo permitiera. Coge el sobre de la mesilla, comprueba el sello sin abrirlo, y se lo guarda en el ridículo con un gesto sereno que vale por una firma.
—Tres semanas —concede—. Empezamos mañana, y empezamos por lo más difícil, que no es el tenedor de pescado.
Es conseguir que entre usted en una habitación sin que parezca que va a vaciarla.
—Levanta la muñeca con el carnet colgando—.
Y una condición. Si vamos a fingir esto, lo fingimos bien. Apúnteme aquí.
Tomo el carnet y el pequeño lápiz que pende de la cinta.
No pienso bailar; los dos lo sabemos. Escribo mi nombre en la primera línea de una tarjeta que ha pasado la noche en blanco, y el gesto recorre el salón más rápido que cualquier anuncio: Marcus Deveran ha reclamado una pieza a la Ellerby en casa de los Mordaunt.
El murmullo se extiende por la sala como una corriente bajo el hielo.
Una matrona deja caer el abanico. En el extremo opuesto, un caballero de patillas grises al que reconozco —me debe cuatrocientas libras desde San Miguel— pierde el color al atar el nombre de su acreedor con la mano que acaba de escribir en el carnet de una dama.
Que aten cabos cuanto quieran. Esa es justo la idea.
Tres damas que cuchichean junto a la puerta del tocador se vuelven a la vez, y una de ellas suelta una risita que no es como la de Isolde, una risita con filo, de las que se afilan para herir.
Isolde las mira. Solo eso. No cambia de expresión, no aprieta los labios; las mira el tiempo de archivarlas, igual que yo archivé a Croft en los muelles, y después aparta la vista como quien guarda una nota en un cajón que sabrá encontrar más tarde.
Lo reconozco porque es mi gesto. Lo hago veinte veces al día.
Y verlo en ella, hecho con guantes de cabritilla en un salón de Mayfair, me produce algo que tardaré en saber nombrar.
—Esas tres se ríen ahora —comento.
—Ahora es la única vez que podrán —responde, y se levanta, dejando que el carnet con mi nombre cuelgue a la vista de todos—. Hasta mañana, señor Deveran. Vista de oscuro. Y deje el cuchillo en casa; en Hyde Park asusta a los patos.
Se marcha entre el gentío con la espalda recta y la sala abriéndose a su paso, no por respeto, todavía, sino por el desconcierto de no saber ya en qué categoría ponerla. Me quedo con el sobre fuera de mi bolsillo y una pieza apuntada en un carnet que no pienso bailar.
Me quedo, además, sentado en una silla que no me corresponde, en una casa que no me quiere, con la deuda de los Ellerby fuera de mi pecho por primera vez en semanas.
He venido a comprar una puerta y salgo con algo que no figuraba en el trato: la certeza de que acabo de atarme, a la vista de todo Londres, a la única persona de esta sala que no me teme.
Mi hermana va a tener mucho que decir sobre esto. Por una vez, no me apetece oírlo.
Días después me llega, de pasada, que aquellas tres damas han tenido una semana incómoda: una invitación traspapelada, un crédito que una modista deja en suspenso, un secreto que circula justo lo necesario.
No muevo un dedo en ninguno de los tres asuntos.
No me hace falta. Empiezo a entender que en esta ciudad hay dos reyes que cobran lo que se les debe, y que solo uno de los dos lleva guantes.